El insomne

 

Por Ángel Vela  Rodríguez

«Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas».

Pablo Neruda

 

Allí, lejos de todo respiro, de ese oasis de calma deseado, el Insomne afrontaba el pasar del tiempo. Un tiempo aletargado, infructuoso, hiriente…

¡Qué inhóspito el lugar de descanso! Preciado santuario que se tornó prisión.

El Insomne se debatía inquieto, preso de sábanas que como una enojosa segunda piel constreñían su cuerpo y con las que de nada servía lidiar. Era cuando la agitación se incrementaba, cuando se volvía insufrible, que todo ruido, más allá del producido por el resto de ocupantes en camastros anexos y apenas separados por paneles, se tornaba molesto. Durante tan ingratos periodos, sonidos imperceptibles parecían amplificarse cien veces, como el crujir de los muelles de la cama bajo su peso, su propia respiración, o el inmisericorde tictac de un reloj ajeno a su padecer.

Aun así, lejos quedaba para él y los suyos el silencio, algo de lo que, junto a los vínculos de una existencia marchita, tuvieron que prescindir con el naufragar del mundo. El ininterrumpido rezongar del generador, corazón y alma de aquel reducto de civilización que los acogió tras el éxodo, hacía que no tuviera cabida. Sin embargo, más allá del Insomne, era algo de lo que el resto no se percataba. La cotidianidad hizo que su soterrado rugir dejara de estar presente, mas no por ello lo olvidaron. Cada día, los náufragos del mundo, hacinados en aquel bote de metal varado en mitad de ninguna parte, elevaban sus plegarias al hacedor, y entre sus peticiones estaba que el dormitar de aquella bestia no se viera interrumpido.

Así fue cómo el generador tomó tintes de dios pagano, tangible y siempre presente, sobre el que recaía el desarrollo sostenible de la colonia.

El Insomne se debatía en algún punto entre consciencia e inconsciencia, apenas a un paso de alcanzar la exigua placidez de esporádicas duermevelas, mas una importante cuestión lo atormentaba; cuestión que llegó a burlar las barreras de la conciencia para clamar por respuestas que con el pasar de los días se hacían más difíciles, dolorosas inclusive.

―La necesidad no entiende de afectos. Las cifras no mienten… No queda otro camino ―se repetía una y otra vez, buscando un convencimiento que no llegaba.

¡Qué duro para el Insomne arrostrar en soledad semejante descubrimiento!

Desde la revelación vivía angustiado, temiendo, tras cada balance, estadísticas poco venturosas, así como enfrentarse a las resoluciones subsiguientes. Las sombras anegaron su existencia y cada segundo fue dedicado al trámite de tan ingrata labor. Ni tan siquiera el libro sagrado, templo del saber y alimento ineludible del alma, suscitaba su interés o le ofrecía respuestas. Por lo que el Insomne, como haría un amante despechado, lo apartó de él. Así fue cómo el libro sagrado sucumbió al abandono, para ser presa del polvo en algún estante perdido.

Pese a la falta de privacidad impuesta por un recinto de techos bajos y pasillos angostos, el Insomne se apartó de sus congéneres, sacrificó, en pos del cometido, lazos de afecto que no harían más que nublar el raciocinio y acrecentar su calvario. Se convirtió en un espectro condenado a rumiar verdades. Un ser ajeno y misántropo que, enfermo de fatiga y con el alma en los pies, deambulaba entre ellos asistido por un bastón. Un ser que de soslayo los miraba tras los deteriorados cristales de sus gafas de pasta y sólo sentía amargura.

Antes, a eso de la media tarde, efectuó un nuevo balance, y como en tantas ocasiones las cifras arrojadas fueron desfavorables.

Tenía que repetir el proceso.

Tenía, de nuevo, que afrontar una nueva selección…

Durante horas, valiéndose de parámetros tales como historiales médicos, análisis clínicos, grado de parentesco entre ocupantes e incluso de sociabilidad mediante un informe personal de estadísticas, calibró por enésima vez el valor de los individuos que conformaban la lista en busca del próximo.

Siguiendo un proceso tristemente rutinario estableció una gráfica pormenorizada, compendio de una veintena de existencias. Una gráfica en la que ningún aspecto, ni tan siquiera el más tangencial, escapaba de ser representado con valores porcentuales. Proceso que una vez finalizado se repetía. No había lugar para el error.

En esta ocasión y debido a un cúmulo de factores adversos, el designado no se contaba entre los esperados.

Las estadísticas no mentían. Y si bien era verdad que ningún impedimento le apartaría de cumplir con lo establecido, era consciente de que llevarlo a cabo sin tomar medidas daría al traste con el proceso. Cuanto hizo no serviría de nada. Éste era hoy el motivo de sus desvelos, de su inquietud, de la incansable búsqueda de una respuesta que erradicara tal contrariedad.

Con el inicio de la jornada, tras buscar la privacidad y el cotidiano sustento de un humeante café, escrutó la lista. Necesitaba un nuevo candidato para algo bien distinto. Alguien a quien condenar.

Lejos de ser difícil, la elección se reducía a tres individuos, de los cuales, y por circunstancias bien distintas, sólo uno era apto; apenas un exceso de humanidad lo apartaba de ser perfecto. Humanidad que a priori se presentaba como un hándicap a tener en cuenta. Y no sería hasta cavilar bastante al respecto, que halló, junto al modo de ponerlo al tanto, la forma de que se implicase más allá de todo prejuicio moral.

 

EL AYUDANTE

 

Minutos antes de que el despertador anunciara el comienzo de una nueva jornada en aquel microuniverso privado de días y noches, el Ayudante abandonó el sueño, negándole, como era su costumbre, que desempeñara su cometido; de esta forma cumplía con el primero de los pasos de un proceso que se volvió cotidiano.

En el silencio de aquel cubil en penumbra el Ayudante se aseó, vistió y tras la plegaria, justo antes de marcharse, posó la mano sobre un vientre en el que la vida se abría camino, y dejó en la frente de los que aún dormían un beso. Grande era el amor que el Ayudante sentía, e igualmente grande el que los suyos le profesaban.

Esa mañana, como cuantas la precedieron desde que el recinto se convirtió en morada, el Ayudante acudía a desempeñar su labor. Auguraba un día tan enfermo de cotidianidad como tantos otros. Uno de esos días en los que, salvo por detalles intrascendentes más allá de lo personal, nada ocurría, en los que cada uno era fiel reflejo del anterior y la rutina lo inundaba todo.

Se equivocaba.

Él, al igual que el resto de individuos inmersos en aquel microcosmos, era víctima de ingratas circunstancias; y sin embargo, a diferencia de muchos, luchaba con cuanta voluntad tenía por no sucumbir a la indolencia, por no dejarse arrastrar por los nervios, por hacer que la convivencia fuera lo más llevadera posible. Él, pese a los muchos condicionamientos negativos, era feliz.

En lo que se refiere al resto, y a tenor de las circunstancias, la monotonía les insuflaba quietud, y cierta seguridad, la sensación de que todo estaba bajo control.

Con una actitud tan maquinal como apática, el Ayudante introdujo la clave de acceso y, tras someterse a un cotidiano examen retinal, entró en la estancia brindando un «buenos días» que no obtuvo más respuesta que el descompasado rugir del generador, al que se sumaban un millar de ruidos para conformar la infatigable sinfonía de una orquesta disarmónica.

Desconcertado, escrutó aquella sala atestada de anaqueles, de material electrónico y piezas de repuesto, apenas iluminada por la luz que despedían las pantallas holográficas de los ordenadores integrados al generador central, corazón y cerebro de la colonia. Éste revestía la estancia, como una monstruosa amalgama tentacular de metal y cables, que se extendía por sus paredes desprendiendo, junto con cierta sensación de claustrofobia y un calor que los sistemas de ventilación no podían paliar, un acusado olor a aceite. Una sala, no obstante, en la que pese al aparente caos todo estaba a la vista.

Nadie. Era la primera vez que la encontraba vacía. La primera que la inquieta y taciturna figura del profesor no la complementaba.

«Estará enfermo», pensó. Algo que estimó probable dado el malestar que mostraba desde hacía semanas y la cantidad de horas que dedicaba a la supervisión y mantenimiento del sistema. De igual modo pensó en ir a verlo e interesarse por su estado. Una idea que descartó al instante. Lo conocía lo suficiente como para saber que, lejos de agradecer la visita, le recriminaría el abandono de su puesto.

Al pensar en lo cómica que resultaría la escena sonrió para sí, sin poder evitar preguntarse, como en tantas ocasiones, qué le llevaba a sentir simpatía e incluso cierto afecto por una persona tan huraña y desagradable.

Dejando a un lado sus cavilaciones, se dispuso a revisar las últimas lecturas de los aparatos, pero al pasar cerca de su mesa algo le llamó poderosamente la atención. Ésta, siempre en consonancia con el controlado caos de la habitación, había sido ordenada de un modo impecable, y donde antes se arremolinaban papeles llenos de apuntes y todo tipo de material de oficina, descansaban, bajo una caracola, reliquia del mundo antiguo donde aún hoy buscaba el sonido del mar, un cuaderno de balances, hojas de estadísticas, un dossier con gráficas e infinidad de notas hechas a mano, un frasco de pastillas, que por su color y forma asoció con el suplemento vitamínico que tomaban cada mañana, y una carta, en cuyo sobre rezaba: «A la atención de mi ayudante». Tal hallazgo acrecentó el desconcierto, en vista de lo cual se arrellanó en su sillón y procedió a la lectura.

 

LA CARTA

 

A ti, uno de los más cercanos en esta odisea en que se ha vuelto vivir, debo dirigirme con imperiosa necesidad y forzado por las circunstancias. Lo que tengo que decirte no es fácil y mucho menos agradable.

Desde que las estadísticas dieron un giro imprevisto he pensado bastante en la manera de referírtelo, en qué palabras elegiría para hacerte llegar tan funesto mensaje, en si no me fallaría el valor en el peor momento; algo nada raro dada mi cobarde naturaleza.

Pensé que no sería capaz de aportar credibilidad, que no me escucharías o me verías como un loco, una amenaza; que a tenor de las circunstancias, serías incapaz de ver más allá del monstruo en el que me he convertido. Un monstruo que asumió su condición hace mucho, que no desea ni merece el perdón, un monstruo que se llevará consigo la creencia de que hizo lo apropiado; cuanto podía hacerse.

Ahora, mientras escribo estas letras, siento que me sobreviene la calma, que estoy algo más cerca de romper con cuanto me hiere, que los pesares van quedando atrás, que me encuentro próximo a la ansiada liberación…

Sin duda me dirijo a ti de la mejor manera posible, una que conozco bien. La misma que empleé en el pasado para eludir el contacto directo. Ampararme tras esta vergonzante barrera que la distancia impone me concede algo parecido al valor, algo que estimé suficiente para escribirte.

Me equivocaba.

He de confesar que aún tengo miedo. Miedo de no ser capaz, en tan pocas líneas, de hacerte ver la importancia del cometido. Miedo a que no lo tomes en serio. Y sobre todo, miedo a que cuanto aquí se cuenta salga a la luz.

Sopesa bien pros y contras, compañero, antes de optar por una decisión. El subsistir de la comunidad está en juego.

Nunca pensé que diría esto, pero: olvídate de Dios. No busques en él refugio, porque nos ha olvidado. Desde aquel nefasto día se apartó de nosotros. Y ahora no somos más que desheredados. Huérfanos sin patria hacinados en un reducto de civilización.

A veces, imbuido por el desconsuelo, he llegado a pensar que nuestra existencia se debe a un error, que a causa de un fallo en una ecuación cósmica seguimos vivos, o que, a expensas de mi alma y por la consecución de mis actos, es el Diablo quien nos ampara, quien dirige mi mano…

Quizás Dios no nos olvidara. Es más lícito pensar que nos hemos convertido en una plaga a sus ojos. Un error en su creación que lentamente y valiéndose de sucesivas desgracias se afana en subsanar.

Has de saber que ésta que te ofrezco es la visión más optimista, puesto que ya estamos muertos. Sólo yo lo supe desde el principio. Y ahora vengo a delegar en ti ese conocimiento, a maldecirte ante la imposibilidad de tomar otro camino…

Desde el día en que nos refugiamos en las entrañas de la tierra para eludir el extermino hemos subsistido aquí con la creencia de que algún día, cuando todo volviera a la normalidad, retornaríamos a la superficie. Pero soñamos con un imposible, un día que no llegará…

Cegados por la sensación de seguridad que nos produce el recinto domótico, los cultivos hidropónicos y el huerto subterráneo alimentado por lámparas leds, dormimos tranquilos y aprendemos a ser pacientes; pero pese a los adelantos técnicos los fallos existen, y todo se ha vuelto en nuestra contra.

Llevo meses trabajando en el generador, dañado y muy lejos de funcionar a pleno rendimiento. He derivado buena parte de la energía de algunos sectores y reducido el flujo en otros tantos para que no se sobrecaliente, ni para tener que restar a la destinada a los cultivos, pero aun así se ha vuelto insuficiente.

No hay peligro a día de hoy de que la cosecha desaparezca, aunque sí resulta menos productiva, el tamaño y la cantidad de lo que se recoge es menor, y el tiempo de gestación se prolonga.

Las reservas de alimentos escasean (falsifiqué los informes para no alarmaros). No hay comida para todos y de seguir así habrá que empezar a racionarla, sin que sirva de mucho a largo plazo.

Somos demasiados y los nacimientos no ayudan, y es algo que viene pasando desde hace meses, algo que tal vez pudiera obviarse de no contar con un problema añadido.

Como recordarás calculamos el tiempo que tendría que transcurrir para que la superficie fuese habitable. Un tiempo no tan lejano, aunque ya nada importa.

Antes de que tuviera que prescindir de las cámaras instaladas en el exterior para ahorrar energía, y disipada la nube que nos impedía ver nada, descubrí que la entrada al recinto se encuentra sellada por toneladas de escombros de lo que fue nuestro templo.

Por otra parte la salida de emergencia está inoperable, tal vez a causa del impacto de una bomba de más quilotones de lo que cabría esperar.

En resumidas cuentas: estamos enterrados vivos. Enterrados sin posibilidad de salir. Enterrados y a merced de un generador defectuoso que controla el suministro de aire, luz y cuanto es necesario para subsistir.

Pese a lo referido supongo que serás un mar de dudas, que habrá cuestiones que no te encajen, que te preguntarás el porqué de esta carta. Algo comprensible, puesto que aún desconoces su verdadero propósito.

Recordarás que antes, al comienzo de estas letras, hice referencia al monstruo en el que me había convertido; y es lo que me resta contarte…

Ahora que estás al tanto de hasta qué punto la situación se ha vuelto insostenible, tal vez entiendas la razón de mi proceder, lo que me llevó a perpetrar tales atrocidades en nombre de un bien mayor. Atrocidades que, sumido en la vergüenza, he de relatarte.

Yo soy el causante de cuantas muertes sobrevinieron desde nuestro encierro.

Siguiendo un minucioso proceso de selección, escogí entre mis hermanos a los que morirían para salvar al resto. Me erigí, en pos de mantener la esperanza, en un dios inmisericorde.

Me inclino a pensar que de no ser por estas medidas estaríamos hoy a merced de la hambruna, que reinaría el caos, y que los que no hubieran empezado a morir, recurrirían a la fuerza para asegurar la supervivencia. Y cuando esto ocurre, mujeres y niños son los primeros en caer; ¿cómo permitir que se desatara semejante apocalipsis?

Tú, que tienes esposa e hijo, has de estar próximo a entenderme.

Un hijo recién nacido.

Un hijo cándido y puro, ajeno a las guerras que nos condenaron. Y otro que viene en camino.

Créeme cuando te digo que no existía ni existe otra salida. Durante meses me entregué en cuerpo y alma, con cuantos medios tuve a mi alcance, a impedir que ocurriera, sin que la sombra de tener que valerme de medidas tan drásticas dejara de hostigarme; pero los fracasos se sucedieron…

De esta forma me entregué a segar, según las estadísticas, la vida de los miembros menos válidos para la comunidad, la de aquellos que estuvieran viejos, enfermos o que carecieran de lazos familiares.

Dadas las circunstancias, serían tomados como las ramas que se pierden en la poda, o la mala hierba que, alojada junto a la raíz del árbol, se arranca para que éste prospere; algo que hasta hoy se ha cumplido religiosamente. Pero este verdugo que se dedicó a ofrecer sacrificios en pos de nuestra supervivencia no puede seguir matando. Esta noche será la última. La última, porque en este día el verdugo se torna víctima. En este día las estadísticas reclaman mi vida, y matar me resultará más fácil…

He de ser breve, así me lo exige un veneno que comienza a hacer efecto.

Me voy, pero el problema perdura, y se debe seguir paliando.

De las cenizas del viejo monstruo ha de surgir uno nuevo que ocupe su lugar; y según las estadísticas, ese monstruo debes ser tú.

Eres el único con los conocimientos para reemplazarme. El único capaz de engañarlos. El único que puede salvarnos de nosotros mismos (en el diario y las notas que adjunto a la carta hallarás cuanto necesitas).

Sé, por tu condición, que preferirías morir antes que llevar a cabo semejante labor, pero también sé, aunque resulte cruel referirlo, que la harás tuya. Cuando te canses, como hice yo, de buscar caminos, tu amor filial te otorgará el arrojo necesario.

Los efectos del veneno se acentúan, no puedo demorarme.

Deja atrás todo prejuicio, compañero, y piensa que si te mantienes firme prolongarás la esperanza de los que amas.

Y en lo que a mí respecta, deseo tu perdón, pero ni tan siquiera me atreveré a pedírtelo. Tan sólo espero que cuanto rencor sientas por quien te hizo partícipe de este mal se atenúe, que no sólo albergues de mí un recuerdo ingrato, y que llegue el día en que al menos tú, que habrás compartido imposibilidad y padecimiento, puedas rezar por mí.

 

De sus temblorosas manos cayó lo que pretendía ser un precepto de muerte, la invitación a prolongar una existencia sin esperanza previo pago de las almas que fueran menester.

En aquellas letras, enturbiadas donde quedó el poso de lágrimas que ahora se mezclaban con las suyas, el profesor le pedía, junto a la condenación del alma, sacrificios humanos; que se cobrara las vidas de compañeros y amigos. Una petición a todas luces inviable.

Incapaz de asimilar tanto mal, la rabia y la impotencia tomaron posesión de su ser. Y centrándose en lo que estimó foco de su desdicha tomó la carta y la hizo añicos. Mas lejos de quedar conforme arrojó a manotazos cuanto había en su mesa, y acto seguido la golpeó con el puño hasta que la ira dio paso al dolor. Hasta que exhausto, sangrante y con los huesos rotos, lloró amargamente.

 

***

 

Allí, lejos de todo respiro, de ese oasis de calma deseada, el Insomne afrontaba el inclemente pasar del tiempo. Un tiempo aletargado, infructuoso, hiriente…

© Copyright de Ángel Vela para NGC 3660, Julio 2017

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