Franz se arrepentirá de todo: Cap.13

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Por Ángel Ortega

El hermano blandió su cuchillo dentado a derecha e izquierda mientras se contoneaba en un baile ridículo. Acercó la hoja al centro del pecho de Franz y lo posó allí unos segundos, sin llegar a cortar ni a clavar.

El corazón de Franz empezó a desbocarse.

El hermano, con sus movimientos espasmódicos, echó los brazos hacia atrás y su fea carátula hacia adelante: Franz pudo oler su apestoso aliento de cubo de basura a través del filtro de la máscara.

Franz trató de alzar las piernas para alejarle, pero también las tenía sujetas a algún sitio que no pudo ver.

Hay un final para todo: éste parecía el suyo. Sólo podía desear que fuese corto, pero la situación no tenía ese aspecto.

Los tres tipos sentados empezaron a entonar una especie de zumbido como un mantra mientras agitaban sus podridas cabezas adelante y atrás.

Se oyó un golpe fuerte en el portón de la furgoneta.

Todos se volvieron: incluso el hermano herido del brazo cortado pareció

intentar incorporarse.

El torturador retomó su tarea y le acercó el cuchillo al abdomen, haciendo círculos alrededor de su ombligo. Esta vez sí hincó un poco más y cortó la piel. La hoja estaba fría. Franz se mordió los labios.

Otro golpe fuerte llegó desde el exterior.

Sólo uno se volvió.

El portón saltó hacia atrás y un chorro de luz inundó la furgoneta.

Los tres hermanos que estaban sentados se incorporaron como por un resorte y buscaron sus armas por el suelo.

En el umbral de la puerta apareció Brigitte con sus dos pistolas apuntando hacia dentro.

Un estruendo de disparos, casi en ráfaga por sus rápidos dedos, atronó en el estrecho espacio de la furgoneta. Franz creía que sus tímpanos iban a estallar. Las balas silbaban por todas partes, acompañadas de golpeteos en chapa y cristales rotos.

El tipo calvo del cuchillo cayó a sus pies con la tapa de los sesos abierta. Todavía se movía, pero ya no sería una amenaza.

A medida que la furgoneta se llenaba más y más de humo y olor a pólvora, Franz se agitaba desesperadamente para librarse de sus ataduras, pero sin conseguirlo.

Uno de los tipos alcanzó su AK-47 y, clavando la rodilla en tierra, disparó a ráfagas cortas contra Brigitte. Ésta saltó a tiempo hacia atrás y desapareció por un lado.

El hermano se incorporó y salió corriendo detrás de ella.

En la furgoneta quedaban el calvo estremeciéndose en el suelo boca abajo, otro de rodillas sangrando a través de ambos cristales de su máscara emitiendo un gruñido agudo y otro rebuscando a toda velocidad entre el montón de trastos y basura. El herido estaba sentado y trataba de estirar su único brazo hacia el umbral de la puerta.

Franz seguía agitándose con todas sus fuerzas. El hierro del que colgaba crujía a veces, pero no parecía inmutarse.

El tipo encontró lo que buscaba: una escopeta de cañones recortados. La sopesó, comprobó que estaba cargada y salió disparado por el portón.

El rumor de los tiros se iba haciendo cada vez más lejano, como si los contendientes se alejaran. Franz se vio aún más inútil, allí encerrado con aquellos moribundos pero sin poder moverse.

Se concentró en hacer aún más fuerza y cuando creyó que sus sienes y sus ojos iban a estallar el hierro cedió y sus manos se soltaron. Cayó cuan largo era sobre el maloliente jubón del calvo. Su cara quedó a escasos centímetros de la piel de la nuca de aquel tipo y pudo ver con todo detalle sus cicatrices, manchas y bubas.

Sus pies aún estaban atados, así que giró como pudo con la espalda a punto de partírsele y alcanzó el cuchillo serrado que había estado preparado para sus tripas. Rascó a toda velocidad los alambres que le mantenían preso (que se le habían clavado en la carne y le hacían sangrar) hasta que pudo arrancarlos.

Estaba libre.

Cuchillo en mano se lanzó hacia la puerta y, cuando estuvo en el umbral, algo le cogió por un tobillo.

El hermano herido seguía dando buen uso a su único brazo y le hincaba las uñas donde se le habían clavado los alambres.

Sin dudarlo, descargó el cuchillo contra la muñeca del tipo. Estaba tan afilado que Franz ni siquiera sintió que la carne, tendones y huesos ofrecieran resistencia.

Ignorando el ahogado gruñido de dolor del hermano, saltó fuera de la furgoneta. La mano cortada usó su inercia para volar un poco más lejos y caer contra el asfalto de la carretera con el chapoteo de un pulpo muerto.

La luz del sol le hería los ojos y no veía nada, así que se tiró al suelo y volvió la cabeza hacia donde venían los tiros.

Unos instantes más tarde empezó a distinguir lo que ocurría: Brigitte estaba oculta detrás de una piedra en la cuneta y disparaba una vez cada segundo: uno de los hermanos estaba tendido inmóvil boca arriba, con los brazos en cruz, y el otro estaba tumbado boca abajo disparando ráfagas con su AK-47. También había tenido tiempo para coger una mochila llena de cargadores, de los que reponía munición una y otra vez.

El que ahora estaba muerto había salido con una escopeta, recordaba Franz, pero no la veía por ningún lado.

No dudó más; se incorporó y echó a correr hacia él. Tomando carrerilla,

saltó y cayó con los dos pies sobre la espalda del hermano.

Sus huesos crujieron, pero no emitió ningún sonido: solo soltó el arma y

trató de volverse para entender lo que ocurría.

Franz le ayudó de un empujón y, cuando estuvieron cara a cara, le clavó el enorme cuchillo en medio del pecho. El tipo gritó, pero a través de la máscara solo se oía como un murmullo.

Con la mano libre, mientras mantenía el cuchillo clavado, Franz agarró el

filtro de la máscara antigás del hermano y empezó a tirar hacia sí.

Aquello parecía dolerle aún más que la puñalada porque sus brazos se agitaban aún más desesperadamente y el chillido era más audible.

Franz apretó los dientes y tiró y tiró. Finalmente, la careta se desprendió

de la carne del tipo, arrastrando gran cantidad de tejido blando tras ella, incluyendo la lengua y los ojos, que permanecían pegados al metal oxidado.

Franz continuó levantando la máscara hasta que todos los nervios, vasos y tendones que estaban adheridos se despegaron.

Franz lanzó la careta lejos. El rostro del hermano parecía un pastel de carne amorfo y crudo. Ya no se movía.

Brigitte ya estaba a su lado. Franz se incorporó.

—Muy oportuna —le dijo Franz, apenas sin aliento.

—Gracias. Ya sabes, soy una Mary Sue, los Deus Ex Machina son nuestra especialidad.

—Me hubiera gustado sacarles algo de información a estos hijos de puta, pero creo que así está bien.

—No tenían pinta de hablar mucho —respondió Brigitte.

—Lo siento; perdí tus gafas en San Gimignano.

—Creo que se lió una buena por allí.

—Pues sí. Allí me encontré…

—Siento interrumpirte: se acercan más de estos, estarán al caer.

—¿Cómo has venido?

—En eso —señaló un Mercedes SLS plateado, aparcado en la cuneta.

—Vámonos, pues —dijo Franz.

Brigitte accionó el mando a distancia y las puertas en forma de ala de gaviota se abrieron como si fuera a echar a volar.

—Qué bonito.

Entraron en el coche, se calaron los cinturones, Brigitte puso en marcha el motor y los 571 caballos atronaron.

—Como me imaginaba que tendrías hambre, te he comprado algo de camino aquí. Lo tienes ahí, en la guantera.

Franz la abrió y encontró una hamburguesa con queso, beicon y salsa de curry envuelta en papel y una lata de cerveza Nastro Azurro helada de dos tercios de litro.

—Te quiero. Lástima que no seas real.

—Ya sabes. Nadie es perfecto.

El Mercedes se deslizaba por la autopista como si volase. Brigitte le concedió unos minutos para que engullera como un condenado a muerte y finalmente dijo:

—Me acompañarás a ver a Didier, ¿verdad?

—Supongo que te lo debo. Sobre todo por esto —dijo Franz con la boca llena, alzando la lata de cerveza y el menguante trozo de hamburguesa.

—No tardaremos.

Rodearon Florencia, Génova y San Remo y cruzaron la frontera de Francia con destino a Niza, aunque Franz se durmió bastante antes de llegar a Lucca. Al pasar junto al desvío a Roquebrune-Cap-Martin se despertó y se disculpó por estar llenando la tapicería con la sangre que manaba de sus múltiples heridas, pero Brigitte le dijo que el cuero se limpiaba bien y eso le tranquilizó lo suficiente como para volver a dormirse.

Franz abrió los ojos con el ruido del freno de mano. El motor quedó en

silencio.

—Hemos llegado.

Las puertas se abrieron y salieron del coche. Franz se desperezó y pudo ver cómo la enorme reja de la mansión de Didier en Niza se cerraba, dejándoles a él y a Brigitte dentro. Junto a ellos había aparcados un Jaguar XK y un Bentley Continental.

Las fuentes emanaban un tranquilo murmullo de agua y unas rosas casi negras esparcían su olor por los jardines impecablemente cuidados. Los chasquidos de los aspersores sonaban por todas partes.

El sitio tenía bastante más glamour que la furgoneta de la muerte de la Hermandad de los Caballeros, pero Franz no se sentía mucho más seguro allí: Didier era un puto depravado que le odiaba con toda su alma y aquel palacio era en realidad una fortaleza inexpugnable.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Octubre 2016