Franz se arrepentirá de todo: Cap. 59

 

Por Ángel Ortega

—Es el último barril —dijo el camarero—. No sé cuándo voy a conseguir otro: mis proveedores ni me cogen el teléfono.

El camarero, un tipo soñoliento, con la cabeza rapada y un piercing en la nariz, cogió la cerveza que había estado reposando un instante, le quitó parte de la espuma con una espátula de plástico y terminó de rellenarla, muy despacio.

—Al menos está fría: hace dos días que hay electricidad de nuevo —añadió mientras ponía la jarra delante de Franz.

—Gracias.

—No hay de qué, colega.

Franz cogió la jarra de cristal, se la llevó a la boca y la llenó del ansiado líquido. Lo mantuvo allí, paseándolo de un lado de la lengua a otro, saboreándolo lo más posible. Estaba fresco y tenía un penetrante aroma a cereales. Finalmente tragó y exhaló.

Sabía que disfrutar de aquel manjar era algo que no volvería a hacer en mucho tiempo, ya que la civilización había quedado medio destruida por todos los cataclismos que la habían sacudido. Sin duda, seguirían algunos años oscuros de conflictos y complicaciones que se llevarían a muchos y favorecerían a otros. Pero Franz no estaba preocupado; no era su estilo. Saldría adelante.

—Yo no entiendo nada de lo que ha pasado, tronco —dijo el camarero, que parecía algo fumado—. Un día todo está bien, y de repente todo se ha ido a la mierda.

Franz miró a su alrededor: el estado del bar en el que estaba era bastante aceptable, sólo algunos cristales rotos y la extraña curva del techo eran testigos de la catástrofe. Por otra parte, el sitio ya había sido muy cutre antes, por lo que la decadencia se notaba menos.

—Pues tú no te puedes quejar, tío —dijo Franz, haciendo un recorrido con la mano señalando el local.

—Bah, qué dices —añadió el colgado—. Cuando me quede sin nada que servir, el jefe me largará y chapará esto. Y luego ya ves, tronco, sin curro otra vez, a pelear las calles y eso.

—Ya.

La campana de la puerta emitió un tintineo.

—Coño, vaya pava —dijo el camarero en voz baja.

Franz se giró en su taburete y miró hacia la puerta. Dos figuras entraron: el que iba delante era un tipo alto y guapo, con los ojos claros y escandalosamente maquillados, cubierto hasta arriba de un abrigo de pieles del que sólo asomaban unas mallas de cuero ceñidas y unos zapatos de plataforma. Detrás iba una mujer escultural, de rasgos afilados y el pelo recogido en una cola de caballo, vestida con un top que mostraba un vientre como esculpido en mármol y un pecho grande y firme, pantalones muy cortos y en la parte inferior de sus interminables y musculosas piernas rematada con botas militares.

Franz dio otro trago de cerveza según les contemplaba.

—Hola, Brigitte. Hola, Didier.

—Hola, Franz —dijo Didier, con su penetrante voz de barítono—. Es impresionante que sigas vivo.

—Hago lo que puedo. Veo que vosotros también os habéis librado de la purga.

Didier dio un paso y Brigitte se quedó atrás, cruzada de brazos. El camarero, con la boca abierta, no le quitaba ojo.

—Cuando todo se puso feo, nos retiramos a mi refugio de seguridad.

—Qué valiente —dijo Franz.

—Sé todo lo que has hecho. Ha sido increíble —continuó Didier—. Y aunque no se puede comparar conmigo —señaló a la Mary Sue—, tu creador ha trabajado duro. No estás muy logrado en algunos aspectos, pero has conseguido muchas cosas. ¡Y en tiempo récord!

—Vete a la mierda, Didier. ¿Qué quieres?

—Van a ser días difíciles, Franz Hauzman. La gente se va informando, y están a la caza de Wong Antoine Wang, el presidente del mundo, por alta traición. Pero no le soltarán sin pelear, hay muchos intereses en juego. Todas las fuerzas, las oscuras y las otras, están desestabilizadas y habrá pugnas por el poder. Muchos se quedarán sin nada. Es el momento de tomar decisiones.

—¿Quieres ir al grano? —dijo Franz, bebiendo de nuevo de su jarra.

—Ahora eres famoso. Bueno, la gente normal no tiene ni puta idea de quién eres, pero los que importan saben lo que has hecho. Así que vengo a pedirte que te unas a mi equipo.

—¿Me estás ofreciendo trabajo, Didier?

—Eso es, cabeza dura. Eres un tipo valioso. Tus decisiones han sido cuestionables a veces, pero has sido competente y necesito gente así.

—Vaya, gracias. Podría decir que me honra y eso, pero no lo haré. ¿Currar para ti? No sé. Es lo más raro que he oído en mi vida.

—Piénsatelo. Y sería gilipollas por mi parte no ser consciente de que muchos otros vendrán a ofrecerte lo mismo. Sé que al menos Popescu y otro tipo de Rusia al que no conozco andan pensándolo y no tardarán en contactar contigo. Me da igual lo que te ofrezcan: yo lo superaré con creces.

Franz no supo qué decir y se limitó a beber otra vez.

Didier se le acercó aún más y le tiró de la barba de varios días. Franz le agarró de la muñeca. Didier frunció el ceño pero inmediatamente sonrió.

—Y sin rencores, ¿eh? Nuestros asuntos quedan zanjados —dijo Didier.

—Lo pensaré —dijo al fin Franz, muy serio.

—Eso está muy bien —dijo Didier—. Ya sabes dónde encontrarme. Vámonos, Brigitte.

Didier hizo amago de irse.

—Ah, se me olvidaba —le dijo, de medio lado—. Tú no sabrás qué fue del bloc de notas, ¿verdad?

Franz alzó las manos.

—Ni puta idea.

—Lo suponía —sonrió—. Ahora sí, Brigitte.

Didier se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Brigitte se acercó a Franz, sacó de la funda una de sus pistolas y se la tendió.

—¿Por qué me das esto? —dijo Franz.

—Por si acaso. Ya me la devolverás si nos volvemos a ver —dijo ella.

Brigitte sonrió con media boca y le dio un cachete. Inmediatamente después giró sobre sus talones y aceleró el paso para alcanzar a su jefe, que ya estaba en la calle.

—¿Quién era esa tía, tronco? Joooder —dijo el camarero, que se había encendido un porro.

—Una amiga, creo —dijo Franz, sin quitar la vista de la puerta, que se cerró dando un portazo.

—Pues mira, tío, ya tienes curro —le dijo el camarero—. Debes ser bueno en lo que haces y eso. Hasta te vienen a buscar.

—¿Trabajar con ese chiflado? No sabes lo que dices.

—Es curro, colega. Ya es más de lo que tendremos muchos en unos días.

—Bueno, visto así… —dijo Franz, bebiendo de su cerveza.

Se metió la mano en el bolsillo para pagar al camarero y se tropezó con el teléfono móvil que había encontrado en el aparcamiento de San Gimignano. Lo sacó y lo miró: después de haber cargado con él casi todo el tiempo, no le había servido para nada, así que Chejov no tenía razón. Lo tiró a la papelera.

La puerta volvió a tintinear. Una forma grande y fea atravesó el umbral. Era una especie de híbrido de murciélago y hombre con cara arrugada, orejas de punta y alas deformes.

—Por fin te encuentro, Franz Hauzman —dijo el Iskopla.

Franz se giró para dejar la cerveza sobre el mostrador, sin dejar de mirarle.

—¿No te has enterado? —le dijo al monstruo—. La guerra ha terminado. Puedes olvidarme.

—Nunca olvidaremos el daño que has hecho a nuestra gente.

—Pues a la mierda —dijo Franz. Alzó la pistola de Brigitte y disparó repetidas veces, vaciando el cargador en la cara y torso de la criatura, que fue desmoronándose de lado mientras la carne le explotaba allí donde las balas le alcanzaban.

El humo y el eco de los tiros se disiparon. El ser quedó inerte junto a la puerta, en una postura imposible. Franz aún mantenía la pistola apuntándole. Algunas cosas no acabarán nunca, pensó.

—Hostia puta —dijo el camarero, con los ojos como platos y el porro en la comisura de la boca—. Te has cargado a un Iskopla.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Agosto 2017

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