La caza – Reed.

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Por J.E. Álamo

El chiquillo tembló de frío arrimándose a Hat, su padre, en busca de calor.

—¿Frío? —murmuró este sin apenas despegar los labios.

El pequeño cabeceó, afirmando. Y miedo, hubiera querido añadir, pero no se atrevió. Un cazador no conoce el miedo, se ríe cuando mencionan la palabra. Era cosa de mujeres expresar temor ante los maridos e hijos cuando ellos emprendían sus incursiones de caza.

El niño acabó pensando en su madre y en cuánto lamentaba no haber podido tranquilizarla, apaciguando sus inquietudes como hacían otros hijos antes de partir. Sacudió la cabeza alejando ese pensamiento. No era momento de echarse a llorar.

—Que no te castañeen los dientes, Ches, o nos delatarás —gruñó el adulto, confundiendo el gesto del niño.

Ches apretó la mandíbula con fuerza y rabia, era su primera cacería y no iba a decepcionar a su padre.

Hat le observó de soslayo. Es muy pequeño, pensó, no debería estar aquí. Pero era su primer y único hijo. Cuando nació, ocho años atrás, su esposa había muerto a causa de la hemorragia provocada por el parto. En la tribu le aconsejaron que desechara al recién nacido y buscara otra esposa. Nadie se lo hubiera reprochado, un hombre necesita de una mujer y una mujer jamás acepta al hijo de otra. Pero Hat se había negado en redondo, cuando su querida Frida agonizaba, le había suplicado que cuidara del pequeño. Él había dado su palabra y pensaba cumplirla, aunque en ocasiones maldijera el compromiso.

Ahora el chico debía aprender las artes de la caza o padre e hijo serían desterrados durante los meses del frío. Quien no era capaz de alimentarse, no era digno de permanecer con el resto de la tribu. Y ese era uno de los inviernos más duros de los últimos años. Hat sabía que el destierro significaba la muerte.

Suspirando mentalmente, el hombre apartó con suavidad las ramas de los arbustos tras los que se ocultaban. Concentró su atención en el claro del bosque que se abría ante ellos. El cebo estaba tumbado en el suelo, totalmente inmóvil. Un escalofrío recorrió la espalda del cazador, si había muerto no podría atraer a la presa y sería el fin. Pero el cebo estaba vivo, el suave vaivén de su costado le delataba. Hat deseó que la presa acudiera pronto, antes de que el frío se hiciera más intenso. Echó un vistazo al cielo encapotado, las nubes preñadas de grises sucios traían nieve y, como si el simple pensamiento la hubiera convocado, los primeros copos gordos y perezosos comenzaron a caer. Hat apretó los puños, la nieve era un serio contratiempo. Las ramas desnudas de los árboles que les rodeaban apenas servían de protección. En esas condiciones su resistencia mermaría con rapidez, sobre todo la de Ches.

—Vuelve con alimento, Hat  El Loco, o no vuelvas. —El recuerdo de las palabras del Maestro Cazador, Barr-yy, no contribuyó a levantarle el ánimo. Sabía que era lo justo y a todos los que salían de caza se les recitaba la misma admonición. Sin embargo, él sólo contaba con Ches, que era más un estorbo que una ayuda. Él mismo acompañó en su día a su padre y tal fue su arrojo, que en la tribu le pusieron el sobrenombre de El Loco. Claro que entonces ya tenía doce años y era el tercero de cinco hermanos.

Volvió a observar a su hijo envuelto en la capa y abrazado a su lanza en busca del calor que escapaba envuelto en el vaho blanco de su respiración. Por lo demás, la quietud era absoluta y la cortina blanca que bajaba del cielo con creciente intensidad, parecía querer echar el telón al intento de caza de Hat.

Éste es realmente el fin, pensó. Mi nombre jamás figurará entre las historias de la tribu como soñé de niño.

Sintió un acceso de ira, si la Reina no fuera tan exigente con sus tributos, si sólo les dejara más alimento para pasar el invierno… Pero no, ella tenía un ejército que mantener, ese mismo ejército que los protegía a todos de los enemigos del reino y cuyas necesidades, irónicamente, acababan con más vidas que cualquier invasor.

—Padre —susurró Ches sacándole de su ensimismamiento—. Tengo sueño.

Hat fue presa del pánico al ver como la silueta de su hijo se difuminaba, deshaciéndose entre los copos de nieve. Lo estaba perdiendo.

—No —le susurró, tomándolo por los hombros con fuerza—. No me abandones.

Ches sonrió, una mueca resignada que ocupó toda la visión de Hat. Era una gran sonrisa de muerte.

De pronto un movimiento en el claro atrajo su atención, el cebo se había movido. Al principio pensó que era su propia desesperación la que le engañaba, que el conejo que había colocado allí para atraer a la presa, probablemente ni  se había movido ni lo haría nunca. Frunció los ojos colocando la mano sobre ellos para protegerlos de la nieve. ¡Sí! El conejo se había puesto de pie y bajo él un círculo negro contrastaba vivamente con la nieve. La mirada de Hat y el conejo se cruzaron fugazmente. Los labios de ambos se curvaron en una sonrisa y a continuación, el animal se introdujo de un salto en la negrura.

—Resiste, Ches, —dijo Hat—. Tenemos una presa.

La sonrisa del chico se desvaneció y con un gran esfuerzo, se puso en pie aferrando su lanza con decisión. Hat asintió orgulloso, le tomó de la mano y juntos se apresuraron hasta el punto por el que había desaparecido el conejo. Aguardaron arrimados el uno al otro. No tuvieron que esperar mucho, pronto oyeron un correteo procedente del agujero y a los pocos instantes el conejo surgió como una exhalación de su interior.

—Ya viene —anunció entre jadeos—. Y es grande.

Hat no contestó limitándose a mantener la punta de la lanza apuntando hacia el agujero. Advirtió que Ches hacía lo mismo con la suya y, a pesar de su debilidad, la punta se mantenía firme. Cuando el perseguidor del conejo surgiera, hallaría la muerte, una muerte que supondría la vida para Hat y su hijo.

***

Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados.

© Copyright de J.E. Álamo para NGC 3660, Mayo 2017

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