Franz se arrepentirá de todo: Cap. 28

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Por Ángel Ortega

Franz alzó la escopeta y caminó despacio, con la vista fija en la mirilla. No se había vuelto a oír ningún ruido.

—¿Estás seguro? —dijo Greyland—. Yo creo que aquí no hay nadie.

—Cállate —dijo Franz—. Vamos a ver.

Llegaron a una estancia más ancha, casi completamente a oscuras. Franz esperó un poco hasta acostumbrarse a la falta de luz y cuando pudo ver algo descubrió que allí no había nada, solo un montón de cajas viejas, botellas vacías, bolsas de basura y trastos oxidados. El olor de todos aquellos desperdicios, junto al propio de la humedad de las paredes, era muy desagradable.

—Vives como un cerdo, Greyland —susurró Franz.

—¿Qué más da? Este cuarto no se usa.

Franz bajó el arma.

—Aquí no hay nadie.

—¿No te lo decía yo?

—¿Dónde está la puerta del pozo? —preguntó Franz.

—Hemos pasado al lado. Ven, es por aquí.

Volvieron sobre sus pasos, esta vez con Greyland por delante.

—Mira, es ahí.

Franz miró la puerta y, para ser el acceso a uno de los canales directos al infierno, era bastante cutre. Parecía de contrachapado barato, con la pintura desconchada. Una cerradura ordinaria la mantenía cerrada. En medio había una hoja de papel pegada con cinta adhesiva en la que estaba escrita a mano la frase: «Pozo del infierno: 5 por cabeza».

—¿Tienes la llave?

—Sí, espera.

Greyland se acercó a la puerta y, guiñando los ojos, escarbó en su bolsillo, sacó un llavero con una figura de una mujer desnuda y una sola llave y la introdujo en la cerradura. Después de varios intentos, la puerta se abrió e inundó el pasillo de una luz cegadora rojiza.

—Pasa. No te voy a cobrar los cinco pavos, je, je.

Franz entró en la habitación del pozo.

El brocal era un agujero en el suelo de circunferencia casi perfecta. De él emanaba una luz espectral que cambiaba continuamente como si debajo hubiese un dispositivo de sombras chinescas o algo parecido. Un leve vapor inundaba la estancia y la mezcla de olores a azufre, carbón y beicon tan característica del infierno lo perfumaba todo.

La atracción por el abismo. No mires, Franz.

Greyland dio un gritito. Franz se dio la vuelta. El inglés ya no estaba allí.

Volvió al pasillo.

Miró a un lado y al otro, apuntando con la escopeta, pero no había nadie.

—¡Greyland! —gritó— ¿Dónde estás?

—¡Aquí! —le respondió la voz desde la derecha.

Franz caminó, siempre con el arma apuntando a la altura de su cabeza.

—¡Ayúdame! —volvió a gritar.

Franz continuó por el pasillo. No tenía muy claro dónde estaba: la casa era tan laberíntica que no sabía si se adentraba o se acercaba a la puerta de la calle.

Finalmente, llegó a un ensanche y vio a Greyland apoyado contra la pared. Delante del inglés, y de espaldas a Franz, había un ser grande, jorobado, con dos alas rudimentarias y unas orejas puntiagudas protuberantes de su cabeza calva.

—¡Eh! —gritó Franz para llamar la atención de la criatura.

Esta se volvió y le miró con una cara de murciélago amorfo.

—¿Qué es esta cosa, Franz? —gritó Greyland, encogido contra la pared.

—Soy un Iskopla —dijo el ser con voz susurrante—. Mi especie ha estado aterrorizando los bosques de Rumanía desde hace siglos…

—…y la sola mención de nuestro nombre hace temblar a los hombres —continuó Franz, interrumpiéndole—. Lo he oído antes, caraculo. ¿Eres el mismo Iskopla que me atacó en San Gimignano?

—Todos los Iskopla somos el mismo Iskopla —respondió el monstruo.

—Pues entonces trágate esto.

El doble disparo de la escopeta sonó como un cañonazo, un resplandor iluminó la estancia y todo se llenó de humo. Cuando éste se disipó, el feo rostro del Iskopla se había convertido en un amasijo de carne, sangre y tendones y el cráneo asomaba por varias partes.

Aún se mantuvo en pie durante unos segundos, para caer de espaldas con estruendo.

Greyland estaba en cuclillas en el suelo, con las manos en las orejas.

—¡Cojones, Hauzman! ¡Qué coño era eso!

—Ya lo has oído.

—¡Joder, qué mal rato!

—Deja de gritar, tío, te oigo perfectamente —dijo Franz.

—Lo siento, todavía me pitan los oídos —se metió el meñique en uno de ellos y sacudió la mano.

Franz amartilló de nuevo la escopeta. Los dos cartuchos vacíos tintinearon en el suelo.

—Vámonos, hay que terminar lo que hemos venido a hacer.

Recorrieron el camino de vuelta hacia la cocina. Cuando llegaron allí, la cabeza de Calatrava ya no estaba donde la había dejado.

—Me cago en la puta —dijo Franz.

—¿Qué pasa? —preguntó el inglés.

—Alguien ha cogido la cabeza de Calatrava.

—Cojones. ¿Habrá sido el Isplo… el Kisop… el bicho este?

—No lo sé. Joder. ¡Joder! —dijo Franz.

Franz salió corriendo hacia la entrada. Titubeó un poco en una bifurcación y continuó. Pasó la habitación donde estaba la nevera y siguió recto.

Al llegar a la puerta de la calle, vio que ésta estaba abierta.

—¡Mierda! —alzó la escopeta a la altura de sus ojos y salió al exterior.

Los muertos vivientes le daban la espalda y se alejaban.

Greyland llegó por detrás, jadeante.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está?

—No lo sé —respondió Franz—. Alguno de estos cabrones la ha cogido.

Cada uno miró hacia un lado, y Greyland gritó:

—¡Mira! ¡Allí!

Una niña aparentemente limpia, cuyos titubeantes andares eran lo único que la delataban como zombi, llevaba entre las manos algo que podía ser la cabeza de Calatrava.

Franz echó a correr hacia ella, dejando atrás a un par de muertos vivientes, que parecieron ignorarle. Franz se puso por delante de la niña.

Sus rasgos aún eran bonitos y su melena rubia brillante, aunque los ojos estaban vidriosos y la boca manchada de sangre. Entre sus bracitos llevaba la cabeza de Calatrava, que se lamentaba sin mucho empeño. Le habían sacado los ojos.

—Para, bicho del averno —le gritó Franz a la niña zombi, que por supuesto le ignoró.

Se acercó a ella, cogió la cabeza por el pelo y tiró. La muerta emitió un quejido infantil, como si estuviese intentando quitarle un helado. Franz tiró más fuerte y consiguió arrebatársela.

Un rugido casi simultáneo de los zombis que había a su alrededor atronó y Franz no puedo evitar sentir un escalofrío. Los cadáveres que le habían ignorado hasta el momento se volvieron todos a mirarle. La paz que había en sus rostros desapareció y el rictus de furia estaba allí de nuevo.

Cuando se abalanzaban sobre él, Franz los esquivó como pudo, golpeando con la culata de la escopeta a aquellos que se le acercaban demasiado.

—¡Vamos, vamos! —le gritó Greyland desde la puerta de la casa del pozo.

Franz dio unas cuantas zancadas largas y se plantó allí. Detrás de una esquina volvió a ver al tipo extraño de los mechones en la cabeza y los cables: apuntó con la escopeta hacia él e hizo fuego. Greyland se tiró al suelo, sorprendido por el disparo. Franz creyó ver saltar unas gotas de sangre, pero el hombre se ocultó inmediatamente detrás del edificio.

—¿Lo has visto? —preguntó Franz.

—Venga, venga —dijo el inglés—. Ve al pozo, yo intentaré bloquear la entrada para ganar tiempo.

Franz se colgó la escopeta en bandolera y, sujetando la cabeza con las dos manos, corrió en busca de la puerta del pozo. Se perdió, volvió sobre sus pasos y finalmente entró en la estancia.

Una vez más se quedó medio hipnotizado con el juego de luces y sombras que salía de allí.

Calatrava murmuraba algo, pero Franz no le entendió.

Giró la cabeza de Calatrava para echarle un último vistazo.

—Venga, acaba de una vez —dijo Calatrava, con un hilillo de voz. Las cuencas de sus ojos no sangraban, simplemente estaban vacías y los párpados colgaban como dos guiñapos.

—Lo siento, tío —dijo Franz. En realidad no sentía nada, pero parecía cortés decirlo.

Cogió a Calatrava por los pelos por última vez y lo lanzó al aire, justo sobre el centro del brocal del pozo.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Enero 2017