Franz se arrepentirá de todo: Cap. 36

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Por Ángel Ortega

Franz se había encontrado otras veces con fístulas de la realidad. Se trataba de pequeños pasillos, accesos a través de armarios, habitaciones inesperadas, que un buen día aparecían sin que nadie supiera cómo. Solían acompañar a grandes cataclismos del tejido espacio-temporal como el que estaba ocurriendo ahora, pero en otras ocasiones se producían sin más, en momentos y lugares tranquilos.

No siempre eran nefastos; de hecho, lo habitual es que fuesen eventos inocuos, a los que Calatrava llamaba «innecesarios». Una habitación de más, un nuevo acceso a la buhardilla, un juego adicional de llaves. La nueva sala o el nuevo objeto no solía tener nada de particular. Si se trataba de pasillos, a menudo eran simplemente callejones sin salida. Si eran nuevas estancias, solían acabar siendo usados como escoberos o almacenes de trastos, porque siempre quedaba la duda de si, de igual forma que habían aparecido, un día desaparecerían, llevándose con ellos todo lo que había dentro.

Otras veces, sin embargo, habían traído grandes desgracias. Muchos niños se habían perdido detrás de fístulas y nunca se había vuelto a saber de ellos. Algunas se habían tragado familias enteras, o incluso a todo el departamento de recursos humanos de una empresa de servicios informáticos en Madrid en un episodio especialmente lúgubre.

Franz estaba dentro de una fístula de la realidad. Aunque estaba a cubierto del derrumbamiento de la mansión de Gabriel Figueroa, en Coimbra, era difícil saber si la situación había ido a mejor o a peor.

Frente a él había un pasillo angosto, de paredes húmedas y desiguales, como si estuviese excavado en la roca. No había puntos de luz reconocibles, pero no estaba completamente a oscuras: la propia piedra parecía tener una fosforescencia peculiar y cambiante. En el suelo había unas vías, con traviesas ocasionales. Tenía el aspecto de una mina.

Era imposible saber si había alguna presencia más que pudiese suponer una amenaza. La irregularidad de las paredes hacían propicia una emboscada. Y llevaba encima nada más que el dinosaurio de plástico, que resultaría totalmente inútil como arma.

En caso de necesidad, solo tendría sus manos.

Echó a andar, siguiendo los raíles. El silencio era casi total, apenas roto por algún goteo y el crujir de sus pasos en la gravilla.

Miró atrás. La puerta que había cruzado se había desdibujado en la penumbra.

Escuchó un clic-clic. Paró la marcha para averiguar de dónde venía, pero el ruido inmediatamente cesó.

Continuó. Después de otros cuantos pasos, lo volvió a oír. En cuanto se quedó inmóvil, el sonido desapareció.

Permaneció allí varios minutos, a la espera de que el fenómeno se repitiera.

No ocurrió nada.

Silencio.

Alguna gota.

La fosforescencia cambiante de las paredes se atenuó hasta casi desaparecer. La oscuridad total le envolvió.

Una pequeña brisa sopló un instante.

Después, nada otra vez.

La iluminación creció de nuevo. Nada había cambiado. Paredes de piedra y raíles.

Volvió a andar, más despacio, tratando de hacer el menor ruido posible.

Llegó a un cruce de vías. A su izquierda había una abertura apenas suficiente para que entrase un hombre andando a gatas, sumida en la más completa oscuridad. Los raíles salían de allí, se cruzaban con el camino principal y se hundían en la roca, justo a la derecha. Franz inspeccionó cómo los carriles de hierro estaban incrustados en la piedra. La galería no se había derrumbado: simplemente era así.

Calatrava, que había sido un experto en fenómenos como aquél, decía que las fístulas eran como los sueños del mundo. Hechos de retales de cosas reales, pero unidos entre sí con costuras defectuosas.

De la oquedad oscura salía un calor húmedo.

De ninguna manera se metería ahí.

Siguió caminando. Otra vez sonó el clic-clic, pero decidió ignorarlo. La travesía ya le estaba causando ansiedad y no quería retrasarse más.

Poco a poco, el final del camino empezó a materializarse.

Aunque allí la luz enfermiza de las piedras era menor, la regularidad de las paredes, que dejaron de parecerse a las de una mina para ser más como unos muros de sillería imperfectos, demostraba que el entorno estaba cambiando.

Cada paso le internaba más y más en la oscuridad total.

Pronto se dio cuenta de que no veía por dónde andaba.

Aminoró el paso hasta que se convirtió en un tanteo con el pie izquierdo, avanzando apenas palmo a palmo. Era imposible saber si delante de él había un abismo.

Otra vez sintió un soplo de brisa que duró un instante.

Ya ni siquiera oía gotas caer.

El aire era algo más enrarecido, y tenía ese frescor mohoso de las bodegas antiguas.

Tuvo la intuición de alzar las manos. Avanzó un poco y ambas palmas tocaron una superficie plana y fría.

Se quedó totalmente inmóvil.

Palpó con cuidado, en la más absoluta negrura, tratando de averiguar qué era aquello. Era metálico, y en algunas partes aparecían las rugosidades del óxido y la corrosión. Parecía algo hecho de planchas claveteadas.

Hacia arriba llegó al límite: el metal acababa un poco por encima de la altura de sus ojos. Entre el borde y la piedra entraba el aire.

Sintió un escalofrío.

Continuó recorriendo el contorno hasta que llegó a una protuberancia metálica formada por un par de cilindros. Franz tanteó con las yemas de los dedos y encontró bultos de soldadura.

Golpeó suavemente con la palma en la superficie plana. Sonó como un gong grande y lejano.

Franz palpó la estructura que sobresalía y notó que se ajustaba a su mano. Lo movió y pareció ceder.

El clic-clic sonó de nuevo detrás de él. Dos veces.

Recorrió el objeto con ambas manos. Por fin entendió de qué se trataba.

Era un cerrojo.

Lo sujetó bien e intentó moverlo. Probablemente estaba sellado por el tiempo y la herrumbre, pero tenía que hacerlo ceder.

Apoyó los dos pies contra la pared y se colgó del cerrojo, tirando con todas sus fuerzas. Pronto solo escuchó su propio jadeo por el esfuerzo.

Paró para respirar profundamente y recobrarse.

El sonido volvió a producirse. Esta vez parecía más cercano.

Apretó los dientes y empleó de nuevo todo su empeño en mover el cerrojo. Éste se quejó con un molesto chirrido que resonó con varios ecos.

Finalmente, la estructura se desprendió de lo que la mantenía pegada y terminó su recorrido bruscamente hasta el tope. Franz se pilló un dedo y blasfemó.

Se chupó el dedo, que notó caliente, pero sin sabor a sangre, lo cual era buena señal.

Juró un poco más y volvió a dedicarse a la puerta.

La agarró por el cerrojo y tiró hacia sí. Un chorro de luz cegadora inundó la estancia. Franz aguantó un momento hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz y dejaron de dolerle. Tiró otro poco hasta conseguir el espacio necesario para pasar.

Se armó de valor y cruzó el umbral.

Lo que vio allí le dejó estupefacto.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Marzo 2017