Espejos

 

Por Nuria C. Botey

El monstruo miraba con atención a la niña. Los párpados entreabiertos y un sutil bizqueo de los ojos dorados sugerían su incapacidad para comprender dónde terminaba la carne y comenzaban los hierros. Aquella extraña amalgama entre humano y máquina lo desconcertaba y atraía a la vez.

La reacción del dragón no era una sorpresa para ella, tan consciente del desconcierto que provocaba su estado como de su propia fragilidad. Estaba acostumbrada a despertar las mismas emociones en sus semejantes. La silla de ruedas, las facciones inusuales, las cicatrices en el cráneo como cortafuegos de piel yerma donde el cabello nunca volvería a salir estaban detrás de las miradas de soslayo, de los comentarios piadosos, de los buenos deseos y de las caricias que algunos desconocidos se permitían el lujo de hacer sin preguntar antes.

La bestia soltó una nube de humo negro por las fosas nasales, batió las alas membranosas y acercó el hocico al rostro de la niña. Las escamas de su largo cuello musculoso sisearon con el movimiento y ella observó con análoga curiosidad los pelos hirsutos que decoraban de sus belfos, duros como el alambre, los colmillos inferiores que sobresalían de las encías y se montaban sobre el labio superior, amarillos, afilados y tan largos como su propio brazo.

—Espejos —susurró— tú y yo somos espejos. Seres mitológicos cuya existencia desafía los límites de la realidad.

El monstruo ladeó la pesada cabeza. Las escamas crujieron de nuevo. Escuchaba. Ella siguió hablando.

—Yo no debería estar viva. Menos del 1% de los fetos con mi síndrome salen adelante. Me faltó oxígeno al nacer. Tuve un paro cardíaco en quirófano cuando me pusieron la primera válvula intracraneal. Mi médula es una carretera de montaña y mi sistema digestivo está malformado desde el esófago hasta el colon.

No podía entender el significado de sus palabras, pero leía destellos de comprensión en los ojos del reptil. Con movimientos temblorosos levantó una mano en el aire y la bestia se acercó a olfatear con delicadeza.

El efecto de la anestesia no tardaría en pasar, lo notaba en el hormigueo de los dedos, en la velocidad con la que sus pulmones inhalaban y exhalaban. Era una pena, por una vez le hubiera gustado pasar más tiempo junto al dragón. Lejos de mostrarse amable, en anteriores apariciones había expresado su ira rugiendo y lanzando bocanadas de fuego como un volcán en erupción. Esta repentina mansedumbre debía tener algún significado. Quizá era el comienzo de una hermosa amistad. O una despedida. Imposible saberlo porque su dragón, a diferencia de otros monstruos clásicos, no era capaz de hablar. Parecía una bestia primaria e irracional, no muy distinta a un animal salvaje y arisco. Justo igual que ella, atrapada en el corsé ortopédico, en las prótesis de las piernas, en la conmiseración ajena y las subvenciones para grandes dependientes que cobraba su familia.

—Espejos. Tú y yo somos espejos —repitió en voz alta.

Las enfermeras estarían contentas. Decir una frase coherente al despertar de la anestesia era buena señal.

El dragón desplegó las alas en toda su extensión y exhaló una llamarada en dirección al cielo. Era una criatura magnífica.

© Copyright de Nuria C. Botey para NGC 3660, Marzo 2018 [Especial Féminas 2018]

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