Flash Woman

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Por Miguel Guerrero

La efigie de Flash Woman fue pintada en el frontispicio de la discoteca, tintada en blanco y negro presidía la puerta principal del local. Sus cabellos ensortijados y la serena belleza de su rostro había alimentado las fantasías de una generación entera, y muchas chicas de la ciudad la habían imitado, tanto su aspecto físico como su comportamiento liberal y cosmopolita.

En realidad su nombre era Encarni Santiago. Su madre había llegado aquí formando parte de un espectáculo de variedades y cuando terminó sus representaciones la compañía se deshizo de ella y de algunas compañeras más, quedó varada en la ciudad a merced de su ingenio y de sus habilidades amorosas remuneradas, una héroe anónima de aquellos tiempos. Había trabajado en el cabaret Zapico y luego a las órdenes del Gallo Marini y más tarde puso casa propia en la que recibía, en uno de los patios de la calle San José.

La madre, con toda su buena intención, la había educado y la dirigía hacia la idea de que quizá el mejor proyecto para una vida sin dificultades era casarse con un buen chico con trabajo, no demasiado pijo pero en absoluto bajuno, y perderse en las insustanciales tareas domésticas que te ofrecen constantemente una relajada satisfacción prolongada, sin sobresaltos.

Pero Encarni se empleó en cuanto pudo en una peluquería y sin contradecir el proyecto materno lo fue posponiendo sine die, no sin arrepentirse de no llevarlo a cabo cada vez que el dueño del establecimiento, que ella pensó al principio que «entendía», la acosaba un día sí y otro también, tanto en lo laboral como en lo sexual. Esto la llevó a un lugar cercano a la neurastenia, que seguramente alteró la esfera de su sistema nervioso cuando estas agresiones sobrepasaron sutilmente su umbral de resistencia.

Los negros cabellos de Encarni eran rizados, largos y suaves, que flotaban como un muelle al andar, de una textura consistente, una fortaleza y brillo que no pasaba desapercibido a nadie y se había convertido en su rasgo físico más peculiar, la mirada de todos siempre se posaba en ellos. Una tarde noche, una vez cerrada la peluquería, el dueño le pidió que se quedase, que tenía que comentarle algo. Y lo que pasó unos minutos después es lo que ya sabemos. Acorralada en una esquina del local se había quedado sin más sitio en el que retroceder. Sin saber cómo, sus cabellos se electrizaron, pasaron del negro al gris y adquirió su cabellera un tono platino mate que parecía tener la fortaleza de un acero blando que, a poco que ella hizo el gesto de lanzarlo hacia delante buscando la defensa, el cabello se prolongó como cuchillas hasta la cara del malvado. Hizo un leve corte en la mejilla, limpio, y se retrajo hasta su posición habitual, de nuevo dócil y encantador, en un alarde de efectividad y precisión que a Encarni ni siquiera le había dado tiempo a asimilar. Tan sorprendida como el malo, la situación quedó en un impasse, paralizado el agresor, la mano llevada a la mejilla, entre los dedos brotaba el bermellón de la mala sangre.

Tras este suceso, Encarni decidió alejarse de la ciudad. Se retiró durante 53 días a un lugar perdido del Atlas marroquí, y allí meditó. Y una vez resuelta a utilizar su poder en defensa de los agredidos, se dispuso a practicar. Pero el cabello no respondía. Trataba de lanzarlo sobre un árbol, convertirlo en cuchillas afiladas y herir el tronco, pero se mantenía en su estado habitual. Desanimada, pensó que lo que pasó aquella tarde noche en la peluquería había sido solo fruto de su imaginación o un acontecimiento aislado y extraño que nunca más volvería a repetirse. Volvió a la ciudad. Tuvo la suerte de encontrar trabajo poniendo copas y más tarde como relaciones públicas en la discoteca Flash. No se olvidó del comportamiento de su cabello e insistió en recobrar su habilidad capilar, pero este se negaba a la acción.

Una madrugada, cuando volvía a su casa después del trabajo en la discoteca, fue abordada cerca del bar Los Navegantes, dos individuos se le acercaron y uno de ellos le pidió fuego para su cigarrillo, el otro se posicionó a su espalda. Sintió una tensión especial en todo su cuerpo y les pidió que la dejaran, que no quería hacerles daño. Se rieron. El que estaba frente a ella tendió la mano y quiso rozarle la mejilla: Encarni retiró la cara. El que estaba a su espalda le tocó los cabellos: bonito pelo, murmuró. Los rizos se tensaron y decolorados al gris ceniza se lanzaron hacia la mano que los había tocado, produciéndole heridas leves. El que estaba frente a ella quiso cogerla por los brazos pero los cabellos se rehicieron, se alargaron doblemente hacia delante y alcanzaron afilados el rostro del asaltante que ante el ataque cayó de espaldas sobre la acera mojada, las heridas apenas si sangraban, gracias a la precisión que había aplicado a la acción de sus cabellos. Los individuos corrieron del lugar. Encarni respiró hondo, sacó un cigarrillo de su pitillera y comprendió todo. Cuál era la forma de funcionamiento de su poder y cuándo era posible utilizarlo. Solo en ese momento cargado de adrenalina se activaba.

 

 

La popularidad de Encarni como relaciones públicas de la discoteca Flash, sita en la Avenida España, había llegado a tales índices que las jovencitas imitaban su peinado sobre todo, la forma de vestir y su saber estar ante los tíos que en la discoteca la abordaban sin miramientos. Ponía a cada uno en su sitio con dos frases y una mirada oportuna, y en poco tiempo pasó a ser respetada tanto en el local como fuera de él.

Su trabajo se desarrollaba solo de viernes a domingo, así que el resto de días Encarni se había dedicado secretamente a usar su poder a favor de las víctimas del maltrato. Conocía bien su barrio, detectaba con suma facilidad aquellos hogares en los que, soterradamente, se ejercía la violencia como forma habitual en el trato entre parejas, casi en su totalidad del hombre hacia la mujer.

Encarni pasó a ser Flash Woman; para no ser reconocida utilizaba un traje de cuero negro mate ajustado que le permitía agilidad en sus movimientos, y un antifaz que le cubría la cara hasta el borde del labio superior. Cenaba con su madre, ya prácticamente retirada de su oficio, hacía años que no recibía en su nueva casa, solo hacía algún trabajo ocasional que le reportaba más placer que ingreso económico, y enseguida Encarni se retiraba a su habitación desde la que trepaba hasta los tejados colindantes. Envuelta en las primeras negruras de la noche, Flash Woman se dirigía a su objetivo ya previsto, saltaba de azoteas a tejados y se deslizaba por bajantes hasta los callejones. Aguardaba el paso del maltratador y se encaraba a él en cuanto lo tenía a pocos metros de distancia. Amenazaba con matarlo si seguía su conducta agresiva hacia su mujer y le aconsejaba, por su bien, que dejara esas prácticas. Generalmente los hombres la atacaban, algunos le sacaban una navaja, pero el cabello de Flash Woman lanzaba su ataque con tal rapidez y precisión que no daba tiempo al hombre a nada. Sorprendido, recibía sus tres o cuatro cortes en la cara y quedaba aturdido por momentos. Flash aprovechaba para desaparecer de la escena.

Este fue el modus operandi de Flash Woman durante un tiempo, en el que ella pudo comprobar que la violencia en su zona de acción había descendido, aunque solo fuera por el temor de los hombres a ser atacados de nuevo. Más de una vez tuvo que repetir la acción sobre un mismo individuo que no se daba por aludido y esto acababa convenciéndolo del peligro que corría si volvía a las andadas. Pese al incansable y planificado trabajo, Flash pudo constatar un año después de empezar que si bien al principio había podido ayudar a bajar los índices de violencia, aparecían nuevos casos, se multiplicaban, podría hablarse de epidemia y cada vez el número de mujeres muertas a manos de sus compañeros era mayor. Aunque llegó a comprender que la solución al problema no podía ser una tarea individual, siguió haciendo lo que podía, aunque solo fuera por ayudar, pero en muchas ocasiones ya había querido dejarlo definitivamente.

El resto del tiempo hacía vida normal, todo le iba bien y seguía su trabajo en la discoteca. Pero quiso la fatalidad que una noche de sábado, cuando la pista de baile estaba a tope, la música arrastraba a más y más jóvenes a bailar, hubo un revuelo de empujones y golpes en el centro de la multitud hasta que al hacerse un claro quedó expuesta una pareja que forcejeaba, sobre la música suspendida él daba golpes a la chica y cuando la tuvo asida por el pelo la sacó de la pista. Encarni no entraba nunca en estas trifulcas, para eso estaban los de seguridad, pero pasaba el tiempo y estos no aparecían así que el cabello de Encarni se activó pese al esfuerzo que ella hacía para que esto no sucediera, no podía dejarse ver en público, esto acabaría con su labor, sería su fin como Flash Woman. El cabello, sin posible remedio, se electrizó hasta conseguir el bello color platino mate, llegó hasta el agresor e hizo los cortes pertinentes, pero esta vez alcanzaron mortal y equivocadamente la yugular, los cabellos de Encarni volvieron a su posición primera y atónitos todos los presentes pudieron ver cómo el chico caía al suelo y en pocos segundos yacía sobre un lago de sangre espesa, roja, oscura.

Entonces todos comprendieron que Encarni era la heroína de la que ya empezaban a circular rumores. Era vox populi que alguien andaba por las noches haciendo justicia en lo que aún no recibía el nombre de violencia de género. Algún que otro violento que había sufrido la advertencia de Flash acababa contando el suceso en la barra de un bar al calor de unas copitas de más, y enseñaba las cicatrices con el orgullo del sobreviviente. Fue desde entonces que a Encarni se le pasó a llamar popularmente Flash Woman y, poco tiempo después, su efigie presidía la entrada de la discoteca.

 

 

Encarni fue apresada y pasó siete años en el talego. Allí le cortaron el cabello al uno, con la obligación de pasar cada quince días por la peluquería: si algo tenían claro las autoridades de la prisión era cumplir esta disposición que había sido incluida con carácter irrevocable en su condena.

Cuando Encarni salió ya no existía la discoteca, había sido cerrada hacía unos años, pero aún quedaban restos de su retrato en la madera descolorida y a trozos desvencijada. Una vez fuera Encarni no se dejaba crecer el cabello, lucía una corta melena que se había encanecido en su totalidad, y cuya longitud tenía prohibido pasar más allá de lo prudente. En el interregno había fallecido su madre, y nada más llegar a la ciudad comprobó que apenas era reconocida, excepto por aquellos que fueron sus amistades más cercanas, que la ciudad a la que volvía ya no era la misma. Se acogió a un programa de reinserción que consistía en un puesto de cajera durante seis meses, prorrogable si así lo estimaba la dirección del establecimiento, en el Mercadona de la calle Clavel, construido en la finca en la que estaba el Patio Negrotto, allí donde su madre puso su primera casa en la que recibir. Allí encontró lo que equivocadamente llaman felicidad, a lo que ella sabiamente no aspiraba, eso que ella sabía que no es más que cierta tranquilidad que se consigue con una ambición moderada, lejana a toda pretenciosidad, y no como se cree comúnmente.

© Copyright de Miguel Guerrero para NGC 3660, Septiembre 2016