Juana

 

Por Blanca Mart

I

 

Llegué ese atardecer desde la ciudad. Piedras y torres y campanarios y río; arcuaciones lombardas y repique de campanas de otros siglos.

Aparqué el todo terreno. Plaza de pueblo, bancos y arena. Dos muchachos negros, lejos de África, lejos del recuerdo. Tres ancianos hablando sus cosas, cosas de viejos. El barcito, y el perseguidor aroma del café.

Más allá, el pequeño claustro dorado por el añil del anochecer, que llegaba. Me senté en la luz de la tarde, encendí un cigarro ¿qué buscaba? ¿Por qué había venido?

 

II

 

Yo estaba sentada en el patio, sobre una piedra, mi traje era de acero, plata, malla, cota, sueño recreado, recuerdo.

Me apoyaba en mi espada; clavada en tierra frente a mí.

Un dragón en la torre y el faro allá lejos, sobre el mar.

Dos hombres peleaban, luchaban, se entrenaban; alud de bravatas, risas de hombre, bronco juego del deleite de la muerte ajena. Eran azules en la bruma, en el entresijo del color; añil sin remedio, y de pronto, él, que llegaba, ¿quién era? Yo reconocía mi garganta seca y aquellos latidos; ésa era mi alerta, el juego tonto de mi cuerpo. El juego.

El hombre se acercaba, dorado animal de guerra. La sorpresa al mirarme, la mirada del cazador, la mirada del que sabe.

Sonreía.

—¡Eh, Juana de Arco! —dijo—, saludándome como a la Juana legendaria.

Yo le enfrenté la mirada.

Esas cosas de amantes antes de la batalla.

 

III

                           

La plaza ya era azul; azul añil oscuro, azul olvidado del mar y de los cielos, buscando nuevas tinturas. Azul de caminos brumosos.

Me levanté, caminé desorientada en ese nuevo lugar hecho de ahoras, guardé mi móvil, lo encerré en el misterio.

Silencio. La gente se había ido. Volví a sentarme en el banco. La seda de mi blusa brillaba en las sombras, el gris contra el añil que me envolvía. Me apoyé en mis libros, manuscritos antiguos de luna.

Un hombre llegó al pueblo, dejó su jeep entre los árboles, sentí sus pisadas en la arena. Nostalgia. Recuerdo. «Déjà vu». Esa fuerza en el aire. Esa coincidencia.  Sonrisa de fiera templada. La espiral, la cuerda entre las cuerdas.  Como siempre, aún no nos conocíamos.

Le enfrenté la mirada entre la bruma azul de tiempo, añil de siglos.

—¡Eh, Juana de Arco!» —dijo.

© Copyright de Blanca Mart para NGC 3660, Marzo 2018 [Especial Féminas 2018]

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