Franz se arrepentirá de todo: Cap. 34

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Por Ángel Ortega

—Sería una tontería desperdiciarme para darme de comer al ganado —dijo Franz trabajosamente, tratando de respirar bajo la presión de la zarpa mecánica en su gaznate.

Figueroa cambió de posición y se agachó, para poder hablar cara a cara.

—Explícate —le dijo.

—Soy mucho más valioso para ti de lo que crees.

—Eso suena a táctica desesperada de supervivencia —dijo el portugués—. Demuéstralo.

—Sé que tienes un demonio esclavizado —dijo Franz— que usas, entre otras cosas, para comunicarte con Lukasz Paski.

—Es cierto. No me sirve para gran cosa, en realidad. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que sea verdad que consigue comunicarse con Paski.

Luego no se fía del demonio, pensó Franz.

Cambio de estrategia.

—Por supuesto que no —dijo Franz—. La incomunicación de Lukasz es total, en eso consiste su tortura. La Cabeza fue muy efectiva en eso.

—Bueno, ¿y qué?

—Fue parte del pacto, que nadie pudiera preguntar a Lukasz —Franz hizo un gran esfuerzo por no desmayarse.

—¿Qué pacto? —dijo Figueroa.

—El que hice con La Cabeza. Yo le entregaba a Lukasz, que le había estado haciendo la vida imposible, a cambio del bloc de notas.

—¿Qué?

Franz trató de decir algo más, pero la presión en su cuello era demasiada y finalmente se desvaneció.

Cuando abrió los ojos, no reconocía nada de su entorno. Veía un artesonado de madera oscura, con arabescos. El dolor de cabeza era demoledor. Trató de recordar, pero todo estaba confuso.

Los ojos le dolían como si le estuvieran clavando agujas.

Finalmente se acordó de la japonesa mecánica estrangulándole. El dolor de ojos y de cabeza es el clásico residuo de haber perdido el conocimiento por falta de oxígeno.

Así que estaba vivo.

Giró la cabeza buscando más información y comprobó que estaba tumbado boca arriba en un diván. Las paredes estaban forradas de libros, pero no era la misma estancia en la que había transcurrido la pelea anterior.

Justo detrás de él estaba Kiyoko, la robot de rasgos orientales, mirándole con su espeluznante media sonrisa, su cuerpo bien torneado y su piel hecha de aquel plástico pulido tan reflectante.

Según la vio, Franz no pudo evitar sentarse de golpe para ponerse a cubierto. La cabeza se le fue un instante, como si fuera a desmayarse de nuevo, pero aguantó.

—Ya vuelve en sí —dijo una voz que le resultó familiar. Hizo otro esfuerzo mental y recordó que era la de Figueroa, el mafioso portugués con el que había ido a negociar.

Se oyó un rugido, suave pero extremadamente grave, que venía del fondo de la habitación, de una parte que él no podía ver.

—Despierta, Hauzman —dijo Figueroa—. Tenemos que retomar la conversación.

¿Qué conversación?

—Me va a estallar la cabeza —dijo Franz.

—Ya, ya. Estabas hablándome de Lukasz.

—Sí… —todo era como una nube difusa para Franz.

—Por favor, Hauzman, haz lo que dice —dijo otra voz… Greyland.

Miró hacia el origen de la voz y pudo ver al fondo de la habitación dos figuras: una de ellas era Greyland, encadenado por el cuello a la pared, sentado en el suelo sangrando por una pierna. A una distancia de un metro y medio de él estaba, también encadenada por el cuello, una criatura vagamente humanoide, con la piel de color marrón rojizo y toda marcada de tatuajes y cicatrices que formaban intrincados dibujos. Tenía un hocico de perro, con un par de colmillos mucho más grandes que el resto y unos cuernos rudimentarios. Estaba estirado todo lo que podía y con su zarpa derecha trataba de agarrar a Greyland, arañando el suelo en cada intento.

El rugido que antes había escuchado provenía de aquel bicho. Era un demonio. Del más bajo rango, pero un auténtico ser del averno. Franz había visto muchas veces a aquellos cabrones. No son un enemigo invencible pero te pueden complicar mucho la vida.

—Vaya, ése es tu demonio —dijo Franz—. Pensé que sería alguien más importante.

Figueroa hizo un gesto raro con la mano derecha, como si se colocara un reloj de pulsera pesado que le estuviera demasiado grande.

Lleva algo ahí, pensó Franz.

—Kiyoko, mi huésped no me hace caso. Por favor, llama su atención —dijo Figueroa.

Kiyoko empezó a acercarse a Franz.

—¡Vale, vale! ¡Sí, estábamos hablando de Lukasz! —dijo Franz, incorporándose.

—Está bien, Kiyoko —y la robot paró inmediatamente.

Franz trató de recordar qué patraña le estaba contando a Figueroa. Los recuerdos eran como cristales viajando por los conductos neuronales.

—Así que tú vendiste a Lukasz a La Cabeza, ¿no? —dijo Figueroa, con impaciencia.

—Sí —por fin Franz pudo recordar y siguió con sus mentiras—. Sí. Ése fue el pacto. Avisé a La Cabeza de que Lukasz iba a ir a destruirla a cambio de que me entregara el bloc de notas.

—Bien, todo parece cuadrar. Y entonces, ¿dónde está el bloc de notas?

Franz dudó un segundo.

—Lo tengo yo. Escondido, claro.

—Pues entonces has venido a mi ofreciéndome el trato incorrecto —dijo Figueroa—. Entrégamelo. Dime dónde está y te presto el Monoclonius el tiempo que quieras.

—No me fío de ti —dijo Franz—. Eres un cabrón arrogante que juega sucio.

—Está bien. Si yo no puedo convencerte, Kiyoko lo hará, que es bastante persuasiva.

—Alto —improvisó Franz—. Mi compinche tiene orden de, si no vuelvo con él antes de las siete de la tarde, destruir el bloc de notas.

Figueroa trató de ocultar la sorpresa.

—Mentira.

—¿Quieres arriesgar? —le provocó Franz.

—¿Qué compinche? —dijo Figueroa.

—Pues, ¿quién va a ser? —dijo Franz—. Fabrizio.

—¿Fabrizio y tú estáis en esto juntos?

—Pues claro.

—Eso explica muchas cosas… —Figueroa juntó las manos en la espalda y empezó a caminar dando vueltas sobre sí mismo, como si eso le ayudara a pensar.

—También está Calatrava con nosotros —dijo Franz.

En cuanto escuchó el nombre, el demonio perdió el interés en intentar comerle una pierna a Greyland, giró sus orejas puntiagudas y miró a Hauzman.

Inmediatamente se lanzó hacia él, dando un fuerte tirón de la cadena cuando ésta se tensó. La argolla crujió y unas motas de arenilla cayeron.

—¡Calatrava! ¡He oído Calatrava! —dijo el demonio, con una voz tan grave que casi parecía de película de serie B.

Rugió sonoramente y abrió su bocaza en dirección a Hauzman.

—Tú eres Hauzman, blanducho —los demonios solían llamar blanduchos a los seres humanos—. Muchos de nosotros darían un brazo por hincarte el diente.

—Cállate, sabandija del averno —dijo Figueroa, y al señalar al demonio, Kiyoko se acercó hacia él con paso rápido. El demonio reculó, sin dejar de mostrar sus dientes como un lobo acorralado. Cuando topó con la pared, la robot no avanzó más y se quedó allí, con las piernas medio flexionadas, en posición de ataque.

—Veo que has cabreado a más de uno —dijo Figueroa—. Sus motivos tendrán. Y ahora volvamos a lo que estábamos tratando.

—Quieres el bloc de notas —dijo Franz.

—Eso es. Y tú me lo vas a entregar.

—Renegociemos: tú me prestas el dinosaurio de plástico y a la vuelta te entrego el bloc de notas.

—Como te he dicho, Fabrizio lo tiene a buen recaudo. Y como ya sabemos lo que pone, ya no nos hace falta, así que tiene orden de destruirlo.

—¿Cómo que ya sabéis lo que pone?

—Pues… eso.

He metido la pata, pensó Franz.

—Estás tratando de ganar tiempo, ¿verdad?

Mierda. Entendido. Lo importante del bloc de notas no es lo que tiene escrito. Es LO QUE SE PUEDE ESCRIBIR.

—He dicho «lo que se puede poner».

—¿Qué?

—Sí. Fabrizio ha descubierto el truco y ya no nos hace falta el bloc de notas.

—Joder. ¿Y cuál es el truco?

—A mí no me lo ha dicho —cada nueva invención sobre la marcha hacía que la cabeza de Franz estuviera aún más cerca de estallar—. Supongo que se lo querrá guardar hasta que todo termine. Si yo lo supiera tampoco se lo habría contado a nadie.

—Ya —dijo Figueroa, y volvió a sacudir su mano derecha—. He oído hace tiempo que Fabrizio es un hombre muy versado en esos temas.

—No lo sabe usted bien —dijo Franz.

—Maldita sea, tantos años estudiando mis libros prohibidos y en ningún sitio he conseguido encontrar dónde está la magia que maneja el bloc de notas.

—Quizá no ha buscado en los libros adecuados.

—No puede ser. Los tengo todos. Tengo el «Demonolatreia», en una transcripción de 1288. Tengo el «Naturum ex Mortes», aunque incompleto. Tengo «La Séptima Rapsodia», recopilada hoja a hoja. Tengo dos copias del «Delectatio Demonorum», con la diferencia en las seis últimas páginas que comentó Mstislav el Apóstata en su última carta. Y el «Antichthon Universalis». Y los «Fragmentos de Pentesilea». Y en ninguno cuenta nada sobre el mecanismo del bloc de notas.

Menudo memo, pensó Franz. De toda aquella ostentosa enumeración, solo «La Séptima Rapsodia» era realmente un libro peligroso, el resto eran gilipolleces vacías de contenido.

Figueroa señaló a Franz, Kiyoko se dio la vuelta y en dos pasos se puso frente a él, cogiéndole de la muñeca y retorciéndosela.

—¡Ay! ¡Hijo de puta, dile que me suelte!

—¿Dónde ha aprendido Fabrizio todo eso? ¡Contesta!

—¡Ay! —Franz se retorció para intentar aliviar la presión en su brazo—. Lo leyó en el «Manuscrito hallado en el culo de tu prima».

Figueroa se acercó a Franz y, aprovechando que estaba inmovilizado, le dio un puñetazo en toda la nariz. No fue muy fuerte, pero al ser tan directo le hizo mucho daño.

Franz cerró los ojos y siguió viendo las estrellas.

Jodido cabrón, cuando te pille…

Figueroa hizo otro gesto con la mano y Kiyoko soltó. Franz cayó al suelo cuan largo era. Oyó otro rugido y el ruido de la cadena que sujetaba al demonio al tensarse bruscamente.

—Se lo enseñó Calatrava —dijo Franz entre dientes, pero suficientemente alto como para que el demonio lo oyera.

Éste rugió y forcejeó con sus ataduras otra vez.

—Por mucho que me pegues, no vas a cambiar nada —dijo Franz—. No sé qué hora será, pero no quedará mucho para que Fabrizio destruya el bloc de notas. Déjame ir de una puta vez.

Se incorporó como pudo, tambaleándose.

El demonio estaba cada vez más furioso, dando dentelladas hacia ellos. Miró a Greyland y estaba tan encogido en la esquina que parecía ser la mitad de pequeño.

Kiyoko estaba a dos pasos de él.

Figueroa a solo un paso.

—Me entregarás el bloc de notas cuando…

Franz interrumpió a Figueroa en medio de la frase cuando dio de repente un salto y le cogió por las solapas de la americana. Éste abrió mucho los ojos, pero estaba completamente desprevenido, así que Franz giró sobre sí mismo, arrastrándole con él. Volvió a hacerlo como en unos ridículos pasos de baile y aprovechando la inercia lanzó al portugués hacia el demonio.

Kiyoko reaccionó y golpeó a Franz en el hombro, derribándolo contra el suelo.

El demonio lanzó las zarpas hacia Figueroa y le sujetó por un brazo.

—¡Aaaah! —gritó— ¡Kiyoko, déjale, sácame de aquí!

Kiyoko, que estaba a punto de descargar su mecánico puño contra la cara de Franz indefenso en el suelo, se incorporó y se lanzó a defender a su dueño.

El demonio la vio acercarse y tiró de Figueroa hacia atrás, clavándole las uñas aún más en el brazo. Kiyoko se plantó ante él y le sujetó por el otro brazo y dio un tirón.

—¡Aaaah! ¡No! —gritó Figueroa.

Kiyoko le soltó, hecho que el demonio aprovechó para retroceder aún más con su presa hasta topar con la pared. Greyland gritaba como loco.

Franz se incorporó y flexionó las piernas, vigilando la escena, esperando un posible ataque de alguna de las partes.

Kiyoko se lanzó hacia el demonio y le sujetó por el cuello. Estrujó con fuerza, pero el collar de perro que sujetaba a la bestia le protegió. El demonio soltó a Figueroa y empujó a Kiyoko con sus dos zarpas, tratando de alejarla de sí. Las fuerzas estuvieron equilibradas durante una fracción de segundo, en que la japonesa mecánica cambió de estrategia y alzó un brazo por encima de la cabeza de su oponente para tratar de estrangularlo.

Franz echó a correr hacia Figueroa, que trataba de levantarse, y le arrastró lejos del alcance de la batalla. Tenía los brazos y la cara ensangrentados. Las gafas rotas le colgaban de una oreja.

Los dos combatientes rodaron y cayeron al lado de Greyland, que estaba de pie y casi intentaba trepar por la pared.

Se oyó un fuerte ruido metálico y la cadena que apresaba al demonio se liberó de la pared.

Figueroa parecía en shock; Franz tiró de él un poco más, alejándole de algún posible golpe fortuito.

El demonio cogió la cadena para usarla como arma, pero Kiyoko, que ya se había dado cuenta de que su oponente estaba libre, la sujetó por el otro lado, tirando de él. Volvieron a rodar, y durante un instante se convirtieron en una masa irreconocible de colores rojos y blancos.

Kiyoko había soltado al demonio. Éste, viéndose libre, se lanzó hacia Figueroa de un salto casi felino. Cayó sobre él, sus gafas terminaron de volar por los aires, y le clavó los colmillos en el muslo.

Kiyoko giró de nuevo, sujetó la cadena por el extremo libre y tiró de ella. El demonio trazó una parábola por el aire y se estrelló contra una de las librerías, que cedió bajo su peso, así como la pared que había detrás, desapareciendo momentáneamente entre el estruendo y una nube de polvo.

Figueroa trató de incorporarse como pudo; Franz le ayudó.

El demonio surgió de entre el polvo y saltó sobre ellos. De nuevo, Kiyoko frenó el ataque tirando de la cadena y haciendo que la criatura del averno se quedase congelada en el aire para caer inmediatamente después. Aquello debió enfadarle porque, por primera vez, se volvió hacia la japonesa mecánica y la golpeó con el hombro. Ambos rodaron como un cuerpo y desaparecieron por el agujero de la pared.

Franz y Figueroa se quedaron quietos un instante, esperando qué más podía ocurrir.

—¡Soltadme! —gritó Greyland, del que apenas se adivinaba su silueta entre la nube que se iba disipando.

Franz se volvió hacia Figueroa y le puso una de sus caras de furia incontenible. Figueroa dio un paso atrás, mostrándole las palmas. Franz se lanzó a por él, le sujetó con las manos por los hombros y le dio un rodillazo en los huevos. Figueroa se colapsó y cayó de rodillas, quedándose en silencio con los ojos en blanco.

Franz metió la mano en un bolsillo de la chaqueta del portugués, buscó, hizo lo mismo con el otro y sacó unas llaves. Con un tintineo se las lanzó a Greyland.

—¡Lárgate de aquí! —le gritó Franz.

Y volviéndose a Figueroa, dijo:

—Muy bien, petulante hijo de puta. Ahora me vas a dar el jodido dinosaurio de plástico. Y no me cabrees más.

Indice de capítulos

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