¡Feliz navidad, gilipollas! – Reed.

 

Por Joan Antoni Fernández

El enorme Papá Noel inclinó su cabeza sobre el rostro asustado del niño que tenía sentado en sus rodillas haciendo que los pelos de la barba postiza cosquillearan la nariz del pequeño.

—¿Y tú qué quierez, guapo?

Arturito amagó un puchero y volvió la mirada hacia su padre, implorando ayuda.

—Oiga, está asustando al pequeño —Arturo senior tamborileó con los dedos en el hombro escarlata del hombre disfrazado.

—¿Qué paza? —Papá Noel se giró hacia él con expresión tremebunda—. ¿No vez que le eztoy preguntando a tu hijo qué mierda de regalo quiere para Navidaz?

—Ya, bueno —Arturo se azoró—, pero es que el pobre se ha asustado…

—¿Azuztado, dices que se ha azuztado de Papá Noel? —el individuo puso sus brazos en jarras a la vez que miraba a padre e hijo de hito en hito—. ¡Venga ya, zoiz tontoz del culo! Nadie ze azuzta de Papá Noel, ¿verdad que no?

Arturito rompió a llorar y su padre se apresuró a alzarlo, sacándolo en volandas de las rodillas de aquel energúmeno.

—Dispense, ya nos vamos —murmuró alejándose a toda prisa.

—¡Oye, ezpera! —gritó Papá Noel, levantándose de un salto y corriendo tras de él hasta  asirle por el hombro—. ¡No te vayaz de eza manera, me eztás hundiendo el negocio! ¿Qué van a penzar todos loz niñoz de la cola?

—¡Me da igual!

Arturo se desasió de un violento tirón de las garras del otro y, todavía con su gimoteante hijo en brazos, corrió por la atestada antesala de los grandes almacenes hasta alcanzar la calle. Rápidamente paró un taxi y penetró en su interior.

—¡Deprisa, salga disparado de aquí! —le gritó al taxista.

En aquel momento el enfurecido Papá Noel llegó hasta ellos y comenzó a golpear el cristal de la ventanilla con frenética energía.

—¡Zal de ahí dentro, capullo! ¡Da la cara! ¡Gilipollaz, trae a tu hijo para que me diga qué coño quiere para Navidaz! ¡Mal padre, gamberro, dezcreído! ¿Azí le enzeñas a tu hijo a rezpetar laz fieztaz? ¡Ven aquí zi te atrevez!

Por fortuna el vehículo aceleró zambulléndose entre el denso tráfico y Arturo contempló aliviado como aquel energúmeno vestido de rojo iba empequeñeciéndose en la distancia, todavía lanzando exabruptos y gesticulando con los brazos en alto. Entonces suspiró aliviado y se sacó un pañuelo para sonarle los mocos a su hijo, quien hipaba en silencio a su lado.

—Lo siento, Arturito —le dijo con una media sonrisa—. Tu madre tenía razón, ha sido una mala idea venir aquí.

Ciertamente su intento de acercar al niño al concepto de celebración navideña había acabado en un rotundo fracaso. Susana estaba en lo cierto y él se equivocaba, ellos no estaban preparados para festejar la Navidad.

El jefe de personal observó el expediente que tenía sobre la mesa y luego clavó su fría mirada en la figura de Arturo.

—Lo siento, señor Mendieta —dijo con cierta alegría mal disimulada—, pero en estos días de pedidos urgentes la empresa precisa de alguna persona que monte guardia en la oficina. Mucho me temo que tendrá usted que trabajar el día de Navidad.

—No hay problema, señor.

—¿Eh? —El jefe de personal pareció un tanto decepcionado y repasó el informe con mayor detenimiento—. ¡Pero si usted ha estado haciendo guardia todas las Navidades desde hace siete años! ¿Cómo es posible?

—Si se fija bien, verá que en los años anteriores siempre he sido voluntario. He ido sustituyendo a todos mis compañeros cuando les tocaba venir, así que no me importa si en esta ocasión ha llegado mi turno de montar guardia dicho día.

—Pero eso significa que lleva usted siete años sin celebrar la Navidad en casa con su familia.

—No importa, ya comparto con ellos los otros días del año.

—¡Pero Navidad! —Su superior le miró con incredulidad—. ¡Es el día mágico, el Nacimiento del Señor, las fechas más señaladas de amor y recogimiento!

—Un día como otro. Incluso algo más paliza, si me permite la expresión.

—¿Cómo…? —El jefe de personal no salía de su asombro y volvió a hundir la mirada en el expediente, desmenuzándolo letra por letra en un desesperado intento de hallar una explicación a tan desconcertante actitud. Por fin pareció hallar algo interesante en el historial y alzó la cabeza sorprendido—. ¡Es fascinante! Permítame un momento, tengo que hablar con el señor Delarrubia.

Esta vez Arturo sí que se sobresaltó. ¡El señor Delarrubia, el Director General de la empresa! ¿Qué estaba ocurriendo?

Pasaron cerca de diez minutos antes de que Arturo oyera cuchicheos tras la puerta del despacho. Sobresaltado, clavó los ojos en las sombras que se reflejaban en el cristal y aguzó el oído tratando de entender lo que se decía al otro lado.

—…no hay la menor duda —la voz del jefe de personal subió algo el tono haciéndose más audible—, todos los datos coinciden. Además, la prueba del ADN es concluyente: ese hombre posee el gen.

—¡Qué extraordinaria casualidad! —Arturo se sobresaltó al reconocer la voz del mismísimo Director General—. Veamos ese portento.

La puerta se abrió y los dos hombres entraron mientras Arturo se levantaba con rapidez.

—Siéntese, siéntese —Delarrubia hizo un gesto con la mano y Arturo le obedeció mientras los recién llegados se aposentaban ante él al otro lado del escritorio. El Director General le observó con evidente interés y asintió satisfecho—. ¡Es realmente extraordinario! Usted no lo sabe, amigo mío, pero posee un don muy apreciado por esta empresa.

—¿Un don?

—Señor Mendieta —el jefe de personal tomó la palabra—, como sabrá la ley autoriza a nuestra empresa para que pueda realizar un estudio genético de todos los empleados antes de contratarles, de esa forma se detectan posibles malformaciones que serían inadecuadas para el futuro desempeño de su cometido. Los análisis de usted son correctos, no se alarme, no obstante… Hasta ahora no habíamos prestado atención a un dato al parecer irrelevante, pero acabo de revisar los resultados y no existe la menor duda: usted posee un gen poco frecuente entre la clase trabajadora, un gen que nos puede ser muy útil.

—El gen de la inmunidad comercial —Delarrubia puntualizó con una enorme sonrisa bailando en sus labios—. En otras palabras, usted es inmune por naturaleza a todo tipo de campañas publicitarias, no le afectan los anuncios, pasa olímpicamente de las fechas señaladas. Seguro que no hace caso del Día del Padre ni del Día de la Madre, y por supuesto le parece una solemne memez eso de celebrar la Navidad regalando tonterías y abalorios a diestro y siniestro. ¿Me equivoco?

—No, en absoluto —Arturo se sobresaltó al ver expresada su forma de pensar de una manera tan exacta.

—Mire, amigo, voy a hacerle partícipe de un secreto, el secreto mejor guardado por toda la clase dirigente: los seres humanos son extremadamente manipulables. ¿Se ríe usted? Piensa que eso es una verdad de Perogrullo, ¿verdad? Cierto, pero no por ello resulta menos cierta. Hace años se descubrió que la propaganda lograba controlar a las masas, manipulándolas a la vez que anegaba su individualidad y su raciocinio. Fíjese en lo que consiguieron con semejante técnica los nazis: llegaron al poder y casi arrasan el mundo. ¿Y cuál fue su arma principal? La propaganda, no lo olvide usted. Hoy en día el propio capitalismo se basa en la propaganda. Somos los mejores, los más libres, los más desarrollados, los que siempre tenemos razón. Propaganda, simple propaganda, una campaña muy hábil que ha ido calando en las masas adormeciendo su espíritu crítico.

—Pero el sistema capitalista se basa en el consumo —el jefe de personal asintió con la cabeza y prosiguió con la historia del otro—. Debemos lograr que la gran masa compre, gaste, se endeude y haya de trabajar más para seguir comprando, gastando y endeudándose. Es una espiral sin fin que mantiene en funcionamiento la maquinaria del capitalismo. Nosotros, los comerciantes, somos el ejército encargado de mantener todo el sistema en marcha. Durante todo el año creamos días especiales para el consumo compulsivo, obligamos a la gente a gastar incluso por encima de sus necesidades. Por eso las campañas navideñas son cada vez más largas, empezamos en noviembre y acabamos en enero. Un trimestre de gasto desenfrenado que endeuda a mucha gente, obligándola a producir a un ritmo cada vez más acelerado, preparándola para el próximo año. Engrasamos el capitalismo para que funcione con la precisión de un reloj.

—Claro que, con el tiempo, la gente comienza a ser inmune a nuestras tácticas —Delarrubia continuó con nuevo brío—. Cada vez hay que aumentar la dosis de propaganda, hacerla más subliminal, más repetitiva. Surgen nuevos individuos con mayor resistencia a las campañas de ventas, mutaciones capaces de obviar el intenso bombardeo publicitario. Usted es una muestra palpable de lo que digo, de alguna forma su ADN ha adquirido un gen inconformista que no se deja influenciar.

—Algunas empresas ya están empezando a utilizar técnicas de intimidación. Se ha puesto de moda contratar a individuos zafios para que se vistan de Papá Noel y obliguen a la clientela a comprar y encargar regalos. Como dicha técnica se realiza dentro de establecimientos con libre acceso hasta ahora la ley no se ha involucrado en el asunto. Pero a mí no me convence semejante método, lo encuentro extremadamente peligroso y creo que puede producir en la opinión pública un resultado contraproducente.

—Estoy de acuerdo —Arturo se estremeció recordando su anterior experiencia.

—Por eso nosotros hemos creado nuestra propia estrategia —el Director General clavó los ojos en el rostro de su empleado—. Y ahí es donde le necesitamos a usted.

Arturo avanzó por entre el gentío que atestaba el enorme vestíbulo de los grandes almacenes. Se sentía ridículo dentro de aquel estrafalario vestido rojo que le bailaba por todo el cuerpo, con un cojín oculto atado a su estómago y portando encasquetado en la cabeza un ridículo gorro del que pendía una borla no menos ridícula. La barba postiza le picaba en el rostro haciendo que, de forma involuntaria, tuviera que estar ajustándosela al tiempo que se rascaba con fruición.

¿Cómo se había dejado convencer para interpretar semejante mascarada? Bueno, en realidad no le habían convencido. El jefe de personal había sido taxativo: era eso o el despido, no había otra opción. Además, el sueldo era bastante bueno y el trabajo no resultaba difícil. Pero todo ello no impedía que Arturo abominara de semejante tarea. Si no fuera porque tenía un hijo pequeño que mantener…

le había explicado el propio Delarrubia, Arturo había sido inoculado con un virus manipulado en los laboratorios de la empresa que provocaba en su portador una fiebre consumista sin límites. El hecho de que él fuera inmune le convertía en el recipiente adecuado para extender el contagio por entre los consumidores. Al parecer dicho virus necesitaba un cuerpo como el suyo para poder desarrollarse, pues en un individuo normal moría al cabo de poco tiempo. Arturo tan sólo tenía que tocar a una persona con sus guantes especiales y el sujeto en cuestión se veía inmerso en una vorágine derrochadora que podía durar varias horas.

Pero, ¿estaba bien lo que Arturo hacía? Él nunca había creído en la Navidad, considerándola una fiesta artificiosa y falsa, impuesta por la jerarquía imperante, una hipocresía cuya auténtica finalidad era impulsar a la población a gastar de forma desenfrenada. ¿Era ético que él esparciera aquel virus obligando a los demás a derrochar su dinero en algo que sabía erróneo y manipulador? Tal vez sería mejor renunciar a aquel trabajo e intentar ganarse la vida de una forma menos inmoral.

—¡Ezte zitio ez una mierda! Zeguro que no vaz a encontrar nada, vámonoz.

¡Esa voz! Arturo se volvió con rapidez y escrutó con ansiedad entre las caras que desfilaban ante él. Por fin descubrió su objetivo. El tipo iba de paisano, pero no había la menor duda: era él, el maldito Papá Noel que había hecho llorar a Arturito la tarde anterior. Se trataba de un individuo feo y abigarrado, de mirada algo estúpida y ademanes groseros. Un paleto, penso Arturo sin piedad. Llevaba casi a rastras a un chico mayor, de unos quince años, que era el vivo retrato en joven del otro. Su hijo, el pobre, digno heredero de la fealdad paterna.

—¡Aquí, aquí! —El mozalbete gimoteó con voz estridente—. ¡Vamoz pa, yo quiero eze coche!

—¿Te haz vuelto tarumba? —el hombre puso los ojos en blanco—. Eze trazto vale un huevo, ya compraremoz otra coza en una tienda máz barata. Ahora tenemoz que irnoz, tengo que hacer de Papá Noel dentro de media hora.

—¡Yo quiero eze coche! ¡Buaaaa!

—¡Que te ezperez, joder! Ya intentaré birlarle la cartera a algún cliente ezta tarde y volvemoz luego, ¿vale ya?

Ante aquellas palabras Arturo se enardeció mientras una extraña luz parecía crecer en su interior. Con paso vivo se acercó a aquel energúmeno sintiéndose dominado por una repentina sensación de poder.

—¡Eh, tú! —gritó llegando a su lado.

—¿Qué paza? —el otro se volvió bizqueando y le miró sorprendido.

Arturo se abalanzó sobre él y, ante su estupor, le abrazó con vehemencia.

—¡Feliz Navidad, gilipollas!

© Copyright de Joan Antoni Fernández para NGC 3660, Diciembre 2016

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s