Fílmicos en el viento

 

Por Blanca Mart

Este cuento forma parte de

la Saga de los fílmicos, iniciada

en El Espacio Aural, (Alfa Eridiani).

 

Hemos caído en este satélite desolado, desconocido, fuera de nuestras rutas precisas y nuestros senderos estelares. Somos tres los tarados que hemos «embarrancado», por decirlo con alguna propiedad.

Bien, aquí estamos: John-A, el elegante y supuestamente insuperable piloto; Sebastian, el informático sabihondo, que saca títulos y especializaciones de la manga como si fueran caramelos. Y yo, Joe, el jefe de misión, profesional, práctico y de decisiones certeras. Bueno, hasta ahora.

Recuerdo haber gritado: ¡Aterricen!

Hay que reconocer que antes de lanzarnos a lo idiota contra este minúsculo satélite que orbita alrededor de ANX II, un pequeño plantea artificial, habíamos cumplido nuestra misión y llevamos una pequeña pero potente carga de carbono heliado con puntos de una nueva celulosa, para los laboratorios de Terra III.

El Espacio con mayúscula es así: señor poderoso de las leyes que conocemos y de las que no. Así que sin que nuestros finos radares dieran cuenta de ello, una tormenta de meteoritos nos zarandeó. Pudimos sortearla, eso es pan de cada día para nosotros, pero lo que no nos esperábamos es que un pequeño satélite del mismo material que los meteoritos, nos atrajera tan poderosamente que me obligara a dar la susodicha orden.

«¡Aterricemos!».

Sí, aquí estábamos: en una navecita bastante destrozada, que chispeaba por aquí y por allá y de la que teníamos que salir disparados pues por momentos se convertía en un lugar peligroso. Cargamos todo aquello que pudimos y que creímos imprescindible: agua, píldoras de supervivencia, oxígeno, comunicadores y no dio tiempo a más pues Sebastian anunció:

—Dos minutos. Cuando estemos fuera, clico el desamortizador, a ver qué pasa.

—Fuera, ¡ya! —dije.

Salimos y nos alejamos corriendo a toda pastilla, en una gravedad algo leve, con buen oxígeno y buen clima. Nos protegimos tras unas curiosas trincheras cavadas en tierra y di la orden.

—¡Ya!

Vimos desde nuestro refugio cómo la nave chispeaba, se estremecía, temblaba, los cortadores escupieron fuego y se cerraron compuertas. Luego, el silencio.

Nos miramos.

—No ha explotado —comentó John-A.

—Ya no lo hará —explicó satisfecho Sebastian, que tenía un postgrado en Cancelación de Desastres de Aterrizaje.

Respiramos aliviados y observamos el paisaje que nos rodeaba. La tierra era seca y dura, a lo lejos se vislumbraban algunas colinas. Campos sin vegetación se extendían ante nosotros. Algún árbol seco.  Oscurecía.

Mal escenario. Entonces el susurro llegó hasta nosotros. Era un susurro, sordo, continúo, que se detenía y reiniciaba en violentas ráfagas. Las ramas de los árboles se empezaron a mover, luego el ruido aumentó.

—Un huracán —dije—. ¡Adentro!

De nuevo corrimos como locos. Ahora hacia la nave.

Nadie preguntó si eso era seguro porque no había mucho donde elegir. En unos segundos caímos al suelo, el viento que llegaba nos zarandeó, las mochilas se alejaron rodando, nos arrastramos sujetándonos unos a otros y al fin, entramos en la cápsula de emergencia, que pudimos situar rápidamente dentro de la cabina de seguridad. Bien, parecía que nos habíamos librado. Ahora había que esperar a que el huracán pasara.

Pero no pasó.

 

II

 

Teníamos hambre. Quizá exagerábamos, quizás tres días sin probar bocado, excepto alguna que otra píldora vitamínica, no era para tanto; bebíamos agua exprimiéndola de aquí y de allá. Un trapo mojado, algo que quedara en el fondo de una botella.

Fue Sebastian, que tenía un diplomado como Radioaficionado Estelar, el que trajo la buena noticia.

—Ha aterrizado una nave bastante maja, la visión no es clara, pero nos estamos comunicando. No están muy lejos. Escuchad.

Nos situamos, lentamente, alrededor de un cachivache en el que Sebastian trabajaba. La voz que se podía oír era joven y fuerte, agradable, amistosa, una voz de mujer.

—Soy la capitana Rayna de la nave Quimera, de Terra III. ¿Cuántos sois?

—Tres —contesté débilmente.

—Os sacaremos en cuanto acabe el viento. Aguantad.

El viento susurraba, rugía, no descansaba ni un segundo, empecé a oír ruidos que se mezclaban en mi mente: incendios y ciudades cayendo, galopar de caballos en mi cráneo. El hambre cada vez era más fuerte, más intensa, en aquel lugar devastado por la guerra. ¿Por la guerra?, ¿empezaban las alucinaciones?

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Oigo cosas extrañas —murmuró John—, veo resplandores en el cristal de la escotilla-visora.

—No es eso —afirmó Sebastian, que tenía un diplomado en Asuntos Fílmicos, Antropofílmicos y Exofílmicos—, son fílmicos.

Le miramos consternados.

—Son seres de filmes antiguos, muy antiguos, de Tierra —continuó— se solidifican, se alimentan de celulosa, de algunos nitratos… en fin, mejor que pasen por nuestro lado y desaparezcan, nunca se sabe. Pero allá van… el capitán Buttler, el caballero Ahsley, amor imposible de Scarlett… la vieja Mamy… no lo puedo creer…son personajes de Lo que el viento se llevó.

Algo habíamos oído de esas leyendas sobre nuevos seres, los fílmicos o imágenes o reflejos, pero como no teníamos fuerzas para entrar en conversación, nos quedamos callados mirando los resplandores del exterior, escuchando el rugir incansable del viento.

De pronto, Sebastian movió, toco y sacudió la radio de sus invenciones.

—¿Ve lo que yo veo capitana?

—Sí —contestó la voz de la mujer—. Veo una mujer con un vestido carmesí, camina a través de viento, tranquila, sosegada, protegida por un túnel transparente que parece celulosa-neoversuniana… pero no estoy segura… ¡atención!, va muy decidida hacia vuestra nave…

Unos segundos después la puerta de la cabina se abrió y una hermosa joven apareció en el umbral.

—Vamos muchachos —dijo sonriendo con coquetería y tomándose del brazo de John— no voy a pasarme la tarde esperándoos. Entrad en el túnel y os llevaré hacia ese otro extraño refugio; parece que allí hay unas chicas que tienen comida. Rápido.

Hay que reconocer que no nos lo pensamos mucho y unos segundos después, los tres, lentamente, casi flotando, seguimos a aquella alucinación que conducía a tres aventureros famélicos hacia la salvación. Fue cosa de minutos y entramos en la nave que llegaba de Terra.

La capitana Rayna, nos condujo, casi arrastró, a una mesa, ella y tres mujeres más nos inyectaron algo, nos dieron un poco de agua y unas cápsulas. Una simpática soldado-cocinera nos prometió una buena cena en cuanto nuestro cuerpo se recuperara. Era un salvamento profesional, en toda regla.

Mientras los elementos estabilizadores nos ponían en funcionamiento, nos situamos frente a una de las ventanas de observación.

—¡Mirad! —señaló Sebastian, emocionado—. Que belleza, qué maravilla. Ahora dirá: «Pongo a Dios por testigo que nunca más volveré a pasar hambre».

El viento seguía rugiendo y la joven de rojo se había detenido frente a un árbol seco, la tarde brillaba color naranja. Las navegantes y nosotros mismos seguíamos fascinados la escena.

El viento se detuvo. Se oscureció la tarde.

La joven tomó algo de la tierra, luego se puso en pie y con el puño en alto, se enfrentó desafiante al cielo del anochecer.

—Que belleza, qué maravilla —susurraba Sebastian, emocionado— y fue repitiendo con la joven, las palabras que un murmullo en sordina nos traía:

«¡Pongo a Dios por testigo, que nunca más volveré a pasar hambre!».

Todos miramos al joven informático asombrados.

—¡Sabías lo que iba a decir! —se rio una de las navegantes.

Sebastian respondió con timidez:

—Es que me gustaba mucho esa «peli».

De nuevo, nos llegó amplificada la voz de la mujer recitando armoniosamente:

«Ni yo ni los míos, ni ningún navegante perdido pasará hambre».

—Eso no estaba en el guion —protestó Sebastian, indignado.

Pero a todos nos pareció muy bien ese pequeño cambio.

 

Durante un buen rato las escenas se alteraron; según las explicaciones del experto en fílmicos, lo que había ocurrido era un CIG (cambio imprevisto en el guion). Los soldados pasaron a caballo frente a nuestra nave, sin percatarse de nuestra existencia, a lo lejos, una ciudad ardiendo resplandecía, y entre las llamas, la joven Scarlett, huía hacia la tierra amada de Tara.                                          

                                                    

III

 

Ni la más leve brisa se movía. Suspiramos, la experiencia nos había llevado más allá del asombro. Pedimos a nuestras salvadoras autorización para bajar a nuestra nave a recoger lo que se pudiera. No accedieron; estábamos muy débiles y les urgía marcharse de allí. Ninguno conocíamos las leyes naturales de aquel lugar, y un cierto rumor de lluvia, lluvia desconocida, sin reglas, alborada de extraños colores, se barruntaba en la distancia.

Así que tres mujeres-soldados, armadas hasta los dientes, bajaron, y estábamos acabando de cenar cuando regresaron con nuestra mercancía, que llevaron al almacén. Luego, mientras tomábamos café clonado, se explicaron amigablemente.

—Esta es la nave pirata Quimera. Lo de pirata —dijo la capitana—, no valía la pena que os lo comentara antes—. Os habríais impresionado. ¿Creéis que alguien pagará rescate por vosotros?

—Sí  —dije rápidamente.

Las jóvenes sonrieron.

—Menos mal —dijo una— porque nos caéis muy bien.

 

Entretanto, Sebastian miró hacia fuera, ¿acaso esperaba que llegara de nuevo Scarlett a rescatarnos? De repente le susurró al piloto:

—Oye, John, ¿tú no te llamas Ashley de segundo nombre?

—Sí —contestó este—, ¿por qué?

—Por nada, cosas mías. Creo que, por el bien común, deberás hacer una huelga de hambre.

La sonrisa amable de Sebastian me recordó al gato de Cheshire. Pero yo pienso que con tantos cambios imprevistos en los guiones, ¿recordaría Scarlett a su amado Ashley? Esperemos que sí.

© Copyright de Blanca Mart para NGC 3660, Mayo 2018

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