Franz se arrepentirá de todo: Cap. 29

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Por Ángel Ortega

Cuando la cabeza estuvo en la parte más alta de la parábola, una fuerte energía pareció succionar desde abajo y la atrajo a toda velocidad, haciéndola desaparecer inmediatamente.

Franz esperó algún trueno, convulsión o risa malvada surgir del pozo de Babel, pero no ocurrió nada especial. El ritmo caleidoscópico de las luces del fondo continuó imperturbable.

Nada hacía pensar que hubiese tenido éxito, que hubiese fracasado o que hubiese supuesto ningún cambio en absoluto.

Se quedó allí mirando las luces durante un instante y salió de la habitación del pozo, cerrando la puerta tras de sí.

Cruzó una vez más los complicados pasillos de la casa y llegó a la entrada, esta vez sin perderse. Frente al hueco de la puerta había un armario volcado, pero Greyland no estaba.

Se asomó al exterior y le vio mirando hacia el fondo del callejón como hipnotizado. Cuando se dio cuenta de que Franz estaba allí, volvió en sí, entusiasmado.

—Mira, tío, se marchan —señaló—. Lo has conseguido.

—Sí, eso parece —Franz miró a ambos lados y no vio a nadie.

Miró hacia la esquina donde había disparado al tipo de los cables y supo qué sería lo siguiente.

—Pues ahora vamos a comprobar una cosa —salió y echó a andar rápido.

—¿Dónde vas? ¡Espera!

Franz llegó hasta la entrada de la bocacalle y allí ralentizó su paso, amartilló la escopeta, la alzó a la altura de su vista y dobló la esquina.

No se veía a nadie. Ni un alma, ni viva ni muerta.

Franz se agachó y tocó el suelo. Había unas cuantas gotas rosadas, como si fueran de una sangre muy diluida. Sonrió al pensar que, efectivamente, sí le había alcanzado.

Se oyó un trueno. Miró hacia arriba y vio que el cielo era de un color plomizo.

Greyland llegó.

—¿Qué buscas, Hauzman?

—Le acerté. Está herido. No puede andar muy lejos.

—¿Quién, Hauzman?

Franz bajó el arma y siguió el levísimo rastro de gotas de sangre. Una gota aquí. Dos un poco más allá.

Empezó a llover.

El rastro le llevó hasta una puerta entreabierta.

—Cuidado, Greyland. Ponte detrás de mí.

El inglés obedeció.

—¿Qué pasa, tío? ¿A quién perseguimos? ¿No se han ido ya los muertos vivientes?

—Cállate un poco, ¿quieres? —dijo Franz— Sígueme, pero calladito.

Franz volvió a poner el arma a la altura de su cabeza por si tenía que disparar. Se acercó hasta la puerta.

La empujó con el cañón para abrirla del todo. Ésta rechinó, pero no se oyó nada más.

Franz entró, muy despacio. Era un pasillo oscuro, de ladrillo visto. Había dos puertas abiertas al fondo, una a cada lado.

Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto un instante y aguantó la respiración para escuchar.

Nada.

Dio dos pasos más para inspeccionar la primera habitación y, ya a menos de un metro del umbral, oyó una tos.

Allí estaba.

Greyland entró en la casa e hizo rechinar la puerta. Franz se volvió y le miró con gesto amenazador: Greyland alzó ambas manos mostrándole las palmas y dio dos pasos hacia atrás, saliendo de espaldas.

La tos se escuchó otra vez.

Venía de la habitación a la derecha.

Muy despacio, Franz fue acercándose hasta el umbral de la puerta. Se quedó quieto un segundo. Tomó aire, cerró los ojos un instante, los abrió y se giró de repente.

El tipo de los mechones estaba allí, tumbado en el suelo boca arriba. Tenía la mano cubriéndose una mancha ensangrentada en un hombro. Sudaba copiosamente, y su piel tenía un color verdoso.

—No te muevas, hijo de puta. Levanta las manos.

El herido levantó solo una, dejando la otra sobre la mancha de sangre.

—Veo que me entiendes. He dicho las dos manos.

El tipo le obedeció. La herida tenía mala pinta.

Greyland llegó y se puso detrás de Franz.

—Coño, Franz. ¿Es éste el tipo por el que me preguntabas?

—Sí.

—Joder, qué feo es el cabrón. ¿Por qué está tan hecho polvo?

—Porque le he disparado.

—Joder, ya lo veo, digo que por qué tiene tan mal aspecto —dijo Greyland.

—Este tipo estaba enfermo antes de que fuera reclutado.

—¿Cómo reclutado? ¿Por quién?

—Este tío es un terminal. Un terminal de Sys-EM3N. He visto cosas parecidas antes.

—¿Un terminal? ¿Qué quieres decir?

—Joder, pues eso. Un terminal. ¿Ves todos esos cables? Son interfaces de ordenador. Este tipo está conectado de alguna manera a un ordenador que le manda órdenes. Los cables son para conectarse a otros ordenadores para infectarlos —dijo Franz.

—Qué flipe. ¿Y de dónde ha salido?

—De un hospital. Sys-EM3N se mete dentro de enfermos terminales para convertirlos en sus terminales.

Greyland puso cara de sorpresa y la boca como si fuese a pronunciar la letra «o».

—Sí, ese hijo de puta tiene un sentido del humor muy retorcido —dijo Franz.

—Vaya. Qué cabrón.

—Creo que aprovecha los electrodos, las vías y los monitores para controlarlos. No sé cómo funciona, pero me he encontrado con tipos parecidos manipulados por otros ordenadores desquiciados.

—Ordenadores desquiciados. Joder, tío, esto es alucinante.

—No, no es alucinante —dijo Franz—. Es una puta mierda.

—Bueno, sí, es una puta mierda, pero también es alucinante.

—¡Eh, tú, el del suelo! —gritó Franz, señalando al terminal con el cañón de la escopeta—. ¿Puedes hablar?

El terminal dijo algo, pero entre lo bajo que hablaba y el chisme que le cubría la boca no pudo entender qué.

—¡Habla más alto! ¡No te oigo!

—¡Sí! ¡Sí! ¡Puedo hablar! —su voz sonaba como si estuviera dentro de un tubo de plástico.

—¿Cómo te llamas?

—Erikson. Me llamo Steinar Erikson.

—Muy bien, Erikson. ¿Estás conectado ahora?

—No. No estoy conectado.

—¿Quién te envía?

Erikson se mantuvo en silencio.

—¿Quién te envía? —gritó Franz más fuerte.

—Sys-EM3N. Tú lo sabes. Te he oído decírselo a ése.

—Muy bien —dijo Franz—. Señor terminal Erikson, quiero que hagas dos cosas.

—Me da igual lo que quieras —dijo el terminal—. Dispárame si quieres. Me da lo mismo.

—No, no te da lo mismo —respondió Franz—. Si te disparo, lo haré de forma que no mueras, así que no te hagas ilusiones. Sé que sientes dolor. Dolor físico. Y que también lo sientes cuando el servidor te controla.

—Últimamente dolor es lo único que siento. Tengo cáncer de huesos. Yo sé perfectamente qué es el dolor. Así que vete a la mierda.

—Bueno, te lo plantearé de otra manera —dijo Franz—. Empezaré de nuevo: quiero que hagas dos cosas por mí. Si las haces, te pegaré un tiro de forma que ya no sentirás dolor nunca más. Se acabará todo para ti.

—Jódete —dijo el terminal. Casi pareció un suspiro.

—Y si no, no te dispararé, me iré tan tranquilo por esa calle y tú te quedarás aquí, hecho una mierda y esperando a que el cabrón del servidor que te controla te fría las neuronas cada vez que se conecte contigo.

Erikson se quedó en silencio. Franz esperó, sin dejar de apuntarle.

—Júrame que me volarás los sesos y que te asegurarás de que estos putos cables están todos separados de mis restos —dijo el terminal.

—Te juro que esparciré tus sesos por esa pared, que arrancaré los cables y los tiraré a tomar por culo —respondió Franz—. Tu sufrimiento se acabará en un momento.

Erikson volvió a exhalar con un ruido ronco, y calló por un instante.

—Trato hecho. Dime qué quieres.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Enero 2017

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