La antifuente – Reed.

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Por Francisco Jota-Pérez

«¿Cómo sabes si la tierra no es más que el infierno de otro planeta?».

Aldous Huxley

 

Confirmó de forma irrefutable la existencia de la antifuente cuando ya fue más que demasiado tarde, gracias a una visión agónica durante la caída. La preciosa antifuente y su sistema límbico tentacular, campana de Gauss invertida, el dedo tornasol de Dios en cascada. Y él cayendo, rasgando sangrías y fronteras con su peso sumado a la aceleración exponencial sumada a la atracción gravitacional de su castigo. Portador de hemorragias, el reo en traslado intersticial fue un cometa fulgurante rayando los cielos de Kandor, N’where, Oz, tierras medias, zonas limítrofes con la fantasía y lo hipnogógico y demás territorios, demás cielos, en la confluencia entre Da’at y la antifuente. Mach 7. Hipersónico. Llevado al presidio.

Hidrógeno y helio y después fuego. Un tumbo en la Ionosfera y la antifuente riéndose de él. La sola caída ya valía por toda una cadena perpetua y, aun así, el reo fue completamente consciente todo el tiempo de que ésta representaba apenas una micronésima parte de su condena. Durante un instante de pánico óseo, de ese pánico enraizado en el tuétano y que constriñe los sistemas de soporte vital como un puño cerrándose con toda la ira del infinito entorno a la vida misma, conjeturó sobre la nueva jurisprudencia a la que debería adaptarse deprisa si pretendía, cosa que aún no tenía del todo clara, sobrevivir. El conjunto de reglas e interrelaciones del presidio. Un misterio terrible, insondable , de paralaje tan diáfano que, desde la altura a la que se encontraba y cayendo, se le antojó del todo incognoscible. Tarea de titanes, la que le esperaba abajo. Calvario. Lo peor, y aún peor que la caída, desde luego, estaba por llegar.

Cumulonimbos como fractales en la tropopausa. Dióxido de carbono y restos de hollín y, por fin, oxígeno. Algo asimilable. Nutriente a sumar a la energía que la vieja estrella regente de aquel sistema solar le suministraba al presidio. Con el cambio de perspectiva de la entrada en atmósfera, la caída pareció acelerarse.

El presidio sorbiéndole. Hacia abajo por la antifuente. El cuello de botella estrechándose, concretándose hacia el impacto con el asfalto. El reo se permitió embelesarse, darse un capricho tardío antes de lo inevitable, con las formas de la fractal esponjosa. Meditó sobre las fractales, esa representación matemática cuyo todo se autorreplica en cada una de sus partes; en su naturaleza y esplendor caóticos, el reflejo más fiable de la realidad. Se preguntó, en paralelo, a qué clase de dibujo a mayor escala, sólo aparentemente abstracto, replicarían su mundo de origen, su vida y cada una de sus acciones, y en qué ínfimo detalle podría un cálculo avezado encontrar la pauta idéntica de éstos.

Tan cerca del suelo y para siempre tan lejos del hogar. La antifuente se estrechó aún más, ahora un filamento ambarino jaspeado de magenta y verde, desaguando al reo, su materia, espíritu y sino contenidos en el rayo, enfocada hacia el aterrizaje. Un último estruendo de rotura de sonido. Impacto contra el presidio en tres, dos, uno…

¡¡¡BRAKABOOOOOOOOOOMMMMMMMMM!!!

Los mecanismos legales sindicados a la antifuente se encargarían más tarde de explicar el temblor de tierra, la nube de polvo y el humo y el estruendo y el cráter como un reventón en una de las tuberías de gas secundarias en la periferia del núcleo urbano al que el reo había sido destinado para cumplir condena. Todo contenido y controlado, un inconveniente mínimo para la población autóctona.

Por el momento, el reo tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Se arrastró hasta quedar parapetado tras unos contenedores de basura al cabo de un callejón cercano al punto de aterrizaje. La caída le había dejado casi muerto, así que, en lugar aparentemente seguro, se concentró en activar los rasgos genéticos proporcionados por el tribunal tras la lectura del veredicto que le había expulsado a allí. Puso en marcha el recién adquirido factor curativo, que a su vez estimulaba el crecimiento de una glándula provisional dedicada a la fabricación de endorfinas y opiáceos complejos gracias a los cuales perdería el sentido durante lo que durase el proceso de regeneración.

Fundido a negro. Listo para el sueño sin sueños. Antes de desmayarse, el reo trazó mentalmente una serie de puntos a cumplir nada más despertar: establecer un orden prioritario de activación del resto de rasgos una vez analizado someramente el nuevo entorno, ir en busca de los más parecido a un comité de recepción que la antifuente hubiese dispuesto para él y apresurarse en olvidar todo lo concerniente a su mundo de origen. De allí en adelante, lo demás sería pagar por su crimen.

Le despertó algo parecido a un toque de corneta. Bañado en sudor y restos del ambargris segregado durante el proceso de curación y reconfiguración morfológica. Desnudo. Un tanto avergonzado y hambriento. Se comprobó regenerado y alterado superficialmente lo suficiente como para camuflarse entre la especie animal dominante en el presidio, a quienes ahora estaba obligado a considerar sus iguales. Trabajó unos minutos en la urgente tarea de dominar el bipedismo, sintiéndose un poco imbécil al no tener nada con que entretener las dos extremidades superiores que la transformación le había dejado exentas de sus primarias funciones de desplazamiento. No parecía que la antifuente le hubiese impreso en el genoma el más mínimo vestigio de información al respecto del uso correcto de éstas. Sería uno de los asuntos prioritarios a los que prestar atención durante la primera toma de contacto con los organismos autóctonos, pues. Ya erguido, en movimiento, se asomó entre los contenedores de basura para ver de dónde provenían aquellas armonías y cánticos que le llegaban desde lejos.

La avenida en la que desembocaba el callejón en el que el reo se había refugiado se hallaba inmersa en mitad de lo que parecía una jornada grande de fervor religioso. Así entendió él el desfile de hileras de gente ataviada con túnicas y capirotes en púrpura, blanco y azafrán, marcando el paso como una sola unidad biológica, un enjambre coordinado telepáticamente, y entonando vivas que entrecortaban sonsonetes plañideros interpretados desde ventanas y balcones. Algunos de los integrantes de la procesión portaban a hombros tristes imágenes de madera y pan de oro, cubiertas con mantones de abigarrados bordados. El reo olisqueó en el ambiente el torrente hormonal segregado por aquella porción de habitantes del presidio, su dolor y su pasión. Fanatismo y, también, amor no correspondido.

Lo que más le llamó la atención, sin embargo, fue que la velocidad de oscilación de las partículas que componían aquel conjunto procesional era inusualmente lenta. Aún debía llevar con él algo del ciclo temporal de su mundo de origen. En el presidio, anotó mentalmente, todo le aparecería mucho más lento a la percepción, los intersticios entre secuencias de actos se dilataría casi sin sentido. Segundo factor al que prestar muchísima atención.

Se entretuvo en la contemplación del desfile, esforzándose por aprender todo lo posible y sacándole todo el partido a la distorsión senso-temporal para ello, mientras consideraba sus mejores posibilidades inmediatas. Aprendió cómo reducir y remezclar subsonidos hasta que su voz pudiese llegar a sonar humana. Aprendió a amortizar la interfaz bípeda de recepción de estímulos, principalmente localizada en la parte frontal del cráneo. Aprendió la base simétrica y binaria de interacción de la especie con ellos mismos y los objetos circundantes, bastante sencilla una vez se observaba con detenimiento. Esto último le envalentonó especialmente y le trajo un hálito de esperanza. Las probabilidades de adaptación temprana se incrementaron. Ahora sólo necesitaba un plan. Que le llegó mediante el azar, factor esquivo y peligroso que parecía impregnar gran parte de la peculiaridad existencial del presidio.

Un animal cuadrúpedo se separó del grupo principal en la procesión y se acercó a los contenedores de basura en el callejón. El reo se acuclilló y se escondió tras dos bolsas azules de reciclaje de residuos, sin perder de vista el errático devenir del ser, en el que también había reparado uno de los humanos en el desfile. El humano le tendió el cilindro de sebo coronado por una llamita que llevaba consigo a otro de los penitentes que le acompañaban, y llamó al animal.

—¡Satán! ¡Ven aquí, chucho pulgoso! —ordenó. Luego trotó con paso firme hacia el callejón.

El llamado Satán, mientras tanto, se había escurrido entre los contenedores y olfateaba uno de los muslos desnudos del reo. Éste, tras una breve evaluación de las intenciones del animal basada en las emanaciones de su sistema simpático, optó por acariciar al perro, quien inmediatamente dio muestras de complacencia y aceptación del extraño.

El humano llegó hasta ambos. El animal, ante su presencia, reaccionó con un respingo y un cambio hacia una actitud recelosa, presta a la huida. El reo, por su parte, se irguió y se le encaró, empatizando inconscientemente con su primer contactado en el nuevo mundo.

—¡Joder! —se sobresaltó el humano al posar la vista en el reo —¿Es que te has escapado de un circo, o qué? ¿Qué mierdas quieres hacerle a mi perro?

En un primer momento, el reo no entendió las palabras del humano, que con su exabrupto había provocado que Satán se refugiase tras las piernas separadas del primero, presa del miedo y la indefensión hacia el segundo que le supuraban bajo el espeso pelaje y que el reo no alcanzaba a asimilar cómo el otro no era capaz de percibir. Así pues, en lugar de malgastar recursos energéticos o enredarse con abstracciones lingüísticas, el reo, azuzado por las hostiles proyecciones sensoriales del cuadrúpedo, se lanzó a la acción. Brincó hacia el humano y se valió de todas las armas de su nueva complexión: usando las extremidades superiores, apresó a su espontáneo enemigo por los hombros y le sacudió en los genitales, cuya situación los volvía increíblemente expuestos al ataque, con una de las inferiores; el humano se dobló y boqueó en busca del aliento que acababa de perder, y el reo, aprovechando su superior capacidad de movilidad en el tiempo, le rodeó para agarrarle el cráneo desde detrás, que a continuación sacudió un poco, comprobando la resistencia del entramado de músculos sobre el conjunto de vértebras que lo unía al tronco, y, juzgando ésta ciertamente precaria, procedió a dar un fuerte tirón con el que le alineó el rostro con el trasero. El humano se desplomó de rodillas en el suelo. Su corazón se paró casi al instante. Curiosa disposición anatómica la de esta especie, pensó el reo, que los hace tan fáciles de eliminar.

—Gracias, bestia rara —gruñó el perro Satán, acercándose con tímidos pasitos al humano fallecido-. Ya me estaba oliendo otra paliza…

—¿Por qué me llamas bestia? —replicó el reo, adaptando las vibraciones de su glotis al lenguaje del animal—. Desconozco el tipo de moral por el que te riges, animal, pero en mi lugar de origen, lo que acabo de hacer suele agradecerse.

—No me malinterpretes, amigo —Satán—. Me has salvado los cojones de una buena, pero es que tu aspecto…

—¿Qué le pasa a mi aspecto? ¿Acaso la distribución de elementos compositivos no encaja con el estándar para la especie dominante en este planeta?

—Si para ti esa «especie dominante» es una mezcla feísima de simio y lagarto…

El reo salió del callejón para mezclarse con la multitud en el desfile. El traje de nazareno que acababa de robarle al humano muerto se tensaba en determinados puntos de su anatomía, revelando una joroba que nacía justo debajo de la nuca, arremangándole los bajos de la túnica de forma irregular, permitiendo que asomase parte de una pata cubierta de escamas y acabada en tres dedos curvos formando una garra que arañaba el asfalto húmedo sobre el que cojeaba. Necesitaba hacer acopio de toda la concentración posible para acostumbrarse a que su campo visual quedase limitado a las dos ranuras abiertas en el capirote que le sofocaba, ajustado a su desproporcionada cabeza como un guante tres tallas menor a la que le correspondía. El aire fresco era filtrado por las dos piezas básicas de aquella estrambótica mortaja, un añadido a su castigo a modo de uniforme carcelario, ensuciándola con la exudación de su reciente víctima, impregnando y agrediendo al reo con calor, mucho calor, y con el perfume inciensario, cansado y culpable de todos los vía crucis en los que los anteriores portadores del traje habían tomado parte.

Aun así, el reo se sumergió en el gentío. El perro llamado Satán le seguía de cerca, emulando sus pasos desde la acera a su izquierda. Parco consuelo. El reo se dejó guiar por las señales comunales que también guiaban al enjambre a su alrededor, en dirección a donde sin duda debería enfrentarse a una segunda prueba para su instinto.

¿En eso iba a consistir su condena por toda la eternidad? ¿En una serie de ensayo y error encadenándose hasta la locura del infinito? ¿Valdría la pena seguir luchando después de que los fallos, malentendidos, inadecuaciones y rechazos se contasen por cientos?

Estaba perdiéndose en su propio punto de vista contaminado. Se estaba dejando llevar por la asfixia que lo rodeaba, por el incómodo travestismo en una forma que no era la suya, amenazando con sojuzgarle. Debía volver a entrar en sí mismo, volver a volverse objetivo. Eso era. La objetividad le mantendría cuerdo. El análisis y la actuación en consecuencia eran las únicas claves plausibles de supervivencia. Las fuerzas vivas de la antifuente le habían desterrado allí, pero no permitirían, a pesar de todo, que uno de los reos a su cargo vagase descontrolado y desorientado por el presidio. Seguro que tenían preparado un último acto de contingencia para él, un encarrilar su ahora para que el resto de castigo por llegar fluyese siguiendo un curso razonablemente hiriente, no trufado de accidente tras accidente azaroso, sin medida, como estaba resultando el día hasta el momento.

Se reubicó a sí mismo. Se internó algo más en la turbamulta de penitentes y, al hacerlo, como si hubiese introducido un virus en los códigos de comunicación del enjambre, éste se detuvo. Al unísono, sin previo aviso, obedeciendo sin plantearse siquiera cuestionar la orden proveniente de uno de los muchos rasgos propios que el grupo humano compartía y de los que el reo carecía, un rasgo atávico y tan bárbaro y visceral como la procesión misma. El desfile de sacrificio y expiación se congeló espontáneamente bajo un balcón engalanado con crespones negros y malvas y una pancarta desteñida en la que aparecía una inscripción borrosa sobre el retrato idealizado de una mujer joven, coronada por un halo dorado y que lloraba grandes lágrimas celestes. Por la barandilla del balcón asomó una segunda hembra humana, tan distinta de la pintada en la pancarta como una hembra humana pudiese llegar a ser: carrillos hinchados de grasa, busto enorme que se desbordaba sobre la traviesa superior de la barandilla, enfundada en luto riguroso y apolillado, rostro congestionado y carmesí y una estridente voz emocionada con la que imprecó a los que la observaban abajo.

—¡Dios te salve, guapa! ¡Viva la madre virgen del rey de reyes! -gritó.

Y luego cantó:

Como no tenían naíta que hacerle

le escupen y le abofetean

y le coronan de espinas

y la sangre le chorrea

por su carita divina.

Mare mía de mi corazón

seca esas perlas de pena

pon en tus ojos tu sol

que eres gitana y morena

y eres la mare de Dios.

Histeria colectiva.

El reo buscó a Satán entre la multitud que aplaudía y le gritaba a la mujer en el balcón y hacía pucheros bajo los capirotes, con la intención de pedirle consejo sobre el protocolo de actuación de las subespecies del planeta en caso de verse atrapados, como él se vio atrapado entonces, en una situación tan claramente peligrosa. El animal había desaparecido. El reo no podía localizar su firma biorrítmica entre la miríada de salitre, cera y taquicardia y shock estético proyectada por los humanos como un millar de alarmas tocando queda a la vez. Perdido. Abandonado de nuevo a la necesidad de improvisación. Se imponía una maniobra de matemática precisa y ejecución prístina con la que huir, así que se exprimió las meninges y planteó escenarios hipotéticos mientras soportaba impávido los empellones y las muestras de júbilo de los demás.

Cuando el cortejo ritual volvió a ponerse en marcha para dejar atrás su última estación, lo que le llegó al reo desde la parte posterior del hemisferio central de su cerebro no fue una estrategia, sino un par de revelaciones: la primera, que aquel inicio atropellado del periplo por su calvario no era un accidente ni un error de provisión de la antifuente, que precisamente el pago equitativo por el crimen cometido en su mundo de origen, por la naturaleza fría, mesurada, cabal y racional de éste, era una caída terrible al inframundo de la emoción desenfrenada, igual a un círculo perfecto, único e indivisible de purísima estupidez, un destierro a los territorios pútridos de la fe no cuestionada, de la inteligencia deformada por la disolución de la individualidad en el caldo hirviente, violento y amargo de la masa histérica, de la psicosis histriónica en la que el solitario está absolutamente solo y el que comulga lo hace en carne y espíritu con el absoluto entero, de lo pactado y perpetuado sin disquisición por la impronta de la superchería arraigada en lo más hondo de la esencia reptiliana del ser.

Lo segundo que comprendió el reo en aquel dilatado momento de desgarro, y que concernía a lo inmediato, fue que, si bien su penitencia iba a ponerse mucho peor antes de mejorar lo más mínimo, cabía contemplar la opción de una salida, una puerta de atrás como última oportunidad de detener el proceso al instante.

En un principio nadie reparó en él. No hasta que estuvo lo bastante cerca del paso portado a hombros, alrededor del cual se congregaba el grueso del gentío, como para clavar las garras en carne y madera y trepar por la espalda de alguien y subir hasta abrazarse a la estatua de la madre de aquel Dios al que los oriundos del presidio decían adorar con sus lamentos y su algarabía culpable. Un griterío de desaprobación se alzó en dirección al reo. Los brazos de los cofrades porteadores cedieron al aumento de peso y, temiendo quedar sepultados, éstos se vieron obligados a echarse a un lado y dejar caer su carga. Saltaron astillas en todas direcciones y el reo resbaló. Un listón resquebrajado se le clavó en el vientre. La procesión entera y el público que la seguía cayeron sobre los pedazos de paso y la estatua y el reo como moscas sobre una herida abierta. El griterío aumentó:

—¡La Virgen! ¡La Virgen! ¡Mirad que la Virgen esté bien!

—¿¡Qué coño está haciendo ese animal!?

—¡Loco! ¡Hijo de puta!

Pero cesó en lo que el reo tardó en arrancarse el capirote de la cabeza. Al momento, un espacio de vacío y respiración contenida se abrió entorno a él. Los habitantes del presidio, inmersos en su particular fervor religioso, no estaban preparados para lo que se les mostró. Sobrecogidos por la contemplación de los globos oculares afacetados del reo y la pareja de antenas carnosas allí donde para ellos debería haber una nariz, por la visión de los cuatro largos colmillos retorcidos que sobresalían de sus fauces abiertas, verticales, de textura vaginal, por el insulto para sus oídos que representaba su graznido de pena, los humanos retrocedieron despacio, paso a paso, temerosos. Alguien sucumbió al horror y se desmayó. Algún otro continuó, desde la distancia, profiriendo insultos al cielo y rogándole al señor que eliminase de la faz de la creación a la criatura que acababa de convertirse en el centro de su atención.

El reo se sacudió e intentó incorporarse. Graznó y luego aulló y luego trató de dar forma a unas cuantas palabras en el idioma de los hombres, salpicándolas con el acento de los perros, pero el hirviente dolor que le subía a la garganta desde el punto en mitad del abdomen donde se le había clavado el listón le impedía modular nada concreto.

Los humanos siguieron retrocediendo. Alguien vomitó. Alguien maldijo y llamó a desatar las iras de una legión entera de demonios sobre el engendro alienígena. Unos salieron precipitadamente de portales y escaparates. Otros tantos se apresuraron a agarrar cualquier cosa susceptible de ser usada como arma que les quedase cerca. Ninguno votó por la serenidad. Ninguno chistó ni planteó pregunta alguna, según lo esperado.

El reo se arrodilló y miró a la cara de la virgen que él mismo había destronado. Estiró las extremidades superiores en el suelo y agachó la cabeza en la caricatura de un gesto mendicante y volvió la vista, implorando falsa misericordia, a la primera oleada de gente que se acercaba a él para cobrarse satisfacción, con piedras y palos en las manos y el brillo de la antifuente en las pupilas.

© Copyright de Francisco Jota-Pérez para NGC 3660, Octubre 2016