Hipergeusia

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Por Joan Baladre

PRIMERA FASE

Ahora que he conseguido llegar hasta el centro de la estructura, vuelvo a posicionar los nanocontroladores en el mapa adecuado. Un nivel 10. Óptimo. Preciso. Eso era lo que discurría lógicamente, pero algo quiebra la situación. No lo he podido advertir adecuadamente a tiempo, tan sólo una leve intuición precognitiva me ha hecho volverme hacia el vector.

El Demo-dogo me ha sorprendido desde una conexión falsa. Una perfecta simulación de una barrera de color blanco perlado. Es una máquina de destruir precisa, recubierta de púas capaz de cortar cualquier cosa. Me arranca medio frontal de cuajo que se lleva entre sus fauces terminadas en tijera. Sin tiempo de reaccionar, en una fracción centesimal, se convierte en una bola de pinchos que sale despedida hacia mis protecciones centrales. El impacto es brutal. Una ola de energía saturada me recorre fracturando todas las matrices de control. Soy derribado.

Aun así, mientras caigo, logro desenfundar el Xathik de la vaina a través de un  impulso telepático prioritario y la espada con dos hojas protoenergéticas, una a cada extremo, mediante un par de estoques automáticos, revienta la carcasa del dogo. Cuando toco el suelo, el enemigo ya está hecho pedazos desparramados por la sala.

El Xathik, inactivo, se queda clavado en la superficie, bamboleándose.

Silencio.

Vuelvo a recargar.

De los costados de mi chasis extiendo varios latiguillos laterales. Gracias a la fuerza de apoyo que proporcionan, consigo levantarme. Controlo con solvencia las crisis internas producidas por los daños y  las condiciones siguen óptimas para proseguir capacitado. La estructura tiene todavía alta funcionalidad a pesar de las piezas perdidas.

Rebajo la dureza de la máscara de la cabeza para proporcionar una franja blanda a modo de  ranura horizontal. De la nueva boca conformada extraigo una sonda biocompuesta que alargo como un tentáculo hasta el cubo pirítico, situado en la parte central de la habitación. Todo perfecto.

Ahora me propongo saborear la superficie. El código del retro-artefacto debe ser tanteado mediante el sistema del gusto. Formo un cadena de corpúsculos gustativos en la punta de la sonda y con la ayuda de la saliva artificial, que me ayuda a lubrificar el relieve, deslizo la lengua.

Inmediatamente me llegan las primeras sensaciones inervadas por los servonervios: amargo-dulce-amargo-dulce-dulce-dulce-ácido-salado-amargo… No significan nada, son tan sólo descripciones sin imagen.

Los neurotransmisores liberados en la sinapsis de las fibras receptoras por un momento logran desconcertarme, casi dejándome suspendido en un bucle de pensamiento sin tratamiento. No estoy acostumbrado a usar este tipo de comunicación.

Termino de saborear las paredes del cubo por completo mediante varios barridos horizontales y verticales. Las cadenas gustativas pasan en rápidas y  desconocidas sensaciones que alteran mi base de pensamiento; secuencias que intento convertir en imágenes pero que se transforman en puntos negros interferentes, hasta que al  fin consigo captar algo.

Efectivamente. El gusto se filtra con una visión concreta. El oráculo gustativo al fin descarga algo perceptible para los receptores intraneuronales de tiempo, y la clave-imagen formada coincide con el registro del oráculo.

A continuación, descifrado el código, el cubo pirítico se desengrana hasta convertirse en un metamorfo que mediante unas patitas articuladas, se desplaza al lado opuesto de la pared y asciende por ella hasta el centro. Se encaja en el muro. Luego gira varias veces hacia la izquierda y hacia la derecha. Suena un chasquido y la pared se abre hacia dentro.

Al otro lado hay una sala con una antigua máquina de cirugía plástica y reconstrucción. Un enorme armatoste combado con una plataforma superior llena de servomecanismos extensibles. La máquina se activa automáticamente emitiendo un fulgor verdoso.

Una compuerta que hay en el suelo se abre, dejando un tanque con líquido al descubierto. Los brazos mecánicos, llenos de engranajes giratorios con múltiples herramientas, se ponen a funcionar; extrayendo partes orgánicos del depósito líquido al interior de una noria que va girando con impulsos de respuesta a cada añadidura. Los pedazos están formados por un recubrimiento de genuina carne. Y eso era lo que había disparado el reconocimiento del mensaje gustativo, aquel sabor añadido perfectamente en las imágenes de la base de datos. La figura es ensamblada minuciosamente mediante pequeñas operaciones con láser que van uniendo todas las partes del cuerpo, hasta que la forma humana queda reconstruida con una precisión vertiginosa y la noria se detiene.

A continuación, sin tiempo que perder, busco su aparato reproductor en la parte inferior, efectivamente, con un zoom aproximo la imagen entre las dos piernas. Hay un apéndice colgando flácido. Es el pene que está sobre dos bultos llamados escrotos. Resulta intrigante que esta raza utilizase células reproductoras para perpetuarse, un sistema fallido como se demostró a lo largo de las centurias al quedar estériles.

Descargo un enjambre de nanotransmisores a través de las escamas torácicas. Los pequeños servidores vuelan directamente hasta el cuerpo, se introducen por su piel y se ocupan de reanimar las funciones vitales básicas… La raza humana sabía cómo mantener sus cuerpos en vida suspendida, pero no sabía reanimarlos…

Hecho. El individuo ya da señales leves de vida.

Después, cambio la forma de la sonda a una configuración extractora, la alargo hasta el falo y lo envuelvo. Seguidamente, fricciono rápidamente hasta que consigo que unas gotas de un líquido color blancuzco caigan en la probeta. Luego la sello. Muestra tomada.

Terminada la acción, el humano comienza el proceso de necrosis.

Salgo de las estructura hasta el túnel de acceso y lo recorro hasta el final. Mis condiciones de funcionamiento óptimas están muy bajas, debido a los daños, y mis reacciones se hacen pesadas; aún así tengo el tiempo suficiente de llegar hasta la entrada.

Afuera, suspendida sobre un páramo seco y cuarteado se alza la nave Matadero 20A. Ahora que tengo activado aún el sistema gustativo, consigo saborear el hedor que desprende. Lanzo el aviso telepático —una frecuencia de ondas creada por un sistema emisor/receptor artificial colocado en la sinapsis multicerebral de cada centinela—, anunciando el correcto desenlace de la misión. Después, sufro la desconexión.

                                                          

SEGUNDA FASE

Canalizado el mensaje por los tubos de silicato que comunican con el exterior, la información se transmite instantáneamente a los receptores óseos de la cavidad donde reposa encogido el centinela. De hecho, el interior es un fosar entrelazado de huesos, que aparte de ser la estructura base de la nave, también forma consolas convexas en las que hay válvulas, con diales analógicos, que sueltan vapor a presión sobre un conjunto mecanizado de poleas y correas engranadas a piñones dentados. A su vez, todo el sistema mueve, con un ritmo fijo que produce ecos de metal, una serie de émbolos y pistones esparcidos en cadena por el recinto.

Ahora él, da marcha al yo. Yo soy. Yo tomo posesión. Así empiezan las cadenas de activación, un resto de programación arcaica, que no tienen más significado que un sentido de órdenes de puesta en marcha.

Y empieza:

Si estoy conectado es porque el anterior centinela ha terminado fuera de sistema. Después, le llega el mensaje con todos los datos. Al parecer todo correcto, pero se ha quedado averiado con la muestra en la entrada del oráculo.

Y esa muestra es prioritaria. Un escaneo rápido a mi alrededor lo confirma. Los cartílagos de carne nueva que interconectan los trenes mecánicos de los pistones se están degradando. El consumo de vuelo extraespacial ha debilitado las reservas.

Me coloco en la trampilla extractora y activo mis dos pares de élitros de vuelo en la parte trasera del cuerpo. A continuación, soy expulsado por presión.

Descendiendo con gran rapidez. La estructura exterior de la nave, una carcasa helicoidal llena de cuadrantes abovedados rematados con agujas receptoras, va eclipsando con su sombra la luz proveniente de arriba.

El punto de aterrizaje son dos columnas dóricas. Sus frisos están ornamentados con figuras de  cuerpos humanos atléticos. Tomo tierra, repliego los élitros y luego avanzo entre las columnas hasta un puente grúa de metal amarillento. Al otro lado está la entrada al oráculo y allí, en el umbral del agujero de la montaña de desperdicios, está el anterior centinela inerte. Su cuerpo paralizado emite una señal intermitente de color azulada. Es la boya luminosa que indica que tiene la muestra.

Cruzo el puente y cuando llego hasta el centinela formo un prisma con mis extensiones delanteras. Lanzo una descarga energética en la parte torácica del otro y los rayos reblandecen su estructura, convirtiéndola en maleable. A continuación, estiro hacia afuera mediante el impulso energético y extraigo el recipiente de muestra hasta que se separa.

Luego, algo corta en dos, transversalmente, al centinela inerte. La hoja protoenergética del Xathik resplandece mientras los dos pedazos se derrumban hacia los lados. Intento desenvainar mi propia Xathik, pero no me da tiempo. La probeta  cae y se rompe mientras soy troceado.

El humano desnudo contempla con su rostro frío las dos repugnantes criaturas  desparramadas en el suelo. Después, tira la extraña espada al suelo y se agacha. Con los dedos toca los trozos mutilados. No son de carne, ni son sintéticos. Son una forma mixta capaz de moldearse. También hay  abundantes piezas metálicas desparramadas alrededor de los restos.

El tipo se palpa a sí mismo, tocándose la piel. Su memoria está confundida. Luego mira los dedos impregnados de restos de aquellos seres y se los lleva a lo boca, chupándolos. El sentido del gusto despierta en él, y una sensación agradable le recorre. Le deleita el sabor y el hambre despierta sus impulsos. Con desenfrenada gula empieza a devorar todo lo que tiene a mano.

 

TERCERA FASE

En la nave Matadero 20A llega otra aviso telepático al siguiente centinela. Los receptores óseos lo despiertan.

Yo soy. Yo tomo posesión. El nuevo centinela entra en funcionamiento.

Y empieza:

Si yo estoy conectado es porque el anterior centinela ha terminado fuera de sistema. Después, le llega el mensaje. Es un aviso excepcional. Algo catastrófico ha quebrado la situación. Los centinelas han sido aniquilados.

Salgo de la cavidad en la que descansaba y cruzo la pasarela de huesos, por encima de las consolas de engranajes, hasta la zona de lanzamiento. Despliego los élitros y soy expulsado a presión.

La muestra es altamente prioritaria. Se necesita para producir carne real. El sistema guía me conduce rápidamente hasta la zona en la que está el humano.

El tipo que está acuclillado en el suelo comiendo con las manos llenas, escucha un sonido y  mira hacia el cielo. Algo viene volando produciendo un extraño zumbido. Intuyendo el peligro agarra el Xathik para defenderse.

Ya veo el objetivo. Está de pie con la espada protoenergética empuñada. Tengo que actuar con cuidado, si le pasa algo se tardará por lo menos un milenio en encontrar otra igual de viable. La precognición —una función desarrollada y automatizada, durante varias centurias, a base de entrenamiento diario con millonésimos cálculos— se activa y me indica cómo van a ser sus reacciones inmediatas.

El humano busca refugio entre unas rocas y allí se parapeta escrutando el cielo, pero ya no percibe ningún zumbido. Después, contempla estupefacto el vertedero de deshechos que se extiende hasta donde alcanza su vista… Un manto caótico y sombrío. Las preguntas sin respuestas abaten sus pensamientos y se siente extraño e irreal. La locura le hace reír a carcajadas.

Desciendo a la parte inferior de la ladera del escombrero. Ahora debo aguardar unos instantes. El objetivo humano, cuando pasó a la fase de necrosis inducida, por alguna extraña causa retomó conciencia y la máquina de cirugía lo volvió a reconstruir antes de la putrefacción definitiva.

El tipo enloquecido sale de su escondite con su reciente razón adquirida desquiciada. La situación le sobrepasa. Da vueltas sobre sí mismo y grita hasta que decide cortarse en seco el abdomen con el Xathik. Se queda contemplando cómo mana la sangre de la herida y luego, tambaleándose, anda unos pasos y se tira barranco abajo.

El humano ha caído rodando hasta donde estoy. Su mente racional no ha podido soportar la situación.  Aún está con vida, a pesar del tremendo corte que tiene en la barriga. Reblandezco varias extensiones y con el compuesto líquido le tapo la herida.

Por unos instantes en los que vuelve abrir los ojos de golpe, ve al bicho delante de él. Los ojos compuestos brillantes le observan con reflejos diamantinos y  luego, tuerce su cabeza picuda que tiene un par de antenas articuladas. El cuerpo está formado por una argamasa de fluido lechoso y resortes con clavijas de muelles. A continuación, el tronco líquido se ondula, dejando ver por un instante el chasis de piñones y ruedas dentadas activadas por cuerda que hay bajo la argamasa, y una ola de fluido brillante se desplaza hasta su cabeza, moldeándola como una especie de cuerno trompeta. Algo pegajoso sale despedido de la protuberancia y le enrolla.

Envuelvo al sujeto con el biocompuesto mientras le doy vueltas con varios zarcillos hasta que queda empaquetado. Esto lo mantendrá con vida el tiempo suficiente. Ahora debo regresar a la nave, y en el laboratorio extraer la muestra para su mezcla en los caldos de cultivo. Es necesario carne nueva para reponer la estructura de la nave y los cuerpos de los nuevos centinelas.

© Copyright de Joan Baladre para NGC 3660, Diciembre 2016