I Killed Cupido

 

Por Mónica Aragón

Sí Sr. Juez. Yo fui, yo lo hice.

Me lo cargué porque no quiero sufrir más. Porque son ya demasiadas, a mi parecer, las veces que me han roto el corazón y no me queda apenas un pedacito sano. Y no sé si se recompondrá algún día, cuando las huellas son tan profundas.

La gota que colmó el vaso fue que hace poco apareció alguien. Y ante la perspectiva de siempre y el consiguiente terror, sin mencionar las sensaciones de estar cagándola de nuevo y no haber aprendido nada de todo lo anterior… decidí hacerlo.

Ya desde ayer bombardeaban mi cabeza, por no decir el resto de mis sentidos, con los dichosos mensajes de cada año. No voy a repetirlos. Pero si quiere saber cuáles son, busque, Sr. Juez, la entrada titulada «San Valentín» que escribí por estas mismas fechas el año pasado. Si bien entonces me hallaba en ese estado de enajenación que llaman amor, muchos de los argumentos ahí expuestos son perfectamente válidos para comenzar a comprender mis más que justificados motivos para hacer lo que hoy nos trae a esta sala de juicios. No sé si puedo argumentar mucha más defensa que la de no querer que me destrocen. Y menos aún enamorarme de alguien que no siente amor por mí.

¿Quiere Ud. saber cómo se desarrollaron los hechos?, ¿cómo se mata a Cupido? Sinceramente, yo tampoco sabía cómo hacerlo. Había oído que sólo una de sus propias flechas clavada en el mismo centro de su pecho podía hacerlo. Pero es difícil hacerse con una de ellas así que tuve que maquinar otro plan. Busqué por todas partes y me estrujé el cerebro hasta que el último trozo de mi (escasa) materia gris dijo basta. Y entonces, como por arte de magia, en un escaparate, vi una posible solución. Y ha funcionado.

Entré en la tienda y compré todo lo que creía necesitar. Créame Sr. Juez si le digo que me he gastado más de lo que mi presupuesto actual me permite. Pero no importa, ha merecido la pena.

Ahora sólo quedaba trazar una estrategia para capturar al sujeto. Y fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía que hacer nada más que esperar. Él vendría a mí como cada año. Como ha sucedido irremediablemente durante precedentes años, sin remedio, y llevándome a la situación en la que me encuentro actualmente.

Y así fue. Y gracias a mis problemas de insomnio me agarró despierta.

No lo dudé.

Me abalancé sobre él en el mismo segundo en que comencé a notar algo raro en el ambiente. Justo en el momento en que el estaba echando mano de la dichosa flechita para colocarla en el arco. Conseguí inmovilizarle sin apenas problemas y le amarré bien fuerte de manos y pies. Sujeté su cabeza al suelo con casi un rollo entero de cinta americana y también su barbilla procurando que su boquita quedase bien abierta. Un poquito inclinada hacia atrás para que la traquea estuviera al descubierto. Entonces le hice tragar lejía hasta que ese «monísimo» color rosáceo de sus mejillas desapareció. Perdió el conocimiento. Mientras lo recuperaba (no quería que se perdiese nada del proceso) tomé sus flechas una a una y las fui partiendo en pequeños pedacitos. Al romperse desprendían pequeños corazoncitos que me costó mucho esquivar. Son realmente peligrosos y no quería que ni uno me rozase por casualidad. Resultó agotador Sr. Juez, créame.

Fue en ese momento cuando el sujeto volvió en sí. Aproveché para, justo delante de su carita, ahora blanca de terror, destrozar su arco.

El siguiente paso fue desplumar poco a poco esas alitas blancas. Esto me vino bien porque no sé si sabía su Señoría que arrancadas esas plumas pierden todo su poder enamoratorio, así que las aparté porque me servirían para rellenar mi edredón que ya está un poco viejito.

A continuación, le enfundé esa dichosa camiseta con los corazones rojos y cambié sus pañalitos de tela (tan etéreos ellos) por uno de esos horteras calzoncillos también de corazones. Igual hubiera sido más humillante ponerle un tanga, pero mi presupuesto no alcanzaba para tanto, así que eso valía.

Ya, por último, hice que se comiera uno por uno kilos de bombones, caramelos, gominolas y unas cuantas piruletas con su dichosa formita de corazón.

Y entonces pasó, todo delante de mis ojos, que se llenaron de lágrimas victoriosas:  el Sr. Cupido reventó.

Millones de chispas saltaron como si de unos fuegos artificiales se tratase. Me asusté un poco pensando que después de brillar por la habitación podrían volver a unirse y recomponer a aquel ser indeseable. Pero no sucedió.

Barrí las cenizas y me deshice de ellas y del resto de las pruebas. Fregué bien el suelo y me eché en la cama segura de que ustedes vendrían a buscarme. Me relajé y esperé.

Y esto es lo que pasó Sr. Juez. Sí, yo maté a Cupido. Fue en defensa propia.

© Copyright de Mónica Aragón para NGC 3660, Febrero 2018

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