Franz se arrepentirá de todo: Cap. 27

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Por Ángel Ortega

—¡Greyland! —Franz golpeó la puerta repetidas veces con el martillo— ¡Ábreme, soy Franz Hauzman!

Finalmente se escuchó el descorrer de un cerrojo. La puerta se abrió despacio no más que un palmo. Un tipo flaco, con barba rala y pelos despeinados, le miró con ojos enrojecidos.

—¿Qué coño quieres? —dijo.

—Ábreme, hostias, soy Franz Hauzman.

—No puede ser, Hauzman está muerto —respondió el tipo con voz aguardentosa mientras volvía a cerrar la puerta.

Franz empujó con fuerza, abriéndola un poco más.

—Cojones, Greyland, soy yo. Déjame pasar, estos hijos de puta están aquí mismo.

—¡Coño, Hauzman, sí que eres tú! ¡Pero si estabas muerto!

—Me cago en la puta, Greyland, déjame entrar de una puta vez.

La puerta se abrió del todo y Franz entró a toda velocidad. Apartó a Greyland, que se movía muy despacio, y cerró tras de sí, echando el cerrojo. Exhaló con fuerza, se quedó apoyado contra la puerta, y poco a poco se dejó deslizar hacia el suelo para acabar allí sentado.

Greyland se quedó de pie como un pasmarote, mirándole con cara de besugo.

—No estoy muerto, borracho de los cojones —le dijo Hauzman cuando recuperó el resuello.

—Ya lo veo. ¿Quieres una cerveza?

—Hostias, claro que sí —una serie de golpes resonaron al otro lado de la puerta—. Esta puerta… ¿aguantará?

—Ya lo creo —dijo el inglés—. Llevan dando golpes todo el día.

—Vamos a por esa cerveza.

Cruzaron un pasillo húmedo y oscuro donde hacía frío. Los muros eran realmente antiguos y estaban carcomidos. Finalmente llegaron a una habitación muy pequeña, que era poco más que un recodo en el pasillo, donde había una nevera baja y cochambrosa. Greyland la abrió, sacó un par de botellas de Sagres y las destapó, ofreciendo una de ellas a Franz.

Franz tomó aire y se bebió la botella de un trago. El oro líquido bajó por su gaznate en menos de cinco segundos, inundándole de vida y energía.

—Dame otra —le dijo al inglés, tendiéndole el casco vacío.

Greyland cogió otra, la abrió y se la dio. Franz la cogió por el cuello, pero no bebió inmediatamente.

—¿Qué te trae por aquí? Todo el mundo dice que has muerto. Bueno, vale, ya sé que ahora mismo nadie está muerto, pero estás… no sé… vamos, que hablas y eso.

—Sí, hay mucha gente que va diciendo de mí que estoy muerto. Otros dicen que soy el responsable de toda esta mierda. Pero todo el mundo miente —dijo Franz, y dio un trago de su cerveza.

—Puedes apostar a que sí —dijo Greyland, alzó su botella a modo de brindis, y también dio otro trago.

Ambos se miraron unos cuantos segundos.

—Vengo a usar el pozo —dijo Franz.

—¿El pozo? ¿Para qué?

—A devolverle al infierno algo que es suyo.

—¡Hijo de puta! —gritó Calatrava desde la mochila.

—¡Coño! —dijo Greyland— ¿Qué ha sido eso?

Franz se quitó la mochila y la dejó en el suelo. Descorrió la cremallera y sacó la cabeza de Calatrava cogiéndola por los pelos.

—¡Joder! ¿Quién es?

—Coño, Greyland, pues Calatrava —dijo Franz.

—Hostias, es verdad.

—Dejadme en paz, malditos cabrones —escupió Calatrava.

—Vaya, qué mala hostia tiene —dijo el inglés, tocándole la nariz con el dedo índice. Calatrava dio una dentellada al aire tratando de morderle—. Ay, casi me muerde. ¿Cómo puede hablar?

—No lo sé. Me da igual. Todo ese montón de muertos han vuelto para cogerle.

—¿Todo este lío es por una puta cabeza?

—Ya ves. El infierno se las gasta así. Tú lo sabes —dijo Franz.

—Pues sí. Oye, ¿tienes hambre?

—Joder, más que el infierno mismo. ¿Tienes algo de comer?

—Sí. La señora Luisa estuvo esta mañana y me dejó una fuente entera de Polvo a Lavroeiro. Ya sabes, el pulpo en salsa ése tan rico que se hace por aquí.

—Mataría por un poco.

—Vamos, pues.

Salieron de nuevo al pasillo y se acercaron a otra habitación minúscula que tenía una especie de hornillo donde había una sartén. Greyland lo encendió. Casi inmediatamente un delicioso olor a guiso empezó a inundar el ambiente.

Franz dejó la cabeza de Calatrava apoyada en una esquina, donde se quedó mirándole con cara de odio, y se sentó en una silla de mimbre, dando otro trago a su cerveza.

—He visto que has pintado la casa y has puesto un letrero. ¿De qué va eso? —preguntó a Greyland.

—Ah, eso —el inglés bebió también—. Lo he puesto un poco más… ya sabes… turístico. La gente llama a la puerta preguntando qué es, y yo les enseño el pozo y les cobro cinco pavos.

—¿Les enseñas el pozo de Babel a los turistas?

—Sí. Bueno, casi ninguno se cree que de verdad da al infierno, pero nunca he oído a nadie quejarse ni pedirme que les devolviera la pasta.

—Vaya. No sé, supongo que es buena idea.

—Ya ves —Greyland se acercó a la sartén, cogió un plato mugriento y un tenedor de una alacena vieja y se lo sirvió a Franz colmado de pulpo guisado.

Franz dejó la cerveza en el suelo, cogió el plato y el cubierto y empezó a comer. No estaba muy caliente, pero era delicioso.

—Una vez vinieron dos viejas —contó Greyland— y una de ellas se cayó al pozo. La otra montó un escándalo de la leche, diciéndome que iba a llamar a la policía y no sé qué más… y me puso tan nervioso que tuve que tirarla también.

—Ya. No me extraña —dijo Franz, con la boca llena.

—Y mira que le digo a la gente que tenga cuidado. Otra vez un tipo me dio el coñazo con que las medidas de seguridad y no sé qué y que tenía que poner una barandilla y no sé qué más, pero le devolví sus cinco pavos y se largó tan contento. La gente es muy miserable, tío —bebió de su cerveza y soltó un sonoro eructo.

—Qué razón tienes. Oye, ¿has visto por aquí a un tipo calvo, con una especie de aparatos en los ojos y en la boca y cables por todas partes?

—Ni idea, tío. ¿Quién es?

—No importa —y dio un trago más a su cerveza, que ya estaba casi terminada.

—Voy a tener que traerte otra de esas. Joder, me vas a dejar sin provisiones —dijo Greyland.

Un ruido como de un mueble que se cae sonó en el interior de la casa.

—¿Has oído eso? —Franz se incorporó de un salto.

—No. ¿Qué ha pasado? —respondió Greyland, aturdido.

—¿Hay alguien más en la casa?

—Solo tú, yo y la puta puerta del infierno.

—Pues tenemos visita.

Ambos, al unísono, se acabaron sus cervezas y las dejaron en el suelo.

—¿Tienes un arma? —preguntó Franz.

—Oh, sí —dijo Greyland—. Espera un momento.

Salió de la cocina, rebuscó con estruendo y al instante volvió con una escopeta de dos cañones.

—Toma —y se la tendió a Franz.

—Vaya —dijo Franz, sorprendido, sopesándola—. Llevo quién sabe cuánto tiempo usando cualquier mierda que me encuentro como arma, y oye, menuda diferencia.

Franz la amartilló y el chasquido metálico resonó con eco.

El ruido al fondo de la casa volvió a oírse, esta vez más fuerte.

—Tú primero, Hauzman —dijo Greyland.

—No te muevas de aquí, Calatrava —le dijo Franz a la cabeza, que se mantenía apoyada en la esquina.

—Jódete, imbécil. Ojalá lo que sea que hay ahí te saque las tripas —respondió Calatrava sin mucha convicción, como si hubiera aceptado su destino.

Con pasos cautelosos, Franz se internó en la oscuridad de la casa, seguido a un metro y pico por Greyland.

Indice de capítulos

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Enero 2017