Garimpeiro

 

Por Blanca Mart

Hace semanas que el ambiente está raro, el calor ha sido excesivo en este mi paraíso selvático, y que conste que lo de «mi», lo anoto por magnificar la ilusión de que nadie viene a estos lares. Solo la compañía minera, a la que se le ha metido en la cabeza que en la zona hay plata, donde nunca ha habido.

De lo que no se olvidan jamás es de enviar una vez al año a un inspector de minas, o así se presentó el desgraciado al que he tenido que acoger en mi pequeña cabaña. Llegó en una canoa, pálido como un muerto contando no sé qué tonterías sobre el infierno desatado, llevándose las manos a la cabeza, murmurando: «es el fin, es el fin», «todos han muerto».

—¿Todos? —le preguntaba yo mientras le hacía de comer un nutritivo caldo de nueces selváticas y verduras del bosque.

—Todos —respondía él, desolado.

—Todos no, pues aquí estamos.

Entonces, al muy hijo de su respetable madre, se le pasaba el delirio y me miraba de frente:

—Habla usted muy bien, para dedicarse a este trabajo.

Yo me encogía de hombros.

—Ya ve usted. He leído mucho a lo largo de mi vida. Y aquí hay tiempo.

—¿Y qué lee?

—Bah, novelas, de esas de caballeros y tal. Me las traían de otros asentamientos, pero hace dos meses que no ha llegado nadie.

—Ni llegarán —contestaba en tono trágico, casi lloriqueando—. Todo ocurrió hace eso, dos meses. La tierra ardía, lentamente, no crea, nada de asuntos dramáticos, ni volcanes, ni meteoritos; simplemente las conducciones de electricidad se calentaban, se quemaban, se corrían a través del aire, en la tierra, bajo los océanos; se convirtió verdaderamente en una red electromagnética incontrolable conduciendo grados y grados de temperatura.

—Aquí no hay nada eléctrico.

—Quizás por eso ha sobrevivido.

—Y usted, ¿cómo ha podido salvarse?

—Hace dos meses estaba en la ciudad costera. Allí también empezó a ocurrir. La gente corrió a los aeropuertos: nada, no pudieron hacer nada. Y entonces corrieron a los espacios puertos.

No pude evitar sonreír.

—¿Escapaban a la Luna? ¿Por fin abandonaban la Tierra?

Me miró con suspicacia.

—Usted no me cree, si no, estaría aterrado.

—Verá… —me encogí de hombros—, hace años que vivo solo en medio de esta selva… no soy de aterrarme mucho.

Me miró de nuevo y su mirada era dolorosamente profunda. Vaya, ese hombre joven que venía a fastidiar, a ver si yo encontraba la plata que exigían los que me pagaban una miseria por estar allí olisqueando entre las piedras, estaba a punto de desmoronarse, así que me ablandé un poco.

—Pero sé reconocer a un hombre que ha vivido algo doloroso —le dije—, y usted ha vivido el fin de su mundo, sea lo que sea lo que ha visto.  Pruebe este vino. Está hecho con uvas selvático-desérticas de Baitinia. Solo he conseguido un par de cepas, pero la ocasión lo amerita.

Llené la copa de plata y entonces me di cuenta. Cambié el líquido rápidamente a una copa de madera pulida y se la entregué. En ese momento, no bendije precisamente a mi madre por haberme inculcado el deber de la compasión.

Se tomó un trago, me miró asombrado.

—Delicioso —dijo—, y siguió bebiendo poco a poco, saboreando, como buen catador.

«Bien —pensé—, no lo he desperdiciado».

Sin embargo, el joven, algo más recuperado, con algo más de color en sus mejillas, arremetió de nuevo «¡Diablos, no me da un segundo de paz!».

—Gracias, gracias, me encuentro cada vez mejor… pero deseaba preguntarle… nada, una curiosidad, la primera copa me pareció que brillaba…

Suerte que siempre estoy preparado. Metí rápidamente la mano en el arca de madera de cedro y saqué una de imitación de estaño, fabricada con hojas plateadas de los nenúfares mutantes, de los que nunca les había comentado ni a él, ni a la compañía, pues en este momento ya los habrían arrasado.

—La fabriqué yo —le dije— pero no es conveniente beber en ellas…

—Me imagino —murmuró—. Me maravilla, usted.

—Es la selva —respondí, ya un poco molesto—. Ella te enseña.

Luego me miró francamente.

—Mire, Frank, la Compañía ya no existe. Ni la gente. La tierra quedó calcinada. Una corriente, una red ardiente, recorre el subsuelo. El agua sube transformándose en nubes poderosas. Todo está limpio, purificado, allá abajo; aunque mucha gente se ha salvado huyendo hacia el espacio, no quiero ni pensar qué ha ocurrido con los que se han refugiado en bunkers bajo tierra. Lo que queda aquí es desolación. La Ciudad de la Costa está arrasada. He tardado meses en llegar aquí, cuando es un viaje de una semana. He ido de árbol en árbol, siempre más alto, de roca en roca, escalando, viendo cómo las rocas caían y la tierra de las montañas se deshacía tras mi paso. He visto pasar la nave científica, un globo, que sobrevolaba los árboles. Les pedí auxilio, no me vieron. Hasta que llegué a un lugar donde la tierra era firme y los árboles salvajes crecían verdes: su selva. Y aquí estoy, con el hombre al que venía a molestar, esperando el globo científico que debía traer tres personas de la compañía si es que la brújula les funciona y el aire empuja, pero créame o no, a unos kilómetros de su casa está el fin de la Tierra. Solo se ven nubes desde aquí.

Lo miré cuidadosamente. No parecía loco.

—Cuando se encuentre con fuerzas, iremos a ese punto y verá que quizás solo son nubes y cuando el viento se las lleve podrá bajar por la ladera.

—Estoy bien —respondió— vayamos ahora, por favor.

II

Emprendimos el camino. Primero en canoa, pues el río parecía perfectamente normal, ancho, verde, precioso, como siempre. Nos deslizamos durante una hora hasta un pequeño estuario. Aseguramos la canoa en la orilla, atándola fuertemente a unos troncos y a diferentes puntos. No estábamos para sobresaltos. A esas alturas yo pensaba actuar con total prudencia pues recordaba el calor agobiante de los últimos meses, los ruidos desconocidos de posibles naves intentando alcanzar el firmamento prometido, el susurro de los bunkers de algunos poderosos, los gritos y ruidos que enturbiaban el silencio de mi espacio exquisito.

Pensaba en silencio pues ahora entendía muchas cosas, esos pequeños fenómenos que me habían confundido pues se salían de la ley de la selva y sus costumbres. Sí, estaba seguro, el tipo decía la verdad. El mundo antiguo se había acabado.

Subimos a través de las trochas y llegamos a un pequeño descampado. Realmente se veía la tierra sólida, verde, lujosa en su apariencia pero de pronto se acababa frente a un abismo sin fondo. Un abismo repleto de nubes. Nubes eléctricas, secas, poderosas, de colores cambiantes.

—¡Mierda! —dije.

Mi acompañante asentía con seguridad:

—Allá —señaló—, el globo.

Jirones del globo descansaban sobre el esmeralda de la tierra. Nos acercamos rápido.

Una mujer joven intentaba salir, enredada en el estropicio. Cuando nos vio llegar gritó:

—¡John!

Y John corría que volaba. Bueno, muy acorde con las novelas que leo. La dama en peligro y el caballero en acción, pero la dama dio un salto fuera de la cabina-cesta  y gritó:

—Rápido John, espabila, el maletín de urgencias, yo llevo las cajas.

Parecían un remolino pues los dos corrían y se agitaban y bajaron todo el equipo que pudieron y yo llegué tranquilamente y miré dentro y cogí la última caja que, según esto, eran medicinas, y luego me los quedé mirando ya que la cabina estaba muy bien encallada en la tierra y de ahí no se iba a mover. ¡Qué ganas tenía de que se fueran las nubes y de que ellos se largaran!, ¡qué imperiosas ganas de volver a mi maravillosa ansiada y querida soledad y centrarme en leer y en tantísimo trabajo que tenía!

Como respondiendo a una plegaria sopló una suave brisa que empezó a empujar las toneladas de peso de algodón blanco, de espuma celeste, etc. etc., y se vio el borde de la Tierra. Allí no había nada. Ni montaña inclinada, ni sendero, ni trocha para descender: un abismo cortado hasta el infinito; saqué el telescopio de mi mochila y miré. Allá muy lejos, en la profundidad de la Tierra, en aquella sima de luces, junto a los diamantes de la creación, intuí algo que brillaba, una chispa, un reflejo solar entre oleadas de fuego rojo. Y en el corazón de una ola dorada, el núcleo del principio de los tiempos.

Me eché hacia atrás de un salto.

Ellos dos me contemplaban en silencio.

—No queda nada —dijo la mujer.

—¿Y por qué esta selva sí?

—Quizás porque usted la cuida —gruñó el hombre.

No sé si con envidia, o enojo o furia, o preocupación, pues ahora se iba a enterar de lo que es vivir en la selva. Pues, aunque no lo crean, a la gente le cuesta adaptarse a ella.

 

III

Fueron varios días de mucho trabajo. Varios viajes en la canoa cargando las cajas pues llevaban equipo y alimentos para cuatro personas durante seis meses. Pero, de los cuatro, solo Jane, pues así se llamaba, había sobrevivido. Se sorprendieron agradablemente cuando les hablé de una cabaña que había construido hacía tiempo, cerca del río y del lago de los nenúfares; solamente a tres horas de viaje caminando por los senderos que yo había abierto. Los acompañé, claro. Fueron diferentes viajes y hasta que pasaron dos semanas, no estuvo todo completo y organizado.

Luego les dije que había hecho un letrero de madera y que lo había oscurecido y pintado y escrito unas letras en él y que lo iba a poner en el borde del abismo. Hablé de más, puesto que inmediatamente me quisieron acompañar y yo, pensando que de una vez se irían a su casa y me libraría de tanta gente, no me pude negar.

Llegamos, y todo seguía igual, las extrañas e incomprensibles nubes, iban y venían, colores violetas y tormentas susurrantes; la verdad, tenía su belleza. También la yerba esmeralda y el globo fuertemente sujeto en la planicie y protegido por muretes de piedra y troncos de árboles. Todo en calma.

Así que solemnemente, me acerqué al borde que nos separaba del pasado, de la Tierra y del planeta entero y clavé fuertemente el cartel. Mis compañeros impuestos leyeron las palabras grabadas en él: FINIS TERRAE.

Jane se emocionó, y John, también, aunque se hacía el machote. Bien ¡a casa!

Los acompañé, de nuevo, aunque yo veía que ya le estaban cogiendo el tranquillo. Me despedí en su cabaña, prometiendo que les iría a ver el siguiente año. Y puesto que ya les había dado esperanza y lo que necesitaban para sobrevivir y les había enseñado a tocar el tambor podía largarme.

 

IV

Esa misma noche tocaron tres veces el tambor ya que así habíamos quedado: cuando yo llegara a casa, lo tocaría tres veces y ellos responderían. Muy bien, chicos listos, hasta el próximo año. Y yo emocionado por irme; y es que llevaba mucho tiempo sin entrar en la cueva, en la parte de atrás de la cabaña, donde mi propia vida me esperaba.

Porque, la verdad, es que  tengo mi propio trabajo y me urge seguir en él; pues aunque  en otro tiempo hice algún curso de ingeniería minera, que me sirvió para conseguir este solitario trabajo, soy Doctor en Literatura Medieval y resulta que en esta selva olvidada encontré unos magníficos manuscritos con pinturas muy bellas, que estoy copiando y que luego guardaré en diferentes cuevas, protegidos en pequeños túmulos de piedra, rodeados de diamantes, que, qué curioso, pues ellos buscaban plata y lo que había era petróleo  y grafito, ah, y la fuente de los diamantes, que es bellísima bajo la luna cuando los expulsa a chorros, pero para no desviarme de lo importante: eso es lo que hago: copio, y doro, y minio y pinto, y tomo mi té dorado de hojas Luna verde en la copa de plata que me obsequió mi abuelo. Para todo ello necesito concentrarme, necesito soledad, pues quiero legar la belleza de la historia a la posteridad.

V

Allá en la cabaña, dos de los tres supervivientes del apocalipsis, respiran el aire fresco del atardecer. Se miran, se tantean, se están conociendo un poco más. Tienen ganas de que la humanidad continúe. Son amigos y colegas, hablan, se cuentan sus cosas, han aprendido a hacer un ungüento contra los mosquitos… Hablan de Frank, el extraño ingeniero solitario.

—Es como un poeta —dice ella—. Siempre tiene algo clavado en el alma. Algo que le persigue y que él ansía.

—Solo quería estar solo, parece ser que lee mucho…

—Será eso… ¡cielos, John!, Cuando clavó en tierra el FINIS TERRAE, me pareció verlo sonreír. No puede ser.

—Yo también lo vi. Cada uno tiene su fin de la tierra.

—O ¿su fin en la Tierra?

—¿O el fin de la tierra, o el fin de la Tierra?

—Será eso. Los poetas piensan mucho.

 

VI

Allá lejos, sobre el fuego, bajo el verde selvático, entre la tierra y los diamantes y la pasión, Frank, escribía. Y el abismo, muy lentamente, siglo a siglo, trazaba algún camino.

© Copyright de Blanca Mart para NGC 3660, Junio 2019

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