Las tres vidas de Julia Dumrauf

 

Por Víctor Miguel Gallardo Barragán

Vinieron a llevarse a Julia Dumrauf un domingo por la mañana. Era mi vecina del tercero. Por ley, debían estar presentes en su arresto al menos dos testigos civiles que no tuvieran lazos sanguíneos con ella, pero el oficial de la Guardia Republicana que estaba al mando no encontró a nadie más que a mí en el edificio y tuvo que mandar traer a alguien que pasara por la calle, quien fuera. Le tocó el disgusto a una anciana que apenas podía sostenerse sobre un desvencijado andador de madera. La señora, que tampoco debía de estar demasiado bien de la cabeza, no paró de esgrimir argumentos ininteligibles sobre su inocencia. Echaba la culpa a su nuera. Entre el oficial y una agente de la Policía de Tráfico que nos acompañaba, consiguieron convencerla de que no había hecho nada malo, solo se requería su colaboración. Pero otro guardia le tomó los datos y, cuando los tuvo, también le requirió los de la mujer de su hijo. Aquello me puso los pelos de punta.

Derribaron la puerta y entraron en el pequeño piso semivacío. Julia Dumrauf se había instalado hacía muy poco tiempo en aquella calle Kreuz que me había visto nacer. Eran casi las once y todavía estaba en la cama. Aquello, de por sí, ya era sospechoso, a no ser que trabajara en el turno de noche de alguna de las grandes fábricas que, en aquellos primeros meses de la guerra, escupían humo y escoria veinticuatro horas al día. Frankfurt estaba llena de ellas, pero Julia Dumrauf no trabajaba en una fábrica sino en una imprenta.

La ley también obligaba a que el registro de las dependencias de una mujer lo realizara otra mujer, pero no había ninguna disponible en la Guardia esa mañana, por eso estaba allí la agente de policía. La cacheó con bastantes más miramientos de los que la mirada del oficial parecía aconsejar mientras otro de los guardias nos empujaba a la vieja y a mí contra la pared más alejada de la escena. Nos habían invitado a observar sin intervenir y, luego, a olvidar. Parecían más molestos que otra cosa por todas las dificultades con que la normativa gravaba su trabajo: dos testigos, una mujer haciendo el trabajo sucio, nada de romper cosas, nada de vejaciones innecesarias. En realidad, todas estas trabas se fueron diluyendo conforme pasaron los años de contienda. Al final, prácticamente no quedó nada excepto la sorpresa y el horror.

Porque, es la verdad, Julia Dumrauf estaba aterrorizada. Era todo temblor y gemido ante el trance del cacheo; por ver cómo, cajón tras cajón, sus pertenencias eran apiladas, clasificadas y examinadas por desconocidos. Sus bragas, sus libros, el contenido de su bolso, sus medicinas, la escasa vitualla de frigorífico, congelador y despensa, todo acabó conformando una masa informe, en parte orgánica y en apariencia no del todo muerta, que fue sopesada, manoseada y fotografiada de forma incesante por los uniformados.

En el barrio ya conocíamos aquellos uniformes negros. Medio en broma, medio en serio, se los equiparaba a la Gestapo, aunque pobre de aquel al que oyeran decir en público tal cosa. Aprendimos a diferenciar los colores de sus brazaletes y a temer solo los que merecían tal honor. Los de aquel día portaban el peor de todos, el negro, el de la policía política y militar. Pero, ¿de qué se acusaba a Julia Dumrauf? También era obligatorio leer al arrestado el pliego de denuncia. No recuerdo los detalles, pero parece que mi joven vecina pertenecía a las juventudes de cierto partido ilegalizado para el que había impreso y distribuido panfletos que animaban a la población a rendirse al enemigo y acabar con la contienda.

En tiempos de guerra, esto lo he aprendido con el tiempo porque por entonces, pobre de mí, solo lo intuía, había varios delitos que superaban a los demás. La no contribución al esfuerzo de guerra, el más común entre las mujeres que se escaqueaban de fábricas y demás centros de trabajo, solo era comparable, lejos del frente, al de la propaganda subversiva y el derrotismo. Julia Dumrauf tuvo suerte de ser enviada a un campo de trabajos forzados: de haber sido apresada un par de años después, es muy probable que hubiera dado con sus huesos en el paredón.

Pero la guerra casi no había empezado todavía. Los uniformes negros y los negros brazaletes estaban impolutos, la vieja del andador de madera no había sido sacrificada por ser una inútil carga para el Estado y yo no había sido obligada a trabajar en un batallón de limpieza pese a la diabetes y la miopía galopante. Eran, todavía, los buenos tiempos.

 

***

 

Los rusos entraron en Frankfort seis años más tarde, a sangre y fuego. No quedaba ya gran cosa de nuestra hermosa ciudad, la aviación se había ocupado de convertir en irreconocibles hasta las ruinas causadas por los bombardeos de la semana anterior. Caía el fósforo sobre los descampados en los que antes se erguía orgullosa la Colegiata mientras que los que nos habíamos quedado en la ciudad, no muchos más de treinta mil, nos ocultábamos en madrigueras subterráneas esperando que pasara el peligro. Pero este siempre estaba ahí: incluso los días tranquilos, nada aseguraba que un dron, casi indetectable, te arrebatara la vida. Hasta a eso nos acostumbramos.

Luego me contaron que tuvimos suerte de que fueran los rusos los que nos capturaran. Lo hicieron de forma mecánica: nos apuntaban con uzis y nos subían a camiones decomisados. No manifestaban especial inquina; en realidad, sus maneras eran menos bruscas que las que habíamos sufrido por parte de nuestra Guardia Republicana. Los viajes duraban días, y solo muy de cuando en cuando se abrían las compuertas para que alguien arrojara dentro garrafas de agua, algo de pan, salchichas y un par de botellas de vodka, pero era soportable. Todos habíamos leído sobre los judíos llevados a los campos de exterminio nazis, hacinados en vagones de tren en los que morían a miles. En mi camión no íbamos demasiado apretados. Las condiciones no eran buenas, por supuesto, pero todos llegamos vivos al campo ucraniano de Kirovohrad. El vodka también ayudó.

En Kirovohrad nos despojaron de nuestras ropas y nos dieron uniformes grises y naranja. Pude así, por fin, perder de vista mi mono azul de limpiadora de escombros. Allí nos contaron cosas horribles sobre los polacos que habían tomado Berlín. Casi exactamente un siglo después, se estaban tomando  la revancha de lo de Varsovia. No se pararon a pensar, llorábamos amargamente al escuchar las historias, que aquellos niños a los que ahorcaban frente al Bundesrat no eran nacionalsocialistas. Les daba igual. «Tenéis suerte de que a vosotros os tocaran los rusos», me dijeron. Y yo lo creí.

De Kirovohrad pasé a Torez, y de allí, ya en Rusia, a Balakovo, a orillas del Volga. Allí duré muy poco, y por fin me trasladaron al que sería mi hogar definitivo, Sputnik. Lo único bonito de aquel lugar era el nombre. No mirábamos al cielo buscando inexistentes satélites que nos socorrieran, estábamos demasiado fatigadas todo el tiempo, tras los turnos de doce o quince horas delante de las fresadoras, como para levantar la vista del suelo. Era aquel un campo de trabajo corriente, con miles de alemanas, austriacas, danesas y checas desempeñando las más diversas funciones, todas mecánicas, todas insoportables. Allí se fabricaban municiones, baterías eléctricas, vajillas metálicas, cascos y botas, que recuerde. A las que usábamos fresadoras nos vestían como a astronautas. Heridas no les servíamos para nada, y creedme si os digo que es muy fácil que algo salga mal si te pasas horas manipulando uno de esos cacharros. Aun así, algunas de mis compañeras sufrieron heridas por culpa de las virutas, y la dermatitis estaba a la orden del día.

A los seis meses de estar allí volví a ver a Julia Dumrauf. Durante la hora de la cena pasó a mi lado mientras dos guardianas rusas arrastraban por el pelo a una trabajadora que había intentado robar vodka de las despensas. Iba vestida con ropa de calle y en la solapa de su chaqueta lucía la insignia de Rusia Unida. Me vio y me reconoció. Se acercó a mí y me dedicó una sonrisa amigable.

—Vecina.

Y no dijo más. Volvió a sonreír y se marchó.

Al día siguiente nos hicieron llamar a doce de nosotras. Casi todas eran veteranas, casi todas éramos alemanas. Yo era la más joven y la que llevaba menos tiempo en el campo. Julia Dumrauf nos recibió, vestida con el uniforme del Servicio de Seguridad, y nos dedicó un breve discurso en el que aseguraba que el pueblo ruso no tenía nada en contra de los ciudadanos de los países enemigos, que el odio era hacia los gobiernos liberales y tiranos que nos habían convertido en instrumentos del capital.

—Os he elegido para que seáis parte de la solución —aseguró.

La seguimos hasta las cuadras. Allí agonizaba un caballo al que un camión había aplastado una pata. El animal estaba tendido y nos observaba con ojos bovinos, tal vez adivinando. Julia Dumrauf desenfundó su pistola y nos la tendió.

—Alguien ha de acabar con el sufrimiento de este animal.

Ninguna de mis compañeras se movió. Tras unos segundos interminables, avancé hasta mi antigua vecina y tomé el arma. Ella asintió, y creí ver algo parecido a satisfacción en su rostro. Me acerqué al caballo sin pensarlo demasiado, apunté a la cabeza y apreté el gatillo.

El arma no estaba cargada, por supuesto.

—Necesito a personas con determinación, no a cobardes que solo saben fabricar vasos de aluminio y atiborrarse de vodka —les escupió a las otras con desdén.

Hizo un gesto a las guardianas que nos acompañaban y se las llevaron de vuelta a sus puestos. Julia Dumrauf cargó el arma y pegó dos tiros al animal. Luego se volvió hacia mí.

—¿Cuál es tu nombre, vecina? No lo recuerdo.

—Me llamo Irma Hipedinger —contesté.

—A partir de ahora, Irma Hipedinger, serás mi asistente.

Por lo que supe, necesitaba a alguien de confianza, a ser posible una alemana, para servir de enlace con las informadoras que los rusos tenían distribuidas por todo el campo. Me sorprendí al saber quiénes eran, jamás habría sospechado que fueran colaboracionistas aquellas chicas que dormían en catres de plástico como el mío y comían la misma bazofia que las demás. Nunca vi un trato a favor, un buen gesto, un premio, y sin embargo no faltaban jamás a su obligación de delación de las descontentas, las ladronas, las saboteadoras.

En aquel campo, no había nada peor considerado que el sabotaje. Al poco de ponerme al servicio de Julia Dumrauf, cuando todavía me daba vergüenza que mis conocidas me vieran con mi nuevo uniforme beige y aún sentía miedo de sus reacciones, dos de las informadoras señalaron a una chica muy joven, casi una niña, como responsable de haber manipulado la máquina que fabricaba los bornes para las baterías. Por culpa de aquello se habían perdido dos días de trabajo y los responsables del campo habían exigido que rodaran cabezas. Aquella niña se llamaba Maria y era eslovaca. Julia Dumrauf en persona la arrestó. Dos guardianas la llevaron en volandas hasta la explanada, ante los comedores, y la arrojaron al barro. Mi superiora desenfundó la pistola y, tal y como había hecho con aquel caballo, descerrajó dos tiros en su cabeza.

 

Años después, sentada ante el tribunal que juzgaba a Julia Dumrauf por crímenes de guerra, se me preguntó por aquel incidente concreto. No me hice demasiado popular ante el jurado al asegurar que ella, pudiendo haberlo hecho, no quiso convertir aquello en espectáculo ni en escarmiento público. En aquella explanada solo estábamos las guardianas, ella y yo. Era un simple castigo. Pero eso lo pensé mucho después, en aquel momento sentí pánico. Ya había visto muchos muertos en Frankfort, también a alguna que otra trabajadora en los campos, casi siempre por accidente, pero era la primera vez que asistía a una ejecución. Fue la primera de otras muchas y al final me acostumbré. Me resulta inconcebible comprender cómo puede una persona adaptarse a este tipo de circunstancias, cómo puede llegar a asimilar un tiro en la nuca como algo que sucede, sin más, algo que es parte de tu vida y que no depende de ti. Llegó un momento en el que ya ni siquiera evitaba mirar a las condenadas a la cara, sino que observaba detenidamente sus gestos con curiosidad morbosa. Estaban ante sus últimos segundos de vida, eran conscientes de ello, y cada una reaccionaba de una forma distinta: la mayor parte con miedo, un pánico incontenible. Otras, con resignación. Las que más me sorprendían, una minoría selecta, avanzaban hacia el cadalso improvisado, fuera este un descampado, la fosa séptica, las cuadras o el gimnasio, con la cabeza erguida, casi sin pestañear, orgullosas de haber llegado hasta allí y de morir entorpeciendo al enemigo. La determinación de aquellas mujeres me hacía feliz por un instante, y he de decir que recuerdo el nombre de todas ellas: Ivana, Mildred, Jana, Erika y Sarah. También repetí estos nombres durante el juicio, y entonces vi llorar lágrimas de felicidad y orgullo a varios miembros, todos ancianos, de la familia de una de ellas, nunca sabré cuál.

 

***

 

Al final, la guerra terminó. Todas acaban un día, para regocijo de los futuros historiadores, y casi siempre sin avisar.

Rusia y China habían ganado la guerra y habían saqueado y expoliado cada centímetro cuadrado de la Vieja Europa. Estados Unidos consiguió, tras muchas negociaciones y múltiples concesiones, que los países de la Unión Europea, oficialmente disuelta, recuperaran su autonomía. Rusia lo consintió en un puñado de casos, entre ellos el alemán, pero no así con Polonia, la eterna víctima de todas las guerras, incluso de las que gana, para vergüenza y rabia de los colaboracionistas que habían mancillado Berlín.

Julia Dumrauf, mi jefa durante cuatro largos años, me pidió que me quedara con ella en Rusia, pero me negué. Volví a Alemania y ayudé a reconstruir Frankfort, conocí a Martina y nos casamos. Adoptamos tres hijos y montamos una panadería, no en ese orden. Hubo quien me acusó veladamente de colaboracionista, pero por lo general pasé desapercibida hasta que, quince años después, se me citó como testigo en el proceso que habría de juzgar a mi antigua vecina. Fue entonces cuando conocí, de boca de abogados, fiscales, testigos y de ella misma, toda su historia: su internamiento en un campo de trabajo en Düsseldorf, su alistamiento obligatorio en un batallón de castigo, su huida hacia Hungría, su alistamiento en las filas rusas. Era la suya una historia larga y cargada de cicatrices que finalizaba en Sputnik, aquella inmensa fábrica olvidada por la Madre Rusia en la que, entonces me enteré, fabricábamos enseres de baja calidad y municiones para nuestros aliados africanos: Somalia, Chad y Sudán.

Julia Dumrauf había cometido la imprudencia de volver al país que la vio nacer en busca de un antiguo amor, bajo un nombre falso y tan cambiada como la edad le había permitido, pero tuvo la mala suerte de tropezarse con una antigua trabajadora de Sputnik en un restaurante popular de Bamberg, cuando ya solo estaba a unas horas de Frankfurt, donde la esperaban para huir rumbo a algún país de Sudamérica. Fue acusada, entre otros muchos cargos, de traición y de crímenes de guerra. Ninguno la podía llevar hasta el pelotón de fusilamiento salvo esos dos, de ahí el mencionarlos. Durante meses se recibieron cientos de peticiones para testificar, todo Sputnik parecía estar allí, interesado en acabar con ella, pero la testigo estrella fui yo, su mano derecha durante bastante tiempo. Martina temía que también me enjuiciaran a mí, pero nadie parecía reparar en mi presencia, ni en el uniforme que llevaba por entonces. Ninguna testigo me mencionó siquiera en sus intervenciones, y la fiscalía me informó de que oficialmente no se me consideraba una traidora, sino una trabajadora forzosa que se había visto obligada a colaborar y sobre la que no pesaba cargo alguno, aunque oficiosamente me consideraran un ser despreciable.

Declaré como mejor supe, fiel a la verdad dentro de lo posible, intentando ser objetiva y ocultando mi simpatía por Julia Dumrauf. De todas formas, ella ya estaba muerta. El juicio terminó, fue condenada y fusilada casi de inmediato. Todo el mundo suspiró de alivio, los medios de comunicación lanzaron vítores: ¡El monstruo de Sputnik ha muerto! ¡Se ha hecho justicia!

Pero nadie sintió un alivio como el mío. Debo la vida a Julia Dumrauf. En su declaración, nunca entró en detalles y jamás negó ninguno de los doscientos treinta y seis asesinatos a sangre fría de los que se le acusaba. Escuchó los nombres y apellidos de todas esas mujeres muertas en Sputnik con una calma pasmosa, con la serenidad del que se sabe en manos de otros. Tal como yo estuve en las suyas. Porque, afortunadamente, todas esas ejecuciones sumarísimas no servían como espectáculo ni como escarmiento público: solo habíamos estado allí ella, las guardianas rusas —ninguna de las cuales participó en el juicio ante la negativa de su gobierno— y yo. Y Julia Dumrauf, mi Julia, había aceptado las doscientas treinta y seis muertes, me las ofrecía como última prueba de amor, a sabiendas de que más de la mitad no le correspondían.

—Yo lo hice —fue lo que dijo, para salvarme, al tribunal al ser preguntada sobre la autoría de los asesinatos.

Porque, he de confesarlo, a Ivana, a Mildred, a Jana, a Erika y a Sarah, entre otras muchas, las maté yo. Y, ¿saben qué? A diferencia de Julia Dumrauf, que lo hacía por deber, yo sí disfruté apretando el gatillo.

© Copyright de Víctor Miguel Gallardo Barragán para NGC 3660, Septiembre 2017

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