Fallo crítico – Reed.

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Por José Antonio Suárez

La bodega de carga del transbordador espacial Utopía se abrió con un bostezo ahogado. Oze Cloverdale comprobó la presión de su traje y respiró hondo. Estaba amaneciendo. Un destello de luz asomó tímidamente por el globo terrestre en penumbras, derramando un arco blanquecino sobre el continente africano. Oze polarizó la visera de su casco para evitar el deslumbramiento y pulsó el control de su mochila. El cohete vector lo levantó suavemente del suelo de la bodega, dirigiéndolo hacia su objetivo.

El telescopio espacial Galileo resplandecía con orgullo a la luz solar, como si acabase de ser puesto en órbita aquella mañana. Pero no era así. El Galileo llevaba una década escudriñando el firmamento, y aquélla no era la primera ocasión que los astronautas subían a arreglarlo. Oze sospechaba que no sería la última.

—Grúa enganchada —confirmó por la radio—. Lo tenemos.

—¿Qué se habrá estropeado esta vez? —tronó Nigel en su casco—. Seguro que serán las lentes. Deben estar picadas por los micrometeoritos. Tienen que estarlo.

—¿Estás seguro? —respondió Oze.

—Este condenado trasto no ha parado de causar problemas desde que la NASA lo puso en órbita. Con el dinero que se han gastado en reparaciones podrían haber fabricado otro nuevo.

—¿Y si resulta que no está estropeado?

—No digas tonterías. No existe ninguna galaxia con forma triangular a diez mil millones de años luz de la Tierra; ni tampoco a cualquier otra distancia. No existen en ningún lugar del universo, porque las galaxias con forma de triángulo equilátero son imposibles.

Oze estaba básicamente de acuerdo en eso. Lo más parecido a configuraciones caprichosas en el espacio eran las galaxias espejo, producidas por la distorsión de la luz al pasar cerca de una masa gravitatoria. Se veían dos galaxias idénticas muy cerca entre sí, en lugar de una. Pero un triángulo, un triángulo equilátero perfecto, era algo diferente. Y el Galileo había captado la imagen con total nitidez. Los científicos no le encontraban explicación.

Se mordió el labio inferior y aseguró la abrazadera de la grúa al descomunal cilindro del telescopio.

—Puedes ir bajándolo —dijo a Nigel—. El paquete ya está listo.

El brazo acercó el cilindro hasta situarlo en posición vertical sobre la bodega.

—Podría ser una tomadura de pelo —comentó el piloto—. Tendría gracia, hacernos subir aquí por culpa de un bromista.

—No sé a qué te refieres.

—Bueno, antes de despegar se rumoreaba que alguien podría haber interferido en la transmisión del Galileo, enviando a la NASA imágenes falsas. Quizás algún antiguo empleado que conozca nuestros códigos y quisiera vengarse.

—Si es una broma, desde luego habrá que felicitar al autor —dijo Oze—. Aunque no creo que en control de misión sean tan estúpidos como para haberla pasado por alto.

Oze no se equivocaba.

Tras una exhaustiva revisión del cilindro, no apareció la menor evidencia de que algo estuviese estropeado. El Galileo se hallaba en perfectas condiciones de funcionamiento, o por lo menos, tanto como podía esperarse de un telescopio con diez años de antigüedad.

Oze no se sorprendió demasiado. Una galaxia triangular, ¿y qué? No comprendía la causa de aquel jaleo. ¿Por qué no podían existir galaxias triangulares? Tal vez aquélla no fuese su verdadera forma; en realidad el triángulo se hallaba en los confines del universo, su luz había sufrido multitud de distorsiones desde que salió de su fuente hasta que llegó al sistema solar; había tenido que atravesar nubes de polvo, sufrir el efecto de los pozos de gravedad, y quién sabe qué más. Probablemente se trataría de un nuevo efecto óptico que, aparte de su vistosidad, no tendría mayor interés salvo para un pequeño círculo de curiosos.

Transmitieron inmediatamente a la base toda la información de que disponían. El triángulo de luz era real y el Galileo no estaba dañado.

Contra lo que pudieran suponer, allá abajo no se sorprendieron de sus conclusiones. De hecho, la visión acababa de ser confirmada por el radiotelescopio de Arecibo. Oze se alegró de la noticia. Significaba que su trabajo había terminado y regresaban a casa. Había prometido a Sara que celebrarían su aniversario de bodas con un viaje a París. Habían planificado aquel viaje hasta el último detalle, ya tenían los billetes reservados y deberían partir dentro de cuatro días. Sus jefes le habían asegurado que aquélla era una misión rutinaria que no les llevaría más de dos días en órbita, así que todavía disponía de un margen de seguridad de otros dos días por si la cosa se complicaba. Sin embargo, el hecho de que hubiese sido despertado a las cuatro de la madrugada por el capitán de la base, y que tuvieran que despegar precipitadamente aquella misma mañana no era precisamente un hecho tranquilizador. Apenas tuvo tiempo para llamar a Sara por teléfono en las instalaciones del control de misión, poco antes de embarcar en la lanzadera. Su mujer estaba angustiada, sabía perfectamente que las misiones de la NASA se planificaban detenidamente con una antelación de varios meses. Oze no habría sido enviado a la órbita si su tarea consistiese simplemente en reparar un vetusto telescopio espacial.

Arecibo no se había limitado a confirmar la existencia del triángulo de luz. También había captado una misteriosa cuerda que bajaba desde uno de sus lados y se alejaba a gran distancia. En consecuencia, ya que estaban allí y el Galileo era el único telescopio espacial en activo, se les asignó el estudio de este nuevo fenómeno.

Congregados en la cabina de control, Nigel, Milton y Oze miraban incrédulos la imagen transmitida desde la Tierra, que mostraba aquella tenue hebra de luz extendiéndose por los vacíos siderales desde el lado izquierdo del triángulo. Parecía el trazo equivocado de un mal dibujante.

—Esto no puede ser obra de un bromista —dijo Oze.

—¿Por qué no? —sonrió Nigel—. Conozco a tipos que serían capaces de continuar hasta el final una tomadura de pelo como ésta. No me extrañaría si pronto apareciese algún mensaje burlón sobre el triángulo para dejar a la NASA en evidencia.

—Pero Arecibo…

—Datos falsos, todo se reduce a eso. Trucas los datos, los introduces en la red y los demás verán lo que tú quieras.

—Me parece una sandez lo que estás diciendo —intervino Milton—. Además, ya que estamos aquí arriba y tenemos control directo sobre el telescopio, ¿por qué no lo enfocamos hacia el triángulo, a ver qué encontramos?

Así lo hicieron. La hebra de luz apareció con claridad en sus monitores.

—Quizás sea una supercuerda —sugirió Milton.

—¿Dibujada con un tiralíneas? —replicó Nigel—. Por favor.

—Por qué no. Ignoramos la forma que tienen. Nadie las ha visto jamás.

—Es muy improbable que una supercuerda adopte la forma de una línea recta —explicó Nigel—. La naturaleza está regida por la ley de la mínima energía. ¿Te has parado a pensar por qué los planetas son redondos en lugar de cuadrados? Una supercuerda no podría ser una recta perfecta, debería tener forzosamente irregularidades porque …

—Callad un momento —intervino Oze—. Está creciendo.

Al principio no se distinguía del fondo del espacio, pero paulatinamente fue haciéndose visible. Una segunda línea se perfilaba por el lado derecho del triángulo y salía del campo de visión del telescopio, como el filamento de una tela de araña sorprendida a contraluz; perdiéndose en la vastedad del espacio.

—Parece más larga que la anterior —comentó Milton—. Esa maldita cosa es enorme.

Recorrió los rostros de sus compañeros. No daban muestras de haberle oído. Únicamente miraban el monitor de la consola, entre el asombro y la inquietud.

—Oze, me temo que tu viaje a París tendrá que esperar.

El aludido cabeceó afirmativamente, sin retirar sus ojos de la pantalla.

Los días pasaron, y el trabajo para los tres astronautas se agolpaba en la lanzadera. Oze sabía que sus planes de aniversario habían quedado definitivamente anulados, pero lo peor estaba por venir.

Habían aparecido cientos de triángulos en aquel sector estelar, hasta ocupar diez grados de la esfera celeste. Todos eran exactamente iguales y estaban unidos por un entramado de líneas plateadas que recorrían distancias que los astrónomos medían en megaparsecs. Nadie sabía qué estaba pasando. Las mejores mentes del planeta se habían puesto a elucubrar teorías, mientras los informativos se dedicaban a desatar el pánico entre la población. Los triángulos ya eran visibles a simple vista desde la Tierra, y con cualquier telescopio al alcance de un aficionado medio podían observarse los hilos que los unían entre sí. Al contemplar las imágenes que pasaban por televisión, Oze se alegraba de estar allí arriba, lejos de la locura general; aunque sólo por un instante. Sabía lo que Sara tenía que estar pasando, y no podía hacer nada para tranquilizarla, porque habían prohibido transmitir llamadas particulares desde el Utopía. Houston mantenía un control férreo sobre las comunicaciones, se había declarado el estado de alerta nacional y ninguna información procedente de la lanzadera podía trascender a la opinión pública.

Oze observó a través del ojo de buey el grueso cilindro de la Galileo. Ojalá todo se hubiera limitado a un pequeño fallo de calibración de las lentes. El dibujo que formaba el conjunto de triángulos se hacía cada vez más nítido, y lo que contemplaba le erizó la epidermis.

¿Sería acaso el fin del mundo? ¿Era así como tendría que acabar todo? El cielo comienza a poblarse de triángulos de luz, y de pronto… se acabó. ¿Por qué precisamente ahora? El universo llevaba eones existiendo. ¿Por qué tenía que ocurrir precisamente en ese momento? ¿Y por qué tenía que ocurrirle a él?

Milton apretaba contra su pecho la bolsa de ron que había introducido subrepticiamente en su equipaje. Las bebidas alcohólicas estaban prohibidas a bordo, pero Milton tenía un contacto en la agencia espacial que le envasaba sus licores preferidos en aquellas bolsitas presurizadas, que lucían el anagrama oficial en lugar visible bajo inocentes etiquetas de agua.

—Parece una superestructura —dijo Nigel—. Una especie de envoltura del espaciotiempo. Tal vez ése sea el aspecto que siempre ha tenido. ¿Qué opinas, Oze?

—No lo sé. Si lo supiera, no estaría aquí. Nadie lo sabe, eso es lo preocupante. Simplemente, lo que estamos viendo carece de lógica. No debería estar ahí.

—Pero está —insistió Nigel—, y nuestra obligación es encontrar respuestas.

—No. Nuestra obligación es recoger datos y reenviarlos a la Tierra. Allí pueden encontrar esas respuestas. Si es que existen —murmuró.

—Pues a mí, todo esto me recuerda a una bolsa de naranjas —intervino Milton, tomando un sorbo de ron.

Ambos se quedaron mirándolo, pero Milton no quiso ser más explícito y se acercó flotando hacia el ojo de buey para contemplar el vacío del espacio.

—¿A quién sobornaste para que te incluyeran en esta misión, maldito borracho? —gritó Nigel.

Milton no respondió. Nigel se volvió hacia Oze en busca de apoyo, pero los pensamientos de éste se encontraban en otra parte.

—Oze, deja de pensar en tu mujer —Nigel le palmeó la espalda—. Estoy seguro de que encontraréis otro momento para viajar a París.

—Me gustaría poseer esa tranquilidad que tú tienes —dijo Oze—. Quiero decir, llevamos toda nuestra vida preparándonos para un momento como éste, y cuando llega, ¿cómo reacciono?

—Como todos los demás. No podemos hacer nada, ahí fuera está ocurriendo algo muy importante, y tenemos que resignarnos al papel de espectadores. Sólo nos queda mirar por la ventanilla, como Milton.

—No sé; creo que antes de casarme todo era distinto. Aceptaba este tipo de misiones como un reto, pero ahora está Sara, ella es lo más importante para mí ahora. Si algo le sucediera…

—Sé lo que quieres decir —asintió Nigel—. Todos tenemos a seres queridos ahí abajo —se volvió hacia Milton—. Bueno, casi todos.

—Una bolsa de naranjas —repitió éste mecánicamente.

—No le hagas caso —murmuró Nigel—. Está loco.

Oze observó pensativo el dibujo de triángulos que mostraba la consola de la nave.

—Quizás Milton tenga razón —dijo.

—Oh, vaya, ¿en qué? Pero si está desvariando.

—Las bolsas de las naranjas están formada por una red, una malla —explicó Oze—. Hasta ahora hemos supuesto que el universo tiene una estructura esponjosa, totalmente invisible para nosotros, pero podríamos estar equivocados. ¿Por qué la estructura no podría ser reticular? ¿Y por qué tendría que ser invisible?

—De acuerdo, suponte que así fuera. Pero te contestaré con otra pregunta: ¿por qué hasta ahora no hemos visto esa estructura?

—Bueno, no lo sé —reconoció Oze—. Ahí fuera debe haber ocurrido algo, una inestabilidad, una fluctuación energética, yo qué sé. Es como si hasta ahora hubiéramos vivido en un sótano, y de pronto surgiese un rayo de luz de la oscuridad y descubriésemos que vivimos en el interior de una tela de araña. Que siempre hemos vivido en ella.

—¿Un rayo de luz? —Nigel alzó las cejas—. Eso no tiene sentido.

—Dime una cosa que lo tenga en estos momentos.

—Pero ¿de dónde ha surgido?

—Hablaba en sentido metafórico. Olvídalo, era sólo una idea.

—No, espera. Podría ser, sí. Quizás estamos viendo la luz del big bang.

Milton habló desde su ojo de buey:

—Es una trama —decía—. Un esqueleto. El universo se está cayendo a trozos, y ahora estamos viendo su armazón. La malla se rompe. Las naranjas caerán.

—Estás borracho —replicó Nigel—. Dame esa bolsa.

Milton forcejeó con su compañero. El ron se derramó por la cabina, desperdigándose en pequeñas gotas esféricas que danzaron en la ingravidez alrededor de ambos.

—¿Ves lo que has hecho? —bufó Milton. Trató de atrapar a Nigel, pero los reflejos de éste no se hallaban nublados por el alcohol y le esquivó con facilidad. Milton gruñó algo, y Nigel se marchó flotando hacia el habitáculo contiguo, burlándose de él.

—Me gustaría saber qué ocurrirá cuando todo el cielo esté cubierto de triángulos —comentó Oze.

—Nos quedaremos sin estrellas que estudiar —Milton se encogió de hombros—. Tal vez entonces nos permitan volver a casa.

Oze sacudió la cabeza. No estaba muy seguro de que para entonces existiera una Tierra a la que regresar.

—Las tramas geométricas no pueden ser naturales —dijo—. Nigel tiene razón en eso. Los planetas cuadrados no pueden existir, ese tipo de configuraciones requieren energía para ser estables. Y los triángulos son demasiado perfectos, no pueden haberse organizado así de un modo casual.

Milton no respondió. Estaba demasiado preocupado en evitar que el resto del ron de la bolsa no se desparramase por la cabina.

—Si fuésemos parte de una simulación —dijo—, ¿crees que nos daríamos cuenta?

Milton no se tomó la molestia de responder.

—Supongo que el hecho de que me esté haciendo esa pregunta es una prueba suficiente de que no soy una simulación —reflexionó Oze en voz alta—. Tengo conciencia de mí mismo. Una simulación no.

—Necesitas un trago —sonrió Milton—. Puede que el ron ponga en orden tus ideas.

Se llevó a la boca la bolsa, con la esperanza de poder sorber el poco alcohol que todavía quedaba en su interior. No pudo completar su movimiento. El brazo de Milton se convirtió en una malla de delgadas hebras de energía, que desapareció en la nada. Horrorizado, Milton contempló cómo el resto de su cuerpo se descomponía en un mar de electrones.

Oze no tuvo tiempo de preguntarse qué estaba pasando. Su cuerpo también se desvaneció en una malla de luz, confundiéndose con los átomos de las gotas de ron.

Fuera, las estrellas habían desaparecido. Un aviso parpadeante anunciaba un fallo crítico en el sistema de energía de reserva. Pero nadie había ya allí para verlo. El programa de simulación neural había sido desactivado por el ordenador central, incapaz de estabilizar el sistema. Un millón de años era demasiado tiempo, incluso para los potentes generadores de fisión protónica. En realidad, fueron diseñados para durar mucho menos. Sus constructores se habrían sentido orgullosos de saber que su obra había sobrevivido tanto tiempo. Pero ellos no existían. Su especie era un recuerdo del pasado.

Ahora, ni siquiera eso.

Cerca de Orión, los generadores de la última nave terrestre autoconsciente se apagaron para siempre. Y con ellos, el último destello de pensamiento humano.

© Copyright de José Antonio Suárez para NGC 3660, Enero 2017

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