Franz se arrepentirá de todo: Cap. 17

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Por Ángel Ortega

—¿Qué es lo que pasa? —dijo Madame Lola— Léelo de una vez.

Franz se aclaró la voz.

—«KRASHNA». Y luego «…TURO PARA ACABAR CON VOSOTROS CARNOSOS BASTAR…». Aquí salió volando. «OSOJO». Y después: «…AFA SYS EM3N HAUSMAN SÉ CÓMO ENCONTRARTE SYS EM3N NLNAAX DESTRUIR A MORTIMONGO EOT».

La boca de Madame Lola se abrió como si no pudiera sujetar la mandíbula.

—Hauzman se escribe con Z, no con S —puntualizó Franz.

—¿Y qué coño significa todo eso?

—Sé quién es Sys-EM3N y sé qué pretende —dijo Franz—, también sé que Mortimongo es algún tipo de hijoputa estelar que se la jugó a Sys-EM3N. Lo que no me queda claro es por qué quiere acabar con todos nosotros. Joder, si Mortimongo te ha jodido, ordenador de los cojones, jódele a él, pero déjame a mí tranquilo.

—¡Vaaaya! —dijo Madame Lola, con tono de niña fascinada— Y además dice que sabe cómo encontrarte.

—¿Te divierte?

—No, claro que no, pero nunca había visto un mensaje real en mi tabla de la ouija. No pensé que estas cosas funcionaran de verdad.

—Hay que joderse —refunfuñó Franz—. Me dan ganas de estrellarte la cabeza contra la pared.

—¿Y qué significará «OSOJO»?

—No lo sé.

—¿Y «KRASHNA»?

—Joder, que no lo sé.

—¿Y «EOT»?

—Supongo que vendrá de «End Of Transmission».

—¡Increíble!

El puntero de la tabla de la ouija se movió.

—¡Eh! ¡Mira! ¡Prepárate, empieza otra vez! ¡Coge el lápiz!

Franz lo buscó a tientas por la mesa sin dejar de mirar a la tabla.

—¡Ha puesto «SAO»! —gritó Madame Lola, dando palmas.

Se notaba que el interlocutor al otro lado de la ouija era diferente porque iba mucho más despacio. Franz fue apuntando una vez más letra tras letra.

—Ahora una «A»… ahora una «V»… y ahora una «A». Y se acabó —dijo Franz.

El puntero le dio la razón quedándose inmóvil en medio de la tabla.

—¿Qué pone, qué pone?

Franz se quedó leyéndolo un momento.

—¡Hostia puta! —se levantó de la silla de un salto— ¡Ya sé dónde está Calatrava!

—¿Dónde?

—El mensaje está muy claro: «SAO DOMINGOS Y PEDRO IV —— CALATRAVA».

—¿Eso está muy claro? —la bruja abrió mucho los ojos.

—¡Joder, está muy claro! ¡Por eso olía a licor de guindas!

—¿Qué huele a licor de guindas? ¿De qué hablas? No entiendo nada.

—Necesito… a ver… necesito agua bendita, sangre de demonio y una pala. Bueno, la pala la puedo conseguir en Lisboa.

—¿Agua bendita? ¿Sangre de demonio?

—Gracias, bruja. No eres totalmente inútil.

Madame Lola se echó hacia atrás en su asiento.

—Ha sido increíble. Por favor, ¿me dejarás quedarme con las ga…?

Franz lanzó su rápida mano y le arrancó las gafas de la cara antes de que la vieja terminara la frase.

—¡Maldito seas mil veces, Hauzman! ¡Maldita sea tu estampa mal rayo te parta…!

Se lanzó a por él, pero él la frenó poniéndole la mano en toda la cara y empujando hacia atrás. La vieja se cayó sobre la silla, trató de sujetarse con una mano a la mesa camilla y con la otra a la cajonera que tenía al otro lado, pero se desequilibró y arrastró todos los muebles consigo. La ouija voló por el aire. La cajonera, a su vez, golpeó contra una vitrina, que se cayó hacia adelante con un estruendo de cristales rotos.

Los juramentos de Madame Lola se oían aún desde la calle, por la que Hauzman subía corriendo. Ya era totalmente de día y lucía un sol radiante.

Conseguir agua bendita era fácil: la basílica del Sacre Coeur estaba allí mismo. Bastaba con entrar en la iglesia, encontrar un recipiente y pedirle al cura que la bendijese, por las buenas u obligándole a ostias. La sangre del demonio no sería tan fácil, pero hay que hacer las cosas de una en una.

Una moto que adelantaba a una furgoneta casi le atropella; giró en el último momento y arrancó el retrovisor a la furgoneta. El motorista le insultó y él le hizo un corte de mangas.

La furgoneta paró. Franz recogió el retrovisor para dárselo al repartidor y compartir con él lo cabrón que había sido el motorista. Pero al acercarse vio que tanto el conductor como los acompañantes llevaban todos máscaras antigás.

—Me cago en la puta —murmuró Franz.

Se abrió la puerta del acompañante, a menos de un metro de él, dejando entrever a uno de los hermanos con su rifle de asalto listo. Franz reaccionó a tiempo con una fuerte patada a la puerta que atrapó la cabeza del tipo contra el marco. Se oyó un disparo. Franz sujetó la puerta por el tirador y golpeó una y otra vez al tipo con ella. Los cristales oculares de la careta saltaron por el aire, liberando un líquido rojizo y acuoso.

Mientras tanto, el conductor se había bajado, había cruzado por delante de la camioneta y estaba a un par de pasos a la espalda de Franz. Éste sujetó bien el retrovisor que aún tenía en la mano de forma que entre sus dedos corazón e índice asomara el enganche y golpeó con él una vez al conductor en la cara. El golpe dio en todo el filtro de la máscara, abollándolo, y el tipo descargó el hacha que llevaba en la mano. Franz giró como pudo y el hachazo dio contra la chapa de la furgoneta.

Franz se sentía agobiado tan cerca de la furgoneta y saltó hacia un lado, tropezando casi con el bordillo pero sin llegar a caer. El conductor se lanzó a por él con el hacha en alto. El otro hermano, sangrando por los vidrios de su máscara, estaba caído en el suelo buscando a tientas la metralleta.

Para contrarrestar la embestida del tipo del hacha Franz se lanzó hacia él, agachando la cabeza, tratando de golpearle en el pecho. El otro bajó el hacha y le dio a Franz con el mango en la ceja, abriéndole de nuevo la herida. Ambos chocaron y rodaron por el suelo. El retrovisor se le resbaló de la mano.

Mientras rodaba cuesta abajo abrazado al hermano, respirando su apestoso aliento y sujetándole la mano del hacha por la muñeca, oyó los gritos de la voz chillona de Madame Lola. Unas fracciones de segundo después escuchó disparos y balas rebotar contra el adoquinado.

Joder, qué difícil es todo siempre.

Consiguió quitarle el hacha al hermano, le clavó la rodilla en el pecho y le asestó un hachazo en medio de la frente. La capucha amortiguó un poco el golpe, pero el filo caló dentro del cráneo.

El tipo se quedó inmóvil instantáneamente.

Miró hacia la furgoneta y vio que el hermano armado con el AK-—47 movía la cabeza hacia todas partes, como si estuviera ciego y tratara de encontrarle con el oído o con el olfato.

Se incorporó, pero cuando se dispuso a lanzarse corriendo hacia él, sintió que alguien tiraba de su ropa. Se volvió y era Madame Lola.

—¡Dame esas gafas, maldito cerdo!

Franz las llevaba en el bolsillo de su mugrienta camisa; la bruja lanzó su zarpa y las cogió.

—¡Vuelve aquí, jodida loca!

Otra ráfaga de balas, lanzada a ciegas, rebotó en el suelo cerca de él.

Hay que ir por partes, Franz. Organízate.

Echó a correr hacia el tipo de la metralleta. Éste pareció oírle y apuntó correctamente hacia él, pero fue más rápido y le asestó un hachazo tan efectivo como el que recibió el hermano que ahora yacía inmóvil en el suelo. Con la otra mano sujetó la metralleta para alejarla de sí.

Dentro de la furgoneta sonaban golpes frenéticos, como de algo o alguien tratando de salir de ella.

El fusil de asalto disparó unos cuantos tiros más y resbaló de la mano del tipo que la empuñaba. El hachazo no había sido tan letal porque el hermano no cayó enseguida, sino que se mantenía en equilibrio inestable y hacía movimientos estúpidos.

Pero a Franz ya le importaba menos el moribundo que lo que pudiera haber dentro de la furgoneta tratando de escapar.

Se fijó en la pronunciada cuesta abajo, por la que Madame Lola corría a lo lejos, y reaccionó rápido: entró a la furgoneta por la puerta del acompañante y quitó el freno de mano. La furgoneta empezó a moverse poco a poco.

Saltó del vehículo, empujando sin querer al hermano que aún tenía el hacha en la cabeza y lanzándolo contra una moto que había allí aparcada.

Franz observó cómo la furgoneta cogía velocidad poco a poco siguiendo la cuesta. Si Madame Lola corría un poco más, todavía le daría tiempo a llegar a su puerta y meterse dentro de casa.

Pero no corrió lo suficiente.

La furgoneta la embistió con un estampido; la vieja voló por los aires y la lanzó hacia un lado. El golpe desvió un poco la trayectoria del vehículo, que seguía zarandeándose por los golpes desde dentro de la caja.

Se subió con las ruedas de la parte derecha a la acera, volvió a girar algo y finalmente se estrelló contra la pared con un estruendo de chapa y cristales rotos. El claxon se quedó activado.

Lo que hubiera dentro de la caja ya no golpeaba.

Franz corrió cuesta abajo, alcanzó el portón trasero y lo abrió. Allí encontró a dos hermanos, uno hecho un guiñapo en el suelo y el otro sentado, sujetándose la cabeza. El interior de la furgoneta era un calco de la otra en la que estuvo a punto de probar el banquete caníbal de aquellos jodidos maníacos: cadenas, sangre, trozos de carne y olor a mierda.

Se acercó al que aún estaba vivo y le dio puñetazo en la boca del estómago. Éste hizo un ruido raro y se inclinó aún más. Franz cogió una de las cadenas, tiró fuertemente para desengancharla del hierro que la sujetaba al techo, clavó el gancho en la espalda del tipo que gimió de dolor y le enroscó la cadena alrededor del cuello. Tiró de él, arrastrándolo como hizo con el marinero (por cierto, ¿qué habrá sido de él?) y se lo llevó a la casa de la bruja.

Entró hasta el salón donde hicieron la sesión de espiritismo, descolgó a manotazos los chismes que colgaban del techo y enganchó la cadena en la argolla que había cerca de la lámpara. El hermano se quedó allí, gimiendo con sonidos guturales, intentando liberarse. Franz salió de vuelta a la calle.

Si la estructura social todavía guardaba algo de lo que era, pronto acudiría la policía o el ejército a aquel lugar para ver qué había pasado, así que no podía dejar pistas: cogió las gafas que estaban en el suelo, agarró a Madame Lola por los pelos, vio que aún respiraba y la arrastró dentro de su casa. La tumbó cerca del hermano que se retorcía colgado de la cadena, rebuscó entre sus ropas y encontró la llave de la casa.

Salió y cerró por fuera.

Como se había dicho a sí mismo, había que ir por partes; tenía que conseguir agua bendita, así que echó a correr cuesta arriba de nuevo para ir al Sacre Coeur a por ella. El hermano encadenado ya le serviría para conseguir la sangre de demonio.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Noviembre 2016

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