El futuro es ahora

| VV.AA. | James Crawford Publishing |  Antología CF | 256 págs. | 2017 | 
| ISBN-13: 978-1539081647 | Tapa blanda: 9,83€  | eBook Lektu: 2,95€ |

Por Ángel Ortega

Portada El futuro es ahora

Empezar una antología de ciencia ficción es siempre algo intimidante. Sabes que cada autor te va a sorprender con un universo nuevo, con unas leyes inesperadas y con unas civilizaciones completamente diferentes pero no si esas nuevas propuestas te van a gustar o te van a confundir. Pese a todo esto, la ciencia ficción aporta patrones conocidos, como el enfrentamiento con el apocalipsis, el encuentro con razas de lugares lejanos del espacio o la integración de nuevas tecnologías amistosas o delirantes que hacen que afrontar estas colecciones de relatos sea más fácil y placentero.

El futuro es ahora, presentada por James Crawford Publishing y coordinada por J. Javier Arnau nos ofrece cuentos con todas estas situaciones escritas por autores en español y otras muchas aportaciones más. Ángel Torres Quesada, con su terna de relatos “Amanecer en la playa”, “Atardecer en la playa” y “Anochecer en la playa” nos propone un apocalipsis reposado en el que las personas desaparecen por la noche como en el rapto bíblico en un día que se repite siempre igual durante meses, sin extremos climáticos ni cambios horarios y en los que gran parte de las costumbres humanas (incluso el crimen) se han olvidado debido a la certidumbre de que todo acabará pronto. Un acercamiento al apocalipsis algo similar es el de “Al quebrarse la eternidad”, de Vicente Hernándiz, en el que el descubrimiento de una anomalía en las partículas subatómicas cuyo centro viaja por el espacio hacia la humanidad y la incapacidad y torpeza de esta para dedicar el presupuesto suficiente para tratar de investigarlo y combatirlo hacen que la solución se limite a abandonar pasivamente asentamiento tras asentamiento para aceptar el fin sin enfrentarse a él.

Otro tipo de apocalipsis es el que nos ofrece Pily Barba en su “Jaque mate”, un fin del universo apenas bosquejado pero quizá relacionado con problemas eléctricos que empuja a la peculiar pareja de protagonistas a enfrentarse con otro de los rasgos clásicos de la ciencia ficción, la interacción del ser humano con las nuevas tecnologías. El robot tozudo e inflexible, reflejo kafkiano del burócrata tenaz, se convierte en su calvario, siempre sin abandonar el humor. Mucho más serio es el encontronazo con la tecnología en su forma más terrible que se nos ofrece en “Cuestión de circuitos”, de Laura López Alfranca. En él todos los seres humanos hemos sido marcados con implantes subcutáneos para aportarnos mejoras intelectuales y físicas hasta que, inevitablemente, alguien hackea esos chips y se desencadena el desastre.

Esta exploración de la tecnología como reconfigurador de la estructura social del ser humano permite preguntarnos sobre qué es la muerte en realidad, cuándo se produce y si el asesinato es tal si la vida se puedeperpetuar en otro cuerpo y en otra mente, como nos sugiere Carlos M. Federici en “Christine, segunda opción”. Esa segunda opción nos empuja a pensar qué somos realmente, dónde acaba el animal y empieza el ser sintético.

El completo control sobre la manipulación genética es el origen de “Harim no podía llorar” de Alfredo Álamo. En este relato orientalista con sus decoraciones abigarradas y su conversión total al hinduismo se reflexiona sobre la paternidad, la soledad y el abandono con un protagonista de clase alta pero desesperanzado y violento, cargado de odio que comete un crimen contra el propio corazón de su jerarquía mientras una sonda portadora de genes se aleja hacia un nuevo mundo para impregnarlo.

El espacio y la inmensa soledad de los viajes interplanetarios provoca que mentes vulnerables pierdan la cordura y se enfrenten a seres nuevos quizá arrancados de su propio yo y a mundos probablemente imaginados. Una nave en un viaje generacional carga con gran cantidad de colonos en estasis criogénica. Alguien tiene que hacer guardia; Ramón San Miguel Coca en su “El intruso fantasma” pone a dos hombres despiertos al mando, rotando cada seis meses. Apenas unos días antes del cambio de turno el subordinado empieza a hablar de una presencia en la nave y a insubordinarse. Como es inevitable, ambos pasan a sentirse vigilados y el problema estalla. Igual de solitario pero acompañado por robots está el protagonista de “Amarga primavera” de Dioni Arroyo. Él en principio no advierte nada, pero los robots le comunican de la existencia de otro ser humano aparte de él en su nave espacial. Inicialmente no les cree, pero poco a poco se ve obligado a explorar los inmensos e interminables corredores. Finalmente el ser se materializa en forma de mezcla de persona y demonio con el inequívoco nombre de Lilith. Además, los robots guardan dentro de sí una desagradable sorpresa que el protagonista deberá afrontar.

Del encuentro con nuevas razas del espacio exterior nos habla Rafael Marín en un relato con el sugerente título de “Ángel exterminador”. Nos expone un enfrentamiento secular entre nuestra humanidad y otra especie extraterrestre de capacidades tecnológicas parecidas. Tan equilibrado está el combate que se ha convertido en una guerra de desgaste que no beneficia a ninguna de las partes, por lo que se ha propuesto un armisticio. En ese preciso momento arranca el relato con su protagonista convertido en el emisario de la humanidad listo para encontrarse con su homólogo de la otra especie. Queda la eterna duda, ¿alguien se beneficia de que nada cambie?

También el anfitrión J. Javier Arnau nos invita en “El enterrador” a conocer una nueva raza extraterrestre, como muchas veces hostil, y con un grupo de personajes de los que ninguno es lo que parece. El misterio es similar en “No significa nada” de Anika Lillo, misterioso título para hablarnos de un hombre confuso que vaga por un laberinto oscuro y ajeno en el que solo hay ojos de buey al exterior para intentar comprender su amarga situación. Más clara, pero no menos inquietante, es la experiencia del protagonista de “Cromatóforo” de León Arsenal, en la que un hombre asiste al funeral de su amigo, que se suicidó por la muerte de su mujer. La autopsia posterior descubre que la mujer no era tal, sino un organismo perfectamente evolucionado para simular con exactitud los órganos humanos pero molecular y atómicamente muy diferente. La identidad de qué es realmente lo humano queda en entredicho.

Por otra parte, y convertido en un viaje delirante, en “Todo lo que un hombre pueda imaginar”, Juan Miguel Aguilera nos cuenta el encuentro de un viajero que se traslada, probablemente en el tiempo, para conocer a Julio Verne, personaje que le había interesado desde siempre. El escritor francés empieza a descubrirle hechos de su propia vida pero pronto se vuelven las tornas y es Verne el que recibe una lección de la verdadera composición del universo. Poco a poco su entorno cambia y el mundo conocido se convierte en un planetario mecánico de dimensiones estelares. ¿Es el mundo en su desconocida realidad, o es un viaje de la mente?

Por último, “Con dados cargados” de Rodolfo Martínez juega en su cuento con las paradojas temporales mientras que una tropa que se encarga de que el orden establecido no se descomponga trata de frenar a un sujeto antes de que invente la máquina del tiempo. Varias versiones de su yo de diferentes tiempos se van solapando para evitar ser capturado o interceptado al modo de aquel viaje de Ijon Tichy de Stanislaw Lem hasta que se convierte en una maraña de hilos temporales.

La conclusión general es que, con leves altibajos, el libro es una experiencia reconfortante que trata gran parte del espectro de los temas de la ciencia ficción. El conjunto de autores se ha esforzado en sacar lo mejor de sí mismos. Y, además, estas antologías permiten la presentación de autores, bien noveles o consagrados, a quien descubrir o retomar. Un libro para disfrutarlo.

Todo esto, pero con palabras mejor escogidas que estas, es el El futuro es ahora. Que lo disfrutéis.

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Noviembre 2017

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