Las leyendas se forjan desde la realidad

 

Por Lobo Fantasma

Me arden los ojos, por eso sé que aún veo, aunque esté en penumbra. Mi cuerpo está colgado por las muñecas; no sé cuánto tiempo llevaré así. Se han recreado dándome una soberana paliza. Me escuecen varias zonas del cuerpo, noto que mis costillas me duelen a rabiar y mi boca, además de dolorida, tiene el sabor metálico de la sangre.

Me ha costado situarme, aunque ya sé por qué estoy aquí: Por gilipollas y prepotente. Lo pasaba fatal en todas las fiestas de Halloween, porque veía que todos los niños se disfrazaban y disfrutaban de la magia de esa noche, mientras que yo me tenía que quedar en casa; mis padres siempre me decían que esa noche en especial, las puertas de las otras dimensiones se abrían, por ello teníamos que quedarnos cerca de esa estúpida vasija de color blanco lechoso, que tenían en el salón.

Durante años le seguí el rollo a mis padres, haciéndoles ver que creía en Kadru y en lo mala que era, pero yo quería celebrar Halloween como los demás. Según la leyenda, Kadru era la madre de las nagas, que supuestamente persiguen a nuestra familia desde hace milenios, para obtener la Amrita que guarda la vasija —y con ello, la vida eterna, para gobernar el mundo hasta el fin de los tiempos.

Si hubiera prestado atención a la leyenda, hubiera sabido que, si nos quedábamos cerca de la vasija, nos hacíamos invisibles a los ojos de Kadru y la única manera de hacernos visibles, era matando al último primogénito vivo de los descendientes de Garuda. ¡Qué puta casualidad! ¡Resulta que ese soy yo! Y que fui tan idiota como para discutir con mis padres la noche de Halloween cuando cumplí 23 años, e irme a celebrarla con unos compañeros de la Universidad.

Me sentí genial, ¡por fin había conseguido hacer con mi vida lo que me daba la real gana! Decidimos disfrazarnos, por sorteo, de los héroes de varias películas y a mí me tocó Indiana Jones —irónico, ¿verdad?, sabiendo que él teme a las serpientes, debería habérmelo tomado como una señal.

Cuando llegamos a la fiesta que habían organizado en la facultad de medicina, avisaron que nos faltaba cerveza y me mandaron a recogerla, que estaba en la furgoneta de Fran.

Al dar alcance al vehículo comprobé que el parking apenas era iluminado por una farola que parpadeaba. Antes de abrir el maletero escuché un sonido que me heló la sangre; era el siseo de un reptil. Una sensación de que me observaban se adueñó de mi mente y eso me puso en guardia. Notaba unos fríos ojos incrustados en mi nuca. Me empezaron a temblar las manos y las piernas. La respiración se me entrecortó y empecé a sudar. Algo se me acercó por la espalda, e instantes después —o quizás minutos, no lo sé—, una mano se posó de forma pausada y tranquila en uno de mis hombros, y yo me quedé paralizado por el miedo.

—¿Te echo una mano? —Preguntó una voz desde mi espalda.

Me giré y vi que era Álvaro. Respiré tranquilo y sonreí; por un momento me creí esa estupidez de cuento que me narraron mis padres sobre Kadru, Garuda y la Amrita.

Durante la fiesta me lo pasé genial, pero el cansancio y el alcohol comenzaron a hacer mella en mis sentidos y como mi casa estaba apenas a unos 3 km., decidí volver caminando como ya había hecho en otras ocasiones.

Eran las cinco de la mañana, no había ni un alma en la calle. Hacía frío, soplaba un leve viento y yo estaba a mitad de mi camino cuando, de repente, todas las farolas de la calle explotaron en mil pedazos; dejando todo a oscuras y provocándome un susto de muerte. Lo peor estaba por llegar; volví a escuchar ese siseo que nuevamente me puso en tensión. Se repetía una y otra vez provocando un eco desde distintos puntos en la oscuridad. Escuché algo viniendo hacia mí desde mi espalda, parecía como si reptara muy rápido; me giré para encontrarme con aquellos horribles ojos de serpiente brillando en la negrura; tan grandes y tan amarillos. Escuché de nuevo el siseo, algo me salpicó en la cara, abrasándomela y dejándome ciego; luego noté varios golpes mientras me intentaba resistir a la agresión, hasta que noté el golpe que me dejó inconsciente.

Y ahora estoy aquí, colgado de vete a saber dónde. Escucho de nuevo el siseo, algo se mueve en la oscuridad, lo noto viniendo hacia mí. Se para bajo mis pies, puedo sentir esa presencia que me hiela la sangre, mirándome desde la negrura. Trepa por mis piernas con sus frías y largas garras, noto su fétido aliento en mi cuello. Sus ojos vuelven a brillar en la sombra, me produce terror ver la inteligencia y la perfidia que demuestran en la mirada; veo su caja de colmillos sonriéndome con astucia. Su lengua recorre mi cara provocando que mi corazón bombee con furia, se me seca la boca, sé que este es mi final. Lo último que pasa por mi cabeza antes de morir es:

«Tenía que haber hecho caso a mis padres».

© Copyright de Lobo Fantasma para NGC 3660, Febrero 2018

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