La burbuja

Por Sara Martínez

Llueve. Llueve a mares, con ganas, a cántaros, torrencialmente. Diluvia un huevo. El cielo llora. Llora con tanta vehemencia que no es ni medio normal. ¿A qué se debe? Eso no lo sé. Quizá le haya dejado la novia. El caso es que jarrea. Jarrea que da gusto. Cosas de la vida… ¡A mí plin! Apenas coloco un pie en el asfalto empapado, mi burbuja se activa sola. Me envuelve en su seco y cálido campo de acción, neutralizando toda amenaza. La era del paraguas quedó atrás. ¡Qué invento más ridículo y arcaico! Ni una simple gota de agua rebelde logra expugnar mi fortaleza invisible.

A pesar de que a mi alrededor cae la del pulpo, yo continúo a lo mío. Mientras camino sin rumbo distraídamente, ajusto el hilo musical. Una de mis canciones favoritas recién descubiertas inunda el espacio. Subo el volumen al máximo y la pongo en bucle. Me siento de buen humor.

Empiezo a trastear con los parámetros del perímetro de socialización. Veamos… Hoy estoy en modo Rata Asocial Nivel 5. Paso de la gente. Programo la burbuja para que me proporcione un aislamiento total. Ni encuentros inesperados, ni llamadas telefónicas, ni hostias en vinagre. Doy consentimiento a algunas notificaciones de mis redes en Internet, pero solo porque estoy un poquito enganchada. Males del mundo moderno. Respecto a la interacción con personas humanas… en fin, hoy va a ser que no. Establezco a mi churri como única excepción. El churri siempre apetece.

Y ya está. Así de sencillo. Jo, ¡qué barbaridad! ¡Cómo avanzan las ciencias! Ni vacuna contra el cáncer ni gaitas, chaval. La burbuja… ¡Eso sí que es progreso!

© Copyright de Sara Martínez para NGC 3660, Junio 2018

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