La cadena no debe romperse

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Por David Mateo

Nunca olvidaré la cara que puso Carmen el día que trajeron el cuerpo del editor al depósito. Si no recuerdo mal su nombre era Ludwik Lejzer, creo que de origen polaco. Al tipo le habían arrancado media cara, de tal forma que su mandíbula, buena parte del maxilar y la zigoma quedaban a la vista entre trozos de carne y cartílagos retorcidos. Parecía que todo su rostro estaba deformado por un rictus macabro. Angélica Ruiz, la forense de guardia, manipulaba el cadáver con la sobriedad que la caracterizaba. Era perra vieja en el oficio, así que sabía perfectamente cuáles eran las teclas que tenía que tocar para llegar sin muchos rodeos al fondo de la cuestión.

—Varón caucásico de unos cuarenta y cinco años; de estatura no superior al metro ochenta. Peso, alrededor de ciento veinte kilos…

Mientras el tono de voz monocorde de Angélica iba recitando las características de Ludwik Lejzaer, pude observar cómo el color de la piel de Carmen iba variando del blanco pálido al azul enfermizo. Sus manos, temblorosas, buscaron refugio bajo la camilla y su vientre se convulsionó sacudido por la náusea. Finalmente, incapaz de mantener el tipo, abandonó la sala de autopsias y apenas cruzó el umbral del depósito desparramó por el suelo la pizza y el medio litro de Coca-Cola que había consumido durante la cena.

Angélica agachó la cabeza y me miró por encima de los anteojos con aquella mueca inexpresiva que resultaba tan inquietante en los forenses. Me limité a responder con un encogimiento de hombros.

—Es una novata. Creo que la metió por enchufe alguien de arriba.

—Antes los hacían de otra pasta —replicó la doctora con un gruñido.

—Ya sabe, antes los estudiantes de medicina veían muchos cadáveres. Ahora en la facultad usan siempre el mismo. Al cabo del día le dan tantas vueltas que con el tiempo parece que en vez de uno tengan medio centenar.

Angélica arrugó la nariz, no muy contenta con mi broma, y regresó a su labor.

Al final resultó que al pobre Lezjer le habían reventado media cara arrancándole la piel a tiras. La viuda había encontrado el cuerpo bajo la cama, convertido en un guiñapo. De momento la policía se había limitado a abrir el caso, pero la investigación no había hecho más que comenzar.

—Lo siento, Carlos —murmuró Carmen una vez repuesta de su indisposición y cuando el cadáver estuvo a buen recaudo en el frigorífico—. Últimamente lo llevo muy mal. Apenas duermo por las noches, tengo pesadillas. La verdad… no sé si estoy hecha para este trabajo.

—Tranquila —respondí con tono conciliador—, esto no son más que los quince primeros días. Al final acabas acostumbrándote a todo.

Carmen respondió con una sonrisa tímida y sus ojos afables trataron de agradecerme aquellas palabras. Era una chica bonita, demasiado joven para mí, pero resultona. Le propiné una palmadita en la espalda y regresé a recepción.

 

***

 

Las noches de guardia en la morgue suelen ser tranquilas, y más cuando te ponen a un ayudante para que haga la faena sucia. Lógicamente a Carmen le tocaba cargar con la parte más dura del trabajo. Pasé las siguientes horas tras el mostrador, mirando de reojo el partido que emitían por la tele y tratando de concentrar mi atención en los expedientes que se desperdigaban por la mesa.

Si debo ser franco, no puedo negar que la pobre Carmen tenga algo de razón en sus miedos. La vida en la morgue es solitaria, sombría, pero sobre todo: silenciosa. Cuando acaba el turno de la tarde y todos los compañeros se largan a casa, puedes observar cómo las luces de neón de los pasillos se van apagando una tras otra, cómo el edificio se vacía y el rumor de la gente deja paso a un silencio asfixiante, hiriente. Al final acabas quedándote aislado en un sótano ahogado por la oscuridad, resguardando un largo pasillo que acaba en una puerta presurizada. Y más allá están ellos… encerrados en esos cajones herméticos que mantienen una temperatura gélida que ralentiza la putrefacción de la carne. Siempre es duro habituarte a este ambiente de trabajo; las horas pasan lentas, demasiado lentas, y cualquier ruido puede confundirse con algo extraño.

El repiqueteo de los tacones de Carmen me devolvió abruptamente a la realidad. Cuando levanté la cabeza de los expedientes, me encontré con un rostro desencajado. Los ojos de la muchacha se salían de las órbitas y todo su cuerpo temblaba convulsivamente.

—Lo he visto.

—¿Có-cómo?

—Estaba en el servicio y vi su rostro.

—¿Su rostro? ¿El rostro de quién?

—Del polaco. De Ludwik Lejzer.

—¿Pero qué cojones estás diciendo, Carmen? —A pesar de que trataba de mantener la calma, sentía cómo un nudo atenazaba mi estómago. El rostro de la muchacha se retorcía en una expresión desquiciada, casi al borde del llanto. Tuvo que apoyarse en el mostrador para no caer en redondo.

—E-estaba en el depósito de cadáveres cuando comencé a sentirme indispuesta. Me encerré en el baño y volví a vomitar. —Las mejillas de Carmen se sonrojaron durante breves segundos, pero rápidamente volvió a cambiar a aquella expresión sombría que me ponía los pelos de punta—. L-lo siento… —Sus manos se retorcían desesperadas y su voz se quebraba por el llanto. Tuve que abrazarla para infundirle algo de calor—. Apareció de pronto en el espejo. Su cara estaba mutilada, como en el cadáver. ¡Dios, era horrible! Cuando me di la vuelta no vi a nadie, p-pero pude escuchar su voz… hablándome al oído…

—Carmen…

—¡Te juro que lo oí, Carlos! ¡Te lo juro! Dijo claramente: La cadena no debe romperse. Después añadió algo más, pero no pude distinguirlo. Creo que no hablaba nuestro idioma.

Dicho esto se desmoronó en la silla y enterró el rostro entre los dedos. Traté de calmarla como pude y le preparé una tila. Vomitó de nuevo y tuve que pasar la fregona. Pobrecilla, tenía las facciones desencajadas y unas ojeras que casi le tocaban la barbilla.

—Deberías irte a casa. Tienes muy mala cara.

—P-pero no puedo dejarte solo.

—No te preocupes. Llevo diez años trabajando en esta mierda de edificio. Creo que podré apañármelas solo. Ve y recoge lo que estuvieras haciendo en el depósito y lárgate a dormir.

Carmen esbozó una sonrisa que dio algo de calor a su rostro y besó cariñosamente mi mejilla, después echó a correr hacia el pasillo que conducía a la morgue. En verdad era una chica muy bonita… lástima que fuera tan joven.

Me aposenté de nuevo en la silla y traté de ordenar los papeles que habían quedado revueltos después de la súbita aparición de Carmen. No quería admitirlo, pero la historia que había contado me había dejado muy mal cuerpo. Se decía que todo el mundo que trabajaba en este edificio había escuchado alguna u otra vez historias extrañas sobre casos sobrenaturales, pero yo llevaba más de diez años metiendo cadáveres en bolsas de plástico y todavía no había recibido el saludo de ninguno de ellos. Lo cierto es que los muertos suelen ser muy desagradecidos. Te desvives por ellos y no son capaces ni tan siquiera de darte las gracias.

Mandé a tomar por viento el desbarajuste de papeles que llenaba la mesa y fui a la máquina de bebidas a prepararme una manzanilla. El silencio volvió a hacerse ominoso. Lancé un gruñido y esperé impaciente a que el vaso de plástico se llenara con el chorrillo amarillento que escupía la máquina. A mi parecer resultaba estúpido que la gente temiera a los inquilinos de los frigoríficos cuando uno tenía que convivir a diario con aquel silencio tan perturbador. Propiné un trago a la infusión, cerré los ojos y apoyé la espalda contra la pared. Demasiado silencio. Una extraña sensación recorrió mi columna vertebral, provocándome escalofríos. Demasiado silencio cuando la tele debía de estar encendida.

Regresé al mostrador y comprobé que el televisor estaba apagado. ¿Cuándo diablos había pulsado el botón? Casi podría asegurar que en ningún momento. Aunque quizás, cuando había aparecido Carmen tan alterada, lo hubiese hecho de forma instintiva.

De pronto las luces de neón perdieron fuerza y durante décimas de segundo la oscuridad y la luz oscilaron a mi alrededor en fogonazos perturbadores. El nudo que atenazaba mi estómago se tornó más acuciante y a punto estuve de soltar el vaso de manzanilla. Los destellos blanquecinos inundaron los pasillos y todo volvió a la normalidad. ¡Maldita sea! Los huevos se me habían puesto de corbata. Al día siguiente daría parte al servicio de mantenimiento para que alguien tomara cartas en el asunto.

Me disponía a encender la tele cuando un grito escalofriante llegó desde el otro extremo del pasillo, procedente del depósito de cadáveres. Al principio fui incapaz de reaccionar. Mi mano había quedado suspendida a centímetros del interruptor, atrapada en un gesto tenso que atenazaba todo mi cuerpo. El corazón comenzó a bombear con fuerza en mi pecho y un sudor frío recorrió mi espalda. ¡Dios mío, era Carmen!

El grito volvió a repetirse y esta vez sonó más estridente, desquiciado, traspasándome como la hoja gélida de un cuchillo. Me di la vuelta tembloroso y me encaminé hacia la sala mortuoria. Mis piernas se negaban a obedecer; tuve que hacer un sobreesfuerzo para cruzar los pocos metros que me separaban del depósito. Una vez más se escuchó el aullido de mi compañera que retumbó entre las blancas paredes del corredor, creando ecos que se repitieron hasta la infinidad en mis oídos. Esta vez los gemidos ya no cesaron. Gritos aberrantes emergieron de la rendija de una puerta entreabierta. Los aullidos se entremezclaban con jadeos, súplicas y violentos golpes contra las planchas metálicas de los frigoríficos.

Por fin reuní fuerzas de dónde no las había y recorrí el último tramo del pasillo a la carrera. Tuve tiempo de atisbar a través de la rendija parte de la sala mortuoria. Las luces del techo eran más brillantes en aquel habitáculo, tan intensas que casi llegaban a dañar la vista. Retumbó un nuevo grito desfigurado por un terror primario, pero esta vez se interrumpió abruptamente cuando un cuerpo chocó con violencia contra una de las cámaras de mantenimiento. No fue más que una sombra, un destello en mitad de la cortina de luz que emanaba de la sala, pero tuve tiempo de ver la cara de Carmen, desgarrada por una mueca de terror desencajada. Le cubría la piel una mascarilla de sangre en la que destacaban dos ojos desorbitados, deformes, mutilados por el miedo y la angustia. De sus labios brotó un gemido desesperado, después la puerta se cerró con un fuerte estruendo y el rostro de la muchacha desapareció tras una plancha de acero.

El estómago me dio un vuelco y estuve a punto de desmoronarme. Tan solo la mirada suplicante de Carmen, me infundió el valor necesario para agarrar la manivela con ambas manos y tirar en un vano intento de desencajar la puerta. El sello apenas cedió unos centímetros. Daba la impresión de que alguien lo mantuviera aferrado desde el otro lado. Volví a tirar y los músculos de mis brazos se tensaron al máximo. La puerta seguía sin ceder. Apoyé un pie contra la pared e hice palanca. Apreté los dientes hasta que mi rostro se puso rojo y las venas se me marcaron por todo el cuello. Nada. Cualquier esfuerzo era en vano.

Un nuevo grito se escuchó en la sala de almacenamiento, después el brusco impacto de un cajón al cerrarse silenció cualquier borboteo que pudiera llegar desde la morgue. Presa de la impotencia, golpeé la puerta con los puños, una y otra vez, hasta sentir como los nudillos se me desgarraban. Horrorizado, caí vencido contra la pared y sentí como la adrenalina acumulada provocaba que mi cuerpo fuera incapaz de dejar de temblar. Los ojos se me llenaron de lágrimas y grité histéricamente su nombre. Carmen no respondió.

Me disponía a dar media vuelta para pedir ayuda por teléfono cuando la puerta se abrió con un pequeño siseo. Me quedé observándola con cara de estúpido, sin comprender nada. Mis manos actuaron involuntariamente, empujando el sello hasta que la puerta quedó abierta de par en par. La panorámica que se alzó ante mis ojos me dejó sin aliento. Un reguero carmesí comenzaba junto a una de las camillas volcadas y formaba un gran charco ante una de las cámaras frigoríficas, justo donde la chapa se deformaba y se retorcía a causa de los golpes. Coágulos de sangre espesa salpicaban el metal y chorreaban al suelo. El olor a antiséptico se entremezclaba con un hedor más primario, el de la carne mutilada, el de la podredumbre, el del histerismo y el miedo.

Caminé despacio hacia el centro del recinto, como sumergido en un sueño intangible. Distinguí huellas en los charcos de sangre: huellas de unos pies descalzos y grandes. Aquel rastro no podía ser el de Carmen. Contuve el aliento y sentí como las tripas se me revolvían ante el olor que llenaba la atmósfera. Mi mirada siguió el rastro y comprobé que llevaba hasta uno de los cajones de la cámara frigorífica. La etiqueta con el nombre de Ludwik Lejzaer señalaba el frontal del compartimiento. Mis manos se posaron sobre el tirador y poco a poco fui abriendo el cajón.

Jamás podré olvidar la imagen que vislumbraron mis ojos. El cuerpo desnudo del polaco, voluminoso y gordo, sujetaba a Carmen en un abrazo mortal. La muchacha yacía rígida, con una gran grieta que laceraba de parte a parte su cráneo y de la que todavía emanaba sangre. No era más que una figura diminuta entre los brazos de aquel grandullón, pero su rostro se desencajaba en un rictus tan delirante que me hizo perder el aplomo de golpe. Tenía media cara aplastada y la nariz desencajada, curvada ligeramente hacia la izquierda. Su cabello moreno estaba brillante, probablemente por la sangre derramada. Tuve que hacer un gran esfuerzo para liberar a la muchacha de los brazos de Ludwik Lejzer y arrastrarla hasta una de las camillas. Creo que antes de que pudiera depositar su cuerpo sobre el lecho sabía perfectamente que estaba muerta. No tenía pulso, su piel estaba muy fría, y las graves contusiones que recubrían su rostro le otorgaban una lividez extrema.

Me desplomé horrorizado y lloré durante lo que se me antojó una eternidad. Uno de los delgados brazos de la muchacha resbaló de la camilla y pude ver su mano colgando, mortalmente pálida, con un anillo con forma de corazón en el dedo índice. No pude reprimir las convulsiones en el estómago y esta vez fui yo el que derramó todo el contenido de sus intestinos. Tuvieron que pasar horas hasta que logré reunir el valor suficiente para regresar al mostrador y llamar por teléfono a seguridad. El resto de la noche la pasé encerrado en una de las habitaciones de la morgue, sedado por mil narcóticos y respondiendo las preguntas de tipos encorbatados que se empeñaban en repetir una y otra vez las mismas palabras.

Pude ver cómo trasladaban el cuerpo de Carmen del depósito de cadáveres a una de las salas de autopsias. Estaba desnuda, por lo que pude apreciar unas terribles cicatrices que le llenaban buena parte de la espalda. Volví a desmoronarme, sin fuerzas y roto por el dolor. Habría perdido la consciencia de no ser por unas manos firmes que me sujetaron y me devolvieron a rastras a la realidad. Cuando abrí los ojos, me encontré con el rostro severo de uno de los policías que me habían interrogado anteriormente. Angélica aguardaba en un segundo plano.

—¿Significa algo para usted este mensaje? —murmuró el hombretón mientras ponía una nota ante mis ojos. En ella podían leerse las siguientes palabras: «gdzie jeden trzyma sie drugiego». Me sentí demasiado confuso para contestar al momento, sin embargo cada una de aquellas letras quedó almacenada en mi cerebro, como si fueran las distintas piezas de un rompecabezas—. Las hemos encontrado gravadas en la espalda de la chica.

Negué con un cabeceo; sin embargo había algo dentro de mí que me decía insistentemente que aquellas palabras significaban algo. Por desgracia me sentía tan ofuscado que era incapaz de recordar nada coherente que hubiera pasado en las últimas horas. Cuando el policía abandonó el habitáculo, Angélica se me aproximó y me miró con su expresión de sabueso resabiado. Ésta vez su gesto se me antojó más fúnebre de lo normal.

—Ve a casa y descansa, Carlos. Las cosas se están poniendo muy feas y probablemente en las próximas cuarenta y ocho horas se vayan a poner aún peor.

Respondí con un ademán desangelado y abandoné presuroso el instituto forense. Ni tan siquiera el frescor de la mañana le devolvió algo de color a mi rostro macilento. Una vez a resguardo del coche, lejos de las miradas inquisitivas de los policías, de los murmullos nerviosos de los celadores, de los gestos acusadores de los enfermeros, traté de ordenar mis pensamientos y garabateé en un trozo de papel las palabras que me había mostrado el policía: «gdzie jeden trzyma sie drugiego». Sólo entonces comprendí que aquella frase estaba escrita en polaco… ¡en polaco! Carmen había mencionado que había escuchado la voz de Ludwik Lejzer después de ver su rostro en el espejo. Me estrujé las neuronas y traté de recordar sus palabras exactas. «La cadena no debe romperse» ¡Eso es lo que había dicho! Y luego había añadido algo más que había sido incapaz de descifrar. Observé el trozo de papel que todavía sostenía en la mano y un escalofrío recorrió mi columna al distinguir las palabras escritas en polaco.

 

***

 

Llegué a mi apartamento y cerré de forma sistemática todas las ventanas, atranqué la puerta y eché las persianas. Después desconecté el teléfono para que nadie pudiera interrumpirme durante los siguientes minutos. Antes de que el contestador automático se apagara, distinguí más de diez llamadas almacenadas. Las malas noticias solían expandirse como un reguero de pólvora. El zumbido eléctrico del disco duro de mi ordenador fue el único sonido que pudo escucharse en toda la casa. Busqué un traductor de polaco en la web e introduje las coordenadas que había apuntado en el papel. La espera mientras se efectuaba la operación y se recargaba la página se hizo interminable. El sudor comenzó a chorrear por mi rostro y mis dedos se movieron convulsivamente sobre el teclado. Por fin se abrió una pequeña pantalla y contemplé con mis propios ojos lo que quería decir aquella frase tan extraña:

Uno se lleva a otro.

Creo que aquello terminó de crisparme los nervios. Apagué de golpe el ordenador y busqué refugio en mi habitación. A pesar de que al otro de la ventana hacía un día espléndido, las sombras lo ocupaban todo. En mi pequeño reducto todo era oscuridad. Me tumbé sobre la cama y volví a abandonarme al llanto; y esta vez lloré por la pobre Carmen, lloré por la sensación de impotencia que atenazaba mi cuerpo, lloré por el regusto amargo que destemplaba todo mi ser, lloré de puro terror mientras volvía a ver en mi subconsciente, una y otra vez, el rostro mutilado de Ludwik Lejzer, amarrando entre sus lustrosos brazos el cuerpecillo de la celadora; y por fin, lloré como un niño ante el amargo destino que pudiera aguardarme a partir de aquél día, pues era perfectamente consciente de que había sido la única persona presente en aquella sala cuando Carmen fue asesinada tan salvajemente.

Me costó conciliar el sueño. A pesar de que me sentía terriblemente cansado, cerrar los ojos y abandonarme al olvido de la irrealidad me resultó penoso. Cada vez que entrecerraba los párpados veía el rostro de Carmen, roto por el terror, con la piel cubierta de cardenales y esos ojos tan hermosos fuera de las órbitas. ¡Dios mío, si estábamos ella y yo solos en la sala! ¿Quién podía haberla sometido a semejante castigo? Mi subconsciente me devolvía siempre la misma respuesta: Ludwik Lejzer, el editor polaco. Pero eso resultaba imposible. Lo habían encontrado debajo de la cama con la piel arrancada a tiras. Yo mismo había visto como la doctora Ruiz le hacía la autopsia. ¿Acaso los muertos se habían cansado de permanecer en sus cajones y estaban dispuestos a corresponder a nuestros saludos?

Con todos aquellos pensamientos en la cabeza me quedé profundamente dormido. Mi mente navegó entre miles y miles de imágenes: vi a Carmen vomitar ante el cadáver de Lejzer. Contemplé la expresión resabiada de la forense, amonestándome con aquellos ojos inexpresivos que asomaban por encima de sus gafas. Volví a escuchar los porrazos de un cuerpo roto contra los cajones herméticos, retumbando entre las paredes de un pasillo infinito y fundiéndose con un llanto que no parecía terminar jamás. Y en mitad de aquel caos, se me apareció Carmen, completamente desnuda, atrapada por la putrefacción de la muerte, con el rostro deformado por las contusiones y los golpes recibidos. El cabello, antaño moreno y lustroso, ahora no era más que un matojo de estropajos encanecidos. Su mirada había perdido cualquier vestigio de alegría y sus ojos se habían vuelto amarillentos, moribundos, atrapados por el horror primario de aquél que ha visto o sufrido un mal indescriptible.

Me aproximé a ella y pude distinguir, por primera vez, al ejército de sombras que la acompañaba. Miles y miles de hombres cuyas expresiones estaban dominadas por la desesperanza. Espíritus lóbregos de rostros opacos y miradas atormentadas que se perdían en la infinidad, tratando de alcanzar un horizonte que los aproximara al descanso eterno que auguraba la muerte. Algunos de ellos se retorcían como serpientes agonizantes, agitando los brazos en un vano intento de aferrarse a un andamio invisible que les otorgara un punto de equilibrio. Y entre todos ellos, devorado por la masa sudorosa y blanquecina, se encontraba Ludwik Lejzer, el editor polaco, cuyas heridas todavía sangrantes se confundían con los hematomas y las laceraciones que exhibía el resto de los penitentes.

Carmen dio un paso al frente y su cabeza se irguió hacia mí. Sus labios amoratados se separaron y un lánguido borboteo surgió de ellos:

—La cadena no debe romperse. Uno se llevará a otro.

Y sus dientes amarillentos se separaron formando una sonrisa tan lasciva que me devolvió de golpe a la realidad.

 

***

 

Me incorporo en la cama sudoroso y con el ritmo cardíaco acelerado. Las últimas imágenes del sueño se repiten en mi subconsciente de forma tortuosa, negándose a desaparecer del todo. Los ojos de Carmen siguen clavados en mí, diseccionándome como una criatura diminuta que no llegaba a comprender la verdad más evidente. Cierro los ojos y trato de recuperar el aliento. Me resulta imposible. La voz de Carmen sigue repitiéndose en mi cabeza sin descanso.

Miro hacia las ventanas y compruebo que la noche todavía se cierne en el exterior. Siento un punzada en el cerebro tras haber dormido un día entero. Vuelvo a tumbarme en el colchón y respiro hondo. En el techo de la habitación, la oscuridad se ve interrumpida por los faros de los coches que cruzan la calle.

La cadena no debe romperse. Uno se llevará a otro.

Un escalofrío recorre mi espina dorsal al recordar al cortejo de sombras que he vislumbrado en sueños, encabezados por Carmen y seguida muy de cerca por Ludwik Lejzer.

Uno se llevará a otro.

Un intenso olor a podredumbre me asalta de golpe.

¡No! ¡No! ¡No! ¡No puede ser cierto!

Algo se revuelve bajo la cama. Puedo captar la presencia perfectamente, justo debajo del somier; siseante y maligna, deseosa de recabar víctimas y añadir un nuevo eslabón a la cadena.

¡Esto no podía estar sucediendo! Los muertos no se levantaban de las tumbas. Los muertos no se toman la molestia de saludar a los vivos.

Me bajo con un bote de la cama y me dispongo a correr hacia la salida de la habitación. Antes de que mis pies logren reaccionar, siento como una mano surge desde la oscuridad del lecho y me atenaza con fuerza por el tobillo. Mi corazón se detiene y un chillido desquiciado surge de lo más profundo de mi garganta. Con un solo tirón caigo de bruces al suelo. Me revuelvo desesperado y veo un brazo blanco y delgaducho que surge de las sombras. Entonces reparo en su mano; una mano de dedos retorcidos y largas uñas. Una mano en cuyo dedo índice luce un anillo con forma de corazón.

Grito impotente mientras la mano tira con fuerza de mi tobillo, arrastrándome hacia la oscuridad. Pataleo, araño el suelo y pierdo el juicio entre aullidos lacerados por el terror. Ya es demasiado tarde, el jadeo entrecortado de Carmen me aguarda a escasos centímetros, justo entre las patas de la cama.

© Copyright de David Mateo para NGC 3660, Enero 2017

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