Knockin’ on Heaven’s Door

Por Pily Barba  

La observé en silencio mientras todos despejaban la habitación. A pesar de tener un rostro cadavérico, tremendamente delgado y blanco como la cera, Isadora parecía una persona aparentemente dormida; su aspecto ya solo parecía enfermizo; no había ni rastro del trozo de carne fracturado, desfigurado y amoratado que llegó al hospital. Dada su apariencia, cualquiera diría que la casi mujer jamás volvería a despertar.

Pobre niña…

Respiré hondo, dispuesto a no perder un segundo más. El sufrimiento de los suyos era tan extremo y su coma tan inútil que, ¿para qué esperar? Me senté rápidamente a su lado, la tomé de la mano y, mientras acariciaba su pelo rubio, el eco de nuestros pensamientos empezó a entremezclase: habíamos establecido conexión… y la hallé desesperada. Entonces me apresuré a mostrarle qué había sucedido después de haber perdido la consciencia bajo los efectos de esa droga que ella desconocía haber tomado. No se lo esperaba, o sí, pero siguió dudando, y lo hacía de una manera tan dañina para sí misma que terminó obligándome a proyectar mi propia energía casi con violencia sobre la vorágine en la que se estaba convirtiendo ella. De esa forma, dejándola prácticamente inmovilizada, intenté ayudarla a comprender que, a pesar de haber sido abusada y mutilada por su novio y varios tipos más, ella no había provocado nada. ¡Nada!

Llegaba el momento de enseñarle cuál era su auténtica naturaleza, pero para eso debía tranquilizarla más; dominar su miedo, su ira, su impotencia, y no me veía capaz. Era la primera vez que me enfrentaba a tanta vehemencia; nunca le había plantado cara a un cúmulo de energía tan desaforada habitando un cuerpo tan joven y menudo. Estaba alucinando. Mientras, Isadora seguía sin dejarse hacer, así que opté por devolverle en un único rebote el reflejo de sus propias vibraciones: su bondad, el lugar donde residía su auténtica belleza, toda su valía, y es que no se me ocurría otro modo de hacerla ver cómo era en realidad, ya que parecía haberse olvidado por completo. Por eso la estampé todo lo suyo así, a lo vivo, a ver si de paso entendía que ella solo había sido una víctima más de la crueldad y el capricho; de la falta de humanidad de aquellos en quienes había confiado. Y entonces, ¡plup!, sucedió: cuando la niña por fin consiguió reconocerse y volver a sentirse a sí misma por primera vez desde que abandonó el mundo de los conscientes; cuando dejó de verse como una posible culpable, cuando se dio cuenta de que el monstruo no era ella y comprendió que solo había tenido la mala suerte de ser alumna de una lección que ningún ser humano debería aprender jamás, por fin se dejó ir. En paz. Para siempre.

Yo, bueno, no pude evitar dejar escapar una leve sonrisa: el limbo acababa de convertirse en un lugar mucho más solitario, y eso, claro, eso siempre era una buena noticia.

© Copyright de Pily Barba para NGC 3660, Julio 2019

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