Hilos que unen

 

Por Begoña Pérez Ruiz

Tengo un nudo que me aprieta el cuello. No, no soy precisa al describirlo. Aún no hay un nudo ahogándome, este lo estará cuando la soga corra alrededor de mi cuello y me estrangule. Entonces sí será un nudo, uno que se lleve mi vida.

Pero no puedo decir que no me lo merezca. Es un nudo al que estaba destinada desde que decidí ir a Kadarsí.

Había oído pocas historias sobre esa región. Nunca eran historias extensas, solo pequeños fragmentos que venían a aderezar ese halo de exotismo con el que todos contemplábamos dicha comarca. Breves retazos de su forma de vestir, de los animales que veneraban, de la comida que acostumbraban a tomar…

Un día, un mercader de las razas sesianas nos trajo hasta nuestra ciudad una historia más completa, una llena de detalles. Fue una historia que nos indignó a todos y a mí particularmente me empujó a tomar la determinación de ir hasta esa zona y contemplar con mis propios ojos si aquel horror que nos narró el mercader era real.

—No creo que la diosa Telis bendiga este viaje tuyo. Tu empeño en contemplar a los salvajes de Kadarsí no tiene mucho sentido. —El sacerdote máximo se mostraba franco conmigo. Aquello me preocupó más que sus palabras con la velada amenaza de la diosa Telis.

El sacerdote máximo hasta aquel momento no había expresado opinión contraria alguna ante mis acciones o decisiones. Él se limitaba a rezar salmos de protección para que yo, la soberana de su reino, no sufriera mal alguno.

—La diosa Telis se sentiría más desdichada si yo no interviniera de forma alguna en todo este oscuro asunto. Si ni siquiera insistiera en tratar de comprobar que lo que se nos ha contado encierra algo de verdad, porque de ser así, no está bien que un espanto semejante se permita…

—Mi reina, no es necesario que os recuerde que la comarca de Kadarsí está fuera de nuestras fronteras, de hecho lo está de todo lo conocido en el mundo civilizado y aliado. No es un reino con el que nadie haya establecido relación alguna y, en mi humilde opinión, es mejor que siga así. —Miré con determinación al sacerdote, no tuve necesidad de añadir palabra alguna. Él llevaba demasiado tiempo conmigo como para  saber leer en mis ojos y expresiones. Se retiró sin más, no esperó a que yo le explicara todo lo que me proponía hacer

De momento partiría sola a comprobar la historia de Kadarsí con mis propios ojos. Si aquella era cierta, no tenía por qué importarme que aquella fuera una región alejada de mi reino o de cualquiera conocido. Volvería con un ejército a aplacar su salvajismo.

La ruta que elegí para llegar hasta la desconocida Kadarsí fue intrincada, pero necesaria. Como digo, no podía ser de otra forma, mal que me pesara, pues no había mapas concretos de la zona, ni ninguna caravana habitual de comerciantes que llegara hasta allí y a la que unirme.

Pero, si el viaje fue un poco infernal, solo pude sentirme agradecida de todos los paisajes exuberantes que pude conocer en mi camino. Ante mí se sucedieron imágenes hermosas de lugares insuperables en belleza. Tuve que reconocer, aun con cierta envidia y mucha decepción, que la región de Kadarsí se alzaba con mayores maravillas que mi propio reino natal, al que, hasta el momento, había considerado como el más esplendoroso rincón creado por la diosa Telis.

Aquel último pensamiento despertó en mí desasosiego. Si la diosa Telis había dotado mejor a esas tierras que a las de mi propio reino, se hacía complicado creer que el pueblo allí asentado contara con su desaprobación.

La historia del mercader no podía ser cierta, pero a mí a esas alturas se me hacía imposible echar marcha atrás, sin comprobar aquello con mis ojos. Cosa que vi nada más llegar a la primera ciudad de Kadarsí.

La arquitectura de la ciudad y su propia disposición no distaban mucho de las convencionales capitales que había conocido en mis viajes más allá de mi propia corte.

Sin embargo, el comportamiento de sus habitantes, como había narrado el mercader, era muy distinto de lo que ante mis ojos se suponía que era una raza civilizada.

Vi las primeras parejas unidas nada más entrar en la ciudad. Aquello me enojó de una manera singular. Hombres que caminaban llevando a las mujeres atadas a sus muñecas con una fina cuerda roja. No podía soportar aquella visión humillante. Me sentí tan insultada que, en un alarde de furia justiciera, decidí actuar, cometer lo que yo, en mi ignorancia, consideraba un acto épico, sin tener en cuenta un posible castigo ejemplar sobre mi persona.

Saqué mi espada y golpeé con rabia tras fijar mi ataque en la cadena que era aquella cuerda roja que unía a esa pareja de hombre y mujer.

El mandoble rompió al instante el condenado hilo rojo, la mujer ya no tenía que andar pegada a su marido, si es que lo era, como si fuera una bestia de su propiedad. Ambos cayeron al suelo. Entonces asistí a un hecho inesperado. Tanto el cuerpo del hombre como el de la mujer empezaron a sufrir unos horribles espasmos.

No tenía forma de saber a qué se debían, el golpe de mi espada había sido preciso, yo me había limitado a cortar el hilo que unía a ambos. Pese a aquella reacción, no me arrepentí de mi acción visceral cargada de ira en aquel momento. Aunque no podía tampoco sentirme orgullosa del todo. Me limité a quedarme inmóvil, viendo cómo se sacudían los cuerpos de aquellos dos.

Sufrían un colapso grave y necesitaban asistencia inmediata. Pese a no tener nada de sanadora, hice amago de agacharme para ayudarles. Fuera lo que fuera que les estuviera pasando, aquello estaba provocado por mi acto. Pero antes de poder arrodillarme del todo, la gente del lugar me rodeó mientras jaleaban gritos de horror contra mí.

Lo más inteligente era salir corriendo de allí y es lo que hice, para que la turba que empezaba a echárseme encima no me atacara.

Mientras corría, internándome en unas callejuelas estrechas, los gritos acusándome de asesina se hacían más fuertes e insistentes.

Corrí por sinuosas calles hasta desembocar en una plaza enorme, donde había una gran cantidad de lugareños, yendo de un lado a otro por el mercado de dicho zoco. Toda esta escena en su conjunto pude verla en tan solo un segundo a la carrera, como pude comprobar un hecho que me arrastró al más profundo de los infiernos.

En la plaza se repetía el escenario de las gentes que estaban a la entrada del pueblo. Parejas de adultos que andaban encadenados por sus muñecas unos con otros. Pero ahora fui testigo de algo más, un hecho que me hizo empezar a entender lo equivocada que había estado, el error de dejar que mi espada transportara mi cólera y hablara por mí. Las parejas que se hallaban ante mí no eran solo de hombre y mujer, también había dúos de hombres y de mujeres. La plaza entera se alzaba como un hervidero de parejas que, compartieran o no el mismo sexo, en todo caso estaban unidas por hilos rojos en sus muñecas. Solo los niños aún no estaban esposados de aquella manera.

Comprendí al instante la dimensión de mi error y cómo había fallado con mis conclusiones, pues aquellos hilos iban más allá de un mezquino sometimiento.

Me quedé parada, petrificada, observando el pasar de unos y otros ante mí. No me contenté con fijarme en el maldito lazo rojo de cada pareja. Reparé también en los rostros de las personas, tratando de encontrar algo que no descubrí en ninguno: infelicidad.

No fui consciente de nada más cuanto me rodeaba, salvo los gestos de los que pasaban ante mí. Estaba tan absorta en ello, que no vi llegar a los guardias que se arrojaron sobre mí para inmovilizarme y apresarme. Entonces fui yo el objeto de atención de los cientos de ojos de todos los que paseaban por el mercado atados a sus parejas. Todos contemplándome con horror, como si miraran a una asesina peligrosa.

Forcejeé llena de rabia, más contra mí misma que contra cualquier otro, pero me fue imposible escaparme.

Presa y humillada me llevaron ante el Concejo de esa ciudad y su gobernador, reunidos en el interior de una enorme casona que debía ser algún tipo de juzgado o casa consistorial.

—Extranjera, dimos cómo te llamas, debemos saber tu nombre para aplicarte el castigo por tu crimen.

—Mi nombre es Sinaide Morerk, soy reina de más allá de esta comarca…

—Por muy reina que seas, aquí solo te alzas como una extranjera y una asesina. Olvídate de darnos más información que la que te requerimos. Tu acto habla de ti, más que ninguna otra cosa que tú pretendas adornar con simples palabras. No debiste venir a esta comarca sagrada y menos con tu afán de matar. No es la primera vez que somos víctimas de un ataque semejante, forasteros que llegan hasta nosotros desde salvajes regiones y se permiten juzgarnos con su limitada visión. Has matado a sangre fría a una pareja, dos de nuestros habitantes. Nada te habían hecho. —No me sorprendió la noticia de la muerte de la pareja, pero estaba aún lejos de comprender por qué el lazo rojo les unía de una manera tan vital, como si aquella cuerda fuera un miembro más de ambos cuerpos.

Dejé que los que me juzgaban me contemplaran como a un bicho repelente, mientras sus voces tétricas clamaban contra mí. El veredicto parecía ya decidido y agradecí que, al menos, antes de pronunciarlo, uno de los presentes se molestara en explicarme mejor todo aquello:

—Nuestro pueblo ha sido bendecido por los lazos rojos, la más sagrada unión de todas. Toda pareja que desea compartir su existencia deja que los lazos rojos sean uno con ellos y parte de su ser dual hasta el fin de sus unidas vidas. Nuestros lazos rojos nada entienden de sexos, ni de ninguna otra diferencia física, solo de uniones deseadas. Nadie somete a nadie, no nos comportamos como salvajes, no seguimos vuestros patrones. No somos tan volubles e irracionales como vosotros lo sois.

Entendí la crítica dura que aquel juez, o lo que fuera, me arrojaba. No protesté, ni la mera intención de ello se pasó por mi mente. No podía sentirme satisfecha de mi comportamiento ahora que conocía la verdad. Por mucho que el funcionamiento de los lazos rojos se me antojara un misterio, mi ceguera conservadora me había hecho actuar de manera precipitada e intransigente. Ahora pagaría las consecuencias. No podía esperar indulgencia, tampoco me parecía lícito conseguirla.

—Sé que he actuado como una salvaje, solo puedo arrepentirme de ello y pedir perdón. Actúe influida por mis costumbres, ajenas a las vuestras. No puedo esperar clemencia, salvo si se tiene en cuenta lo que acabo de decir.

—Entonces debes entender, pese a ser extranjera, que actuemos contigo con la  máxima dureza. Así evitaremos, por otro largo periodo de tiempo, que ningún forastero se interne en nuestra comarca, pretendiendo imponer sus leyes.

Nada dije entonces, esperé la sentencia, como ahora espero que el lazo que rodea mi cuello me estrangule de una vez. No es algo agradable, pero comprendo su justicia. No siento miedo, pese a mi cercana muerte. Esa que me causará la cuerda roja que ahora es un collar flojo en mi cuello, a falta de que el verdugo haga que se ciña sobre mí, tras maniobrar la horca.

© Copyright de Begoña Pérez Ruiz para NGC 3660, Junio 2018

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