Lógica de francotirador – Reed.

 

Por Francisco Jota-Pérez 

Introducción

Irina se miró al espejo y la sensación de ser tragada por su propio reflejo, de ahogarse en la líquida opacidad del mismo, hizo que tuviese que quedarse muy quieta, luchando por recuperar un ritmo respiratorio que la capacitase para funcionar a un nivel operativo humano normal.

El abuso de anfetaminas y ejercicio físico le habían provocado una falta de más de siete meses. No echaba de menos tener la regla, sin embargo. En algún momento, solía decirse a sí misma, deberé pagar por esto, pero no será ahora mismo.

Claro que no.

Contó hasta veinte y volvió a abrir el grifo del cuarto de baño, puso las manos bajo el chorro de agua tibia, y cada uno de los muebles de la estancia giraron ligeramente de vuelta a su posición original; las luces dejaron de parpadear, el zumbido que la rodeaba desapareció, dejando un rastro de silencio transparente tras de sí. Todo estaba bien.

Lorenzo, el pequeño Lorenzo, la llamó desde la habitación contigua. Fue entonces cuando Irina tomó plena consciencia de que, hasta aquel preciso instante en que la voz del niño se había colado por entre los microscópicos agujeros que la carcoma se empecinaba en grabar en la madera oscura de la puerta, el mundo más allá del cuarto de baño podría haberse acabado un par de millones de veces sin que a ella le importase en absoluto.

—Irina —volvió a invocar Lorenzo, parapetado tras la madera— ¿no llevas demasiado tiempo ahí dentro?

Aquel mocoso empezaba a sacarla de quicio.

—Enseguida voy —respondió ella con un hilillo de voz.

—Vamos a llegar tarde.

El pequeño Lorenzo, grandísimo hijo de puta.

Sin demasiada prisa, Irina se secó las manos en la toalla roñosa que colgaba, como los restos de una violación chapucera, de la cisterna del váter. Tiró de la cadena para que el ruido disimulara un suspiro de resignación del todo innecesario y, antes de girar el pomo de la puerta del lavabo y encarar aquella cruz que le había caído encima más por accidente que por cualquier otra cosa, se encomendó a un Dios en el que hacía una vida que no pensaba.

Ese era el efecto que el crío solía tener sobre la gente, bien se lo había advertido Tomás. Y ella, por supuesto, no le había creído.

Tomás era un paranoico y un meapilas y un gilipollas integral que, si no fuese quien había llegado a ser, ni siquiera valdría para respirar el aire que respiraba. Un aire siempre perfumado con el incienso más caro que el dinero podía comprar; un aire cargado de despotismo y miedo irracional, complejo de superioridad y superchería. El aire estancado, desprovisto de corrientes, del «templo». A pesar de estar, sobre el papel, ambos del mismo bando, Irina siempre había considerado a Tomás un enemigo; por eso era incapaz de depositar la más mínima confianza siquiera en un saludo a medias de él.

Irina se mordió la lengua, más que nada por sentir algo, y paseó la vista por la habitación antes de localizar el punto exacto en el que Lorenzo estaba sentado, concentrado en cualquier cosa impropia de su edad, mirando fijamente a un punto imaginario más allá de la pared frente a la cama, la que daba a la calle, y caminó hasta el punto que ella consideró más lejano al crío.

—Podrías haberte puesto una ropa un poco más discreta —articuló, en tono monocorde, Lorenzo, sin siquiera mirarla.

—No tenía nada más.

Irina se sintió estúpida nada más pronunciar la última sílaba. Se estaba disculpando delante de un niño de diez años, por amor de Dios…

—Claro que sí —prosiguió él, en el mismo tono de voz de tubo de escape agujereado, que sabía que ella no podía soportar—; tienes una bolsa de deporte llena de sudaderas y pantalones tejanos dentro del armario. Lo que pasa es que esta noche no quieres pasar desapercibida.

Ella no contestó. Acababa de decidir que no pensaba justificarse nunca más. Cosa que no impidió que Lorenzo siguiese revolviendo en busca del interruptor que la hiciese saltar.

—Precisamente esta noche… No podías haber elegido peor momento para compadecerte de ti misma.

Las palabras tropezaban en los oídos de Irina con una precariedad dolorosa. Puso en práctica algo que ya le había funcionado antes.

Pensó en el huerto de sus tíos, cuando ella tenía apenas un par de años más que el insoportable ser con el que llevaba dos días compartiendo la habitación de aquel hotel barato; se concentró en el momento en que había descubierto que sus manos, impulsadas por un deseo sólo ligeramente más fuerte que la media, eran capaces de cualquier cosa; en el interior del SIMCA 1200 de la hermana de su tía, donde el Yorkshire de la misma había decidido montar en cólera después de que Irina le pisase la cola por accidente, al entrar en el coche con el ímpetu irracional de una niña asqueada por un día demasiado largo de campo, siesta, juegos absurdos y olores del todo exentos a una criatura criada felizmente en la ciudad, que sabe que está a punto de volver a casa y no puede esperar. Visualizó en su mente las mandíbulas del perro cerrándose alrededor de su muñeca izquierda, los pequeños dientes del animal, alfileres del demonio, rasgando la piel, luego la carne; se deleitó un poco en el recuerdo de la falta de aliento al dejar que un vestigio reptiliano de su cerebro tomase el control.

Irina cerró los ojos y ya no estaba en aquella habitación de hotel, sino que se hallaba mirándose a sí misma a los ojos, paladeando el crujido de las vértebras de un perro que había muerto hacía muchos años ya, bajo la presa aniquiladora de su mano derecha, aún un apéndice de niña, retorciendo la cabeza del Yorkshire hasta mandar su alma ladrando hacia el limbo de los perros.

—Muy bonito —dijo Lorenzo, devolviéndola al presente con una variación condimentada de cierto asco en su desesperante tono de voz—, pero que muy bonito. Ya estamos otra vez con la historia del perro…

—Tú te lo has buscado. A ver si aprendes de una vez a dejar mi cabeza en paz.

Ella sabía que Lorenzo no estaba acostumbrado a que le regañasen. Se creció ligeramente.

—Es asqueroso —fue la única defensa del niño.

—No tanto como tú —masculló ella.

—¿Qué?

Irina se agachó en busca de los zapatos que había dejado junto al mueble a la entrada de la habitación y se desvinculó de las exigencias del crío. Había ganado un poco de tiempo. Lorenzo estaría un buen rato fuera de ella, desconectado, después de aquel breve episodio de represalia.

Ya calzada, se dio la vuelta para encontrarse con los ojos de Lorenzo, aún demandando explicaciones. Irina articuló una sonrisa más o menos cruel y se decidió por darle un toque femenino de condescendencia a la situación.

—¿Nos vamos o qué? —dijo dulcemente.

—En cuanto lleguemos al templo, se lo contaré todo al hermano Haro.

—Haz lo que quieras.

Mientras Irina se hacía a un lado, sosteniendo en la mano el pomo de la puerta abierta de la habitación, para dejar pasar a un Lorenzo sombrío por la rotundidad de la desfachatez de la mujer, una ligera brisa de certeza le acarició la nuca: especial o no, debajo de toda la parafernalia, los «poderes», las líneas llenas de veneno de los periódicos, la distorsión catódica y la mierda en general, el crío seguía siendo precisamente eso… un crío.

 

Desarrollo

Haz lo que quieras, ésa será toda ley. Una máxima grabada a fuego en la mente de varios de los integrantes del culto que, por algún motivo, había adoptado a Lorenzo como el salvador que la humanidad lleva siglos esperando sin saberlo. También eran las últimas palabras que Irina le había dirigido al niño antes de bajar las dos plantas de aquel hotel mugriento en el que llevaban dos días de blanca y desgarradora hostilidad, encerrados por orden de un bien superior.

Lorenzo esperó junto al minúsculo mostrador de recepción, mientras la mujer que debía ser su escolta hacía los trámites necesarios para acabar de una vez por todas con su estancia en aquel lugar.

Irina pagó en metálico, sin dejar rastro alguno. Miró a los ojos del encargado de las entradas y las salidas del hotel, un hombre que rozaba los sesenta años de edad, cinco o seis centímetros más alto que ella, que parecía mantener hasta el último atisbo de fuerza vital en lucha contra el encorvamiento de espalda con el que el paso de los años se empecinaba en domeñarle. Un ser en cierta manera triste y aburrido, casi tanto como el hotel en el que seguramente había pasado la mayor parte de su vida. Irina no envidiaba, ni en momentos como aquél, ni nunca, la capacidad telepática de Lorenzo. Si fuese capaz, como él, de leer la mente del hombre que en aquel momento trataba de descifrar por qué ranura de la impresora (un artefacto que, a todas luces, consideraba cansinamente molesto e innecesario) saldría la factura con la que poder despedir a los enésimos clientes insatisfechos y así volver a dejarse perder en la realidad tangible, por plástica y ajena a sí mismo, de su programa de radio favorito, la mujer hubiese sentido, probablemente, un escalofrío de hastío y pena, pues lo peor de todo es que, imaginaba, la realidad sería aún más patética que la conjetura.

La historia de su vida, de hecho. La historia de prácticamente todas las vidas del mundo.

Por el momento, Irina prefería quedarse con el viejo y conocido mal menor de su intuición y la bola, suave y rotunda, de indiferencia en que su misión, su obsesión y su organismo habían convertido a todo lo que la rodeaba.

Una vez con su copia de la factura del hotel en una mano, y la bolsa de viaje en la otra, Irina quiso llamar la atención de Lorenzo para salir de allí lo antes posible. Llegaban tarde.

Pero el crío ya estaba poniendo toda la intensidad de sus tiernos músculos de diez años al servicio de la ardua tarea de mantener la pesada puerta de cristal que les separaba de la calle abierta, en un gesto de sospechosa caballerosidad en deferencia a Irina.

—¿Iremos en taxi? —preguntó el niño, borrando de la cara de la mujer la mirada de curiosidad provocada por lo voluble, tanto de gesto como de palabra, de él.

—Conoces las instrucciones tan bien como yo —contestó ella, con un acento de decepción resbalándole por la lengua.

—Pero es que…

—No hay peros que valgan. El hermano Haro lo ha dejado muy claro desde el principio: nadie nos ve, nadie nos habla, y no puedes cruzarte con nadie que pueda ser capaz de hackear lo que sea que tienes en la cabeza.

—No tengo nada en la cabeza —refunfuñó Lorenzo.

—Claro que sí. Sino no podrías hacer las cosas raras que haces.

—No son cosas raras. Es un don.

Esta vez Irina sí se sentía con ánimos de replicar; de dejar al niño con un par o tres de frases para el recuerdo, que lo enderezasen de una maldita vez por todas y le enseñasen que, a pesar de que todo el mundo le había tratado siempre como a un ser superior (el próximo paso en la escala evolutiva humana, se había atrevido a decir alguno de los miembros más exaltados del culto), en realidad lo que el común de los mortales sentía por él era algo del todo nuevo, una pegajosa mezcolanza de miedo y asco, que les conducía a extremos delirantes; pero habían llegado al parking, donde el Audi A-3 que el culto había alquilado para ellos les esperaba. Esta noche acabaría todo para Irina, la misión pronto se convertiría en un recuerdo y, a pesar de la insistencia de Tomás (el ahora conocido como hermano Haro, pero que para ella seguía siendo el mismo bastardo pedante que había conocido años atrás, durante una operación conjunta de las Fuerzas de intervención y los Cascos Azules en Kosovo, cuando Irina aún creía en algo y Tomás ya apuntaba maneras de embaucador de secta sacada directamente de las páginas de alguna novela barata de ciencia-ficción) en que dejase el negocio de la «Asesoría de Seguridad» y se integrase en el brazo armado del culto, los últimos días pasarían directamente al archivo de tiempo perdido. Por lo que a ella respectaba, cuanto antes pudiese poner diez o doce whiskies entre el culto y su persona, tanto mejor.

—Pon la radio —exhortó Lorenzo, el pequeño incordio repantigado en el asiento del copiloto, mientras Irina maniobraba la curva infinita de salida del aparcamiento—. Me aburro.

Había estado leyéndole la mente otra vez.

Y el Audi ronroneaba como un gatito cachondo al pasar de tercera a cuarta.

—No me apetece oír nada, ahora mismo. Ni siquiera a ti —fue la respuesta, tajante, de Irina.

—¿Sabes que el hecho de que prefieras escuchar el motor del coche a una voz humana podría considerarse el resto de un trauma de infancia?

—¿Qué te he dicho? Ni una pa…

Los ojos de Irina, por accidente, se clavaron en el taladro implícito de la mirada de Lorenzo, que sondeaba la mente de ella a plena potencia.

—Quizá tenga algo que ver con tu padre, y cierta noche en el bosque.

Cada letra, cada fonema, desgarró una pequeña porción de materia indefinida en el interior de la mujer. Era el tono de voz, sin duda. Irina empezaba a pensar que aquel runrún de desdén y prepotencia en las cuerdas vocales del niño se relacionaba directamente con su capacidad telepática. Y hubiese podido seguir reflexionando sobre el tema, buscando en esa certeza algo con lo que desarmar al niño, si no hubiese sido porque una enorme ola de cansancio oscuro se cernió sobre ella con la promesa de un sueño que aún tardaría mucho en llegar, con la urgencia de un descanso largamente aplazado que reclama su botín. Necesitaba un par de pastillas, quizá sólo una de las bellezas amarillas que escondía en el bolsillo oculto de su bota derecha, el espacio destinado, en un tiempo anterior a las anfetas, el caos y la mugre, a albergar el pequeño cuchillo que algún día debía salvarle la vida. Por eso sólo acertó a decir:

—No me obligues a volver a usar al perro en contra tuya.

Lo cual sonó bastante menos amenazador de lo que ella pretendía.

Lorenzo sonrió, y en aquella sonrisa Irina pudo ver reflejada su propio desespero, como un rato antes frente al espejo del cuarto de baño.

Aprovechando el desvío, absolutamente recto, de la entrada a la autopista, coló una mano sudorosa por el hueco entre su pantorrilla y la bota derecha, y echó mano a lo primero que sus dedos tocaron dentro del bolsillo oculto. Había tenido suerte, al menos esta vez. Se llevó uno de los diablillos amarillos a la boca, y lo dejó deshacerse un poco bajo la lengua antes de tragárselo. Acababa de conseguir algunas horas de bonificación.

—Sienta bien ¿verdad? —dijo Lorenzo.

Por un instante, a Irina le había parecido estar sola completamente. Ya echaba de menos esa sensación, por falsa que ésta hubiese sido.

—Jódete —contestó, sin tapujos.

Lorenzo acercó la mano a los mandos de la radio del coche.

—Como toques ese botón —dijo Irina, psicóticamente serena, la calma antes de la tormenta de estimulantes—, te corto la mano.

El niño, enlazado a la mente de ella, supo que iba en serio. Estaba rozando el borde de la unión entre ambas sinapsis, lo cual equivalía a que, si no se desconectaba en breve, el subidón de las anfetaminas les afectaría a ambos por igual; si bien no a un nivel químico, sí espiritual, de un modo inexplicable y mágico, imposible. Insoportable. Lorenzo volvió la vista hacia la ventana, e Irina desapareció de su alma.

Ambos fluían en su propia superficie de onda, en dirección al siguiente segundo.

Las nueve y media de la noche.

 

Resolución

Como si un pedazo de papel de lija le estuviese acariciando el córtex, así se sentía Irina al traspasar las puertas del templo, entre miradas de curiosidad repartidas entre el niño que caminaba frente a ella y su escote. Quizá había sido un error ponerse aquel vestido, después de todo. Quizá lo había sido el tomarse aquella última pastilla. Quizá el haber aceptado la misión. Quizá toda su puta existencia.

A la mierda.

Una especie de canto gregoriano, mezclado con música New Age distorsionada, rebotaba en las paredes del pasillo de acceso a la sala principal del templo. Parafernalia. La luz tenue, tiñendo las paredes de un gris incómodo; candelabros de pega, dibujando sombras sobre las cabezas de las cincuenta o sesenta personas que, a modo de séquito, caminaban tras Lorenzo, el hermano Haro e Irina; dibujos de formas alienígenas grabados en el suelo.

La puerta de doble hoja del salón principal, decorada con guirnaldas rojo sangre y abierta de par en par.

Los dedos sucios de la mente de Lorenzo volvieron a hurgar superficialmente en Irina, pero las anfetaminas seguían aferradas a algún punto de su biorritmo y se retiraron, asustados, de vuelta a los fastos y los cánticos, que progresivamente ascendían hasta la vergüenza ajena.

Irina necesitaba una copa. Tomás, el hermano Haro, parecía extasiado.

Una vida antes, seis o siete años atrás, la mujer había visto, entre las ruinas de una ciudad de los Balcanes cuyo nombre no se atreve a recordar, la cara de su propio padre transfigurada en la de Tomás. El mismo ardor fanático con el que papá la había dejado sola al borde de un camino de cabras, cuando ella apenas tenía trece años, armada sólo con la navaja de pastor de su abuelo y una cantidad insoportablemente profunda de miedo, diciéndole que, si el día de mañana quería ser alguien de provecho, más le valía no echarse a llorar como si fuese una niña cualquiera; que empezase a comportarse como el último eslabón de la larga cadena de rudos supervivientes que era la familia de su padre, y se centrase únicamente en seguir viva y bien, y en llegar al pueblo más cercano antes de la salida del sol, donde él la estaría esperando. La noche más larga, y quizá valiosa, de toda su miserable existencia. Esa era la misma, exacta, rotundidad con la que Tomás había pronunciado las primeras palabras que nadie había oído en horas, años más tarde, tras los muros de aquella casa a medio derruir justo en el centro del fuego cruzado entre eslovenos y albaneses:

—Matémoslos a todos… y luego que Dios los juzgue.

Lógica de francotirador despedazado por la locura.

La raíz de casi todo.

Cuando Irina volvió a su presente inmediato, silenciadas las balas, los pucheros, la estática de una docena de radios intentando comunicar con el centro de mando, el chirriar de los murciélagos y los rezos susurrados, la ceremonia ya había dado comienzo.

—Lorenzo Spada Lugán… —recitó el hermano Haro, erguido frente a un falso púlpito que, incluso a la escasa luz del salón principal del templo, daba toda la impresión de provenir de los restos abandonados del decorado de una mala película de terror, con su abigarrada colección de símbolos sin sentido y figuras a medio esculpir regando una superficie rectangular un poco demasiado pequeña, que apenas alcanzaba a alzarse hasta la cintura del maestro de ceremonias—. Por favor, da un paso al frente.

Lorenzo, su cara anclada en una seriedad impropia de su edad y estatura, obedeció.

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó el hermano Haro.

—Sí, hermano Haro —contestó el niño en un tono obediente e infantil, abstraído.

Estaba desconectado, el cabroncete. El misticismo le había impresionado.

—Así pues —prosiguió el maestro de ceremonias—, no te has dejado llevar por la tentación del juego y la inopia, y vienes aquí aceptando formar parte de un bien mayor…

—En efecto.

—Así sea. ¿Sabes también que, a partir de hoy, tu nombre cambiará?

Aquello empezaba a ser demasiado para Irina. Necesitaba una copa, un sitio donde sentarse y encontrar la salida a la voz de ya. Y ni siquiera por ese orden.

No pudo evitar un bostezo. Las tres figuras encapuchadas que la rodeaban, en el rincón más lejano al punto de fuga de la ceremonia, se volvieron hacia ella, pero renunciaron a cualquier gesto de represalia al oír que el momento cúspide del ritual, el bautizo verdadero del que debía ser su único y verdadero Mesías se aproximaba.

—De hoy en adelante —prosiguió el hermano Haro, arrebatado por sí mismo— tu verdadero nombre será Storax, el perfume asociado al Sephira número ocho, el símbolo del todo y la nada.

La presión del aire dentro del recinto pareció aumentar un par de isobaras con el silencio dramático que el maestro de ceremonias inculcó a los presentes, antes de continuar:

—Por favor, repite tu nombre…

Devoto, Lorenzo obedeció.

—Storax, el perfume asociado al Sephira número ocho, el símbolo del todo y la nada.

—Eso eres tú.

El ritual se dio por terminado.

 

Coda

Con el dinero a salvo en el maletero del Audi, que Irina no debía devolver hasta el día siguiente, cada salto del tacómetro en el salpicadero del coche parecía una venganza satisfecha a ojos de la mujer. La misión había acabado, todo estaba bien ahora.

Lo único que en aquel momento le preocupaba, todo en lo que debía ocupar la mente, era la lenta e inexorable decadencia de su propia persona. Irina era libre, tenía dinero y ningún compromiso. La muerte ya podía llegar cuando le saliese de los cojones.

Lo primero que haría por la mañana, después de vomitar un poco y ponerse en marcha con un café condimentado con un par de anfetaminas suaves (despertares de píldoras verdes que cada día se volvían más necesarios), sería mandar gran parte del cobro por la última misión al pueblo de sus padres, saldando la deuda inexistente que aún tenía con ellos. Una despedida tan fea y pusilánime como el resto de su relación. Luego, Dios diría: un último baile imbuido por los estimulantes, quizá un baño accidentado en el mar… Aunque lo más probable fuese que cayera en la tentación de lo práctico y convencional, esto es, acercarse la nueve coma seis milímetros a la sien y apretar el gatillo.

Dedicó un último saludo en forma de recuerdo a los sadhaquitas, los discípulos del Sadhak, la secta de cenutrios que había depositado todo, absolutamente todo, en una insoportable criatura de diez años, clonada de nadie sabe quién, y con poderes psíquicos que eran poco más que una molestia para todo aquel que entrase en contacto con ellos y no se dejase llevar por la histeria, espiritualmente exaltada, a la que algunos habitantes de estos principios del vigésimo primer siglo se habían aferrado como si el mundo no se hubiese acabado hace ya mucho, mucho tiempo.

Todo el asunto era una estupidez, se mirase por donde se mirase.

El reflejo de las farolas contra el parabrisas del A-3, hizo pensar a Irina en las manchas del test de Rorschach que le invitaron a descifrar antes de permitirle cambiar sus galones, ganados a pulso en las Tropas de Intervención de infantería, por un permiso para ejercer la asesoría en materia de seguridad a grandes empresas y corporaciones lo suficientemente desesperados como para tener que recurrir a ella. Era una forma algo más sutil de decir, sin decirlo, que toda su carrera militar sólo la había llevado a acabar como una piojosa guardaespaldas, lo que seguramente era un claro indicativo de que se había vuelto loca.

Después de dejar el ejército, había decidido que ya nunca jamás dormiría más de lo estrictamente necesario. Aquí tenemos el segundo síntoma de insania. Al poco llegaron las anfetaminas y el marco negro que bordeaba cada minuto del resto de su vida.

La mancha de luz en el parabrisas, a diez centímetros de su nariz, le sugirió la cara recién espiritualizada de Tomás, casi una semana antes.

Los flashbacks se habían vuelto de lo más molestos, últimamente. Otra buena razón para bajarse del mundo lo más pronto posible.

—Antes que nada, decirte que quizá lo que te voy a proponer te suene un poco raro. —Había dicho Tomás, ex compañero de trinchera reconvertido a gurú de algo que Irina aún no acababa de entender, sentado tras su enorme mesa de madera antigua en la tercera planta del edificio en el que se había citado a Irina para proponerle lo que sólo ella sabía era el último trabajo que aceptaría jamás.

—Últimamente ya casi no me sorprende nada —había contestado ella, distante.

—Te lo diré tal cual, para no perder tiempo, entonces: queremos que protejas a nuestro Mesías.

—¿Vuestro qué?

Por toda respuesta, Irina obtuvo un puñado de fotos del niño que más tarde descubriría se llamaba Lorenzo.

—Más o menos me hago una ligera idea sobre de qué va vuestro «culto» —había replicado ella intentando, sin conseguirlo, sonar lo menos sarcástica posible—, pero ¿tenéis a un niño como «Mesías»? ¿Una especie de «pequeño Buda», o algo así?

—Es algo un poco más serio que eso —las palabras de Irina no afectaron en absoluto a Tomás—. Este chico es muy especial.

—Tanto como para gastaros casi medio millón de euros en su protección…

—Pagaríamos lo que hiciese falta para asegurarnos su bienestar.

El flashback se ablandó hasta deshacerse y convertirse en realidad tangible. No quedaba mucho para que Irina llegase a su casa, a encarar la última noche de su vida.

El test seguía frente a sus ojos, distrayéndola un poco de la conducción, como si eso importase algo. Una mancha en forma de perro, otra en forma de un ángel fornicando con un demonio, otra que parecía la cara de su padre, otra con el rostro de Lorenzo… Ésa fue la que le hizo disminuir la velocidad del coche y darse cuenta de lo que estaba pasando en realidad.

No sin antes volver de nuevo al pasado.

—Sobre todo, ni una mención al respecto de qué se siente al no tener padres.—Había puntualizado Tomás, antes de entregarle las llaves del coche que el culto había alquilado para que Irina pudiese llevar al niño a un hotel en el que pudiesen pasar desapercibidos; lejos de las cámaras de televisión, que empezaban a hacerse eco (como gustaban de proclamar a todas horas) de los rumores de que la secta que un actorucho nacional había puesto de moda y que tanto Hacienda como la Policía Nacional se habían propuesto desmantelar, había conseguido clonar a un ser humano, al que, además, habían dotado de poderes extrasensoriales para que les condujese al «siguiente despertar de la raza humana». Había que asegurarse, además, de que las primeras amenazas de muerte dirigidas al crío (que el culto, por supuesto, se había tomado del todo en serio) se quedasen precisamente en eso, simples amenazas.

—No creo que surja el tema. No suelo mantener más contacto con mis clientes que el estrictamente necesario —había respondido, profesional, Irina.

—Verás que, con Lorenzo, eso te resultará difícil. Tiene el don de hacer que la gente se vuelva voluble y se abra a él.

—Disculpa que te lo diga pero… en confianza… a pesar de haber aceptado el trabajo, sigo sin creerme eso de la telequinesia y los poderes mágicos.

—Ya creerás, no te preocupes. Ya creerás.

Claro, de eso se trataba.

Irina volvió al presente, giró el volante en dirección a la cuneta de la autovía vacía por la que circulaba, apretándose las esquinas de los ojos con los dedos para disipar las manchas que, ahora comprendía, no se dibujaban en el salpicadero del coche, sino en su cabeza, y paró el coche.

A través de los ojos de Lorenzo, ahora poseído por la nueva personalidad «Storax», vio el pequeño pero compacto grupo de encapuchados que acababa de irrumpir en el templo. A varios quilómetros de ella, algo muy gordo estaba siendo retransmitido directamente a su cerebro.

La mujer suprimió una arcada y se obligó a abandonarse a la señal mental de Lorenzo, a analizar la situación.

Se trataba de eso.

Los encapuchados estaban bien entrenados, habían observado desde la distancia a todos los presentes en el templo, evaluando los riesgos, y pasando a la acción cuando llegó el momento oportuno. Blandían tonfas negros como el infierno y uno de ellos, además, llevaba una pistola lo suficientemente parecida a la de Irina (una Walter de fabricación alemana; fiable, ligera y, sobre todo, discreta) como para hacerle dudar de sí misma.

Buscaban al niño.

De eso se había tratado todo el tiempo.

Lorenzo siguió jugueteando con la cabeza de la mujer, mandándole un fragmento de la conversación que ambos habían tenido en aquella habitación de hotel que ahora quedaba tan lejana e insoportablemente cómoda como el abrazo de una abuela muerta, justo antes de que ella se encerrase en el cuarto de baño y se dejase arrastrar por su reflejo en el espejo:

—Sé que no debería preguntar —había dicho ella—, pero ¿no es un poco raro saber que uno ha venido al mundo por que sí, sin raíces, sin nada que te ate con nada… vamos… sin padres?

—No lo sé, pregúntatelo a ti misma.

Fue en aquel momento, durante aquella muestra de desprecio mutuo, cuando Lorenzo tomó plena posesión de la mente de Irina. Cuando empezó a sentir y pensar por ella. Cuando ambos compartieron el vacío mutuo y tomaron decisiones largamente aplazadas.

Los hombres encapuchados se abrieron paso entre los pocos miembros del culto que quedaban para defender a su Mesías, al niño que (ahora Irina lo sabía) era el elegido por todos menos por él mismo.

Irina supo, entendió… Lorenzo había escaneado la mente de Tomás y había insertado en ella sugerencias al respecto de quién sería el encargado de la protección del niño prodigioso; el candidato ideal había resultado ser una mujer arrinconada en los recuerdos profundos del «hermano Haro» alguien que había perdido tanto como para que la muerte de un niño detestable no le importase una mierda. La había elegido a ella, y ahora ella sabía muy bien por qué.

Y, ciertamente, lo único que Irina podía encontrar en aquel momento (encerrada físicamente en un Audi A-3 comatoso, y mentalmente en el laberinto de la capacidad telepática de Lorenzo, rebuscando en su interior) era una indiferencia tan pura como yerma. No le importaba una mierda.

En el templo, el encapuchado de la pistola levantó un brazo ejecutor en dirección a la cara de Lorenzo y masculló unas palabras que Irina no pudo escuchar, silenciadas por una sola, ineludible, frase:

—Matémoslos a todos… y luego que Dios los juzgue.

Lorenzo se despidió con un fogonazo de agradecimiento.

Lógica de francotirador.

Irina llevó una mano vacía a las llaves aún en el contacto, puso el coche en marcha y se movió, en dirección a un futuro que ya no era nada.

© Copyright de Francisco Jota-Pérez para NGC 3660, Septiembre 2017

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s