La Dama de los Ojos Blancos

iconoslecturasDisfrútalo en tu e-Book: Click y accede a cualquiera de estos formatos.

Por Mercedes Bresó Fernández-Coto

No sé por dónde empezar. Es la primera vez que me pongo a escribir algo y he de reconocer que acabo de descubrir qué es eso de enfrentarse a una hoja en blanco. Quizá por eso estoy divagando. Pero ya llevo tres líneas y esto ha dejado de ser una hoja en blanco.

No soy escritor, como creo que ya habrás deducido. Soy policía nacional desde hace más o menos un año. Es decir, para mis compañeros soy un novato, y lo peor es que no estoy seguro de que el tiempo de las novatadas haya terminado. Te explico esto porque creo que es importante para que tengas en cuenta todo lo que te voy a contar. Quiero que quede muy claro que soy una persona práctica, realista, con los pies en la tierra, que no me dejo llevar ni por fantasías ni por imaginaciones de ningún tipo. Y mi trabajo es de los que, si no tienes los ojos bien abiertos a la realidad, te los abre a golpes. Así de sencillo.

Pues bien, todo empezó hace tres semanas. ¿Recuerdas el caso de las niñas desaparecidas? Me refiero a ese que a los periodistas les dio por llamar el del Carnicero de Muñecas. Bueno… pues por si eres de los pocos que a estas alturas no ha oído hablar de él, te diré que aunque parezca un nombre de película, lo más escalofriante es que describe perfectamente los hechos: primero, hay un momento de descuido por parte de los padres, tíos, niñera, o quien quiera que esté al cargo de la criatura, y es entonces cuando la pequeña desaparece (en ninguno de los cinco casos tendrían más de tres años). Y luego viene el mismo ritual de siempre: tres días después, su cadáver, terriblemente torturado, aparece desmadejado en algún parque. Y yo que creía que estas cosas solo pasaban en los Estados Unidos. En mi ingenuidad pensaba que algo tan cruel solo podía pasar en la ficción o muy, muy, lejos. Y es que no entiendo cómo se le puede hacer algo así a un niño. A un ser tan indefenso…

Hace tres semanas, un viernes por la tarde, desapareció otra niña, Sara, una preciosidad de enormes ojos verdes. Y aunque no llevábamos el caso, todos en mi comisaría estábamos pendientes del asunto. Seguíamos con nuestro trabajo habitual; patrullando, trabajando en los expedientes que nos llegaban…, pero todos llevábamos una foto de Sara con nosotros, por si las moscas. Cualquier tontería, una pista que en principio pareciese estúpida, podían salvar su vida. Y supongo que a todos los que pertenecemos a los cuerpos de seguridad nos pasaba igual.

Recuerdo que ese viernes tenía turno de noche, y reconozco que es una mala costumbre, pero llegaba un poco tarde. Iba deprisa cuando entré en la comisaría, así que no puedo asegurar que ya estuviese allí, pero creo que sí. De lo que estoy seguro es de que sí estaba cuando mi compañero y yo salimos a por el coche. Él me iba diciendo que el día que yo llegase a tiempo iba a celebrar una fiesta, que estaba harto de cubrirme las espaldas y que tendría que espabilar, cuando de pronto la vi.

Y ahora no sé si voy a ser capaz de explicar exactamente la situación. Ya era de noche y había un fallo en el suministro eléctrico. De un lado de la acera, todas las farolas estaban iluminadas, del otro lado, la calle permanecía totalmente a oscuras. Ella estaba en aquel lado precisamente. No sabría decir exactamente qué fue lo que me hizo mirar en su dirección, llámalo intuición si quieres, pero el caso es que lo hice y es cierto que le alcanzaba un poco de luz, aunque en general se hallaba más en la penumbra y no se la distinguía muy bien. Aun así, me pareció que era de estatura media, metro sesenta más o menos; de pelo largo y claro, delgada, y parecía vestir una túnica blanca. Me detuve para observarla mejor y entonces se camufló aun más entre las sombras, desapareciendo de mi vista. Estaba a punto de echar a correr para ir a buscarla cuando mi compañero me llamó a gritos desde el coche.

—¿Quieres venir de una vez? No pienso estar esperándote toda la noche.

—Me ha parecido ver algo … —Le comenté al llegar al coche patrulla—. ¿Tú no has visto nada.?

—¿Ver? Lo único que veo es a un novato que llega tarde y que pierde el tiempo. Si quieres saber a quién me refiero, mírate en el retrovisor.

Volví mi atención hacia el lugar en el que ella había estado un momento antes, y al no ver nada, no insistí y monté en el coche. No volví a pensar más en el asunto.

Bueno, ya me hubiera gustado a mí… Como era de esperar en una noche de viernes, la de aquel exactamente, tuvimos varias movidas durante nuestro turno: peleas entre bandas, atracos, borrachos alborotados, tirones, riñas entre putas…, así que regresamos varias veces a la comisaría, y en todas las ocasiones, al recordar la figura que había creído ver, volví la mirada hacia un punto en concreto, y efectivamente, allí estaba: cada vez que miré, la vi, caminando entre las sombras o totalmente inmóvil.

Supongo que lo lógico es pensar que en alguna de esas ocasiones yo debería haber hecho algo tan natural como cruzar la calle y preguntarle si necesitaba algo. Pero no lo hice. ¿Por qué? Es una buena pregunta y encima no tengo respuesta.

Cuando terminé mi turno, a la mañana siguiente, al salir de la comisaría volví a mirar: ella ya no estaba. Eso sí, volvió con las sombras de la noche. ¡Eh! Qué frase más literaria me ha salido ¿verdad? Sí, tienes razón, seguro que la he oído en alguna parte. Lo que quería decir es que cuando regresé al trabajo, en el siguiente turno de noche y todavía con las farolas de un lado apagadas, vi que estaba exactamente en el mismo sitio que la primera vez. Y esta vez sí crucé la calle.

—Perdona ¿necesitas ayuda? —Recuerdo que le pregunte según me acercaba. Ella retrocedió hasta alcanzar las sombras, y la oscuridad me impidió fijarme en sus rasgos—. Ayer te vi aquí y como …

Y desapareció. Y cuando digo que desapareció es que eso es lo que hizo. Estaba ahí y al momento siguiente ya no estaba. No hay otro modo de describir lo que ocurrió. Ya sé que te sorprende. A mí me dejó helado. Pensé que se habría escondido, que tenía que estar allí, en algún sitio, e iba a empezar a buscarla cuando

—¿Qué haces hablando solo, tío? —Mi compañero casi me provoca un ataque al corazón. Casualmente llegaba a la vez que yo y al verme cruzar la calle me había seguido.

—No estaba hablando solo. Había una chica aquí. Pero ahora no está.

—La habrás asustado. Venga, déjate de tonterías y vamos al tajo. Habrá que celebrar que hoy llegas a tu hora.

¿Hace falta que te diga quién volvía a estar entre las sombras cuando nos dirigíamos hacia el coche? ¿Y hace falta que te diga quién desapareció cuando le indiqué a mi compañero que mirase? Empecé a pensar seriamente que alguien me quería tomar el pelo; que aquello no era más que otra novatada. Y esta vez sí que dejé de pensar en la figura.

Pero no podía ser. Mi compañero era un tío muy majo. Llevaba quince años de servicio y estaba un poco de vuelta de todo. Además de ser una buena persona, le gustaba hacer bien su trabajo. Es cierto que cuando veíamos alguna liada por ahí, empezaba a refunfuñar automáticamente, pero dejaba de hacerlo en cuanto ponía un pie en el suelo y tomaba el control de la situación. También se empeñaba en conducir siempre él, ¿qué le vamos a hacer? Según dice yo voy como un loco.

Aquella noche además hablamos de muchas cosas, como dos auténticos colegas; de su mujer, de sus dos hijas, de mi ex-novia, pero sobre todo hablamos del Carnicero de Muñecas y de Sara. ¿Qué sería de la pobre niña? ¿Llegarían a tiempo nuestros compañeros para poder salvarle la vida? Sabíamos que si el Carnicero seguía el modus operandi que había seguido con las otras víctimas, Sara todavía tenía posibilidades de seguir viva, pero no queríamos pensar en qué condiciones. La hija pequeña de mi compañero tenía siete años, y aunque era mayor que Sara, él me contó que, cuando llegaba a casa y veía a su niña, no podía dejar de pensar en aquellos padres: en lo mal que lo debían estar pasando.

En esas estábamos cuando, más o menos a las dos y cuarto de la mañana, vimos a dos hombres trasteando en un coche, hurgando en el maletero para más señas. A mí no me pareció raro, pero a mi compañero algo le resultó extraño.

—Prepárate —me dijo mientras detenía el coche unos metros más adelante—, ten los ojos bien abiertos.

—¿Por qué? ¿Qué has visto? —Pregunté. Observé por el retrovisor interior y vi que uno de los hombres miraba en nuestra dirección. Del otro ya no había ni rastro.

Mi compañero no se molestó en contestarme. Informó por radio y bajó del coche. Yo estaba imitándole cuando oí el estampido del disparo. ¿Y sabes? Es cierto eso de que todo parece ralentizarse en los momentos de tensión: le vi caer hacia atrás y acto seguido vi cómo se extendía a lo largo y ancho de su pechera una espantosa y gigantesca mancha de sangre. También vi al hombre que permanecía al lado del coche apuntarme y sonreír. Y cómo no, vi la sombra de su compañero situarse casi a mi lado, y cuando giré la cabeza, por supuesto me encontré con el cañón del revolver apuntándome directamente a la sien.

Lo que no es cierto es eso que dicen de que se te pasa toda tu vida por la mente en un solo instante, o a modo de secuencias rápidas. Puede que eso ocurra cuando empiezas a morir, pero no antes. O al menos no fue así en mi caso. Para mí, desde ese instante, sólo existió el miedo. Y el miedo te paraliza. Y aunque parezca mentira, automáticamente sientes más miedo: yo sentía miedo a que aquel individuo me disparase; miedo a moverme, miedo a que el otro fallase y yo muriera despacio. Miedo a la muerte. Miedo a sobrevivir a semejante herida… Miedo, simplemente. Y mientras, no pude apartar la vista del cañón de su arma. Y a pesar de ello, ni siquiera recuerdo las facciones del muy cabrón.

Y ahora te estarás preguntando que cómo es que sigo aquí. Muchos se lo preguntan. Y cuando respondo lo que te voy a contar ahora, dicen que todavía estoy traumatizado por la situación. Que es lógico. Y me dan unas palmaditas en la espalda y se van, diciendo que todo me ha afectado más de lo que quiero reconocer. ¡Pues claro que me ha afectado, no te jode! ¡Iban a matarme!

Yo no había acabado de bajar del coche. Allí estaba como un auténtico pasmarote, apoyado en la puerta con aquel tipo apuntándome directamente a la cabeza a un metro o metro y medio. Ahora ya no sé a qué distancia estaba. De hecho ni la sé, ni me importa. Sólo sé que entre él y yo apareció ella repentinamente. Y con ella quiero decir la figura que llevaba dos días viendo frente a la comisaría. Y cuando digo que apareció, me refiero a eso: a que de repente estaba ahí, total y absolutamente real.

Se materializó de espaldas a mí, mirando de frente al pistolero. Su pelo, rubio, muy, muy claro, caía sin control sobre su espalda. Sólo llevaba esa especie de túnica o camisón blanco de siempre, y estaba descalza. Con el frío que hacía aquella noche y ella descalza. Entonces alzó sus manos al frente y oí un sonido extraño, como si quisiese hablar y no pudiese o no supiese. En ese momento, el tipo tiró el revólver al suelo y echó a correr, mientras le gritaba a su compañero que lo siguiese.

Y yo allí sin poder moverme, hasta que ella decidió girarse, lentamente, y entonces pude verle la cara. Podría haber sido una chica totalmente normal, sino hubiese sido por su edad indefinida, o por esa extraña «manía» que tenía de aparecer y desaparecer cuando le venía en gana. O por sus ojos, claro. Aquellos ojos totalmente blancos, ciegos, y que sin embargo sabía que me estaban viendo tan claramente como yo la veía a ella. Movió los labios y volvió a emitir ese sonido, pero sin llegar a decir ni una sola palabra. No hizo falta. La oí perfectamente en mi mente: Ayúdame a ayudar.

Y desapareció igual que había aparecido.

Vale, ¿y ahora me crees? La verdad es que hoy por hoy casi me da igual. Obviamente preferiría que me creyeses, pero no me sorprendería que no fuese así. Hasta el momento sólo una persona me ha creído, sin dudar de mí ni un instante.

Las siguientes horas no las recuerdo claramente. Mi compañero, si quieres saberlo, se está recuperando. La herida fue grave pero no mortal. Estará de baja un tiempo pero se reincorporará relativamente en poco tiempo. A mí me interrogaron varias veces y siempre conté la misma historia. Al final, alguien dijo que eran los efectos del shock y que era conveniente que me dieran unos días de descanso. Supongo que te preguntarás que quiénes eran los tipos del coche. Terroristas, cómo no. Y en el coche llevaban material para… para lo único que saben hacer: Matar.

Así que tras no sé cuantas horas, un compañero me llevó a mi casa y me encontré solo, pensando en los últimos acontecimientos. ¿Habían ocurrido o eran un mal sueño? Puse la tele, con tan mala fortuna que era la hora de los informativos y oí la versión oficial de los hechos. Fue entonces cuando volvió el miedo, cuando me di cuenta de lo cerca que había estado de morir.

Como ya te he dicho vivo solo. Mi familia no es de aquí y no quería llamarles para no preocuparles. Pero necesitaba hablar con alguien y sólo se me ocurrió un nombre, una persona: mi ex-novia. Así que me fui a su casa sin pensar en la posibilidad de que quizá ella no quisiera saber nada de mí.

Creo que en este punto voy a hablarte lo más brevemente posible de la otra mujer de esta historia, ¿de acuerdo? La conocí en Toledo, un poco antes de ingresar en la academia. Ella estaba allí por turismo y estudios: es diplomada en terapia ocupacional y quería hacer prácticas en el hospital de parapléjicos. Una tarde, fue con sus amigas a recorrer la zona antigua de la ciudad y terminaron entrando a tomar algo en un bar. Casualmente, allí estábamos mi amigo y yo. Lo reconozco, desde el momento en que la vi, no pude quitarle los ojos de encima. Pero no te preocupes, que no voy a contarte la cantidad de estupideces que hice y dije hasta conseguir su teléfono. La cuestión es que lo conseguí y en resumen creo que el tiempo que estuvimos juntos fue muy bueno, hasta que yo lo eché todo a perder… Y de la forma más estúpida, por qué negarlo. Hace unos cuatro meses, fuimos a la boda de un primo mío. Aquel era el primer acto familiar al que asistía y fue el momento en que conoció a mis padres, a mi hermana… ya sabes. Después de la comida, unas cuantas parejas jóvenes decidimos salir por ahí, a continuar con la marcha. Yo me emborraché hasta tal punto que no recuerdo exactamente el momento en que nos fuimos de un bar, olvidándonos por completo de que ella había ido al servicio. Efectivamente, lo has adivinado: la dejamos tirada en una ciudad desconocida a las tantas de la madrugada. Lo peor es que no volví a pensar en ella hasta el día siguiente, a las tres de la tarde, y fue porque mi madre me preguntó dónde estaba mi chica. Sí, sé lo que estás pensando, pero ya me he castigado yo lo suficiente, no temas… El caso es que ella no quiso hablar conmigo ni para contarme cómo había logrado regresar a su casa.

Ahora vive en una de esas enormes casas antiguas del centro, que su abuela le dejó para que pudiese independizarse. La ha reformado y la ha dividido en tres pequeños apartamentos: dos los ha alquilado a parejas jóvenes y el tercero es suyo. Y allí me presenté para contarle lo sucedido. Llamé al telefonillo y esperé. Volví a llamar y a esperar. Paseé por la calle y volví a llamar, teniendo cada vez más claro que no estaba. Pero ya no sabía qué hacer. No sé cuantas veces había llamado ya cuando me apoyé en la pared, me dejé caer en el suelo con los ojos cerrados, y murmuré su nombre, llamándola.

—Estás hecho un asco. —Esa frase me sonó a música celestial. Levanté la mirada y, allí estaba ella, tal y como la recordaba. Bueno, con el pelo un poco más corto. Me levanté de un saltó y la abracé. En ningún momento me planteé la posibilidad que ella no quisiese volver a verme. Y si era así, debió cambiar de opinión en cuestión de segundos, porque correspondió a mi abrazo y tras unos minutos dijo—: Creo que será mejor que subamos a mi casa y dejemos de dar el espectáculo en mitad de la calle.

Delante de una Coca-cola procedí a contarle lo que te acabo de contar a ti. Es más, diría que a ella se lo conté de forma inconexa, saltando de una cosa  a la otra: del miedo que pasé mientras me apuntaban, a la aparición de la chica; de mi compañero herido, a la investigación que seguro estaban haciendo sobre mí. Y ella me escuchó, sin interrumpirme ni una sola vez. Una de las cosas más maravillosas de este mundo es tener a alguien que te escuche. Y ella sabe hacerlo. Muchas veces me ha dicho que ha tenido que aprender para poder dedicarse a lo que es su vida; la terapia ocupacional y la rehabilitación, pero yo creo que le sale de dentro.

—¿Me crees? —Le pregunté cuando llegué al final de mi relato.

—Te creo —me dijo, mientras me miraba seriamente. Y repitió—. Te creo.

La atraje hacia mí y nos besamos. En este punto quedaría bonito decir que hicimos el amor, pero es más correcta la descripción que da ella cuando recordamos aquel día: practicamos sexo. Yo necesitaba recordar que seguía vivo y ¿qué mejor forma que con un buen polvo? ¿O dos? ¿O tres? Dejémoslo, ¿de acuerdo?

Cuando me desperté era la una y pico del lunes. Ella no estaba en casa. Yo estaba decidiendo si me iba dejándole una nota, si no me iba, o si me iba y la llamaba más tarde, cuando la puerta de la calle se abrió y entró con un par de bolsas llenas de comida.

—Hola, dormilón — me besó en la mejilla y fue directa a la cocina.—. He llamado al trabajo y les he dicho que me he intoxicado este fin de semana y que estoy muy enferma. Obviamente, voy a necesitar dos o tres días para recuperarme. Y así tendremos tiempo para buscar a tu Dama de los Ojos Blancos.

¿Cómo pueden hablar las mujeres tan rápido y casi sin respirar? Mientras yo intentaba digerir que no solo me había creído sino que había decidido emprender una investigación, ella encendió la pequeña televisión que tenía en la cocina y comenzó a preparar su comida y mi desayuno. En ese momento estaban dando las noticias regionales y hablaban de Sara. Recuerdo que el periodista dijo algo de que había empezado la cuenta atrás para la pequeña y yo pensé que, en realidad, esa cuenta atrás había comenzado en el momento en que la secuestraron. Ahora, lo más seguro es que todo hubiese terminado y lo que estarían buscando sería su cadáver.

—¿Por dónde empezamos? —Me preguntó. Y juro que, por un instante, creí que se refería a buscar a Sara. Pero se trataba de la Dama de los Ojos Blancos, como la bautizó—. Es obvio que quiere algo de ti, por eso te ha ayudado. Así que tenemos que pensar cómo aprovechar tu baja y mi enfermedad para encontrarla y averiguar qué es. Lo mejor sería que esta misma noche fuésemos al sitio donde la viste por primera vez.

Así que esa noche, a pesar del frío y de la lluvia, nos fuimos a la comisaría donde trabajo. Ya habían reparado la avería y todas las calles estaban total y absolutamente iluminadas. No creí que ella se presentase en esas condiciones. Y tuve razón. Estuvimos esperando durante varias horas, pero no apareció. Eso sí, nosotros aprovechamos para hablar y aclarar varias cosas. De hecho, hemos vuelto: algo bueno tenía que salir de todo aquello.

A las dos, dos y pico, decidimos regresar a mi casa y según se cerraban las puertas del ascensor, la Dama de los Ojos Blancos se materializó ante nosotros. Inmediatamente volví a escuchar su voz en mi mente, mientras mis oídos captaban el extraño sonido que emitía:

Ayúdame a ayudar.

—¡Cómo! ¿Qué quieres que haga? —Logré preguntar tras recuperarme de la sorpresa. Y fue entonces cuando lo que me rodeaba desapareció, y en mi cabeza se recrearon algunas imágenes, como si en ese momento me estuviese asomado a la ventana de un segundo piso: ahora estaba viendo un jardín, muy cuidado, rodeado por un muro. Al otro lado, una carretera comarcal, y más allá, una casa solitaria tras la cual se distinguía la sierra relativamente cercana. Un coche salió de la vía y vi bajar a un hombre, pero no pude distinguir bien sus rasgos. Inmediatamente después lo vi sacar del maletero, en brazos, un cuerpo pequeño. Era el de Sara. Estuve seguro de que era ella aunque no pude ver su cara. También supe que todavía estaba viva.

Mis sentidos regresaron al ascensor bruscamente. La Dama de los Ojos Blancos había desaparecido y solo estábamos nosotros dos. Ni mi novia ni yo dijimos una palabra, hasta que nos encontrarnos en el salón de mi casa.

Fue entonces cuando mi chica dijo:

—Creo que hace mucho tiempo que nuestra Dama no se cepilla el pelo. Y lo necesita. —Cuando está nerviosa, siempre dice alguna tontería para calmar los ánimos.

A continuación intenté describirle, como he hecho contigo, las imágenes que había visto. Pero me resultaba difícil. Muy difícil. Lo que estaba claro es que todo estaba relacionado con Sara y que la casa que yo había visto debía estar situada a las afueras del algún pueblo de la sierra. Así que decidimos que a la mañana siguiente, lo antes posible, cogeríamos el coche y recorreríamos la zona hasta dar con esa casa. Sabíamos que era una tarea complicada, pero teníamos que intentarlo.

A las siete de la mañana cogimos mi coche y nos pusimos en camino. No sabíamos dónde dirigirnos, pero pensamos que la suerte estaría de nuestro lado. Ilusos. Nos pasamos todo el día dando vueltas, de un pueblo de la sierra a otro. No quiero pensar lo que llegamos a gastar en gasolina. Ni siquiera paramos a comer sino que compramos unos bocadillos y los comimos en el coche. Y seguimos dando vueltas cuando anocheció, a pesar de que se nos hizo la búsqueda más difícil.

Cerca de medianoche, y cuando ya no podía más, detuve el coche a un lado. Estaba agotado, pero sobre todo estaba desilusionado. Había pasado demasiado tiempo como para que Sara siguiese viva. Y, quizá la Dama de los Ojos Blancos, no fuese otra cosa que un producto de mi imaginación.

Mi novia se desperezó, había estado dormitando la última hora.

—¿Has visto algo? —Preguntó mientras miraba en derredor, intentado situarse.

—Nada. Es inútil. —Apoyé la cabeza sobre el volante. Ella no dijo nada, sólo pasó su mano por mi cuello, acariciándome—. Me siento un estúpido. ¿Y si esto no es más que producto de mi imaginación?

—No. No lo es. Yo también la he visto —me contestó—, de hecho la veo. Ahora mismo está sentada en el asiento de atrás —dijo señalando su retrovisor.

Me giré rápidamente y, en efecto, allí estaba:

Ayúdame. Volvió a resonar su voz en mi mente.

—¡Cómo! —exclamé—. ¡Llevamos todo el día dando vueltas y no encontramos la casa! ¿Qué más quieres que haga?

Se limitó a mirarme con sus ojos blancos. Puedo asegurarte que es una mirada de lo más escalofriante. Luego, por unos segundos, pareció hacerse algo transparente, como si estuviese a punto de desvanecerse. Pero volvió a materializarse y señaló hacia el frente.

—Me parece que se queda a indicarnos el camino —dijo mi copiloto, mientras yo alucinaba con su reacción. A veces me seguía resultando increíble. Y cómo me gustaba cuando sacaba esa vena decidida, casi de indiferencia—. Si estás cansado, puedo conducir yo.

Me negué. El agotamiento había desaparecido automáticamente. A partir de ese momento la Dama de los Ojos Blancos nos sirvió de guía. La situación era de lo más estrambótica, cierto, pero finalmente llegamos al lugar que observé en la visión del ascensor. Paré el coche cerca del muro que rodeaba el jardín y bajamos, mientras nos abrigábamos con nuestros plumas. Pensé que deberíamos entrar inmediatamente, sentía que la vida de Sara estaba en nuestras manos y no podíamos quedarnos allí parados. Pero, a la vez, era muy arriesgado entrar sin ningún tipo de apoyo: temía por la vida de Sara, por la de mi novia, y por qué negarlo, por la mía propia. Pero al mismo tiempo, lo peor era pensar que mi indecisión podía significar la muerte de la niña en ese mismo instante.

—Es hora de llamar a los refuerzos —oí que decía mi chica mientras sacaba su móvil y marcaba un número. Es increíble cómo, en ocasiones, no se piensa en las soluciones más obvias. Menos mal que estaba ella allí.

Llamó al teléfono gratuito que se había dado para que, de forma anónima, se diese la información que se pudiese sobre las desapariciones. Dio tanto lujo de detalles, recalcó en tantas ocasiones que Sara seguía viva, hablaba con tanta seguridad, que era difícil que no hiciesen caso a aquella llamada. Pero aun así nos dimos un plazo: si a las nueve de la mañana no había venido nadie, yo entraría. La Dama de los Ojos Blancos había vuelto a desaparecer y nosotros movimos el coche hasta un lugar desde el que teníamos controlada la casa, pero a la vez, para poder pasar desapercibidos y dormir por turnos.

El final de la historia lo conoces. Gracias a una llamada anónima se localizó la casa en la que el Carnicero de Muñecas mantenía encerrada a Sara que, en contra de lo esperado, permanecía totalmente ilesa. En la operación se logró detener también al asesino, y la pesadilla tocó a su fin. Pero eso sí, nadie consiguió dar una explicación lógica al hecho de que a Sara no le tocase un pelo, y más teniendo en cuenta los macabros asesinatos que ya había llevado a cabo aquel indeseable. Bueno, nadie consiguió dar una explicación lógica salvo, la niña y su captor, claro está. Ambos cuentan la misma historia: una mujer, de rubios cabellos y ojos blancos, le impidió, tras haber encerrado a la niña en el sótano, la entrada al mismo. Sara contó además a los psicólogos que en ningún momento tuvo miedo, porque la Dama de los Ojos Blancos, le dijo que había encontrado a un amigo que iba a ayudarlas.

Reconozco que me emocioné al leer ese testimonio en un periódico. Y mi novia, como estuvo presente en ese momento, lo terminó guardando cariñosamente en uno de los muchos álbumes de fotos que tenía.

Ahora te preguntarás si llegamos a descubrir quién o qué era la Dama de los Ojos Blancos. Pues bien, precisamente lo descubrimos aquel mismo día, al mezclarnos con el resto de curiosos agrupados para ver qué estaba sucediendo. Justo entonces, cuando ya veíamos partir el coche en el que se llevaban al asesino, sentí que alguien me miraba. Hasta ese momento habíamos estado todo el tiempo junto al muro, me refiero al que daba al jardín de mi visión, pero al sentir aquello tan intenso y girarme, fue cuando la vi, en el segundo piso del edificio de enfrente: allí estaba la Dama de los Ojos Blancos, observándome con una actitud increíblemente serena. Rápidamente le di un codazo a mi novia para que mirase en esa dirección. La señora mayor que había estado pegada a nosotros como una lapa, observando la detención hasta ese momento tal y como lo hacían los demás, al verme señalar, no lo dudó un momento y metiéndose de lleno en la conversación, nos explicó que aquello era una residencia y ella era casualmente su directora.

Así fue cómo supimos cuál era la historia de nuestra Dama…

—Sus padres la dejaron aquí cuando tenía dos años. Debéis entender que hace cuarenta años no había ningún centro preparado para tratar a niños con su problema: es autista. De hecho, uno de los casos más graves que he conocido. Puede que sea porque en su momento no recibió la atención adecuada, pero lo cierto es que ya no se puede hacer nada por ella, si es que se pudo hacer en alguna ocasión. A eso hay que añadirle las cataratas congénitas, y su sordera, que impidió que aprendiese a hablar. Es casi un vegetal la pobre, no se entera de nada. Pero desde luego en los últimos días algo ha cambiado. De algún modo ha ido a peor. Nunca ha estado atenta a lo que le rodea, eso desde luego, pero es que desde el viernes por la noche es como si su espíritu la hubiera abandonado definitivamente. Es una cosa muy rara, la verdad…

Nos permitió entrar a verla. La Dama de los Ojos Blancos permaneció sentada en su silla de ruedas, mirando por la ventana, aparentemente ajena a nuestra presencia. Mi novia sorprendió a su cuidadora cuando pidió un cepillo y comenzó a cepillar su pelo enmarañado. Pero lo que más le sorprendió al personal del centro, fue que yo me sentara frente a su paciente, sin hablar, y tras unos instantes, que fuera ella precisamente la que extendiera su mano y tocara la mía mientras emitía su extraño gemido. Sé que me daba las gracias. Aunque creo que yo tengo que agradecerle más a ella.

Cuando regresábamos, recuerdo que mi novia me contó que uno de sus profesores en la facultad le había dicho que un autista es un ser totalmente normal pero que, por algún motivo que todavía no se ha descubierto, queda totalmente aislado del mundo, sin poder comunicarse con él. Creo, sinceramente, que la Dama de los Ojos Blancos encontró la forma de comunicarse. Lo que ocurre es que no todos sabemos escuchar.

Yo, por suerte, lo hice. Y todavía no sé cómo aprendí.

© Copyright de Mercedes Bresó Fernández-Coto para NGC 3660, Agosto 2016

Anuncios