Franz se arrepentirá de todo: Cap. 31

iconoslecturasDisfrútalo en tu e-Book: Click y accede a cualquiera de estos formatos.

Por Ángel Ortega

Al poco tiempo de salir de la carretera comarcal e incorporarse a la autopista, Greyland se quedó dormido con la cabeza torcida hacia un lado. Un hilillo de baba le caía por la barba rala hasta el hombro, manchando aún más su camisa. Ya que el coche iba sin capota, su escaso pelo se agitaba al viento como loco.

Por la autopista se cruzaron con algunos turismos y vehículos militares. Tuvieron que adelantar a un larguísimo convoy de camiones y carros oruga que les miraban con gesto serio. Al ser tantos efectivos, seguro que se dirigían a alguna nueva catástrofe de la que aún no tenían noticia.

A unos quince kilómetros de Coimbra Franz dio un par de bofetadas a Greyland para que se despertara.

—¿Qué? ¿Qué?

—Arriba, bella durmiente. Ya estamos a punto de llegar —dijo Franz.

—Ah, bien. Creo que me he quedado dormido.

—Sí. A ver, háblame del tipo que vamos a ver.

—Claro, el tipo al que vamos a ver. Se llama Figueroa. Es una especie de mafioso local. Como te he dicho, llevaba a algunos de sus enemigos al pozo de Babel para sacarles información y luego los tiraba allí de todas formas. Es un mal bicho.

—Un mafioso, ¿eh? Seguro que vive en una fortaleza.

—Sí —dijo Greyland—. En un palacio en las afueras. Yo estuve allí un par de veces. El tío organiza misas negras y fiestas parecidas. Ya que yo sabía cosas del infierno, me invitaba a dar charlas a sus compinches y a gente con la que tenía negocios.

—Tiene pinta de que nos vamos a divertir —dijo Franz, con el gesto torcido.

—La colección de cosas raras que hay allí te gustará. Tiene también un montón de libros prohibidos, ya sabes, Necronomicones y así. Ya verás, te va a encantar.

—Sí, seguro que es la monda.

—Una de las veces le hablé de ti —dijo Greyland, bajando la voz.

—¿Qué?

—Sí, el tío sabía un huevo de cosas sobre Lukasz Paski y sobre aquel embrollo con La Cabeza.

—Joder. ¿Hablas de mí a todos los cabrones locales? —dijo Franz.

—Bueno, tío, me preguntó, así que algo tenía que contar. Si no, vete tú a saber qué se le hubiera ocurrido hacerme. Es un puto chiflado.

—Es decir, que vamos a ver a un tío loco que colecciona objetos imposibles y que sabe toda la historia de la cagada de Lukasz con La Cabeza.

—Bueno, no exactamente —dijo Greyland, bajando aún más la voz—. Yo le conté que Lukasz solo había aparecido por allí pero que todo el trabajo lo hiciste tú.

—Joder, Greyland, eres la hostia —dijo Franz, elevando la voz y soltando las manos del volante durante un segundo—. ¿Y por qué cojones vas por ahí inventándote historias?

—¡No sé, tío! Figueroa se creía que lo sabía todo sobre aquello y yo simplemente le conté otra cosa para… no sé… para ganar puntos.

—¿Qué puntos? ¿De qué cojones estás hablando? —bufó Franz— ¡Maldito colgado! Me están entrando ganas de abrir la puerta y tirarte a tomar por culo de aquí.

—¡Joder, Hauzman, no te mosquees! No pasa nada, tío, le cuentas todo lo que pasó como pasó y ya está, seguro que te escucha. Le encanta oír chorradas. Es como si las coleccionara.

—¿Y por qué tanto interés en esa historia? ¿Qué cojones importa todo aquello? Hay otras cosas mucho más relevantes.

—Pues no lo sé, pero el tío estaba recopilando todo, documentos, restos, objetos. Creo que también busca el bloc de notas.

—¿Qué bloc de notas? —dijo Franz.

—Ya sabes, el que todo el mundo busca. El que tenía La Cabeza cuando Lukasz y tú fuisteis a por ella.

—No tengo ni idea de qué me hablas.

—Joder, Hauzman, dices de mí, pero tú sí que no te enteras de nada. ¿De verdad que estuviste con Lukasz en aquella pelea?

—Todavía te tiro del coche en marcha como me sigas cabreando.

—Coño, Hauzman, Lukasz fue a destruir a La Cabeza para quitarle un bloc de notas —dijo Greyland.

—A mí me dijeron que La Cabeza era una amenaza, pero no me contaron nada más. Fue algo inesperado, tenía que ir Fabrizio a ayudar a Lukasz, pero no sé qué le pasó que Calatrava me pidió que fuera yo.

—Joder, pues yo se lo he contado a Figueroa todo al revés.

—¿Qué más sabes de ese bloc de notas?

—Nada, tío. No sé qué coño de valor tendrá un puto bloc de notas, ni para qué lo quería La Cabeza. No sé qué tendrá que apuntar en él.

—Quizá contiene alguna información interesante, o un diario, o un mapa, o vete tú a saber qué —dijo Franz.

—No lo sé. El caso es que yo no sabía nada de esto, Figueroa me lo contó, y él lo sabía porque se lo dijo Lukasz.

—¿Qué? Eso es imposible, Lukasz acabó convertido en líquido y encerrado en una botella en una ciudad de Alemania, Dresde, creo —dijo Franz.

—¿En una botella? No, es en una cantimplora. Y ya no está allí: Figueroa la compró.

—¿Figueroa tiene a Lukasz? ¡Joder! ¿Y por qué no me lo dices? —estalló Franz.

—¡Coño, Franz, te lo estoy diciendo ahora! —Greyland se cubrió la cara con el codo por si Franz continuaba sus gritos con un guantazo.

—Joder, Greyland. ¿Hay algo más que no me hayas contado?

—¡No, no, no! ¡Eso es todo!

—¿Y cómo coño habla este Figueroa con Lukasz, si es como una puta limonada en un bote?

—Creo que tiene un demonio encerrado en una mazmorra, que es el que le hace de intérprete —dijo Greyland.

—Así que también tiene un demonio encerrado.

Franz pisó el freno a tope. El Pontiac se detuvo casi en seco mientras el ABS hizo retumbar toda la estructura. Greyland, que no llevaba el cinturón de seguridad abrochado, se golpeó en el labio con el salpicadero.

—¡Aaaaah! ¿Qué coño haces? ¡Mi boca! ¡Mira, estoy sangrando! —Greyland le mostró la mano empapada.

—¡Cojones, Greyland! ¿En qué coño estás pensando? No solo he cabreado al infierno entero liberando a Calatrava, es que primero tuve que clavarle un cuchillo en el ojo a un demonio para hacerlo. ¡Joder! ¡Seguro que alguno de los duques ha puesto precio a mis pelotas y soy la prioridad máxima para todos los putos engendros del averno! ¡Y tú me llevas ante un cabronazo que es capaz de cualquier cosa con tal de conseguir cualquier memez sobrenatural y que tiene a uno de ellos encerrado que le habrá puesto al día!

—¡Coño, Franz, yo no sabía nada de eso! —Greyland se tocó el labio con la mano— ¿Le clavaste un cuchillo en el ojo a un demonio? ¿Para qué?

—Para sacarle sangre y así encontrar a… ¿Qué cojones importa eso ahora?

—No sé, supongo que con haber devuelto la cabeza de Calatrava será suficiente, ¿no? Yo qué sé, tío, todo esto es muy complicado. Joder, tenía que haberme quedado en Óbidos sacándoles la pasta a los turistas y estoy aquí jugándomela contigo. Eres un cabrón, Hauzman. Y mira, me has hecho sangre.

Franz trató de tranquilizarse. Respiró hondo varias veces. Volvió a poner el coche en marcha y siguió avanzando.

Qué importa lo que este idiota le haya contado a Figueroa, pensó Hauzman, si éste tiene a Lukasz mismo para corroborarlo o desmentirlo. Y si no lo ha hecho, es porque el demonio que tiene encerrado no se está comunicando con Lukasz y le está intentando manipular. Aquí hay algo que no cuadra. O igual le estoy dando demasiadas vueltas.

Al poco tiempo alcanzaron un cartel en el que ponía que Coimbra estaba a siete kilómetros y que señalaba una salida.

—Sal por ésta —señaló Greyland.

Llegaron a una urbanización de casas de lujo.

—Ahora por la de la izquierda. Y después es la segunda a la derecha —continuó el inglés, hablando cada vez más bajo.

Franz obedeció las indicaciones y llegaron ante un muro de ladrillo. Un portón metálico de garaje y una puerta de forja aparecían casi ocultos por la hiedra.

—Es aquí —dijo Greyland.

—Pues vamos —dijo Franz, suspirando profundamente.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Febrero 2017

Anuncios