Set the control for the heart of the sun

 

Por Carmen Rosa Signes Urrea

«Over the mountain watching the watcher.

Breaking the darkness, waking the grapevine.

One inch of love is one inch of shadow

Love is the shadow that ripens the wine.

Set the controls for the heart of the sun.

The heart of the sun, the heart of the sun.

Set the control for de heart of the sun».

Pink Floid

.

El reloj de cuco marca las diez, quizá ese hecho no significara nada para él, un inútil conteo sonoro comparado con la pulsación natural del universo, pero antaño sugirió toda suerte de sucesos, pautó ritmos y costumbres, hoy, olvidados.

Los frágiles tallos, que apuntan hacia el singular cielo, se yerguen buscando en el espacio suspendido la luz y el calor —ahora inducido— del corazón del sol. Los sarmientos se enredan en las formas metalizadas de una nave, que gira al ritmo olvidado del planeta madre, para proporcionar la falsa sensación de normalidad,  aquella que reproduce las condiciones de Vignoble de Bourgognecon necesaria para conseguir el caldo dulce y oloroso del mejor vino de Francia y que descansará, hasta su consumo, en las bodegas de la I.N.W (Internacional NUMBER-WINE).

Se acerca la vendimia, en sus manos recae la única cosecha con la que satisfacer a los paladares más exigentes; mientras, sin reprochar el destino, su vida pende de los designios de una estrella que, día a día, inunda de radiación su cuerpo  y que acabará por matarlo.

Se cierran las puertas, la forma de loto impide que la luz traspase. Por doce horas, la oscuridad que abriga los racimos, enmudece el entorno.

Lejos queda el mundo básico y decadente que a punto estuvo de perder su legado: la cultura vinícola. Todos los países lanzaron naves ante la destrucción de sus cosechas. Solo unas pocas consiguieron ser rescatadas, pero a un alto precio.  Las máquinas harían el trabajo. A las cepas, modificadas genéticamente para resistir la radiación directa del sol, se les proporcionarían las mismas condiciones climáticas, ahora extintas en la Tierra, pero nadie pensó en los hombres que las acompañaban. No se consideró la necesidad de que fueran sustituidos, ni rescatados, simplemente, no estaba previsto y, después, cuando comenzaron a fallecer fruto de las enfermedades generadas por la exposición a la estrella, ya era tarde.

Ahora, él brinda con su copa alzada hacia la abertura que le muestra el astro que se aproxima.

Por once veces, el reloj deja escapar su pájaro delator del tiempo, mientras,  la luz furtiva del sol, colada desde la rendija, proyecta la sombra del perfil de su rostro,  sobre el rojo granate esmerilado en destellos que surge desde el vino que degusta, resultado de la crianza en las barricas centenarias. Siempre se preguntó cómo lograron subir a la nave, sin alterar sus propiedades, aquellas piezas de artesanía, fabricadas  con las más nobles y perfectas piezas de roble americano y cómo consiguieron que, en su interior, el buen borgoña envejeciera manteniendo las excelencias y características del trabajo bien hecho. La garganta le arde, el vino envejecido anima su alma, hace que su pecho se infle con los efluvios de su espíritu y el aire viciado de la fermentación, latente en las bodegas, le embriaga. Su pulso se acelera.

El latido del sol libera las corrientes magnéticas que, en ocasiones, zarandean la nave desplazándola de su rumbo pero que, prontamente, es corregido evitando el desastre.

Él no podrá contemplar los tiempos infinitos que marca el astro viviente, está desahuciado. De nuevo, y por doce veces, escucha el rítmico cuco, pero, esta vez, se le aventura eterno, parece no acabar nunca. Ha llegado la hora, debe recostarse y descansar.

«El amor es la sombra que madura el vino», le recuerda a la sombra en la pared que él mismo proyecta y que parece contemplarle a su vez, antes de retirarse. Luego de invitarle a otra copa, insiste: «El amor es la sombra que madura… sin amor, sin mi amor no hay vino». La locura del tiempo encontrado. «¿Por qué no?», se pregunta a sí mismo. Cuando accedió a partir sabía de los conflictos que la soledad implica, del final irremediable de su vida, menos longevo que la del caldo que, ahora,  paladea.

Su amigo desaparece, el control automático es el culpable, a las doce la luz es totalmente aniquilada. Con la oscuridad inundándolo todo,  decide seguir adelante.

Mirando nuevamente a la estrella que tiene enfrente, se lanza en su búsqueda, desvía la trayectoria, toma los controles y parte directamente hacia el corazón del sol.

© Copyright de Carmen Rosa Signes Urrea para NGC 3660, Abril 2018

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