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Por Daniel Pérez Navarro

Cuando intentas, porque estás cansado, separar la silla de la mesa del ordenador, descubres que no puedes hacerlo.

Son las 2.00.

Aseguraste que cuando el diminuto reloj digital de la parte inferior derecha de la pantalla marcase las dos en punto de la madrugada, te levantarías de esa silla regulable de asiento y respaldo ergonómicos y te irías a dormir.

Pero acaban de dar las dos —¿oyes, además, el antiguo reloj de pared del salón, el que tanto te disgusta, el que parece comprado en una mansión de novela gótica?— y eres incapaz de separarte de la mesa.

Flexionas un poco más las rodillas. Apoyas con fuerza los pies en el suelo y te impulsas hacia atrás.

Las ruedas de la base permanecen ancladas al suelo.

Inclinas la cabeza a un lado y al otro. Buscas algún objeto atrancado entre las ruedas. Tocas con los dedos el extremo de cada uno de los cinco radios de la base de la silla.

Como nada parece que impida su deslizamiento, lo vuelves a intentar. Y de nuevo fracasas.

Suspiras. Sí, es un fastidio.

Intentas elevarte para deslizar tu cintura en el espacio que queda entre la mesa pegada a la pared y la silla de tu habitación en la Tierra, pero descubres que tampoco puedes levantar el culo del asiento.

Como si lo hubieran fijado a tu butaca de patio de tribunas informático con algún pegamento extra fuerte.

¿Qué ocurre? ¿Demasiadas patatas fritas? ¿Tanto se arremolina la sangre alrededor de tus intestinos, que ni una gota te riega el cerebro? ¿Sufres alucinaciones? ¿Has fumado alguna porquería? ¿Qué has bebido?

No, no has tomado nada. Nada que altere tus percepciones. Debe ser que estás flojo, a causa del cansancio.

Llevas tus manos al teclado y escribes: Estoy tan agotado que ni siquiera puedo levantarme.

Te responden: Duérmete ahí mismo, delante del ordenador.

Y el siguiente en intervenir escribe: Yo tampoco puedo.

Te ríes.

Tratas de alzarte de nuevo, pero sigues cosido a la tela acolchada del asiento. Se te ocurre que quizá alguien ha colocado un pegamento en la parte de atrás de tus pantalones.

Una ocurrencia absurda. ¿Ese alguien también ha pegado las ruedas de la silla al parquet? Das por buena la explicación, con una mueca irónica, para salir del paso.

Te desabrochas el cinturón y te bajas la cremallera de los vaqueros. Planeas escurrirte hacia arriba, sacar los miembros inferiores de las perneras y luego, de pie, en calzoncillos, examinar la puñetera silla. Pero tampoco puedes hacerlo. Ni siquiera puedes quitarte los zapatos.

Las calles. Cortadas por el frío. Silenciosas y ausentes. Algo borrachas o muy borrachas. Quizá también se preguntan qué ocurre.

Pasas con facilidad de la sorpresa al nerviosismo.

Te miras en la pantalla del ordenador. Una luz apartada, que proviene del pasillo, permite que tu cara proyecte su perfil como una mala sombra. Eres el de siempre.

Un mensaje en la pantalla: Aquí hay otro que no puede. Es una fotografía. A ver qué opinas.

Tu dedo busca con el ratón inalámbrico cómo acceder a esa imagen.

La abres y te encuentras con el rostro de un tipo que parece haber sido sometido a una terapia intensiva de acupuntura. Está atravesado por una docena de agujas negras, blandas, del tamaño de unas gordas salchichas. Ocupa el monitor de una punta a otra. Un semblante empalidecido, acartonado, casi una fea máscara de carnaval.

¿Qué es eso? ¿Qué tiene que ver conmigo?

Nadie te oye. Lee, a pie de fotografía: MOON.

MOON.

¿Sabes qué quiere decir? ¿No?

Te estás poniendo nervioso. Miras por la ventana. Así al menos puedes apartar la vista del ordenador.

Te fijas en unos chicos, justo enfrente de tu casa. Los observas a través de la enorme cristalera de una hamburguesería que todavía no ha cerrado. Hoy es viernes. Engullen patatas de un cartón, casi sin masticarlas.

Como tú, antes.

Los vehículos circulan a gran velocidad, como si el mundo se fuera a acabar de un momento a otro.

El jolgorio que arrastran te saca de dudas. Altavoces con graves reforzados en el maletero. Ritmo machacante, mecánico. Simplemente están de fiesta. Huir hacia delante. Más que expresar miedo, una forma de esconderse.

¿Esconderse? ¿De qué hablas?

Algo apremiante se revela. Algo carga el aire de la ciudad. Un presagio de lo que va a sacudirla. Todo empieza a pesar demasiado. MOON.

Vuelves los ojos a la pantalla del ordenador tras un desesperado y violento intento de deshacerte de tu ahora incómoda silla. De su movimiento basculante y de su elevación por sistema de gas. De separar tus manos del teclado, al que se han cosido. De mover tus pies, confinados en unas zapatillas cuyas suelas también se han atornillado al suelo.

Ahora estás asustado de verdad.

Minimizas la imagen del hombre atravesado por unas gomas negras que se pierden en los márgenes de la fotografía, sin que puedas adivinar dónde terminan ni de dónde provienen esos tubos.

Alguien te pregunta a través del ordenador si has podido levantarte.

Escribes: No.

No, no puedes. Y no sólo no lo consigues, sino que la silla, la mesa, el ordenador y tú parecéis uno solo. Un mueble de una única pieza que no se puede desmontar.

Tu sentido común no reserva espacio alguno para este desatino.

De todas formas, MOON no iba a permitir que te encerraran en algún manicomio, ni que deambularas por las calles como un vagabundo.

Ahora, por fin, puedes oírle.

Si pudieras ver tus pupilas. Están completamente dilatadas. Y tu frente, perlada, por el sudor.

No has perdido el juicio.

MOON elimina el molesto intercambio de mensajes. A partir de ahora, no necesitas a nadie más. Le tienes a él. Será el Arco quien te muestre lo que sea preciso que veas.

Venga. Clima de peli de terror: Bebe de este mutismo sepulcral.

Cada elemento, encerrado en su propia habitación oscura. Con la única compañía del brillo de la pantalla.

En este silencio, cada uno descubrirá a los otros. Participará de una ceremonia laica oficiada por MOON, en la que una monodia que no conoce fin ni principio, meditativa y penumbrosa, actuará como un bebedizo mágico.

Desaparecerán las dudas. Todo aquello que causa perplejidad.

Las claves son privadas y cada uno sólo puede desentrañar las suyas.

MOON no grita. Tampoco amenaza. No da respuestas. Ni sume necesariamente en la desolación. Y si lo hace, quizá las certidumbres que descubre expliquen esa caída. Quizá descubra a tantos que se han perdido.

Pero estás siendo demasiado abstracto. Casi religioso.

Lo entenderás mejor a partir de este mismo instante.

Un apagón.

Las calles se quedan a oscuras. El pasillo de tu domicilio también se queda a oscuras. Los televisores, ciegos y mudos.

La luz de las farolas se ahoga. Pero tu ordenador no. Aunque la corriente debería haberse perdido para todos los aparatos, sin excepciones, la pantalla escupe hacia ti su iridiscencia.

Miras por la ventana y descubres numerosos resplandores. Tan níveos como el que te alumbra. Desperdigados en diferentes pisos, a diferentes alturas. Componen un novedoso mapa casi astral de ordenadores, personas y asientos.

Descubres unos finos hilos, tensos y flexibles, negras telas de araña que nacen de tus dedos, los que sólo puedes separar unos milímetros del teclado.

Sientes a continuación una enorme urgencia por defecar, lo que es un inconveniente, ya que es imposible que puedas levantarte para ir al lavabo.

Como no puedes aguantar, te lo haces encima. Huele mal, pero no importa. Así limpiarás tus intestinos.

Sientes un dolor urente que te atraviesa el abdomen, desde la boca del estómago hasta el ano. El dolor aumenta de intensidad, hasta lo indecible. Nadie dijo a la mujer que pariría sus hijos sin dolor. A ti, tampoco.

Lo notas.

Ahora sale.

Ha abierto varias bocas en tu espalda, alrededor de las vértebras lumbares. Tus retoños, las cuerdas de MOON, sus frágiles ramas, asoman negras y tubulares.

Crecen despacio en dirección al suelo.

Unas descansan en el parquet. Como si el nacimiento las hubiera agotado y precisaran gemir. Que alguna reconocida matrona aspire sus secreciones. Así llorarán con más fuerza. Algún incrédulo las contemplará, inmóviles, antes de que recobren su agilidad y se lancen en su busca.

Otras no. Otras ramas se curvan como apéndices móviles y blandos. Te rodean. Apuntan hacia tus mejillas y disparan. Se clavan en tu carne con limpieza, sin derramar una sola gota roja. Aspiran el contenido fútil de tus vasos, el que te convierte en insignificante carne con fecha de caducidad.

Y en lugar de esa colección de glóbulos enclenques, recibes una emulsión fría y blanca de silicio, materias carbonosas y partículas metálicas.

Y ahora que de tu triste cuerpo sólo puedes mover los ojos, desplázalos hacia el enchufe ennegrecido. Hacia el cordón umbilical, que os mantiene vivos a los cuatro, que sois uno: el ordenador, tú, la silla y la mesa.

Llora de alegría.

Porque ahora formas parte del Arco.

Un pequeño procesador dentro de un vasto bosque. De un sistema integrado.

Ahora vas a conocer el verdadero sentido de la existencia, como dicen los parlanchines y los curas. Lo que es viajar de verdad.

Deja que te fotografíe con tu propia cámara.  Así. Un archivo de imagen que acompañaremos de un texto. Para los curiosos.

© Copyright de Daniel Pérez Navarro para NGC 3660, Julio 2016

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