Franz se arrepentirá de todo: Cap.5

iconoslecturasDisfrútalo en tu e-Book: Click y accede a cualquiera de estos formatos.

Por Ángel Ortega

Las fauces de la criatura que le tenía atenazado por las piernas se abrieron como si se fueran a descoyuntar. La cabeza sin cuello se echó hacia atrás para asestar el mordisco final a sus cojones.

Franz agarró el extintor con las dos manos y lo estrelló contra la doble hilera de dientes que ya se abalanzaba sobre él. El golpe fue violento y ruidoso y casi lanza el extintor contra sus propias narices: el monstruo era cada vez más fuerte.

Varios colmillos partidos cayeron sobre él. En ese momento Franz se dio cuenta de que también tenía ganas de cagar.

El bicho debió sufrir con el golpe porque aflojó el abrazo a sus piernas:

Franz aprovechó y trató de zafarse. Consiguió liberar una, pero su enemigo reaccionó y le enganchó aún más fuerte la otra.

Por detrás, el otro se dispuso a atacar y se lanzó sobre él.

Franz tiró de la anilla del extintor para liberar el contenido y, con ella aún enroscada en el dedo como un anillo, apretó el gatillo apuntando al atacante que le sujetaba. Pronto el hocico informe se ocultó bajo una capa de espuma; Franz elevó un poco el chorro para alcanzar también al otro, al que ya tenía encima.

Todo era un enorme espumarajo del que emergían ojos, zarpas y colmillos.

Aprovechando el caos momentáneo volvió a coger el extintor con las dos manos y a golpear a la criatura que aún le sujetaba la pierna. Sus sienes parecían estallar con cada esfuerzo, pero como poseído golpeó una y otra vez, casi en trance con el ritmo repetitivo de choque metálico, rugido, brazos arriba, descargar golpe y vuelta a empezar.

La espuma ya no era de ese color azul blancuzco, sino que se teñía de marrón o de verde. Franz no diferenciaba muy bien algunos colores, pero no dejaba de ser una buena señal.

Volvió a tomar el gatillo y lanzó otro chorro de espuma hacia donde, probablemente, estaría su segundo atacante. Quizá lo alcanzó, quizá no.

Su pierna estaba liberada.

Se arrastró hacia un lado y volvió a sentir el pinchazo en el culo, pero estaba libre. En pie.

Los dos monstruos se agitaron como perros sacudiéndose el agua del baño, pero Franz no les quiso dar tregua: con las piernas abiertas, sujetó el extintor por el extremo con ambas manos, giró casi noventa grados la cintura y descargó un golpe de revés.

Uno de los monstruos salió disparado hacia el fondo, estrellándose contra los urinarios y arrancándolos de la pared. Un chorro de agua limpia cayó sobre su deformado rostro mientras agitaba sus miembros espasmódicamente como un jabalí herido.

El otro estaba ante sus pies, retorciéndose, aún inundado de espuma.

A por él. Sujetando el extintor horizontalmente Franz volvió a su repetitivo ritmo de golpear, golpear, golpear. Veinte, treinta, quizá cuarenta veces. A cada golpe le respondía un gruñido cada vez más flojo.

El monstruo ante él se debatía en los estertores de la muerte, o lo que sea que pone punto final a estos putos bichos.

El otro necesitaba algo de amor por su parte, así que se volvió hacia él, mientras éste intentaba incorporarse. Sus cuatro ojos como charcos sucios podrían haber mostrado terror al verle acercarse, pero no tenían expresión suficiente para asegurarlo. Sí alzó una de sus informes zarpas para cubrirse, pero Franz era en ese momento una máquina de destrucción imparable. Uno, dos, veinte, treinta golpes otra vez. Éste gruñó mucho menos, y finalmente dejó de moverse.

Franz, completamente agotado, soltó el extintor, que cayó con estruendo rompiendo alguna de las baldosas del suelo. Se desplomó de rodillas, lleno de dolor en el pecho y de presión en las sienes. Hizo un esfuerzo terrible para quitarse la sangre del ojo que seguía manando de su ceja.

Ahora lo único que oía era su jadeo y el fluir del chorro de agua de los urinarios que caía como una fuente sobre el cuerpo inmóvil de una de las bestias.

Respiró y exhaló hondo.

Escupió.

El golpazo de la puerta volvió a sobresaltarle. Ésta se abrió a toda velocidad, se estrelló contra la pared y se desprendió de las bisagras de arriba.

—¡Al suelo, Hauzman!

Brigitte entró de un salto y se plantó en medio de los servicios, con las piernas abiertas. En cada mano llevaba una enorme y reluciente pistola rectangular: con precisión milimétrica, y con la vista en ningún sitio en particular, cada brazo se orientó en una perfecta línea recta hacia cada monstruo que yacía en el suelo y con un estruendo ensordecedor hizo fuego repetidas veces, cada arma al unísono.

A Franz le pareció que sus tímpanos iban a estallar. Se tapó los oídos con ambas manos y se tiró al suelo, en posición fetal.

—¡Basta! ¡BASTA! —gritó, pero sus gritos se perdían en la descarga de artillería.

Finalmente, Brigitte dejó de disparar. Se quedó allí inmóvil, con las armas aún apuntando y los cañones humeantes.

—Guns Akimbo, de puta madre —dijo al fin Franz—. ¿Dónde cojones estabas?

Estas jodidas criaturas de las profundidades casi me dan por el culo.

—No soy tu niñera, inútil. Si desapareces…

—¿INÚTIL? ¿Quién coño te crees que ha hecho esto? ¿Crees que ha venido el puto Batman a ayudarme mientras yo me la cascaba?

—Espera… —Brigitte se le acercó, le rodeó y se agachó tras él.

Un dolor agudo le traspasó una vez más el culo. Franz chilló.

—Mira esto —dijo Brigitte, blandiendo un enorme trozo de espejo con una punta ensangrentada—. Si hubiera sido un poco más grande, uno de esos bichos se te podía haber metido dentro y haberte destrozado desde allí.

Franz sintió una punzada de preocupación al verlo: sí, una de esas bestias no muy grande podría haber traspasado el umbral del espejo y colársele dentro.

—Bah —fingió ignorarlo—. Ayúdame a levantarme.

Brigitte le tendió un brazo fibroso que le levantó sin esfuerzo.

—Este movimiento se está convirtiendo en la firma de nuestra relación.

—Vete a tomar por culo.

—Vámonos de aquí, pronto se llenará de gente.

Franz se sacudió los hombros, pero la capa de sangre, suciedad y espuma antiincendios no se iba a ir así de fácil.

—Quiero una cerveza —dijo al fin.

—Quiero, quiero… ¿sabes construir alguna frase que no empiece por quiero?

—Vete a tomar por culo.

—¿O que no sea una ordinariez?

Brigitte miró a uno y otro lado del pasillo exterior, apretó los labios como diciendo «despejado» y salió del servicio, seguida de Franz.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Agosto 2016