El viento entre mis hojas

 

Por Blanca Mart

Mi nombre es Jack Warrior y pertenezco a la Legión Saturniana de Kaos-II. Somos los chicos duros y no estamos para blandenguerías. Donde nosotros llegamos, la tierra queda arrasada. Quede claro, no creemos en los dioses, no nos gustan el resto de los humanos, mucho menos las plantas verdes y esas especies llamadas flores o árboles o matojos, y nos reímos hasta caer al suelo, de palabras como prímulas terrestres, nenúfares venusinos o campánulas doradas de Selene.

Nosotros estamos por nuestro Trabajo. Que antes era llegar y arrasar, y luego avisar a la Federación: «Este lugar ya está terraformado».

Claro, los tiempos cambian y los gobiernos del Universo han decidido que nuestros métodos no son adecuados. ¡Adecuados, lenguaje de viejas! Pero ellos mandan y estamos acostumbrados a obedecer. Así que ya no matamos a nadie, como no sea en legítima defensa. ¡Un asco!

Vamos a los planetas explorados en los lejanos universos, como simple protección a los antropólogos, científicos, comunicadores y demás debiluchos sabihondos que pululan ahora en las antiguas naves de guerra.

Pero, claro, algún desahogo tenemos que tener y aunque no lo crean, nos permitieron unos días de vacaciones en el Asteroide Plutoniano Arkos. Nos divertimos como verdaderos Legionarios Saturnianos. Hay árboles gigantescos cerca de un mar metálico, playas doradas y grandes tabernas a las que acuden a por una buena bebida, las hermosas ciborgs de Okata-VI. Esos días allá, fueron una verdadera fiesta. Nos entrenamos quemando cosas vegetales y disparando contra un árbol gigantesco que adoraba no sé quién —cosa que no nos interesó pues no creemos en ningún dios—, seguimos con los árboles más pequeños que proliferaban y nos animamos tanto que hasta la rudas ciborgs dijeron que nos estábamos pasando y se largaron.

Que se fueran. Acabamos bien borrachos en la Taberna del espaciopuerto y en una de ésas para las que estamos preparados, en una pelea idiota, me mataron.

Tal como lo oyen: me morí.

 

II

Y pienso yo: ¿Por qué, si estoy muerto, no paro de pensar? Pues aquí estoy con mi monólogo. Miro el horizonte y escucho el rumor del viento; me siento fuerte, poderoso como siempre, noto a la madre tierra alimentando mis raíces. Agradezco la lluvia que refresca, el aire susurrante; brillan mis hojas. Veo a la gente que llega y busca cobijo bajo mi sombra, danzan, me ofrecen guirnaldas de flores.

¿Qué es esto? ¿Es que hay dioses?  ¿Es esto la reencarnación? Y, absorto, contemplo el horizonte, la inmensidad que no cesa, la rueda y, sobre todo, las paradojas infinitas del universo.

Porque no estoy pagando nada de lo que hice.

Soy absolutamente feliz y yo —que fui un chico duro—, me sigo burlando de los dioses, que tan fácilmente, olvidaron las flores que destrocé, los árboles arrasados, y los que quizás arrasaría de seguir siendo humano, en todos y cada uno de los planetas del Universo.

 

Sí, sigo mirando el horizonte y en esta tarde de primaveras espaciales, lejos de holocaustos innecesarios, en el columpio del aire perfumado, veo cómo se acerca un nuevo grupo: ¡hay tantos adoradores de las hojas verdes, del trasiego firme y lento de la naturaleza, de la savia que crece! Sin duda vendrán a mi sombra, a entrelazar sus ritos con mi existencia, como suele ocurrir. No hay otro árbol como yo.

Las siluetas avanzan firmes, algo caóticas, rápidas. Los pasos decididos, las voces broncas; uniformes negros, armados; y perplejo, reconozco súbitamente ese símbolo en el pecho, que llevé tantos años. Pero, sobre todo, reconozco horrorizado, la mirada hecha de muerte de mis camaradas, los Legionarios Saturnianos de Kaos-II.

Y mientras se acercan, mientras espero el fuego de sus disparos y la oscuridad total, escucho la cadencia, el cendal perdido para siempre, el murmullo suave, del viento entre mis hojas.

© Copyright de Blanca Mart para NGC 3660, Febrero 2018

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