Franz se arrepentirá de todo: Cap. 21

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Por Ángel Ortega

Si hasta ese momento todo parecía estar yéndose a la mierda, ahora que los muertos del mundo entero habían vuelto la cosa no había mejorado. Franz se incorporó, con Calatrava inmóvil a sus pies, viendo cómo el suelo que veía a su alrededor se resquebrajaba, se abría y vomitaba lentamente restos reanimados.

—Pero, ¿de dónde sale toda esta gente? ¿Estamos sobre un cementerio indio o algo? —preguntó para sí, sin esperar respuesta.

—Salen del infierno —dijo Calatrava—. El inframundo está por todas partes.

—No lo entiendo, pero me da igual. Tío, tenemos que irnos de aquí. No sé, al mar, o algo así —sintió involuntariamente una náusea, él que odiaba tanto el agua—. Supongo que allí el infierno está más abajo.

—No puedo moverme, Franz. Tendrás que cargar conmigo.

Franz bufó. Calatrava serviría de ayuda, seguro, pero cargar como un burro con él a cuestas igual no merecía la pena.

—Venga, Calatrava, intenta moverte. Ya sé que no estás vivo, pero si esos montones de huesos pueden hacerlo, también puedes tú.

Un muerto viviente ya estaba a un par de metros de ellos. Era prácticamente un esqueleto; un par de guiñapos colgando era lo único que le quedaba de carne.

Franz blandió la pala y la estrelló contra el cráneo del muerto. La tapa superior saltó en trozos y la mandíbula se descolgó para caer inmediatamente después.

Aquello no paró al cadáver ambulante. Franz golpeó una y otra vez hasta que no quedó ni un hueso sujeto a otro. Aunque no paraban de moverse por el suelo, dejaron de ser una amenaza.

—¿No deberían morir, o como se diga, después de destrozarles la cabeza?

—Estos no son zombis, Franz —respondió Calatrava, tumbado panza arriba—. No tienen sistema nervioso ni bulbo raquídeo ni hostias. Son muertos retornados del averno, algo más metafísico.

—Metafísico. Ya. Mierda —aparentemente esto iba a dar más trabajo que en una película de serie B, y en ésas suelen morir todos.

Franz volvió a insistirle.

—Calatrava, tienes que moverte. Pronto acabarán rodeándonos. Tú ya estás muerto, o lo que estés, pero yo no tengo ganas de unirme a esta gentuza. A ver, intenta mover las manos.

Calatrava continuó inmóvil.

—Joder, tío, te he dicho que lo intentes.

—¡Cojones, Franz, ya lo estoy intentando! No puedo.

—Venga, inténtalo con los pies.

Franz mantuvo la vista en las piernas de Calatrava, pero no dejaba de vigilar por el rabillo del ojo a un par de zombis que se le iban acercando.

—¿Qué? —preguntó Franz.

—No puedo, tío. Tendrás que cargar conmigo.

Franz resopló y trató de cogerle. Metió un brazo por debajo del cuello de Calatrava y el otro por las corvas e intentó levantarle. El primer envite fue infructuoso: en el segundo consiguió alzarle un metro, pero las dos partes inferiores de las piernas de Calatrava se desprendieron de las rodillas y cayeron al suelo, desestabilizándole y haciéndole caer.

—¿Qué coño has hecho? ¡Mira mis piernas!

—Joder, tío, yo no tengo la culpa de que te estés cayendo a cachos.

Franz se incorporó. Una mujer gorda con la cara descompuesta y una pierna dislocada ya estaba a menos de tres palmos de distancia.

Franz sujetó la pala con una mano, giró sobre sí mismo y descargó la hoja de la pala contra el rostro desfigurado de la gorda. Arrancó un trozo grande de carne, que salió volando lejos, pero solo hizo que la muerta se inclinase un poco. Sujetó ahora su arma con ambas manos y le asestó un golpe fuerte en medio del pecho. La pala se clavó bastante hondo, y necesitó un gran esfuerzo para desclavarla. Lo hizo y golpeó sucesivas veces a la zombi en las piernas hasta que consiguió derribarla.

—Voy a tirarme todo el día así —dijo Franz—. Así no vamos a ningún sitio, Calatrava. Te voy a llevar pero soltaremos algo de lastre.

—¿Qué? —dijo Calatrava.

Franz le puso un pie sobre el pecho, alzó la pala con ambas manos y golpeó con ella el cuello de Calatrava como si se tratara de un hacha. Éste crujió y cedió como si estuviese hecho de ceniza. La cabeza se separó inmediatamente del cuerpo.

—¿Pero qué has hecho, grandísimo hijo de puta? ¡Mi cuerpo! ¡JODER!

—Cállate un rato, cojones. No puedo cargar contigo, pero como veo que las leyes naturales no te afectan, me voy a llevar una parte reducida.

—¡Me cago en tu puta madre, Hauzman! ¡Ésta me la vas a pagar!

Franz le cogió por el pelo, confiando en que estuviese en mejor estado que el resto del cuerpo y no se le desmoronara. Agarró la pala por el centro del mango y echó a correr por la Vía Augusta, hacia la Plaza del Comercio, para luego buscar el puerto y después alguna barca.

Por el camino, y con la cabeza de Calatrava soltando juramentos y amenazas, esquivó a varios zombis que trataban de atraparle con sus podridas manos. Contempló cómo grandes cantidades de personas vivas sucumbían ante el ataque lento pero implacable de los muertos vivientes. Hombres, mujeres y niños… los zombis parecían jugar con ventaja.

Esquivó a un grupo de seis o siete esqueletos de niños que trataban de cortarle el paso y dio la vuelta a una esquina, tropezando con una chica joven, en camiseta y pantalones vaqueros y con una mochila a su espalda.

—Lo siento —dijo Franz—, no te había visto.

La chica estaba completamente aterrorizada y se volvió contra él, amenazándole con un destornillador.

—Vale, vale, lo siento. Yo soy de los buenos, no voy a hacerte nada.

La chica pareció creerle y empezó a bajar su arma, pero cuando oyó la arenosa voz de Calatrava soltar tacos y vio que provenía de una cabeza que llevaba en la mano, volvió a amenazarle.

—No te acerques o te rajo —dijo con acento centroeuropeo.

—No te voy a hacer nada. Ven conmigo o acabarán cogiéndote.

—¿Qué coño ha pasado aquí? —gritó ella, a punto de estallar en lágrimas.

—Pues que el infierno ha… venga, da igual, luego te lo cuento. Hay que llegar al mar y buscar una barca.

Ella titubeó un segundo y finalmente asintió con la cabeza.

El grupo siguió corriendo hacia el sur, saltando por encima de las grietas y esquivando muertos ambulantes. Llegaron a la Plaza del Comercio, donde el caos era aún más grande.

Justo delante de ellos había un camión frigorífico cruzado, con las puertas abiertas y vacío.

—Venga, sube —le gritó Franz a la chica.

Ambos subieron, cada uno por su puerta, y Franz comprobó que las llaves estaban puestas y que el camión estaba en marcha: su conductor debía haberlo abandonado allí presa del pánico. Dejó la cabeza de Calatrava junto a la palanca de cambios, esperó a que la chica cerrara su puerta y emprendió la marcha.

Avanzó poco a poco entre las decenas de cadáveres vivientes que caminaban por el medio de la calzada, y descubrió que no les hacían caso: quizá para sus podridos sesos un camión no era un objetivo.

Un tipo con traje que huía de la horda del infierno se les cruzó corriendo por delante y Franz dio un volantazo para esquivarle. La maniobra no solo no evitó que el tipo se estrellara contra el morro del camión y se cayese debajo de las ruedas, sino que hizo rodar la cabeza de Calatrava hasta que quedó al lado de la pantorrilla de Franz. Éste dio un grito cuando Calatrava le clavó los dientes en la pierna.

—Ay, joder, cabronazo, estate quieto.

Le cogió de nuevo de los pelos y tiró con fuerza, pero no consiguió hacerle que soltara. Conducir el camión con una sola mano no era buena idea y arrolló a un grupo de tres o cuatro muertos vivientes, que aunque cayeron al primer envite, amenazaban con embotar las ruedas del camión con sus pegajosos restos y bloquear su movimiento.

—Calatrava, coño, para un momento. Estamos en el mismo bando.

Tiró de nuevo y consiguió zafarse de su mordisco. Franz le entregó la cabeza a la chica, pero ésta solo dio un agudo y ensordecedor grito. Viendo que ella no estaba preparada para hacer de canguro de una cabeza viviente, Franz resopló y la lanzó detrás de su asiento. Allí Calatrava siguió amenazando y blasfemando, pero se le oía mucho menos.

Franz ya se sentía más cómodo con ambas manos al volante. Se fijó en que la chica estaba encogida y subida en cuclillas sobre su asiento, tapándose la cara con las manos.

—¿Estás bien? —preguntó Franz.

—No. No. No. No estoy bien. Esto es una pesadilla.

—No, no lo es. Y sujétate bien, el camino va a ser algo ajetreado.

La chica se descubrió la cara y le miró el pantalón, donde había recibido el mordisco y crecía una mancha de sangre.

—Ahora, ¿te convertirás tú en un zombi?

Franz sonrió. Esta chica conocía el género y podía acabar siendo de ayuda.

—No, mujer. Nuestros zombis son distintos. No nos contagian. Piensa que es como si hubiesen sido expulsados del infierno. Bueno, es que eso es lo que ha pasado, a grandes rasgos.

—Ah —respondió ella—. Pero, eso es aún peor, ¿no?

—Bueno, según lo mires. ¿Cómo te llamas?

—Dora.

—Hola, Dora. Yo soy Franz Hauzman. Y ese tipo de ahí con tan mala leche es Calatrava. Era mi jefe. Si no me equivoco, él es en gran parte responsable de lo que está pasando ahora.

—Jódete, maldito cabrón —respondió Calatrava desde detrás del asiento.

—Ahora está algo molesto porque le he separado la cabeza del cuerpo, pero cuando se tranquilice nos contará qué coño está pasando y nos dará alguna pista sobre qué hacer a continuación.

La chica miró de reojo a la cabeza, que seguía insultando sin parar. Después se tapó los ojos otra vez.

—Despiértate. Despiértate.

El camión les llevó por varias avenidas, dejaron la Torre de Belem a la izquierda y unos kilómetros más tarde llegaron a un puerto deportivo.

Aparcó donde pudo y se bajaron. Cerca del mar había menos zombis, pero todavía hubo que repeler algún ataque con la pala.

Finalmente atravesaron el embarcadero hasta el final, donde había atracado un yate pequeño, poco más grande que una lancha motora.

—Vamos, pasa —dijo Franz a Dora y ésta obedeció.

Ya dentro, Franz se sentó un momento en una caja y dejó la cabeza y la pala para recuperar el aliento. La chica se sentó en el asiento que había delante del timón.

—Yo no tengo ni puta idea de cómo funciona esto —dijo Franz—. ¿Sabes tú algo?

—Un tío mío tenía una barca como ésta y me dejó navegar alguna vez —respondió.

—Pues hala, todo tuyo. Iré a soltar las amarras. Eso es todo lo que sé de navegación.

Franz salió fuera, recogió las maromas y empujó el embarcadero con el pie para alejar la barca. El meneo de las olas le recordó dónde estaba. Miró al agua con repulsión y ésta le devolvió el saludo.

Volvió dentro y vio a la chica manipulando los controles. Se dio cuenta de que Calatrava estaba boca abajo y le colocó en posición correcta, apoyado sobre la pared. Ya no insultaba y solo le miraba con rictus de odio. Iban progresando.

Había pasado un largo cuarto de hora y aún no había ocurrido nada. Franz salió un momento a la cubierta.

—¿Cómo vas? —preguntó Hauzman, volviendo a entrar rápidamente— No te quiero meter prisa, pero mira ahí.

Dora dejó lo que estaba haciendo y miró por el ojo de buey: una larga fila de muertos vivientes, hasta donde alcanzaba la vista, se dirigía hacia ellos.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Diciembre 2016