Guerra interplanetaria – Reed.

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Por Joan Antoni Fernández

—¿Está usted listo Perlonio? —preguntó el comandante Condón con ansiedad.

El aludido asintió con un enérgico movimiento de cabeza. Era un joven alto y de complexión recia, con una expresión bovina en el rostro que no denotaba demasiada inteligencia aunque sí una gran obstinación. Su superior le lanzó una rápida ojeada para asegurarse de que todo estaba en orden y, con gesto nervioso, encabezó la marcha de la pequeña comitiva.

El grupo de militares avanzó a grandes zancadas a través de un estrecho pasillo metálico que les condujo hasta un desierto hangar del espaciopuerto, donde una nave monoplaza aguardaba a su tripulante con los motores rugiendo. Al llegar ante el vehículo todos se detuvieron indecisos. Por fin Condón se giró y estrechó la mano del soldado con cierto embarazo.

—Buena suerte, muchacho —deseó mientras le daba en la espalda unos golpecitos que pretendían ser amistosos.

Los dos oficiales que les acompañaban también estrecharon la mano del envarado soldado, murmurando entre dientes palabras incomprensibles. El rostro de Perlonio se ensombreció ante las inesperadas efusiones por parte de sus superiores; se cuadró con un saludo militar y subió de un salto por la escalerilla, sumergiéndose con celeridad en el interior de la nave.

Condón y sus subordinados retrocedieron unos pasos mientras contemplaban ceñudos el despegue del vehículo. Éste se elevó rugiendo, provocando una enorme nube de gas a presión sobre la plataforma donde se encontraba. Entonces ascendió en vertical hasta situarse frente al tubo de lanzamiento de la nave nodriza y esperó la apertura de la compuerta. En cuestión de segundos, el panel se deslizó y el diminuto vehículo fue expulsado hacia el exterior, perdiéndose entre la negra infinidad del espacio.

El teniente Cirilo se rascó el cogote con expresión pensativa, contemplando el vacío.

—¿Cree usted que lo logrará, señor? —preguntó al comandante.

—¿Quién sabe? —el aludido se encogió de hombros—. El soldado Perlonio ha sido elegido por la computadora entre millones de candidatos. Al parecer, posee un espíritu en extremo combativo y se encuentra cualificado para cualquier tipo de lucha. Es, sin lugar a dudas, el mejor de nuestros combatientes.

—Pero… —apuntó Cirilo.

—Pero jamás hasta la fecha hemos visto luchar a un esternuense y no sabemos qué tipo de armas suele emplear.

—¡Bah! —el capitán Smith desechó los malos presagios con un poderoso manotazo—. No hay motivo de preocupación alguno, créanme. Yo he visto cómo se entrenaba ese hombre y les aseguro que no me gustaría estar en el pellejo del esternuense ni por todo el oro del mundo.

—¿Tan bueno es nuestro campeón? —quiso saber el teniente.

—¡Es formidable! —se entusiasmó el otro—. Le he visto derribar a cinco hombres armados hasta los dientes con la facilidad con que usted apagaría las velitas de un pastel de cumpleaños. Se trata de un verdadero experto en lucha personal, campeón en todas las especialidades de artes marciales y un auténtico fenómeno boxeando.

—El problema está en si el bicho ése le dejará acercarse lo suficiente para que pueda atizarle —intervino Condón con amargura—. Piense que la lucha puede ser con pistola o con otro tipo de arma similar.

—¡No importa! —Smith rebosaba satisfacción por los cuatro costados—. Nuestro hombre también es un gran experto en ese campo. Se trata del mejor tirador que poseemos y no exagero si les digo que puede alcanzar a una mosca a más de cien metros de distancia. Además, ha sido entrenado con todo tipo de armas de forma que ninguna le resulta desconocida. Tampoco hay que preocuparse por si es alcanzado; se retuerce como una anguila y antes me veo capaz de encontrar una aguja en un pajar que rozarle con un solo rayo láser en un pasillo de un metro de ancho.

—Parece usted muy entusiasmado —sonrió Cirilo.

—Es que he visto a ese Perlonio en acción y he creído contemplar un ciclón en plena actividad. Créanme, amigos, ese maldito esternuense va a toparse con la horma de sus zapatos. Prácticamente puede decirse que ya hemos ganado la guerra.

 

***

 

Los seres que habitaban el Universo en el año 2.378 de la Era Oficial en el planeta Tierra, enclave sito en el Sistema Solar, quedaron altamente sorprendidos por un hecho poco frecuente en su dilatada historia: había estallado una guerra interplanetaria.

Como todas las guerras, ésta había tenido un motivo aparentemente fútil y sin trascendencia. Se comentaba que los terrícolas estaban muy indignados por el hecho de que los esternuenses, habitantes del planeta Esternuo, en el Sistema de Anvita, violaran su espacio territorial con altanera frecuencia. Los terrícolas habían protestado de manera formal ante la embajada del planeta transgresor, pero los resultados habían sido nulos. La situación continuó deteriorándose hasta que finalmente la Tierra declaró de manera oficial la guerra contra Esternuo. El conflicto era, pues, inevitable y ambos planetas se prepararon para tan magna confrontación.

Hubo malas lenguas, como siempre sucede en estos casos, que comenzaron a propalar falacias y rumores viperinos sobre los verdaderos motivos de dicho enfrentamiento. Se decía, con manifiesta mala fe, que la auténtica causa del choque entre los dos planetas era que ambos estaban interesados en monopolizar el mercado universal de bidés atómicos, deshaciéndose a un tiempo de un peligroso competidor. Alegaban que se trataba de las dos más grandes potencias industriales en aquel campo y que el vencedor quedaría sin rival para proveer a todo el Universo de semejantes adminículos. Lejos está de nuestra intención apoyar semejante calumnia que sólo ha podido fructificar en mentes calenturientas, poco conocedoras del bello sentimiento del patriotismo. Esas gentes descastadas no pueden imaginarse el gran honor que representa luchar con arrojo por la patria contra el invasor extranjero que pretende sojuzgarla y pisotearla. Es en estos duros momentos cuando se une toda la gente de bien, dispuesta a dar hasta la última gota de su sangre por impedir una nueva vejación a la Patria.

Pero no nos desviemos de la cuestión y hagamos constar simplemente, a efectos históricos, que la guerra había estallado con todas sus nefastas consecuencias. Por supuesto, en una guerra espacial hay que seguir ciertas reglas elementales. Todos los planetas del Universo con vida inteligente, e incluso alguno medianamente despierto, habían comprendido que un enfrentamiento masivo y generalizado podía ser el fin de toda la vida existente. Se comienza tirando una simple bomba atómica y no se sabe cómo se puede acabar. Por tal motivo se había firmado el famoso tratado de Vescintia, el cual regulaba y establecía una serie de normas y limitaciones a seguir en las posibles confrontaciones entre planetas, evitando una masacre inútil.

Las reglas que ambas razas contendientes debían seguir eran, en resumen, las siguientes: Cada parte en conflicto debería elegir a un único campeón entre los habitantes de su planeta, el cual debería enfrentarse en singular combate contra el campeón enemigo. Ambos contendientes lucharían entre sí representando a sus respectivas causas, por lo que el vencedor habría ganado la guerra para los suyos. El planeta que hubiera sido retado podría escoger el arma a utilizar en el combate. Ambos adversarios se encerrarían en la estación orbital H-27, diseñada para tal fin, y no saldrían de ella hasta que uno hubiera vencido al otro. El combate podría prolongarse todo el tiempo que hiciera falta y su resultado sería inapelable. Cualquier planeta que no obedeciera de forma escrupulosa las reglas sería automáticamente descalificado y apartado de la comunidad, social y comercialmente, impidiéndosele tener tratos con el resto del Universo para siempre y jamás.

La Tierra, a pesar de ser el único planeta que no había firmado dicho acuerdo debido a cuestiones burocráticas que todavía siguen siendo un misterio, no había tenido otro remedio que aceptar las condiciones. De inmediato se procedió a buscar un candidato que defendiera los colores de la libertad y la justicia. El espíritu patriótico se dejó sentir una vez más y fueron millones los voluntarios que se presentaron para combatir contra el odiado enemigo.

Pero en tema tan trascendente no se podía ir a ciegas, efectuando una elección precipitada de que más tarde hubiera de lamentarse. El Alto Mando del Ejército así lo comprendió y delegó tan espinoso asunto a la capacidad de Afrodita, la computadora más sofisticada y analítica creada hasta la fecha. Hasta el más insignificante dato de cada aspirante fue introducido en su memoria, analizado y sopesado con fría precisión, buscando cualquier punto débil que pudiera dejarles en inferioridad en un combate ante el enemigo. Se movilizó un auténtico ejército de espías para recopilar toda la información posible sobre los esternuenses, consiguiéndose miles de fotos y películas de aquellos seres. Se estudió su capacidad de resistencia, su fortaleza física, su agilidad, su rapidez de reflejos, su alimentación, su peso y estatura, así como el tamaño de las pinzas que les servían de manos y la consistencia de sus tres piernas. Varios afamados científicos opinaron y discutieron sobre la capacidad de reacción de semejantes especímenes, su respuesta al peligro, el ángulo visual de sus ojos y su percepción auditiva. Durante largas semanas cientos de personas corrieron de aquí para allá, tratando de reunir información que alimentara a la insaciable Afrodita, llenando unos bancos de memoria que no parecían tener fin.

Pero un día llegó el ansiado momento y todos los expertos, a excepción de un filósofo nihilista que fue corrido a gorrazos, admitieron que nada nuevo podía agregarse sobre los esternuenses. Entonces la computadora se puso a trabajar durante días enteros, analizando a los voluntarios uno por uno, buscando todas sus posibilidades de triunfo o derrota. Llevaba ya casi una semana en aquel menester silencioso pero constante cuando encontró al hombre perfecto. Una cinta impresa con el nombre y dirección del elegido apareció por una rendija, mientras todas las luces se apagaban y Afrodita guardaba un merecido reposo.

No se perdió el tiempo. El soldado Perlonio fue sacado con celeridad del calabozo, donde cumplía condena por golpear a un oficial superior, y tras indultarle se le sometió a un durísimo entrenamiento para comprobar si la computadora se había equivocado. El resultado fue en extremo alentador; aquel individuo tenía un instinto nato de luchador y, con sus musculosos brazos, hizo volar por los aires a todos los adversarios, además de acertar en todos los blancos que le pusieron a tiro.

El único inconveniente lo presentó el doctor Pablos tras realizar al individuo un examen psicotécnico rutinario.

—Es más duro de mollera que un ladrillo —explicó el galeno—. Su coeficiente intelectual es casi igual a cero.

—¿Y a quién diablos le importa eso? —resopló despectivo el comandante Condón—. No lo hemos elegido para ningún examen de matemáticas, sino para combatir a muerte. Y estará usted de acuerdo conmigo, doctor, en que los mejores soldados son también los más estúpidos.

De semejante forma el soldado Perlonio fue elegido como el campeón de la Tierra en su guerra interplanetaria.

 

***

 

Mientras realizaba la maniobra de acoplamiento a la estación espacial, el soldado silbaba con satisfacción. Notaba su moral muy alta, pues había sido preparado tanto física como psíquicamente para el triunfo. No cabía en su mente ni la más pequeña duda de una victoria absoluta.

Perlonio penetró con repentina prudencia dentro del recinto donde debía celebrarse el combate. Caminaba tenso como la cuerda de un violín afinado, presto a atacar al menor movimiento sospechoso. Pero la sala estaba desierta, era evidente que había sido el primero en llegar. Aquella circunstancia le favorecía, pues le permitía familiarizarse con el entorno. Recorrió el lugar con la mirada. Se trataba de una simple cabina de forma ovalada en cuyo centro había una mesa adosada al suelo. El soldado sonrió con satisfacción, en tan reducido espacio la batalla no sería muy larga.

El terrícola se sentó a un lado de la mesa, teniendo la precaución de quedar ante la única entrada al recinto. Mientras aguardaba a su rival trató de adivinar el arma que éste elegiría. En realidad no importaba demasiado, pues él estaba familiarizado con todas ellas. En vez de pensar más en el asunto Perlonio comenzó a paladear por anticipado el sabor de su triunfo.

Cuando regresara a la Tierra, después de haber aplastado al bicho alienígena, sería aclamado como un héroe. Y no habría para menos, pues él solo estaba a punto de ganar toda una guerra. Seguro que como mínimo le nombrarían capitán y le darían un montón de medallas. La gente le admiraría, su rostro saldría por holovisión apretando manos importantes. Y todas las chicas se morirían por sus huesos mientras él podría emborracharse como una cuba sin que nadie osara meterse con su persona. Podría…

Se interrumpió en sus reflexiones con brusquedad. Una nave acababa de acoplarse a la estación y unos pasos torpes y arrítmicos sonaban por el túnel en dirección a la sala. Una sombra menuda fue alargándose ante sus expectantes ojos hasta que, al final, apareció frente a él la figura del esternuense.

—Salud, terrícola —habló con timidez el recién llegado—. Perdone el retraso, pero no encontraba este sitio. Como está tan apartado de las vías comerciales habituales me había perdido.

Perlonio permaneció en un silencio tenso, sus acerados músculos prestos a saltar. El corazón le latía alocado dentro del pecho haciéndole respirar de forma agitada. El hombre se rehizo con un esfuerzo mientras escrutaba con atención a su adversario. Era éste un ser pequeño, incluso para tratarse de un esternuense, y lo que resultaba más chocante, parecía viejo. El terrícola sonrió para sí con satisfacción. El asunto iba a resultar mucho más fácil de lo que había supuesto.

El extraterrestre avanzó contorneándose sobre sus tres patas y tomó asiento ante él. Llevaba una especie de maletín que depositó con extremo cuidado sobre la mesa.

—Como sin duda usted sabrá —anunció con voz suave—, nosotros tenemos el derecho de elegir el arma para el enfrentamiento. ¿No es cierto?

Perlonio asintió de forma burlona. Podía cargarse a aquel adefesio hasta con un vulgar tirachinas.

—Pues bien —prosiguió el esternuense a la vez que abría el maletín y depositaba su contenido sobre la superficie—, elegimos ésta.

El soldado dirigió una mirada condescendiente hacia lo que el otro le señalaba. Sus ojos tardaron unos instantes en reconocer aquellas formas familiares, pero entonces se quedaron clavados en el objeto con un creciente e inesperado horror. De nuevo sintió cómo el pulso se le aceleraba mientras gruesas gotas de sudor perlaban su frente. ¡En la Tierra nadie le había dicho nada sobre semejante posibilidad!

En aquel instante comprendió, imbuido por una frenética desesperación, que estaba atrapado sin remisión. ¡Sabía que con aquel arma él no podía vencer jamás!

Se trataba de un tablero de ajedrez.

© Copyright de Joan Antoni Fernández para NGC 3660, Febrero 2017

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