Asesinando al abuelo Gerardo – Reed.

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Por Fco. José Súñer Iglesias

La elección de un asesino competente no es cosa que se deba improvisar ni dejar fiada a los avatares del azar. Elegir un asesino capaz requiere un largo proceso de selección, escogiendo cuidadosamente entre los profesionales disponibles el que, ofreciendo un precio razonable y una seriedad fuera de toda duda, mejor se acomode a nuestras necesidades.

Pero, sobre todo, se debe tener muy claro a quién se quiere matar y por qué se quiere hacerlo.

Desde que se firmó el Convenio Internacional de Groningen, los asesinos de todo el mundo han optado por llevar a cabo sus actividades dentro de la más estricta legalidad, y ya no queda ninguno dispuesto a perpetrar crímenes injustificados ni matanzas indiscriminadas, a excepción, quizá, de algunos supuestos profesionales poco escrupulosos, situados en esa nebulosa región que roza la inmoralidad y la ilegalidad.

No, ahora el asesino profesional exige la filiación exacta y precisa de la víctima y un informe detallado de las causas que llevan al cliente a solicitar el tránsito del interfecto. Si ambos documentos no se ajustan a derecho, el asesino debe rechazar la oferta y demandará la reescritura de ambos documentos en forma correcta y, a ser posible, compulsada por el Colegio Oficial de Asesinos del área geográfica del solicitante.

Inmediatamente después de que el asesino acepte el trabajo, se habrá de poner en contacto con la víctima para darle razón del extremo, y avisarle de que durante los siguientes quince días su vida corre peligro de verse rematada en cualquier momento. La víctima no puede entonces contratar a un asesino para que liquide a su matador, ni hacerse con los servicios de un guardaespaldas ni, tan siquiera, ponerse bajo la protección de la autoridad competente. Sólo esconderse y rezar para que el tiempo pase raudo.

Por la cuenta que le trae.

Si en el plazo indicado el asesino no lleva a buen fin su cometido habrá, por un lado, de devolver la señal cobrada a su cliente y, por otro, notificar a la feliz víctima el nombre del mismo, de modo que pueda tomar las medidas que crea necesarias para devolver la atención. El cliente, entre tanto, queda inhabilitado durante un año para volver a solicitar la muerte de la víctima y, generalmente, se ve convertido en víctima a su vez.

Por supuesto, esto último no es habitual. Si un asesino falla en exceso rápidamente se ve desprestigiado y, por lo tanto, se queda sin clientes, de modo que en el negocio sólo queda lo mejor de lo mejor, a excepción de asesinos de poca monta que se ofrecen por precios de saldo, aunque la garantía que se tiene de conseguir el objetivo es, desde luego, mínima.

De todos estos detalles y otras muchas minucias supe cuando me informé sobre el modo y manera de actuar para librarme de mi abuelo Gerardo.

Mi abuelo Gerardo estaba podrido de dinero, más que podrido diría que corrompido por el dinero. En efecto, pese a sus buenos noventa años todavía se dejaba llevar por placeres propios de edades más tempranas, y gastaba buena parte de mi herencia en, y que conste que esto me da infinita vergüenza confesarlo, desflorar jovencitas de carnes prietas, beber a discreción los más caros vinos y licores y viajar sin tregua a lo largo y ancho de este asqueroso mundo.

Todas estas cosas agriaban aún más mi ya resentido humor, pero lo peor no era que dilapidara mi herencia en orgías, drogas y viajes. Lo peor era que al acabar cada francachela debía someterse a una carísima cura de desintoxicación, substituir completamente todas las prótesis que hacían de él un mecano andante y reemplazar el generador interno que le mantenía con vida.

Yo, persona sobria y moderada, veía con ira cómo el cochino viejo fundía en pocos meses lo que tantos años le había costado reunir y amenazaba con dejarme en la más absoluta de las indigencias. Y para empeorar las cosas, pese a excederse de una forma que estoy dispuesto a calificar como pornográfica, no se moría.

Ni un amago de infarto ni una embolia cerebral, nada, ni un mísero resfriado.

Entre tanto, me veía en la ignominiosa obligación de reducir mis gastos hasta el mínimo de supervivencia. El patrimonio legado por mis padres, aun siendo razonable, no bastaba para cubrir mis necesidades más primarias. Así, cuando necesitaba unos zapatos, me veía obligado a viajar a Londres para que me tomaran medidas en Foster & Foster, porque el hecho de que el propio James Foster se desplazara hasta mi casa ya no estaba a mi alcance. Y no hablo de la vergüenza que pasaba cuando, aprovechando el viaje, debía acercarme por Burbeen’s para encargar camisas porque las de Adriano Liberatore me resultaban, penoso me es confesarlo, demasiado caras.

En fin, como se puede comprender, me resultaba humillante continuar en esa situación que ya empezaba a ser objeto de comentario, y sé que en casos burla, de mis amigos y conocidos.

El día que me decidí a terminar de una vez con esa situación absurda fue más bien noche. Me explico; Alberto Alcobas me había invitado a la puesta de largo de su hija María de la Mar Océana, una niña preciosa con la que, de no ser por el incidente que voy a relatar a continuación, hubiera culminado una muy agradable velada.

Como es natural me presenté en la fiesta vestido de rigurosa etiqueta, esperando que nadie se diera cuenta de que mi smoking era el mismo que había usado seis meses antes en la cena de aniversario de los Portela. Bebí un par de copas, departí con unos y con otros y, por último, me acerqué a María de la Mar, u Oceanía, como gustaba ser llamada por amigos y familiares, para felicitarle por su reciente entrada en el mundo de los adultos.

Oceanía, que también había bebido, pero de forma decididamente inmoderada, me hizo saber en un susurro cálido que, pese al festejo, todavía NO había entrado en el mundo de los adultos y que estaba deseosa por estrenarse de una vez.

Soy hombre de mundo, qué duda cabe, y sin oponer la más mínima resistencia me dejé arrastrar por la licenciosa jovencita por escaleras y pasillos hasta la habitación de cierta doncella de confianza.

¡Ah! ¡Lujuria que pierdes reinos y reduces fortunas enteras a sórdida calderilla! ¡Por qué me dejaría llevar por ti cuando más atento a mi fama debía estar!

Para no entrar en detalles escabrosos diré que cuando descubrió mis calzoncillos Lorenzo Castro, Oceanía estalló en una sonora carcajada que seguro fue escuchada en toda la casa. Al tiempo que rompía a reír cesó en sus manipulaciones y revolcándose por el suelo señalaba mis partes pudendas, cubiertas todavía por el algodón de fabricación nacional, mientras balbucía no sé qué de hortera, currante y pobretón.

Todo lo dignamente que permitía la situación me subí los pantalones, coloqué mi ropa de la forma adecuada y salí de la habitación y de la casa sin volver la vista atrás.

Durante aquellos años era uso vestir ropa interior francesa manufacturada con los más fino algodones malgaches, pero unos Lorenzo Castro no solo cumplen con las más elementales normas del decoro, sino que, además, concretamente aquellos, estaban impolutos, tan limpios como las cocinas de Armand o La Marea.

De vuelta a casa desahogué mis penas azotando durante un par de horas a los efebillos del turno de noche. Cuando el suelo estuvo tan resbaladizo por la sangre y las lágrimas de los chiquillos que ya no podía sostenerme en pie, se me enterneció el corazón y dejé que limpiaran todo aquello y se fueran de una vez a la cama.

Ya eran las cuatro de la madrugada. A oscuras en la biblioteca, contemplando los jardines desde el ventanal, hice una profunda reflexión sobre la situación desesperada en la que me hallaba. Era decididamente insufrible, un par de meses más y ya ni siquiera podría pasear a caballo por el parque del Oeste sin por ello levantar oleadas de comentarios y risitas irónicas. De hecho, salir al día siguiente a la calle me supondría un gran esfuerzo de voluntad, porque estaba seguro de que Oceanía habría difundido el suceso de aquella noche y la nueva se propagaría por los mentideros a una velocidad pasmosa.

Era necesario tomar una determinación y rápido. Me planté en el despacho en un santiamén, no sin antes pasarme por el cuarto de mi ayuda de cámara, al que confié el zurriago para que limpiara los restos de sangre y piel.

No tenía ya duda alguna, debía acabar con el abuelo Gerardo de una vez por todas.

Comencé entonces una minuciosa labor investigadora, haciendo las necesarias llamadas a los que aún podía considerar mis amigos y a ciertos elementos de los que prefiero obviar actividades y linaje, por ser lo uno de indignas características y lo otro de ínfima catadura, y así me pude enterar de todos los detalles que ya he comentado al principio de este escrito.

Para concretar la firma de asesinos a la que debía acudir conseguí que Felipe Olmedo del Castillo, Lipe para los amigos, consintiera en invitarme a desayunar. Lipe ya había hecho uso de los servicios de varias de estas compañías y de algún que otro profesional independiente y por ello era quien mejor me podía orientar sobre el extremo.

A las nueve en punto me presenté en su chalecito de la sierra, y tras hacerme anunciar por el puertero al magnodomo, éste me guió hasta el comedor donde ya me esperaba Lipe, hojeando uno de esos terribles diarios que sólo saben divulgar necedades y disparates acerca de la actualidad nacional e internacional.

Tras dar buena cuenta de las deliciosas tostadas de harina de arroz y beber un par de tazas de café con leche, seguro que, conociendo los exquisitos gustos de Lipe, leche de ama de cría, pasé a explicarle con detalle y sin ningún rubor, la confianza mutua que nos profesábamos me permitía hacerlo así, el problema que escuetamente le había referido por eredesei.

Lipe estaba un poco molesto conmigo por haberle despertado a las cinco de la madrugada, y por eso se permitió un par de comentarios sarcásticos que le perdoné en descargo de la incomodidad que le había producido. Cuando se dio por vengado cesó con las inconveniencias, y me empezó a enumerar muy seriamente todas las entidades y asesinos con los que había colaborado y, en atención a buscar una relación calidad-precio acorde con mi situación, acabó por recomendarme una firma holandesa, radicada precisamente en Groningen, con la que me aseguró que quedaría encantadísimo por su discreción y rapidez.

A las diez y media llamamos a la firma de asesinos holandeses y allí nos comunicaron, para alegría nuestra, que ya tenían delegación en nuestro país. Muy amablemente nos dieron el número de eredesei de la delegación donde, ya al habla con ellos, me informaron de la documentación que debía llevar y me citaron para el día siguiente a media mañana.

Como ya no tenía prisa acepté la invitación de Lipe para ir a verle jugar al indipolo. El equipo de Lipe se jugaba en ese partido el primer puesto en la Liga Centro, lo que le daría notable ventaja para los play-off por el título nacional.

Apenas presté atención al juego, recreándome en lo que haría con la herencia del abuelo Gerardo. Recuerdo vagamente que el partido fue bronco y bastante malo, el indigente no se dejaba coger y se escondía continuamente bajo las patas de los caballos, pellizcando el escroto de los pobres animales, lo que dio lugar a varias caídas bastante espectaculares.

Sólo cuando Lipe, montado en una preciosa yegua torda, se decidió a perseguirlo, el indigente se encontró con que no podía mortificar a la montura. Así consiguieron atraparlo y decapitarlo de una vez y el equipo de mi amigo logró la victoria y la tan ansiada primera plaza.

Las celebraciones duraron toda la tarde. Tras pasear la cabeza del indigente por medio Madrid nos fuimos a La Marea, a trasegarnos una opípara cena y después me vi en la obligación moral de invitar a todo el equipo a tomar una copita en mi casa, donde aprovechando la ocasión, montamos una orgía con los efebillos del turno de tarde y algunas meretrices importadas aquella misma mañana del mismísimo corazón de África.

Mientras el resto del equipo se entretenía descuartizando a los efebillos y a las meretrices para hacer luego divertidos injertos con los órganos de unos y otras, Lipe y yo nos encerramos en mi despacho para redactar los documentos que habríamos de presentar al día siguiente en la delegación de la firma holandesa.

Pero antes me vi en la desagradable obligación de contestar algunas de las llamadas que graciosos y malintencionados habían efectuado durante la mañana. Por supuesto, y suponiendo que el asunto de los Lorenzo Castro habría transcendido desde la noche anterior, había dejado el eredesei móvil en casa, a cargo de mi ayuda de cámara. Éste había recogido todas esas pérfidas llamadas apuntándolas en un papelito que me entregó en cuanto le llame a mi presencia.

La que más me costó contestar fue la del mismísimo abuelo Gerardo. El fósil me ofreció, aguantándose la risa, todo el dinero que necesitara y yo, conteniendo como pude la ira, le respondí que le estaba muy agradecido pero que mi peculio particular estaba perfectamente provisto. La risotada cascada y cargada de regodeo que lanzó antes de colgar me hizo hervir la sangre y, desde entonces, a la primitiva causa que me llevaba a terminar con el asqueroso viejo, se unió la venganza que pedía aquel comportamiento infame.

Después de aquello el resto de las impertinencias que hube de aguantar me parecieron simples comentarios estúpidos, cualidad que quizá poseían en grado sumo, pero que en circunstancias muy distintas seguro que me hubieran causado gran contrariedad llevándome a, incluso, considerar la posibilidad de batirme en duelo con más de uno de los majaderos que se atrevieron a fastidiarme aquella tarde.

Pero no tenía tiempo y sí una gran necesidad, por los motivos que llevo exponiendo desde el principio, de redactar los documentos que me pedía la agencia.

El primero de ellos, esto es, la completa filiación y condición del abuelo Gerardo, no nos ocupó más de media hora. Al fin y al cabo, el abuelo era un petulante granado, y yo, como su familiar más inmediato, me había tenido que tragar su vida, obra y milagros tal cantidad de veces que me sabía de memoria hasta sus hazañas más íntimas, que ni para eso era modesto.

De este modo pude describir exhaustivamente, aparte de los datos mínimos que debían servir para identificarle, todas sus dolencias pasadas y presentes, todas las prótesis funcionales y no funcionales que hacían de él ese mecano andante que me disgustaba tanto y, ya por último, el tipo de vida desordenada y muelle que llevaba y todos los huecos en su pequeña corte, por los que supuse sería fácil al experto colarse para llevar a buen fin su misión.

El segundo documento, esto es, el escrito donde debía exponer las causas que me llevaban a solicitar los servicios del asesino, resultó ser de una factura más compleja. Lipe, experto en este tipo de menesteres, me recomendó que no mencionara de ninguna manera la causa auténtica. Me explicó con detenimiento que la tarifa por asesinato, aunque no dependía de forma directa de las motivaciones del cliente, sí se veía notablemente incrementada si los beneficios directos que éste recibía de la muerte de la víctima eran decididamente pecuniarios. Así, si se me ocurría declarar que tras la ejecución del encargo heredaría un verdadero fortunón, la agencia investigaría a cuánto ascendía ese fortunón y tarifarían en consecuencia. Desde luego eso no impedía que la agencia indagara por su cuenta y averiguara, las verdaderas intenciones de su cliente. Pero Lipe me aseguró que eso no era habitual, y sólo en casos de desfachatez evidente actuaban de esa forma.

No supe qué pensar respecto a mí, pero en cualquier caso pusimos manos a la obra y pergeñamos un complejo entramado en el que aduje una larga serie de enredos familiares y maquinaciones comerciales en las que, por supuesto, me veía no sólo perjudicado hasta extremos insólitos, sino que además estaba atado de pies y manos para subsanar la situación por los medios legales al uso ya que, según aseguré, el abuelo Gerardo se había cuidado muy bien de ocultar todas aquellas irregularidades.

Tras repasar un par de veces ambos escritos los dejamos cuidadosamente guardados en la caja fuerte de mi despacho y volvimos a la orgía, que por los gritos que escuchábamos debía estar alcanzando un punto notablemente interesante. No nos equivocamos, los coequipiers de Lipe habían improvisado con los miembros de las meretrices y los efebillos varios juegos recreativos con los que se lo pasaban en grande. Sin embargo, durante el proceso de desmembramiento de unas y otros habían dejado el jardín lleno de sangre y vísceras. Reprimí un gesto de disgusto. No es que me desagrade que la gente se divierta ni, menos aún, que mis invitados dispongan de lo mío como si fuera suyo, pero no soporto a los sujetos que no son capaces de mantener un mínimo de pulcritud y, por mucho que les admirada y muy amigos de Lipe que dijeran ser, no estaba dispuesto a perdonarles que mi jardín quedara convertido en un fangal.

Algo debieron barruntar porque al poco de unirme a ellos se fueron disculpando uno a uno, excusando compromisos contraídos con anterioridad, y finalmente me dejaron a solas con Lipe que, tras unos minutos de charla insustancial, alegó un gran cansancio y se retiró asegurando que me vendría a buscar a la mañana siguiente a las ocho en punto.

Ya he dicho que el panorama que me dejó el equipo de indipolo no podía ser más desolador. Los parterres deshechos, el césped pisoteado, algunas macetas rotas y todas aquellas piltrafas tiradas aquí y allá afeándolo todo. Suspirando arrebatado busqué entre los restos alguna meretriz con la que desahogar mi cólera, pero al no encontrar ninguna entera me vi en la obligación, por segundo día consecutivo, de azotar a los efebillos del turno de noche mientras éstos se dedicaban a las tareas de limpieza del jardín. Dormí mal a causa de la emoción, y cuando Lipe vino a buscarme me encontró ya desayunado, vestido y repasando por enésima vez los documentos que habíamos de presentar.

Durante el trayecto apenas pude dejar de hablar, la emoción me embargaba y quería hacer a Lipe, tan circunspecto como de costumbre, partícipe de todos mis anhelos e inquietudes. Por lo pronto tenía intención de deshacerme de todas las mantenidas de mi abuelo. Aunque había algunas de muy buen ver, consideré que si se dejaban tocar por él no debían ser personas en las que se pudiera confiar puesto que todo lo basarían en una relación estrictamente monetaria, aspecto de la vida este tan alejado de mi natural forma de ser.

Luego pondría de patitas en la calle a todos los secretarios y consejeros del abuelo, puesto que tenía la certeza que eran ellos, y nadie más, quienes me habían alejado de los puestos directivos de las empresas de la familia, puestos que en justicia eran míos y que, por descontado, hubieran desahogado notablemente la precaria situación económica en la que me encontraba.

Ya por último haría azotar sistemáticamente a todos los sirvientes y empleados de la residencia del abuelo, siempre se habían portado conmigo de una forma humillante y desatenta, reflejando fielmente la voluntad del abuelo sin tener en cuenta que algún día podrían llegar a estar a mi servicio, y que por tanto debían rendirme la necesaria pleitesía.

Toda aquella perorata, más algunas sandeces sin sentido que en mi euforia proclamé en voz bien alta, hicieron a Lipe salir de su mutismo y me hizo ver con cierta acritud que las putas no tenían culpa de nada, hacían su trabajo, por muy repugnante que a nuestros ojos pareciera, cobraban y punto, que yo no debía presumir de desprendido, porque si quería matar al abuelo era sola y exclusivamente por su dinero, que más valía que conservara en sus puestos a los intendentes de las empresas y no metiera las narices en la administración de las mismas, puesto que era más que conocida mi absoluta ineptitud para esas labores y por último, dedicó un comentario despectivo hacía los fámulos del abuelo asegurando que, como morralla cuartelera que eran, se merecían todos los escarmientos que me viera en la necesidad de aplicarles.

Aquella argumentación, ya digo que dura aunque enormemente atinada, me hizo volver a la realidad y tranquilicé mis ánimos preparándome para la entrevista. Sobre la actitud que debía tomar en la misma interrogué a Lipe, que ya más relajado, me explicó que en las agencias no prestaban excesiva atención al talante ni al aspecto del potencial cliente, éste sólo debía presentar debidamente redactados los documentos solicitados y, por supuesto, estar en disposición de garantizar el pago de los honorarios del asesino. Por supuesto, debía tranquilizarme y no tartamudear ni desbarrar en el momento de la entrevista, principalmente para dar una imagen de ligera despreocupación y de evidente seguridad en mí mismo.

Con éstos y parecidos consejos me estuvo regalando Lipe hasta que llegamos a la delegación de la agencia. Estaba situada en una casa centenaria de la calle Fomento, sin floto ni un mísero ascensor con el que elevarnos por el hueco de la escalera hasta el cuarto piso, que parecía ocupar íntegramente la oficina. Para más desgracias la portera, una vieja renegrida y diminuta, nos paró en el portal y, atrincherada tras un formidable bigote, estuvo a punto de hacernos desistir en nuestro empeño, de tantos y tan impertinentes informes que nos pidió antes de dejarnos el paso franco. Durante el ascenso por las escaleras me prometí, una vez heredado, comprar la casa y defenestrar a la portera o, mejor aún, ponerle el chiscón en la azotea para que desde allí importunara a las palomas, si le venía en gana.

Al llegar al cuarto piso creí morir de consunción, tal había sido el esfuerzo que me había visto obligado a realizar para seguir a Lipe, deportista consumado, que había subido los peldaños a grandes trancos sin tener en cuenta mi delicada constitución ni mi aversión por el ejercicio físico. No obstante, esperó hasta que recuperé el resuello, dándome entretanto los últimos consejos. Una vez recuperé la compostura me atusé el pelo, me compuse el traje y llamé a la puerta.

Ésta, seguramente comandada desde alguno de los despachos interiores, se abrió por sí sola, dejándonos enfrentados a un recibidor pintado de blanco, que me sorprendió por la total ausencia de los ornamentos y garambainas que habitualmente llenan los vestíbulos de las empresas respetables que se quieran considerar como tales. Lipe debía estar más que habituado a ese estilo desangelado, y me empujó hacia el interior de la casa cuando se dio cuenta de que yo parecía incapaz de hacerlo por mí mismo. El dicho interior también estaba pintado de blanco, y las paredes y techos desnudos e iluminados de una forma que me pareció deliberadamente dolorosa.

Todo aquello consiguió hacerme perder la calma. Por fortuna Lipe estaba a mi lado y me guió hasta un pequeño cuarto donde esperaba el factótum de la Agencia. Andrés Cheval, como dijo llamarse cuando se presentó, estaba sentado frente a una mesa en la que únicamente se encontraba un biterminal eredesei. El tal Cheval, permaneció inmóvil hasta que nos pusimos frente a él, sólo entonces se levantó unos centímetros de la silla, recreó una sonrisa afable, extendió la mano derecha para que la estrecháramos y nos invitó a sentarnos. Ya iba yo a protestar porque no había visto nada donde pudiéramos hacerlo, pero nuevamente algún mecanismo oculto había puesto tras nosotros un par de sillones en los que nos acomodamos sin más ceremonias.

Reconozco que lo estaba pasando fatal, y aún estuve a punto de decir a Lipe que lo dejáramos para otro día cuando éste desvió la atención de Cheval hacía mí, ya que el factótum, seguramente desconcertado por el aplomo de Lipe y mi propia desmaña, había confundido nuestros papeles otorgándole a él el de cliente y a mí el de mero acompañante. Aclarada la confusión, Cheval me preguntó con una amabilidad impropia de aquel entorno frío y desolador qué me llevaba a requerir los servicios de la agencia. Yo, aún nervioso y descentrado, empecé aturullándome, vocalizando horriblemente y expresando a medias mis ideas. Cheval, mostrando una experiencia de años, me ayudó a completar las frases, interpretó correctamente las palabras ininteligibles y, en fin, poco a poco fue devolviéndome la confianza en mí mismo hasta que me solté y le expuse con todo el desembarazo y cinismo del que era capaz, el objeto de nuestra visita y la patraña que habíamos urdido para justificarlo.

Cheval, una vez conseguí expresarme con claridad, se limitó a escuchar y asentir hasta el momento en el que di por acabada mi explicación. Sólo entonces nos expuso los requisitos que habríamos de cumplir para conseguir lo servicios de un profesional y los condicionantes que habrían de rodear la empresa. Como esto era algo que nos traíamos sabido, así se lo hicimos saber y él, encantado del buen entendimiento que hasta el momento estábamos disfrutando, recogió los documentos que puse sobre el escritorio y los estudió brevemente mientras nos entretenía con algunos vídeos que tuvo la deferencia de mostrarnos a través de nuestra pantalla del biterminal.

Estos vídeos mostraban los resultados del trabajo de algunos de los más reputados asesinos de la agencia. El que más agradablemente nos sorprendió fue el de la muerte de un anciano magnate de prensa, que en su tiempo parecía incapaz de morir con el decoro que aconsejaba su edad, y hubo de ser finiquitado a petición de sus familiares. El viejo había usado las artimañas más inverosímiles que le permitió su inmensa riqueza para ocultarse del asesino, pero éste, habilidoso entre los habilidosos, no tardó en dar con el magnate y cumplir con su contrato.

Cheval asentía mientras leía los documentos y cuando acabó, juntó las manos informándonos que nuestra, mi, petición sería inmediatamente cursada. Por lo pronto debía elegir al asesino, negociar los términos del contrato y dar conformidad a la transferencia bancaria que habría de hacerse con posterioridad.

La elección del asesino fue rápida. En la pantalla del biterminal en la que anteriormente Cheval nos ofreció los vídeos, fueron apareciendo las fichas de los profesionales disponibles en aquel momento, entre ellos el asesino del magnate de prensa, donde se especificaban años de experiencia, porcentaje de efectividad, método preferido y, naturalmente, la tarifa.

Este punto último resultó serme particularmente desagradable. Tal y como se me había asegurado, los asesinos eran de una profesionalidad y efectividad fuera de toda duda, pero eso suponía que todos ellos cobraban unas sumas fabulosas por prestar sus servicios. Miré desamparado a Lipe y éste, como toda ayuda, me dio una patada en la espinilla. Era un recordatorio cariñoso de que, me cobraran lo que me cobraran, no supondría ni la millonésima parte de lo que yo iba a ganar con la operación. En vista de ello, no lo pensé más y me decidí finalmente por el asesino del magnate de prensa.

Cheval aplaudió mi elección y rápidamente confeccionó, además del contrato, la minuta que incluía los honorarios del asesino, la comisión de la Agencia y los impuestos varios que se había de satisfacer por la operación. En el contrato se especificaba que en caso de fallo no se devolverían los capítulos referentes a comisiones ni a impuestos, si no tan solo el importe del estipendio menos los gastos diarios, que se desglosaban en factura aparte. Todas estas menudencias, y muchas más referidas a método, plazos y dejación de responsabilidades por parte de unos y de otros, las estudié atentamente bajo la mirada torva de Lipe y la exasperantemente neutra de Cheval. Una vez consideré que estaba todo en orden, apliqué la palma de mi mano derecha en el recuadro habilitado al efecto en la pantalla del biterminal y el acuerdo quedó establecido.

Para celebrarlo invité a Lipe a comer en La Marea, pero antes me pidió que pasáramos por la Federación Española de Indipolo. Como capitán del equipo, debía asegurarse de que el proceso de elección de árbitros para los cuartos de final de los play-off era todo lo diáfano que una designación de ese tipo debía ser. Ya en temporadas anteriores habían detectado alguna irregularidad al respecto, dándose el caso de que el árbitro de un partido particularmente importante era el padre del capitán del equipo rival.

El partido se había desarrollado con los incidentes habituales en este tipo de encuentros, pero cuando el mismo Lipe decapitó al indigente y entregó la cabeza al árbitro, éste dictaminó que el corte no había cercenado el cuello de adelante atrás, como está claramente especificado en el reglamento, sino de atrás adelante, así que anuló el tanto, penalizó al equipo de Lipe con un punto y dispuso la reanudación el juego con el sobrero. Para neutralizar el punto de penalización debían decapitar a un indigente, y para ganar el partido a otro más, teniendo en cuenta que al equipo contrario le bastaba con decapitar sólo a uno para derrotarles, pues bien, el árbitro aún les anuló otros dos decapitados hasta que el abuso que se estaba produciendo fue tan evidente que no se atrevió a penalizarles de nuevo y, después de decapitar a siete indigentes, consiguieron vencer el partido.

Por supuesto presentaron la correspondiente demanda ante el comité de competición, y el árbitro fue suspendido a perpetuidad, pero desde entonces, y para evitarse los sofocos inevitables a este tipo de situaciones, controlan concienzudamente todos los aspectos organizativos del juego.

Por eso Lipe era bien conocido en la Federación, y muy querido por las secretarias y algún auxiliar, que no perdió la ocasión para intentar citarse con él algún día de la semana. Lipe se deshizo diplomáticamente de sus admiradores y me condujo hasta el Comité de Árbitros donde, seguramente en desagravio por el incidente que acabo de relatar, trataron a Lipe con toda la consideración debida y le informaron del día y la hora donde tendría lugar la elección. Quiso también Lipe saber de los árbitros que la federación había declarado aptos para los play-off, y de otras muchas fruslerías relacionadas con el devenir de la liga. El caso fue que a la media hora estábamos de vuelta en la Gran Vía, camino de La Marea y dispuestos a devorar una espléndida comida.

Nos encontrábamos a mitad de los entremeses cuando se acercó el camarero para informarme que tenía una llamada en mi eredesei. Levantarse cada vez que se recibía una llamada no dejaba de ser una molestia, pero antes de que la dirección de La Marea decidiera que los comensales dejaran sus eredeseis móviles en el reservado habilitado al efecto, era más molesto aún tener que soportar en mitad de una encantadora velada romántica los zumbidos de los eredeseis y el parloteo estúpido de los vecinos de mesa.

Me excusé pues con Lipe y me dirigí al citado reservado, donde el empleado encargado del mismo me entregó mi eredesei, señalándome uno de los privados preparados para mantener la confidencialidad de las conversaciones.

Había dispuesto que todas las llamadas pasaran previamente por el eredesei de mi secretario personal, de modo que las comunicaciones capciosas de las que había sido víctima hasta entonces serían filtradas, llegándome exclusivamente las que tuvieran un mínimo de interés.

Y vaya si aquella lo tenía, se trataba del mismísimo abuelo Gerardo en persona. El estado de ansiedad en el que se hallaba el viejo era tal, que pensé con regocijo que moriría de un colapso antes de que el asesino pudiera llegar hasta él, ahorrándome una buena cantidad de duros y alguna que otra incómoda explicación ante sus testaferros. No hacía falta que me dijera la causa que provocaba su estado, bastante la sabía yo, pero me hice el tonto y, recreando la imagen de soberano imbécil que mi abuelo tenía de mí, dejé que me explicara lo ocurrido.

La cuestión era bien sencilla. La agencia se había puesto en contacto con el asesino, que había aceptado el contrato, y el asesino se había dirigido al abuelo para notificarle su nueva situación legal. Por supuesto, el abuelo Gerardo se había llevado un susto de muerte y había empezado a preparar su desaparición de la vida pública y privada. Al viejo ni se le pasó por la mente que yo podía ser el cliente del asesino, en tan poco me tenía, y quería que me reuniera con él para ayudar en lo posible en su completa protección.

Portándome con la despreocupación y ligereza que se esperaba de mí, le aseguré que en cuanto terminara de comer iría a su casa y prepararíamos tal cantidad de trampas al asesino que sería incapaz de acercarse a menos de diez kilómetros de ella. Al reunirme de nuevo con Lipe no pude ocultar una sonrisa plena de satisfacción mientras le comunicaba el buen cariz que estaba tomando el asunto.

No creo que deba decir que no nos apresuramos. Tras comer, y como aparte de mi obligada visita al abuelo ninguno de los dos tenía compromisos importantes que atender, compramos un par de kilos de bollitos de pan y nos fuimos al puente de Vallecas a tirárselos a los indigentes. El pasatiempo era de lo más sugestivo, situados sobre el puente dejábamos caer un bollito tras otro a la masa de indigentes que esperaban abajo con la esperanza de cazar alguno al vuelo. La cadencia de lanzamiento era amplia, de forma que se corriera la voz entre los indigentes que habitaban el Anillo Exterior y poco a poco se fuera formando una multitud de dimensiones adecuadas. Entonces, en vez de dejar caer los bollitos, se lanzaban tras las filas de indigentes, de modo que cayeran al suelo y los de las primeras filas retrocedieran para intentar hacerse con ellos. Entretanto, los de las últimas filas ya se habían lanzado al suelo para apoderarse de los bollitos, y peleaban entre sí cuando la avalancha formada por los de las primeras se abatía sobre ellos y la masa se fundía en un revoltijo de piernas, brazos y cabezas que en las mejores ocasiones llegaba a alcanzar hasta tres metros de altura. En aquella ocasión, a causa de los pocos bollitos que compramos, el espectáculo no fue todo lo interesante que podría haber sido, pero, aun así, al disolverse el tumulto, quedaron tendidos en el suelo cerca de veinte indigentes.

Al poco llegaron los poliflot, espantaron a los indigentes que expoliaban los cadáveres de sus congéneres y se llevaron estos últimos dejándolo todo limpio. Durante los lanzamientos un par de damitas, conocidas de Lipe, se acercaron con la intención de contemplar la diversión y, aprovechando la circunstancia, entablaron conversación con nosotros. Yo ya me relamía, olvidado el abuelo y evaluando con ojo experto las grupas de las damitas, cuando una de ellas preguntó, como de pasada, si sabíamos algo de lo ocurrido hacía un par de noches en casa de María de la Mar Océana Alcobas Turot.

Habían tenido noticias de que uno de los asistentes se había atrevido a aparecer con ropa interior de Lorenzo Castro, y que el jolgorio que siguió al descubrimiento había entrado en los anales sociales por méritos propios. Yo enrojecí, Lipe disimuló asegurando que, aunque el rumor le había llegado, no le constaba que nadie se hubiera atrevido a tanto y ellas, seguramente amigas de María de la Mar Océana y conocedoras hasta del más ínfimo detalle, hacían grandes esfuerzos para no estallar en una carcajada muy poco digna de su posición.

Procuré relajarme y dominar el ardor de mi rostro. Para no parecer afectado por la burla hice un par de comentarios entre despreocupados y chistosos, esperando a que la conversación se desviara hacia otros temas. Sólo cinco minutos más tarde, cuando Lipe consiguió centrar la charla sobre el campeonato de indipolo, me permití excusarme alegando que debía visitar a mi abuelo, al que recientemente habían notificado su asesinato, y llamé a ServiTaxi para que me enviaran un taxiflot, que no tardó en llegar hasta nosotros.

El taxiflot no tenía culpa de nada, pero cuando se alejó lo suficiente de Lipe y sus acompañantes descargué sobre el tapizado, a base de puñetazos y patadas, toda la rabia que la desvergüenza de las damitas, o putones verbeneros, como di en llamarles en aquella ocasión, me había producido. Durante el resto del trayecto, un poco más tranquilo y con pleno dominio sobre mí mismo, me juré que aquel par de payasas, al igual que otros muchos majaderos que se habían atrevido a reírse de mis calzoncillos, lo iban a pasar muy mal. Para empezar, y usando como convenía los millones del abuelo, Mis Millones, elevaría a Lorenzo Castro a los altares, nadie se atrevería a salir a la calle sin, como mínimo, una prenda suya y por supuesto yo, como precursor de todo aquello, podría mirarlos a todos por encima del hombro como adelantado de la moda. Además, pergeñé un divertido plan que acabaría con aquel par de fulanas convertidas en sustitutas de los bollitos.

Al llegar a casa del abuelo ya respiraba tranquilo y había recuperado la frialdad y lucidez mental que requería el plan. Por ello, cuando el magnodomo apenas me miró, limitándose a señalar con el brazo extendido el sótano hice lo de siempre; agachar las orejas y precederle, si, precederle, hasta el búnker que el abuelo habilitó hacía algunos años en previsión de aquel tipo de circunstancias. Pero no acabaron ahí las humillaciones, antes de franquear la puerta blindada uno de los lacayos me cacheó de arriba abajo, y aún se hubiera atrevido a examinarme el recto de no ser porque la voz del abuelo me llamó desde el interior, y me escabullí rápidamente para evitar que aquel vicioso se recreara palpando mis intimidades, sólo la presencia del abuelo, que se lanzó sobre mí abrazándome cariñosamente impidió que el lacayo me agarrara del cuello y bajara los pantalones, aun así se atrevió a dirigirme una mirada libidinosa con la evidente promesa de que no dejaría escapar la siguiente ocasión.

En contra de lo que pensaba, el abuelo no estaba hundido en el pozo de la desesperación, muy al contrario, se le veía crecido, muy seguro de sí mismo y terriblemente encrespado por la amenaza que se cernía sobre él. Aunque había despedido temporalmente a la cohorte de fulanas, efebillos y tiralevitas que habitualmente le rodeaba, su secretario personal seguía junto a él, anotando todo lo que decía y tramitando rápidamente las ordenes que mi abuelo prescribía con desacostumbrada viveza.

El abuelo Gerardo todavía no me había soltado, y me arrastraba de un extremo a otro de la estancia principal del búnker con un brazo sobre los hombros, mientras me ponía al corriente de lo ocurrido. Tal y como supuse el asesino le había hecho llegar la notificación y el abuelo, tras algunos minutos de desconcierto y debilidad, minutos en los que me había llamado, recuperó el control de sí mismo y reflexionó profundamente sobre quién podría ser el cliente del asesino.

Yo estaba descartado por imbécil. El servicio por estar bien pagado y mejor vigilado y sus socios y los herederos de los mismos imposibilitados, porque ya hacía años él mismo había tomado precauciones similares, y los había hecho masacrar hasta el cuarto nivel en la línea de sucesión. Por tanto, sólo quedaban los administradores de su patrimonio.

Según sus sospechas, éstos habrían urdido una enmarañada trama que les daría el control final sobre el patrimonio del abuelo una vez éste hubiera fallecido. Como estaba más que demostrado que el abuelo Gerardo no tenía un interés especial en morir, la mejor solución era eliminarlo por encargo, y así completar la maniobra con todo el éxito que los patrocinadores de la misma deseaban.

Pero, según me confesó él mismo, el abuelo era la persona más astuta en mil kilómetros a la redonda, y no estaba dispuesto a que aquellos traidores se salieran con la suya. Para ello había dispuesto un dispositivo especial de vigilancia alrededor de los conjurados con la intención de averiguar el alcance de la conspiración. Como no podía atentar contra ellos hasta que el periodo de amenaza no hubiera terminado, también había preparado una serie de atentados en caso de que el asesino tuviera éxito, extremo que dudaba por cuanto la pericia con la que estaba preparado su propio dispositivo de seguridad no dejaba ni un resquicio por donde pudiera pasar el magnicida. Por supuesto, si el asesino no tenía éxito los atentados se efectuarían igualmente.

Como última medida precautoria, había dispuesto que todos sus bienes muebles, inmuebles y dinerarios, así como siervos, clientes y empleados pasaran a ser de mi propiedad en caso de que todo se condujera tal y como deseaban los conjurados. Por supuesto que éstos harían todo lo posible para invalidar aquel último testamento, llegando incluso a alegar la locura del abuelo y mi propia incapacidad para la administración adecuada del legado, pero ya he dicho que el abuelo tenía un concepto muy elevado de sí mismo, y las trampas legales que había creado eran de tal solidez que ni los más marrulleros abogados, por mucho que repasaran Códigos y Compilaciones de Jurisprudencia, serían capaces de salir de ellas ni en cien años.

Todo aquello me llenó de alegría. El abuelo era incapaz de imaginar que el memo de su nieto era la mano oculta que pretendía deshacerse de él y, en recompensa, le había dejado todo su patrimonio.

Babeé de pura felicidad. No podía creerme que el plan que en tan poco tiempo había concebido y llevado a la práctica diera unos frutos tan inmediatos. El abuelo confundió el estado extático en el que me encontraba con un acceso de terror, y me agarró aún más fuertemente de los hombros asegurándome que no tenía nada que temer. Precisamente me había hecho llamar con tanta premura porque supuso que el asesino, al no poder llegar hasta él, sería muy capaz de tomarme a mí de rehén para hacerle salir de su búnker. Así, escondido y protegido por el mismo dispositivo que cuidaba de él, ninguno de los dos debía temer por su propia seguridad y, en el caso particular del abuelo, tampoco por la mía.

Poco sabía el abuelo que los contratos eran nominales, creía que, como en sus tiempos, el asesino no dudaría en exterminar a toda la familia del implicado con tal de conseguir su objetivo. Ya he dicho antes que desde el Convenio Internacional de Groningen estas cosas ya no son posibles si todo se hace dentro de la más estricta legalidad, como era el caso, pero el abuelo era de ideas fijas y costumbres arraigadas, y estaba seguro de que el asesino tenía orden de aniquilar a todo aquel que tuviera en sus venas un mínimo de la sangre del asesinado.

El abuelo, una vez me puso al día, me dio el mando a distancia del eredesei mural y se olvidó completamente de mí, reanudando el conciliábulo con su secretario al que dio muchas y variadas instrucciones acerca de unos temas que por aburridos y farragosos prefiero no rememorar. La cuestión era que el abuelo no hacía más que beneficiar cada vez más mis intereses y yo no podía menos que euforizarme por ello.

Sin embargo, mientras cambiaba de canal a la velocidad del rayo, un par de detalles hicieron que la inquietud se adueñara de nuevo de mí y poco a poco consideré que la situación no era tan favorable como parecía. En primer lugar el abuelo acababa de comunicarme que me había hecho heredero universal de toda su fortuna, lo que suponía que hasta ese momento no lo era, en segundo lugar, recordando cómo el asesino había acabado con el magnate de prensa se me pusieron los pelos de punta, además, si el asesino fallaba, comunicaría al abuelo quién era la parte contratante. Todo ello provocó que un hilillo de sudor frío me corriera por la espalda haciéndome temblar de puro terror.

Cuando el abuelo acabó con el secretario y se reunió conmigo me encontró paralizado por el pánico mientras contemplaba en la pantalla del eredesei cómo, en pública ejecución, desmembraban en la Plaza Mayor a un indigente que se había atrevido a introducirse en el Anillo Interior sin permiso del Ayuntamiento. No debo decir que la analogía entre las dos situaciones me parecía de lo más apropiada.

El abuelo se sentó junto a mí alabando las bondades del moderno sistema de impartición de justicia, en el que el infractor era inmediatamente castigado y el cumplidor honrado por los siglos de lo siglos, aunque no compartía del todo aquel desmedido afán de retransmitir en directo y abierto las ejecuciones, cuando el mercado del CD-IX, las televisiones por cable y los canales de satélite codificados podían sacar de aquello muy buenos beneficios.

Me costó asentir y darle la razón, pero lo hice apelando a mi más arraigado sentido de la supervivencia. Debía disimular hasta el final, si el abuelo, tal y como estaban las cosas, sospechaba que yo era su hombre, estaba perdido. Pese a todo logré salir del trance y poco después de cenar me encerré en la estancia del búnker que el abuelo había dispuesto para mi permanencia en el mismo.

Ya a solas, consideré que debía salir de aquella ratonera de inmediato. El asesino no se pararía a considerar que junto a la víctima se encontraba su cliente, y si utilizaba el mismo método que usó contra el magnate de prensa yo mismo, el abuelo, su secretario, y el resto de la servidumbre acabaríamos convertidos en una ceniza tan fina que nadie sería capaz de distinguirnos de aire que respirara. No debo decir que la cuestión me sobrepasaba más allá de lo imaginable, escapar sin que el abuelo, en primer lugar, la servidumbre en segundo y los dispositivos cazaintrusos situados alrededor de la villa por último notaran el intento, me parecía sencillamente imposible.

Aquella noche no pude dormir intentando encontrar una mínima oportunidad para salir de allí. Casi de amanecida empecé a ver el final del túnel. Si conseguía que el propio abuelo Gerardo me hiciera salir del recinto la cuestión estaba solucionada, pero como llevar a la práctica tan maravilloso plan colapsó definitivamente mis conexiones neuronales y caí en un profundo sueño del que sólo desperté cuando el mismísimo abuelo decidió despertarme para ponerme al día acerca de las nuevas ideas que se le habían ocurrido para dar el merecido castigo a los felones de sus administradores.

Al despertar y verlo tan cerca al tiempo que me sacudía fuertemente me hizo creer que, descubierto lo falaz de su apreciación con respecto a los administradores, venía a explicarme lo que había decidido respecto a mí, pero al enterarme de las verdaderas razones de su visita respiré tranquilo y le escuché atentamente mientras desayunaba.

Las circunstancias debían estar afectando al abuelo de una forma que todavía era difícil de ponderar porque las barrabasadas que tenía preparadas para sus administradores me parecieron un poco fuera de tono. Pretendía, aparte de despellejarlos y hacerse con su cuero un completo vestuario de motorista, utilizar los huesos de los interfectos para encalar su casa, preparar jabón con el sebo que se acumulaba en generosas cantidades en las cinturas de algunos de ellos, usar los cráneos de pisapapeles y, en definitiva, reciclar los cadáveres tan completamente como fuera posible.

Yo, sin estar del todo tranquilo pero sí más calmado, le propuse que eso podía dejarse para el final. Todo el mundo sabe que lo que más duele es ver cómo todo lo que se ama y aprecia es destruido, deshonrado y envilecido. Sugerí al abuelo que dejara a los administradores ver cómo su hacienda, familia, lacayos, efebillos y demás guirlachis eran ultrajados y hundidos en los más profundos pozos de la degradación. Para ello me ofrecí a diseñar algunos procesos en verdad divertidos, pero terriblemente eficientes, que sin duda alguna colmarían todos sus anhelos de venganza.

El abuelo palmoteó en un alarde de lo que no dudé en considerar como demencia senil y aprobó mi idea sin pensar mucho en ello. Cuando dejó de dar aquellos ridículos saltos de canguro a lo largo de la sala se ofreció a proporcionarme todos los elementos necesarios para comenzar mi labor. Eso era lo que estaba esperando. Aparentando total indiferencia solicité un terminal eredesei y enumeré una serie de libros, entre los que se encontraban títulos de, cómo no, el Marques de Sade, Charles Bukowski, William Burroughs, Boris Vian, algunas enciclopedias médicas, el Manual del Buen Carnicero, los dos volúmenes de Encantos de la Ignominia y, por último, mis notas personales.

El abuelo, arrastrado por el entusiasmo dijo que sí a todo. Llamó a su secretario y antes de una hora tenía sobre mi mesa todo lo solicitado excepto, naturalmente, mis notas personales. El secretario, un poco amoscado, aseguró que, aunque intentó pacíficamente convencer a mi ayuda de cámara para que le dejara acceder a mi despacho, donde se encontraba la caja fuerte en la que guardaba las citadas notas, mi fiel ayudante no le había permitido traspasar el umbral, y aún se atrincheró en el mismo asegurando que sólo mi mano abriría la caja fuerte y que sólo yo tenía derecho a extraer su contenido.

Alabando la fidelidad de mi ayuda de cámara, cogí mi eredesei móvil para llamarle y autorizar así la recogida de los documentos necesarios por parte del secretario del abuelo. La escena fue digna de los mejores teatros de Londres. Yo colérico, mi ayudante aterrado pero firme en las directrices dictadas hacía ya algún tiempo y marcadas a fuego, literalmente, en sus nalgas a causa de su comportamiento descuidado un par de años atrás.

Tras diez minutos de tiras y aflojas, razonamientos juiciosos y exhortaciones intimidatorias, mi ayudante seguía sin dar su brazo a torcer, de modo que corté bruscamente la comunicación y me volví al abuelo fingiendo una contrariedad que, como es obvio, no sentía. Lamenté no poder disponer de mis notas si no iba a recogerlas por mí mismo y alabé la férrea actitud de mi ayuda de cámara, aunque prometí aplicarle un castigo, tampoco excesivamente severo, para que al menos tratara a los enviados del abuelo con un poco más de miramiento. Éste, optimista aún, me aseguró que con mi imaginación podría recomponer las líneas generales de mis notas en pocas horas y que al fin y al cabo tenía por delante dos semanas, tiempo más que suficiente para desarrollar las maldades más aviesas que pudiera concebir.

Durante los siguientes dos días fingí trabajar como un poseído, dando de cuando en cuando señas de desesperación y largos paseos a lo largo y ancho del búnker, aparentando meditar en profundidad las maldades que había prometido tener listas para el momento en el que se cumpliera el plazo. Por supuesto, esto no impedía que el miedo me atenazara, y cualquier susurro inesperado me hacía saltar con el corazón desbocado.

El abuelo seguía enfrascado en sus manejos, dejándome hacer a mi antojo aunque sin perderme de vista. El par de veces que le sorprendí observándome vi que mostraba un cierto aire de incredulidad, bastante lógico si se tiene en cuenta que las contadas veces que había querido introducirme en los entresijos de los negocios familiares me había mostrado claramente perezoso, dando irrefutables evidencias de una desidia y desinterés bastante significativos. Recé para que siguiera sin sospechar nada y continúe enfrascado en mis labores, haciendo grandes aspavientos mientras consultaba la documentación o borraba megas y megas de los textos que previamente había volcado o digitalizado.

El tercer día presenté al abuelo el producto de mis horas de insomnio. Leyó lo escrito, estudió los croquis que copié descaradamente de “Encantos de la Ignominia”, se mesó pausadamente los pocos pelos que le quedaban y, finalmente, se encogió de hombros asegurándome que mi trabajo no le parecía mal del todo, pero que le faltaba algo, un ingrediente fundamental que no era capaz de identificar pero que estaba seguro que daría a mis proyectos la sal y pimienta que parecía faltarles. Yo asentí dándole la razón y expuse a continuación la causa de la falta de gracia de los proyectos, efectivamente, se trataba de la absoluta imposibilidad de consultar mis notas.

El abuelo no comprendió qué tenían esas notas de interesante que no fuera capaz de reproducir con los medios de los que disponía. Hube entonces de explicar prolijamente que las notas no eran producto del estudio, se trataba del compendio de toda una vida dedicada al sadismo más refinado, llena de experiencias delicadamente satisfactorias y horas y horas de práctica, pruebas, errores y aciertos, miles de meretrices, indigentes y efebillos martirizados hasta el límite de la razón y, en fin, impregnadas del ingrediente más importante, la inspiración que en los momentos del más desbocado frenesí me habían llevado a refinar mis métodos hasta extremos que me sentía incapaz de reconstruir en aquel agobiante encierro.

El abuelo se encogió de hombros y aseguró que no importaba, que con lo que había pensado hacerles a los propios administradores le bastaba y que dejara de trabajar porque estaba viendo que para alguien como yo, un perfecto haragán, tanta actividad podría tener nefastas consecuencias y que no sería de su gusto que me diera un síncope, cuando la verdadera intención que le había llevado a traerme hasta allí era la de protegerme y cuidar de mi vida y mi salud.

Aquello me dejó mudo de desesperación. Mi brillante plan había fracasado, y sólo me quedaban doce días para urdir algún otro que me permitiera salir de allí antes de que el asesino actuara según mis instrucciones. Volví al eredesei mural e inicié un lento zapeo yendo de canal en canal como un alma en pena. Al menos tuve la alegría de encontrarme con la retransmisión en directo del primer partido de los cuartos de final de la liga de indipolo. Lipe en persona encabezó el desfile de la ceremonia de apertura montado en su soberbia yegua torda, que no dejaba de caracolear magistralmente dirigida por mi amigo.

El partido no tuvo color, desde el primer momento quedó clara la superioridad del equipo de Lipe, que habiendo aprendido de los partidos pasados, utilizó exclusivamente yeguas en sus jugadas. Parecía como si los indigentes hubieran acordado atormentar a los pobres caballos y éste, como el del último partido, pellizcaba el escroto de los garañones haciendo caer en más de una ocasión al jinete. Sin embargo, cuando se enfrentó a las yeguas del equipo de Lipe se le acabaron los argumentos y de nuevo el propio Lipe le cercenó la cabeza de un certero golpe.

Envié un mensaje de felicitación al eredesei de Lipe y volví de nuevo a mis pensamientos. La anterior treta no había servido de nada de modo que debía improvisar algo inmediatamente, so pena de quedar convertido en, literalmente, nada. Pensé en escaparme dentro del cubo de la basura, saltar de rama en rama por los árboles del parque hasta alcanzar la tapia exterior, disfrazarme de doncella para salir de la finca mezclado entre ellas e, incluso, huir por los sumideros, pero antes o después todos estos planes y algunos más que ya ni recuerdo, de puro absurdos que eran, acabaron por revelarse impracticables.

De este modo mi natural modo de ser, alegre y dicharachero, se vio degradado hasta el punto que ni yo mismo me reconocía. El abuelo, viéndome mustio y macilento, no dudaba en achacar mis penas al rigor del encierro, incluso se dignó a disculparse por lo estricto del mismo, haciéndome ver por enésima vez que no era de su gusto tenerme allí enclaustrado, pero que mi seguridad, y por supuesto la suya propia, lo exigían en grado sumo. Yo suspiraba y callaba, ¿qué otra cosa podía hacer? Pero no por ello dejaba de dar vueltas al asunto por ver de encontrar una escapatoria inmediata.

Así las cosas, pasaron dos, tres, cuatro, seis días sin que nada cambiara ni mi hombre diera muestras de querer cumplir con su parte del contrato. Aquello lo único que conseguía era consumirme, ya no tanto por la ansiedad, que la sentía, como por el excesivo trabajo que le estaba dando a mi cerebro que, justo es reconocerlo, jamás me había visto abocado a una actividad tan febril. Como era de esperar acabé postrado en mi cama tiritando de frío y sin poder moverme, atenazado a partes iguales por un colapso cerebral y por un terror que se tornaba más indescriptible cada hora que pasaba.

Afortunadamente el décimo día de mi encierro mejoré notablemente, convencido de que mi hombre estaba tan desesperado como yo ante el formidable baluarte donde se había encerrado el abuelo y que estaba a punto de cejar en su empeño dejándome, en tal caso, ante otro dilema de más complicada resolución; esto es, escapar a las iras del abuelo cuando se le notificara que yo, nada menos que yo, era el vil felón que atentaba contra su vida.

Ese mismo día tuve una llamada de Lipe, bastante sorprendido por mi desaparición y más aún de mi inasistencia a las semifinales de la Liga. Describí a Lipe mi patética situación con medias palabras, para que el secretario del abuelo, que grapeaba unos papirotes sin quitarme el ojo de encima, no se apercibiera de la realidad de la situación. Lipe, sabio como siempre, no dejó que nada de lo que decía tuviera más interés que el intrínseco al comentario de unos resultados deportivos, pero la compenetración que entre él y yo existía me hizo entender perfectamente que cuando decía; «Faltan cuatro días para la gran final y va a ser un bombazo, ¿vendrás?» estaba diciendo; «Dentro de cuatro días expira el plazo de ejecución y el asesino está a punto de ventilar el asunto por el método más expeditivo, ¿a qué esperas para salir por pies?», y que cuando yo le respondía «Me temo que mi abuelo me necesita en estos momentos más que nunca, de modo que será difícil que vaya», quería decir; «El jodío viejo está muerto de miedo y se piensa que yo soy la única llave que tiene el asesino para llegar hasta él, así que me tiene encerrado como a un preso, o sea, que ni partido, ni orgías, ni paseitos por el Parque del Oeste, ni nada».

Tras muchas más frases de este estilo Lipe me propuso la cancelación del contrato, pero todavía me quedaba alguna esperanza de salir con bien de aquello, así que le ordené taxativamente que se mantuviera a la expectativa. Estaba convencido que de alguna forma saldría de aquella, aunque no estaba muy seguro de cómo. El caso es que Lipe prometió llamarme a diario para interesarse por mi estado y volvió a los entrenos que su equipo efectuaba, previos a la mentada Final de Liga.

Me resultaba irritante perdérmela, pero en vista de las circunstancias no me quedaba otro remedio. Entre tanto debía continuar haciendo cábalas a la espera de que la inspiración descendiera sobre mí, y me diera la clave para escapar de aquella ratonera antes de que fuera tarde, pero ni por la tarde, ni por el día, ni a media mañana mis neuronas hicieron otra cosa que recalentarse inútilmente sin darme un mínimo resultado satisfactorio.

A esas alturas, ya a falta de dos días para acabar el plazo, había llegado al estado de semi estupor que sólo son capaces de comprender los condenados a muerte. Estaba s punto de perder lo que más amaba de mi vida, esto es; yo mismo, y no podía hacer nada al respecto, sólo esperar o tomar la dramática decisión de intentar una briosa huida por la fuerza lo que sólo aceleraría mi óbito.

Sin embargo, el abuelo estaba más sonriente y parlanchín, a sólo cuarenta y ocho horas para volver de nuevo al mundo ya hacía planes para la fiesta que pensaba dar, llena de atracciones y divertimentos, como por ejemplo las piñatas que mandaría confeccionar con las cabezas de los administradores. Ante aquella ocurrencia sonreí amargamente, ya me veía colgado por los pies con la boca llena de caramelos mientras el abuelo, María de la Mar Océana, el magnodomo, las amigas de Lipe y, en general, todos los que me despreciaban, intentaban reventarme el cráneo a bastonazos.

Por el momento quien me inquietaba de verdad era el secretario. Día tras día le había tenido encima de mí, vigilando cada uno de mis movimientos, cortos y nada desahogados, como exigía la estrechez del búnker, fiscalizando mis escritos, espiando mis llamadas por eredesei, en fin, controlándome, de una forma que terminó por abrumarme.

Temí que hubiera deducido el verdadero origen de la conspiración, y por ello era cada vez más cuidadoso con lo que hacía en su presencia. Escogía con cuidado los canales en los que zapear, procuré que mis conversaciones con Lipe coincidieran con sus breves e infrecuentes ausencias, y no hacía ni decía nada que dejara ver que era yo el cerebro oculto en la sombra. Lo cierto era que en vista de la situación general me importaba bastante poco que el secretario acabara por comentar con el abuelo sus sospechas, tan solo dos días después se habría descubierto todo y me podía dar por acabado.

Era necesario tomar una medida inmediata. Y la inspiración me vino como llovida del cielo. Llamé a consultas al secretario y al abuelo y les expuse mi nuevo plan. En vista de que quedaba muy poco para que terminara el plazo se debían extremar las precauciones y, como iba a proponer, tomar medidas extremas para que el abuelo sobreviviera a la situación con todas garantías. Hice notar entonces que gracias a la estupenda forma física del abuelo ambos éramos de parecidas hechuras, además la genética y el entorno familiar ayudaban lo suyo, haciéndonos compartir gestos y formas, de modo que sólo su evidente calvicie podía servir para que un observador, situado a no excesiva distancia, fuera capaz distinguirnos al uno del otro. Fundamentándose en esto, unos ligeros retoques a mi persona, tales como el añadido de un postizo y quizá la cantidad suficiente de maquillaje, bastarían para que me convirtiera en el «alter ego» perfecto del abuelo. Para rematar la faena un estudio somero de su forma de andar y la imitación deliberada de posturas y tics habituales, además de vestir su ropa usual, harían la engañifa perfecta.

Tras la caracterización sólo debía fingir que huía de la casa. Esta era la parte más delicada del plan porque si bien la operación debía aparecer llena de hermetismo y secreto, también debía ser lo suficientemente evidente como para que el asesino, que sin duda acechaba en la puerta de la finca, no tuviera dudas de que su víctima intentaba huir, e inmediatamente empeñara todos sus esfuerzos en perseguir al impostor. La dificultad residía, como es obvio, en cumplir ambas premisas sin que el exceso de discreción hiciera pasar inadvertida la maniobra al asesino, ni el defecto de la misma supusiera una declaración de intenciones que echara todo a perder.

Impasible tras una máscara de reconcentrada determinación esperé a que el abuelo y su secretario recuperaran el habla y fueran capaces de aplaudir u oponerse a mi proyecto. El abuelo, estoy seguro, estaba a punto de ceder conmovido por mi aparente sacrifico. Sin embargo, el secretario, sin la rémora de la emotividad, me miraba de hito en hito preguntándose cuáles eran mis verdaderas intenciones. Ya he dicho que no era tonto y desde un principio sospechaba de mí. Por ello, antes de que el abuelo diera su beneplácito irrevocable al proyecto, formuló una leve, pero suficiente duda respecto a él, y a partir de entonces, recuperada por el abuelo la sangre fría, se dedicaron a desmenuzar sistemáticamente el plan y evaluar sus pros y sus contras.

Como todo lo que tenía que decir estaba dicho me dejé caer en un sillón esperando a que terminaran de deliberar. No por eso me desinteresé del conciliábulo. Mi abuelo declaraba que la idea le parecía buena, e incluso convenía a sus intereses quedarse sin aparentes herederos en el caso de que el asesino tuviera la fortuna de cazarme antes de terminar el plazo previsto. El secretario, por contra, se oponía firmemente al proyecto asegurando que, si a esas alturas el asesino no había tenido éxito, nada indicaba que en las pocas horas que quedaban fuera a tenerlo. Sin embargo, según avanzaban la discusión noté algo que me dejó un poso de inquietud, el secretario, sin mostrarse en ningún momento favorable a la idea, cedía terreno aprobando las razones que le daba el abuelo, esas razones eran cada vez más vigorosas y él no se esforzaba en sostener su opinión aportando argumentos que las contrarrestaran, de modo que imperceptiblemente ambos acabaron por acercar posturas hasta coincidir en la bondad del proyecto.

Cuando se volvieron hacia mí el secretario me miró raro. Juraría que el muy marrullero había conseguido dos objetivos de gran importancia para porvenir, por un lado adular al abuelo haciéndole creerse un interlocutor convincente y sagaz, y por otro deshacerse de mí de un plumazo.

Sospeché que el muy taimado había elaborado su propio plan de futuro a costa del abuelo. Mi presencia, y en consecuencia la mejora de relaciones familiares, le perjudicaba hasta el punto de intentar acabar conmigo inmediatamente. Yo, sin haberlo sospechado, le había dejado en bandeja la oportunidad que esperaba. Si el plan se desarrollaba tal y como yo mismo había concebido, sazonado sólo por una leve esencia de chapuza, mi permanencia en el mundo de los vivos estaba limitada a no más de diez horas.

Entonces ocurrió algo que nos dejó pasmados. Como creo haber dicho ya en más de una ocasión, el abuelo era un mecano andante. Ambos brazos, las dos piernas, tres o cuatro órganos internos, además del corazón, e incluso parte de la estructura ósea del cráneo eran implantes a prueba de bombas, todos fabricados en ReaflexTM y dotados de la microelectrónica más cara, que proporcionaban al viejo el vigor y la longevidad que me habían llevado a verme en aquella situación.

Pues bien, aquellas prótesis indestructibles, eternas en su duración y garantizado su funcionamiento continuo gracias a la duplicación, y hasta triplicación, de sus elementos de control, se estaban deshaciendo a ojos vista.

Durante unos segundos ninguno hizo nada. Sólo callábamos y mirábamos cómo las manos del abuelo se deshacían en pequeñas escamas de ReaflexTM que caían al suelo. El abuelo levantó las manos hasta la altura de los ojos mirando, con más curiosidad que pánico, la cada vez más rápida disolución de las mismas. Únicamente cuando una de las piernas se partió, derribándolo contra una mesita de té, el secretario y yo nos pusimos en movimiento. Yo no supe qué hacer y me quedé embobado, contemplando las manos que ya dejaban ver su mecanismo interno, pero el secretario, intentando detener la caída del abuelo, lo agarró de un brazo, el brazo se desprendió de su soporte del hombro y el secretario lo sostuvo unos segundos incrédulo hasta que la mínima presión que ejercía sobre el miembro artificial bastó para partirlo. Al caer ambas mitades al suelo se deshicieron en montoncitos de polvo que el abuelo, ya para entonces convertido a su vez en un busto patético enterrado en un indescriptible montón de ReaflexTM en polvo, contempló con ojos desorbitados el tiempo que aún le aguantó la prótesis del cráneo.

Eso, junto a la sirena de alarma del Monitor Médico, es lo último que recuerdo. Creo que me desmayé cuando el cráneo terminó de deshacerse y lo que hubiera en su interior fluyó dentro de la piel de la cabeza convirtiéndola en una especie de bolsa llena de gelatina mantecosa.

Desperté algunas horas después. Los fámulos del abuelo me habían llevado hasta su propia cama y al abrir los ojos me encontré contemplando el pícaro fresco que el viejo había hecho pintar en el techo de su alcoba. Inmediatamente el magnodomo se acercó a mí, preguntándome solícito si me encontraba bien y si necesitaba algo. Tanta amabilidad, tanto buen hacer, me hicieron comprender que el abuelo estaba muerto y yo era el dueño de todo aquello. Hice que el magnodomo me explicara qué había ocurrido y el muy sinvergüenza, fingiendo una congoja que no sentía, describió cómo el secretario había salido del búnker pálido y deshecho, balbuciendo de forma casi ininteligible que el abuelo estaba muerto y yo caído como un guiñapo a sus pies.

Inmediatamente se había avisado al médico que, tras examinar el polvillo en el que se había convertido el abuelo, dictaminó que el ReaflexTM había sido atacado por un agente, de complicada elaboración y difícil obtención, que le hacía perder todas sus propiedades de resistencia y durabilidad convirtiéndolo en aquello que todos podían observar. Tras certificar el médico la muerte del abuelo se avisó a la policía. El inspector que se personó se limitó a comprobar la autenticidad de la notificación de asesinato y a levantar acta de lo ocurrido para asentar el óbito en el registro correspondiente. Tras el policía llegó el notario con el último testamento, en el que se me declaraba heredero único y universal, y lo leyó rápidamente en mi presencia y la de dos testigos, que para el caso fueron el magnodomo y uno de los efebillos de turno. Aunque desvanecido yo estaba vivo, de modo que todo fue legal, y para terminar las gestiones administrativas se llamó al bufete de abogados de la familia, para que se cambiara inmediatamente la titularidad de todos los bienes y propiedades que habían sido del abuelo y que, desde ese momento, ya eran míos.

Como era preceptivo monté unos funerales fastuosos que duraron una semana, por los que pasó medio país y que se retransmitieron en directo por tres canales comerciales de eredesei, por no hablar de las conexiones y resúmenes que ofrecieron los demás.

Durante las exequias se quemaron trece toneladas de incienso, cuarenta coros cantaron sin descanso el réquiem de Mozart y, en el momento culminante de la ceremonia, se inmoló junto al mausoleo a todo el servicio de la casa del abuelo, a excepción de los efebillos y un par de meretrices de muy buen ver que me había reservado para mi uso personal.

Por supuesto los funerales no dejaron de ser una excusa para que todos aquellos que hasta entonces me habían despreciado vinieran a rendirme pleitesía. No por nada me había convertido en uno de los hombres más ricos y poderosos del país, y en aquel momento de gloria quería ver cómo todos aquellos cretinos me daban su más sentido pésame y se ofrecían para lo que yo gustase mandar.

Cuando acabaron los fastos aún hube de trabajar duro para poner orden en mi recién heredado imperio. Inmolar al servicio del abuelo no era estrictamente necesario, bien podía haberme limitado a despedirlos, expulsándolos al Anillo Exterior, pero debía dar un claro aviso a todos aquellos que aún pensaban que yo era un mentecato fácil de manejar. Además, el magnodomo y los lacayos me debían muchos malos ratos, y la pira funeraria fue el lugar ideal para que me los pagaran uno tras otro.

Por si esto fuera poco, debí deshacerme de algunos administradores poco fieles y de un par de conspiradores más hasta que, casi un año después, todo volvió a su cauce.

Por otro lado, puse en práctica mis planes de venganza. Por lo pronto moví el mercado financiero de tal forma que condené a la indigencia a más de uno de mis supuestos amigos y encumbré a los que jamás me abandonaron. Por desgracia, quien más colaboró y el único al que no pude hacer partícipe de mi triunfo fue a Lipe. En la final de play-off el perverso comportamiento del indigente, que no se quedó donde debía quedarse, esto es, quieto y en el centro del campo, provocó un desgraciado incidente que acabó con Lipe decapitado y el indigente, tal y como manda el reglamento, indultado ante la consternación general.

Tampoco me olvidé de María de la Mar Océana. La pedí en matrimonio con la innegable intención de vengarme de ella y la convertí en una gorda y sebosa máquina de hacer hijos de los que, por supuesto, sólo el primero fue mío dejando que los veinticuatro restantes los engendraran amigos, colaboradores y, cuando el aspecto de Oceanía no invitaba a nada que no fuera huir de ella, a especialistas espléndidamente pagados.

Nunca supe cómo el asesino fue capaz de hacer llegar el agente diluente hasta el abuelo. Por mucho que lo intenté, tanto la agencia como él mismo se escudaron en el secreto profesional para negarme esa información. En todo caso me era indiferente, el objetivo se había cumplido y no solo pagué hasta el último céntimo de lo estipulado, satisfecho por el buen hacer de la agencia y el asesino, también suscribí un contrato de servicio por el cual, mediante una razonable cuota anual, la agencia ejecutaría mis encargos sin más trámite que la presentación de los documentos precisos y además se comprometía a no aceptar ningún encargo en mi contra.

En fin, ahora, a mis noventa años se me plantea la necesidad de cuidarme más que nunca. No renuncio a ninguno de los placeres que me puede proporcionar la vida y el dinero y la tecnología médica me garantiza aún una veintena de años de existencia sin problemas, pero no seré yo quien caiga en los mismos errores que el abuelo Gerardo. A su debido tiempo hice asesinar a mi hijos y nueras, convencido de que si yo no lo hacía ellos acabarían por intentar deshacerse de mí, y ahora estoy en la disyuntiva de no saber qué hacer con mi nieta Corindón. Sé que sus gustos, aficiones y vicios son caros, que últimamente está pasando por el trance de tener que ahorrar en pequeñas cosas y que tarde o temprano, de ser medianamente inteligente, se le ocurrirá que ya va siendo hora de que yo me muera y heredar toda mi riqueza.

Pero estoy tranquilo, su cerebro no le da más que para comprarse trapos, hacerse estrambóticos injertos de aves y animales e ir a ver a esa amiga suya, Lola, practicar el tiro al indigente.

© Copyright de Fco. José Súñer Iglesias para NGC 3660, Abril 2017

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