Flor de hadas en el bolsillo

|  Juan Antonio Fdez. Madrigal | Ediciones El Transbordador | Fantasía/CF | 
ISBN: 978-84-947701-4-2 | Cubierta: Manuel Mota | 17,5€ 236 págs. 2018 | 

Por Pily Barba

Portada Flor de hadas en el bolsillo

Es la primera vez que me pasa: alucinar tanto con el contenido de mi última lectura —y sufrir tal bloqueo—, que me veo en la tesitura de tener que disculparme con el autor porque no veo la forma de escribir algo mínimamente decente, que además transmita ese profundo y revelador espíritu, y tantísima sabiduría como contiene su nuevo trabajo.

Tal vez, lo que ocurre es que ya he dicho tanto sobre Juan Antonio Fernández Madrigal, y lo he hecho tan de corazón, que no sé muy bien cómo volver a retomar el tema de siempre, y es que no me queda más remedio que insistir en describirlo como lo que es; un grandísimo escritor, en absoluto convencional, que es capaz de moverse en cualquier género y, en este Flor de hadas en el bolsillo (Ediciones El Transbordador), bien que lo vuelve a demostrar cargando su prosa, como siempre lo hace, de magia y de sabiduría; de humanidad y de una serie de enseñanzas que, está clarísimo, primero han sido auto aprendidas.

Y a mí esto me deja pasmada, qué queréis que os diga. Porque se puede contar una historia preciosa, adornarla de unos escenarios superefectivos, y poblarla de ciertos personajes con los que, incluso, llegues a conectar de una forma muy concreta. Pero en Flor de hadas en el bolsillo, esto solo está en un primer nivel y de manera muy superficial, porque, para empezar, ni siquiera se trata de una sola historia, aunque todo surja de la presentación de un curioso personaje; una especie de durmiente (o, mejor aún, recién despertado) que sabe y no sabe exactamente quién es; que tiene la sensación de ser una especie de dios o algo similar y, como tal, tiene la capacidad de despertar donde le apetezca y en la época que quiera. También, a pesar del lío que tiene en la cabeza, sabe que viene del futuro, y llega a nuestro espacio y a nuestro tiempo como lo que es: un visitante de noforma, su mundo máquina. Pero ¿a qué viene la visita de esta entidad que, nada más llegar, no para de intrigarnos con su propia confusión? Pues su idea es, ni más ni menos, que la de estudiarnos. Bueno, a decir verdad, lo que pretende es devorar nuestra Realidad que, a su vez, está llena de Irrealidades, para poder experimentarlas y exprimirlas al máximo (ya sean positivas o negativas), y, al mismo tiempo, necesita llegar a recordar qué se siente volviendo a tener la capacidad de encontrarlas, puesto que en noforma, su mundo natal, ya no se puede acceder a ellas.

¿Qué? ¿Cómo se os ha quedado el cuerpo?

Por si todavía no sabéis muy bien qué pensar, os seguiré dando pistas, aunque, de verdad, Flor de hadas en el bolsillo no es un libro que se preste a ser descrito, ya que es una experiencia que hay que absorber mientras se lee: se debe aspirar el olor de sus páginas, atrapar y hacer de uno mismo las instantáneas mentales que va dejando caer, y disfrutar, en definitiva, con casi todos nuestros sentidos de este preciosísimo volumen (porque mirad que ha quedado bonito).

Pero, bueno, allá voy… que no se diga que no lo intento. Volviendo a las averiguaciones que irá haciendo nuestro protagonista, estas nos llegarán en modo de minificciones (en la mayoría de los casos). Una muestra: el primer microrrelato, «El perfume de las palabras», que nos describe cómo empieza a adaptarse dicho personaje a nuestro mundo; qué hace para ponerse cómodo y tomarse el tiempo que necesite, o aquel que pueda sustraer del total de lo que consiga estar aquí, para averiguar y experimentar todo lo que se propone. Y, qué curioso, resulta que decide vivir en una casa victoriana, atesorando libros y disfrutando de su lectura. Pero, por no ahondar tanto en una mínima parte de lo que solo es el comienzo de la aventura de Juan Antonio Fernández Madrigal, diré que este bello micro está dedicado a la literatura: a los libros en papel y a todas sus virtudes, no solo a poder disfrutar de la letra impresa y lo que esta exprese. Es una peculiar oda a la prosa o a lo que sea que contengan las páginas de nuestras adoradas reliquias; a su olor y a su tinta; a lo que desprende y a lo que despierta. En definitiva, se trata de una amorosa alabanza a la increíble experiencia en la que se convierte disfrutar de un libro.

Sin embargo, en otras Irrealidades, la historia dedica un precioso espacio a objetos inanimados, dotándolos de toda la vida necesaria para poder pasar a ser curiosos observadores y, a veces, auténticos confidentes. (Cosas que podrían llegar a ser tan tontas como un vaso o un sofá, y que aquí desprenden un potente encanto). Y, si volvemos a ese ser y a sus investigaciones, hay curiosas anotaciones en las que, si ha de ocurrir, de pronto aparecerán unicornios o ángeles de la guardia; todo aquello que sea necesariamente fantástico para seguir ayudándonos a recordar, ¿o era a no olvidar? O podría suceder que apareciese ese otro lado del espectro, el que más congoja da, donde sabremos tanto de las crueldades como de la belleza de la guerra. Hay, inclusive, ficciones ambientadas en mundos de novela negra o de western, lo que, a mí, personalmente, me ha dado la oportunidad de probar nuevos perfiles literarios que ya tengo claro que Madrigal es muy capaz de desplegar, y que no conocía aún.

En general, esta droga que es, en definitiva, la Flor de hadas, nos habla de Irrealidades que existen en nuestro mundo; que te llevan a pensar a cerca del pasado, de la creatividad, de la falta de empatía o de sentimientos o, peor aún, de la pérdida de la esencia del ser humano —por esa manía nuestra de intentar controlarlo todo—; también, de poner fronteras y banderas, y de lo que supone protegernos tanto…

Por otra parte, el autor no puede disimular su carácter filósofo y poeta, porque tenerlo lo tiene, aunque lo niegue. Y, lo entiendo, porque es verdaderamente sonrojante llegar a saber tanto sobre la vida, las experiencias y la naturaleza humana, mientras que otros vivimos los mismos tiempos en la inopia. Y, si no me creéis, a ver qué opináis de esto: «somos el futuro de los que vienen después: somos una red». Desde luego, a mí me hace pensar que, tal vez, en eso consiste adentrarse en Flor de hadas en el bolsillo; en descubrir todo ese entramado de puertas que son excusas y que, en realidad, te llevan a los rincones que dicen que nuestras rutinas nos obligan a terminar viviendo atrapados en un mundo cada vez más aséptico, más falto de cariño; carente de imaginación y privado de casi toda libertad. Por eso, no tendremos más remedio que llegar a saber de esa otra contrapartida. Estoy hablando de las máquinas (entidad que casi nunca puede faltar en toda obra suya que se precie): aquellas que empiezan a tener aquí un hueco mucho más cómodo «siendo como son». Porque ellas solo necesitan funcionar y cumplir con su cometido dentro de lo que significa su propia existencia; no tienen esencia que perder, nada por lo que preocuparse, sin embargo, nosotros, los habitantes de Realidad, abandonamos la capacidad de evasión y terminamos volviéndonos como el lugar que habitamos, olvidando que somos una red y que, incluso, tenemos deberes y responsabilidades para los que vienen después (y para nuestra propia alma).

Eso contiene Flor de hadas en el bolsillo, y más, por supuesto, porque he terminado dándome cuenta de que, al final, dentro de la cabeza de Juan Antonio Fernández Madrigal, todo termina formando parte del mismo universo y está incluido de manera obligatoria en muchos de los relatos que ha ido creando a lo largo de su, ya extensa, carrera literaria, al tiempo que lo vuelve a hacer en sus grandes obras: El tapiz invisible, Fragmentos de burbuja, Umma… (fascinantes todas). Y esto sucede, básicamente, porque tiene que ser así. Su universo se mueve de forma misteriosa, y la conexión ha de ser permanente.

Para terminar, me voy a permitir hacerlo con unas palabras de Manuel Mota, autor de su bello posfacio: «Hay en su interior una sabiduría que proviene del dolor y nos previene contra él, y nos insta a la resistencia para no morir de realidad». Lo sé: redactar una frase, a la postre, ajena, y dejarlo ahí, no es muy bonito por mi parte, pero desde luego es la mejor descripción que se puede hacer de toda esta belleza. Al fin y al cabo, ya dije que no me veía capaz de escribir nada mínimamente decente.

© Copyright de Pily Barba para NGC 3660, Septiembre 2018

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