Hijos del hielo

| David Jasso | Cazador de ratas Editorial | Pequeño formato | terror | 2017 | 
| ISBN: 978-84-947066-4-6 192 págs. |8,50€

Por Pily Barba

Portada Hijos del hielo

Acabo de terminar la lectura de Hijos del hielo y mientras el calor de mis huellas dactilares permanece aún impreso en sus tapas, sigo dándole vueltas con el corazón hecho un auténtico gurruño. Así es, y al mismo tiempo, no sé si reverenciar a su autor por todo lo que me ha hecho disfrutar de su última fechoría, o si, por el contrario, debería odiarlo con la misma intensidad con la que me las ha hecho pasar canutas persiguiéndolo a través de semejante aberración.

David Jasso, uno de mis autores de cabecera, lo ha vuelto a hacer. Aunque, si soy fiel a la verdad, debería decir que ya lo hizo cuando, en 2011, Hijos del hielo vio la luz por primera vez dentro de la antología Nuevas leyendas aragonesas. Pero como no fui consciente e, imagino, esta nueva versión publicada por Cazador de ratas llevará alguna que otra revisión implícita, para mí es EL AUTÉNTICO DESCUBRIMIENTO. Así, en mayúsculas. Y vuelvo a lo que decía: David Jasso, una vez más, como ya hizo la primera vez que lo leí en aquella maravillosa novela La silla, y en otras tantas ocasiones posteriores, ha conseguido hacerme temblar y sentir auténtica preocupación por aquellos personajes que pueblan Hijos del hielo. De principio a fin. Y sin ser arruinado por ningún tipo de altibajo, lo que no es tarea fácil porque eso quiere decir que, si el autor es capaz de transmitir al lector sentimientos tan profundos hacia su creación, es que dicha obra rezuma genialidad y sobre todo vida. Y así es: Hijos del hielo reverbera en mi subconsciente cobrando todavía más vida tras su lectura. De hecho, ¡no para!

Pero ¿y qué es aquello que aún mantiene atrapados mis sentidos y un buen puñado de sensaciones entre sus páginas? Es el retrato de la desgracia; del descorazonamiento, del castigo y de la maldad más oscura y fría… Pero también el del anhelo y el amor más auténtico; el de la alegría fugaz y la ilusión por otro posible y altanero porvenir.

Hijos del hielo, novela con marcados tintes costumbristas, tiene lugar a principios del siglo XX cuando, en España, aún se viajaba en los pretéritos carros tirados por caballos y las distancias entre los pueblos y sus capitales de provincia se hacían interminablemente largas. Y hago destacar esta «pequeña» curiosidad no solo porque sea un detalle importante en la trama (tanto por lo que significaba un viaje así de costoso en aquellos tiempos, como por hallarse en una época en la que la industrialización venía pegando fuerte, mientras generaba el inicio de la crisis en ciertos negocios bien arraigados y de los que podía vivir, prácticamente, un pueblo entero), también, porque ha sido una de las primeras cosas que me más me ha llamado la atención; su ubicación en el tiempo y, también, su ubicación en el espacio: el escenario del horror tiene lugar en Fuendetodos, pueblo zaragozano que vio nacer a Don Francisco de Goya.

Y bien, hasta el momento, las narraciones de David han sido terriblemente contemporáneas; ambientadas en nuestro presente y con el peso constante de esos problemas que hoy en día nos acosan a todos. No obstante, en Hijos del hielo conoceremos uno de los pequeños y apacibles pueblos españoles donde, hasta el momento, todo había sido trabajo, paz y tranquilidad. Pero ¡oh!, llegaremos justo a tiempo de darnos de bruces con un recurso que ya es marca del autor: aguijonear nuestra curiosidad iniciando su relato justo cuando todo ha tenido lugar, haciendo crecer así el desasosiego y la impaciencia a base de advertencias y quejidos con ecos de un próximo y seguro horror. Aun así, la protagonista hace memoria yendo justo al comienzo de la futura tragedia y, en un abrir y cerrar de ojos, nos veremos inmersos en el entorno de un entierro cuyo transcurso y ambiente se describe con una claridad y un acercamiento que verdaderamente trastocan. Porque ¿quién no ha vivido a estas alturas una experiencia tan desagradable? El sufrimiento de los más cercanos; el tuyo propio… la desolación, la incomprensión; todas esas tinieblas que rodean al duelo interno en esos momentos. Pero también está el lugar en sí; sus sonidos, sus olores… aquello que se repite siempre, una y otra vez, y se trate de quien se trate. Y es tan dolorosamente reconocible que, a partir de ese pasaje, tuve la certeza de que lo que me esperaba como lectora iba a ser algo gordo.

Y no me confundí…

Lo que acontece después, esos problemas y el sufrimiento creciente y constante de nuestros protagonistas, son tan actuales y, al mismo tiempo, tan viejos, como la propia humanidad. Por una parte, existe ese miedo cerval a la falta de trabajo y la lucha constante, contra viento, marea y adversidades, para poder salir a flote: sea como sea y caiga quien caiga —en el caso que nos ocupa, basado además en hechos reales, hablamos de la industria del hielo que tuvo lugar en Fuendetodos, y el lugar en concreto es Culroya donde, aún hoy, se puede visitar uno de sus, ya para mí, escabrosos neverones—. Pero también tenemos el fantasma de la paternidad y los problemas que esta conlleva en el momento en el que se decide ir a por ella; tenga después lugar o no. Los líos amorosos a varias bandas… y más, claro, y todo ello en un entorno relativamente pequeño, cerrado, y poblado de gentes llanas que, a golpe de fatales decisiones, termina transformándose en un auténtico y opresivo infierno casi deshabitado al que, además, hemos de sumar ese horrible frío; dentro de uno de los peores y aparentemente más repentinos temporales (y quiero verlo así porque, pasamos de una noche de calor en la que ha de darse una situación que prenda la llama de la desgracia, a una monumental nevada en poquísimos días. Quizás esto sea lo que más me ha «chirriado» de toda la novela). Y lo peor es que ese frío nos perseguirá durante todo el trayecto, resquebrajándonos primero muy poco a poco y luego a toda velocidad, mientras observamos cómo se van retorciendo las vidas de unos pocos de la peor manera posible y con dramáticos resultados. Y cuando nos relajemos, eso sí, destrozados por los acontecimientos; cuando estemos totalmente confiados y pensemos que ya no podemos entristecer más, que nuestro corazón está lo suficientemente encogido, llegará nuestro autor y, no satisfecho aún, seguirá obligándonos a mirar hasta que hayamos visto bien de cerca las mismísimas entrañas del horror. Sí, justo después de haber sido succionados por una violenta espiral de odio y venganza, y de pensar que habíamos sido testigos de los más terribles sucesos, incluso después de esto, David Jasso insistirá en regalarnos un impresionante e inesperado giro final, dejándonos patitiesos del todo y, lo que es más retorcido aún, buscando información al respecto.

Como decía al principio, David lo ha vuelto a conseguir, pero, en mi caso, admito además que me he quedado bastante tocada, obsesionada, y con los ojos húmedos.

© Copyright de Pily Barba para NGC 3660, Febrero 2018

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