Entrecot poco hecho

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Por Carlos Pérez Jara

El señor Debla ojeaba la carta del menú cuando apareció el camarero.

—¿Saben los señores lo que van a tomar? —dijo. Bajo aquel uniforme negro tenía el aspecto indudable de un seminarista en su parroquia. Gracia lo miró con un mohín tímido, colocando con lentitud la copa de vino sobre el mantel: la huella suave de sus labios ocres figuraba ahora en el borde.

—Ehmm —murmuró el señor Debla, indeciso—. ¿Qué nos recomienda?

—¿Cómo dice? —preguntó el camarero, que de inmediato se dobló como si estuviera dividido en dos mitades accionadas por una sola bisagra.

—¿Alguna recomendación? —repitió el señor Debla en un tono más alto, con la carta aferrada a sus manos. Sentada delante suya, Gracia colocó los codos sobre la mesa con una mueca distraída, casi soñadora. Pero el señor Debla había empezado a sudar ya sin control alguno, antes incluso de que les ofrecieran la carta de menús o pudiesen elegir los vinos, o antes de que se decidieran, al fin, por ese restaurante caro y pomposo con dos columnas de falso mármol en la entrada. Llevaban muy poco saliendo, y no estaba dispuesto a que fracasase de golpe, por cualquier minucia. Por eso fue ella quien eligió el lugar después de todo.

—Bueno, el solomillo de buey es la especialidad de la casa —dijo el camarero, y por un segundo pareció ver en sus rasgos el rostro del fiscal, imperturbable. Un sudor frío empapó el costado de su camisa.

—¿Estás bien? —susurró Gracia.

—Eh, sí —respondió confuso, pestañeando, y de nuevo se dirigió al camarero—. ¿Tiene algo de verduras?

—¿De verduras?

—Sí, algo… algo que no sea… que no sea carne.

—Tenemos la tempura de la Casa, y también las ensaladas —concluyó el muchacho. Cada hombre arrastra su propio infierno. Su padre se lo había dicho una vez, y no estaba equivocado.

—Una ensalada —boqueó al fin, para salir del paso, y dejó la carta sobre la mesa.

—¿Cuál, señor?

—Pues… no sé, la que a usted le parezca. Pero que no tenga carne. Por favor.

—La frutal no la tiene.

—Pues esa. Ésa está bien —dijo Daniel Debla, y se sacó un pañuelo para impregnarlo en el sudor de su frente—. ¿A ti qué te apetece? ¿Nos pedimos dos?

—Mmm —dijo Gracia arrugando su nariz respingona, y se ocultó detrás de la carta, pero en un segundo miró al camarero con una sonrisa de triunfo—. Entrecot de ternera.

Un nudo se formó dentro de su estómago, como un molusco asustado. El seminarista arrugó su frente pálida.

—¿Poco hecho, al punto, o prefiere que se lo pasemos?

Gracia torció la barbilla entornando un ojo, embadurnado en el rímel negro de esas primeras citas nocturnas.

—Poco hecho —dijo al fin, y el señor Debla sintió un acceso de náusea que tuvo que reprimir con un simulacro de tos perruna.

—Dani… —dijo Gracia.

—No es nada —la calmó con la servilleta en la boca.

—¿Si me permiten que les retire la carta? —dijo el camarero, sonriente, y pronto se marchó hacia los rincones ocultos de la cocina.

—Dani, te veo un poco pálido —dijo Gracia con ese tono infantil tan suyo—. ¿Te encuentras mal? ¿Ha sido el vino?

—No, no… estoy bien, de verdad. Tengo un poco de calor. ¿No tienes calor?

—Es verdad —dijo Gracia, y se levantó un poco el escote sin ninguna vergüenza—. En estos sitios tan cerrados siempre hace un calor que te mueres.

Respira hondo, se dijo, tú puedes hacerlo. A veces tenía la extraña sensación de que Gracia lo sabía todo. Desde el minuto cero en que se presentaron: ¿y si le recordaba de las fotos en los periódicos, o de su desaparición de la vida pública?

—Sí —balbuceó.

Había cambiado de ciudad, de apellido, y desde luego de profesión. Pero en el fondo no se trataba sólo de un mero cambio de apariencias. De hecho, se había esforzado mucho en ocultar el pasado como un niño entierra su juguete en la arena de una playa. Pero lo cierto es que en otra época Daniel Debla había sido astronauta, uno de los mejores de su promoción y uno de los trece tripulantes que se embarcaron en el viaje a la luna de Titán en la nave Alesia. Eso era un pequeño detalle que aún no había contado a Gracia ni por asomo: una circunstancia no deseable que tampoco pensaba decir nunca; no lo había hecho en las citas anteriores, ni tampoco estaba decidido a hacerlo hoy. Tal vez otro día, se dijo, dentro de unos años.

Ahí, en esa mesa blanca con un lirio encapsulado en un jarrón azul, y mientras su novia rebuscaba algo en el bolso, Daniel recordó la sala hermética y fría del Juicio, los rostros de los familiares tras el cristal blindado, como espectros pálidos detrás de una pecera sin agua. La juez del caso era una mujer pequeña e inflexible que oía los hechos sin alterar un solo músculo de su cara caballuna, con un cabello lacio que parecía una peluca egipcia y una boca sin labios, una llaga abierta y enigmática.

—Prosiga, abogado —le había dicho a su defensa, un hombrecillo inquieto y optimista, seguro de sus posibilidades.

—Como Juicio Clasificado, señoría, me gustaría poder acudir a la Ley Espacial que acoge a mi cliente. Sabemos que no existe jurisprudencia respecto al asunto, pero estoy convencido de que con el buen criterio de su señoría llegaremos…

—Abogado —interrumpió la juez, proyectando un brillo de ceniza en sus ojos—. No necesito que me dore la píldora. Su cliente sigue acogido al Programa y el juicio entero ha sido clasificado por motivos obvios. Eso significa que nada de lo que se diga o escuche aquí saldrá de estas paredes, salvo caso de infringir las normas y bajo las penas que ya conocen. Los familiares de los tripulantes pueden oírle a usted por sus altavoces, pero no creo que ninguno comparta su entusiasmo sobre la situación.

—Señoría… —dijo el memo de su abogado con una sonrisita y un tono de barítono en plena escena, pero del micrófono de la juez brotó una voz categórica:

—Aténgase a los hechos, abogado. Los hechos.

—Bien —prosiguió el hombrecillo con las manos a la espalda, ajeno a los rumores de los militares que esperaban al fondo de la sala, sentados como niños buenos—. La Alesia sufrió una avería en los motores de propulsión a las siete cuarenta y tres minutos, hora de Berlín. El comandante y cuatro tripulantes más accedieron a la cámara afectada como unos veinte minutos después, una vez informaron de lo sucedido a la Tierra.

De pronto una sombra lo sacó de sus recuerdos: una bandeja con su plato de ensalada frutal.

—Señor —dijo el seminarista. Gracia tecleaba algo en su móvil pero enseguida lo ocultó en el bolso.

—Estás muy calladito —dijo sujetando su barbilla con una mano. Pero aún seguía bajo cierto síndrome de sudoración descontrolada. No, otra vez no, se dijo enfadado consigo mismo. Apenas le dio tiempo a proferir un murmullo sin sentido, porque otro camarero, más regordete y silencioso, puso sobre la mesa el plato humeante de entrecot de ternera. Sin poder evitarlo, sus ojos se desviaron entonces hacia la superficie grasa color gris, mientras un humo ondulante ascendía en volutas perezosas. Agarró el tenedor, rígido como si sufriera un ataque cardíaco. Creía haberlo superado, pensó, y bajó la mirada a la selva verde de sus lechugas. Sí, lo creía…

Sin embargo, los años no mejoraban esa sensación de náusea profunda al ver los anuncios en la televisión o en los carteles publicitarios, o al oler una nube flotante procedente de un puesto callejero o de cualquier ventana abierta de cocina. ¿Qué trabajo le hubiera costado decir que era vegetariano? Pero en realidad había temido que Gracia le viera como a un maniático inclasificable, un bicho verde del que debía alejarse desde la primera cita. Esa idea casi le arrancó una risa interior, histérica. ¿Se estaba volviendo loco? Puede que ya lo estuviese, no estaba seguro. Sólo deseaba empezar de nuevo, sólo eso. Había cambiado incluso su aspecto físico, dejándose un cuidado bigote castaño y unas gafas con montura que le conferían la apariencia inevitable de un burócrata aburrido, alguien tan común como cualquiera de los allí presentes.

—Bueno, ¿y qué tal tu día hoy? —dijo de forma absurda, una pregunta que ya había hecho al comienzo de esa noche. El tenedor se hundió en las zanahorias y lechugas de la ensalada, crujiendo como la escarcha.

—Bien —respondió ella, y enseguida sus ojos se detuvieron en lo que se llevaba a la boca sin remedio: un fragmento de carne rosada. Carne. El olor le alcanzó sin previo aviso: el rugido de su estómago le oprimió de golpe.

—¿Dani?

—Nada, nada —dijo, y levantó el cuchillo con una media sonrisa.

—Ha sido un día largo, la verdad, y eso que el tonto de… —contaba Gracia, pero el señor Debla había dejado de escucharla. Ahora flotaba en el interior de una nave con sus otros compañeros.

—No podemos repararla —concluyó el comandante—. Tendremos que esperar a que nos envíen ayuda.

Habían empezado a gravitar sobre la superficie gélida y rocosa de Titán como un asteroide inútil. Después de intentarlo en varias salidas frustradas al exterior, al fin se había decidido recluirse en la proa esperando medios y materiales para proseguir con la misión sin poner en peligro a sus tripulantes. Durante algún tiempo orbitaron sobre la luna detallando en informes la magnitud de la avería y las posibles soluciones.

—… cuando me dice eso —prosiguió Gracia— me quedo con una cara, como diciendo «¿me tomas el pelo o qué te pasa?». ¡Pero el tío no se daba ni por enterado!

La voz de esa mujer pequeña y alegre circulaba ahora por el interior de sus oídos como ecos en una caracola, mientras oía también la escarcha de la lechuga, pero lo único que pudo distinguir en ese instante era el color rosado, sanguinolento, de la carne que desaparecía dentro de su boca, un brillo de saliva en sus labios, en la lengua. De pronto sintió que la mesa estaba suspendida sobre el espacio más oscuro. Miró hacia abajo para no perder el equilibrio, y se vio bromeando entre sus colegas de misión, con la superficie de Titán bajo ellos como una presencia casi absoluta, hasta que los alcanzó aquel meteorito, un pedazo de mineral errante que deshizo la popa en unos pocos segundos. Apenas tuvieron tiempo de sellar la cámara de proa con los mandos remotos.

Apenas, murmuró, y el sudor frío regresaba como una oleada sobre su espalda. Gracia continuaba su historia doméstica, masticando como una ardilla, a veces con una servilleta en la mano.

—¡Y eso que cada día viene con su hija! —dijo ella, mientras el señor Debla luchaba contra su propio abismo. Con media nave destrozada y abierta, el comandante tomó una decisión de urgencia.

—Nos encontrarán en los módulos de reposo. Es lo mejor para todos.

Pero algo salió mal, reflexionó de nuevo, como siempre. Algo falló, tal vez debido al impacto de aquella roca. Al despertar de su propio módulo pensó que la nave de ayuda había llegado al fin para devolverles a casa, pero lo cierto es que aún estaban dando vueltas entorno a Titán, como al principio, completamente solos. Aturdido, observó los otros doce módulos donde reposaban los demás: estaban inactivos, sin oxígeno en las cámaras.

De hecho, no le llevó demasiado tiempo darse cuenta de que ninguno respiraba. Algo más tarde, cuando supo que la radio había quedado inservible, Daniel Debla pudo descubrir el miedo en diversas formas y modulaciones. Primero la angustia física, esa desoladora certeza de ser el único superviviente de una serie abrumadora de fatalidades; más tarde el deseo de no ser uno de ellos, inmóvil y ajeno a problemas inmediatos, orgánicos, indiferentes a la órbita de esa Luna o de cualquier otra. Finalmente, tras catorce horas en vigilia acompañado de los cadáveres de sus colegas de expedición, empezó a tener hambre.

—Medio año —calculó, ya más calmado. Medio año sin provisiones.

—¿Qué te parece a ti eso?

Gracia masticaba con alegría, despreocupada.

—¿Q-qué? —respondió.

El señor Debla mantenía ahora el tenedor como si fuera un tridente en miniatura. Se le había caído la servilleta al suelo, pero no se dio cuenta de eso, ni del fragmento de lechuga en su bigote. Ni siquiera miraba ya a Gracia, sino más allá, hacia algún lugar indefinido donde un hombre asustado ideaba su propio racionamiento metódico en una hoja por fechas, secciones y partes para prolongar su estancia en el lado sellado de lo que quedaba de su nave. Una vez superados todos sus prejuicios, escogió primero al comandante. No supo bien por qué lo hizo así, ni siquiera en el Juicio dio una explicación razonable respecto a ese asunto, pero ahora sabía que había sido por una razón muy sencilla: nunca le cayó bien. Supuso que sería suficiente con el comandante para conservar lo que quedara en la cámara frigorífica de los módulos. Eso supuso.

—Amén —decía al hacerse con algo de su compañero. Y el malestar y cierta repulsión física pasó a convertirse en una indefinible ansía por seguir vivo. En aquel pedazo de nave orbital podía expiar sus reticencias y dilemas morales mientras se ocupaba de seguir cuerdo y en espera, una órbita tras otra. Pero la nave de ayuda tardó más de lo que hubiera imaginado. Mucho más.

—Amén —repetía de nuevo.

Cuando el comandante ya no pudo aportarle más colaboración tuvo que seguir con los otros.

—Lo siento, amigos —dijo contemplando a los demás en sus cápsulas, como una despensa improvisada para su supervivencia. Ocupado ya con el tercero de sus colegas, el señor Tanaka, empezó a darse cuenta de las diferencias de sabor en su lengua y su paladar, ciertos regustos propios. La preparación era algo tosca en las planchas térmicas, y en algún momento incluso lamentó no tener medios más adecuados.

—Dios me perdone —murmuraba ya satisfecho, pero eran palabras huecas, como rituales anestésicos para mantener adormecida su conciencia.

Con el sexto compañero «racionado» hasta pudo permitirse el oscuro lujo de hacer valoraciones de calidad entorno a la materia. Nunca habría podido imaginar que su compañero Luca fuera tan magro, o que el comandante, un verdadero capullo durante toda la misión, hubiera acabado por tener un gusto a pollo de granja. Cuando le faltaba poco para concluir con el último de sus colegas ya apenas sentía nada: la carne era un objeto incoloro que iba llenando su estómago, una órbita tras otra.

—Los familiares, aquí presentes —había dicho mucho después el fiscal del caso, un caballero con rostro aniñado— demandan al señor Debla por mancillar los restos mortales de sus seres queridos. Ellos querían un funeral justo, para quienes dieron sus vidas por la misión. El señor Debla no respetó los códigos elementales de nuestra sociedad y pasó a convertirse en un caníbal sin principios.

El fallo fue inapelable: se le apartaba de la promoción espacial por motivos de salud mental, pero se le ofrecían recursos para poder rehacer su vida con otro nombre, ya que de lo contrario podría verse anulado por la opinión pública si algún día se desclasificaba el caso. Años después, tras cambiar de ciudad, de apellido y desde luego de trabajo, Daniel Debla no había vuelto a probar la carne. Su simple recuerdo le provocaba accesos incontenibles en el estómago. Por mucho que se camuflara sobre la apariencia de un monótono hombre de oficina, a veces aún continuaba en el espacio, con su tabla de raciones, observando por la ventanilla el resplandor de Titán a lo lejos.

—Dani —murmuró al fin Gracia.

—¿Uhm?

Ella reía ahora agitando sus hombros con cierto encanto. No mires al plato, se dijo: no lo hagas. No. Lo. Hagas.

—Tienes un trozo de lechuga en el bigote, Dani —dijo ella.

© Copyright de Carlos Pérez Jara para NGC 3660, Septiembre 2016

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