Algo de ti en el e-mail

 

Por Joan Antoni Fernández

De súbito me despierto y salto con presteza del sillón donde yacía adormilado. ¿Qué ha sido eso, un pitido? ¿Eres tú, amor mío, por fin has vuelto? Esperanzado y temeroso recorro la penumbra con ojos irritados, buscando cualquier indicio de tu presencia. El corazón golpetea anhelante en mi pecho mientras boqueo en el aire viciado de la sala. Pero la decepción de nuevo me sosiega, tan solo ha sido una falsa alarma y tú sigues ausente. Miro desesperado hacia la fría pantalla del ordenador. Sobre el hipnótico fondo negro se arremolinan extrañas formas que evolucionan en una danza multicolor. Nada, ningún sonido, no hay mensajes en el correo electrónico.

Suspiro con resignación y me desplomo abatido sobre la butaca. ¡Dios mío, cómo he podido caer en semejante estado de postración! Ya he perdido la cuenta de los días que llevo encerrado en mi domicilio, sentado frente a la maldita pantalla mientras aguardo alguna respuesta tuya, por insignificante que pueda ser. Me duele la cabeza y he perdido el apetito, pues apenas me alimento de nada sólido. Tan solo una pequeña carrera a la cocina, una rápida meada y vuelta al sillón. Ni tan siquiera me atrevo a dormir en mi cama, siempre pendiente del maldito aparato, aguardando la llegada de un imposible mensaje tuyo, deseando volver a comunicarme contigo…

Parece imposible pero solo han pasado un par de semanas desde que comenzó mi fantástico calvario. Todavía recuerdo, aunque ahora parece algo lejano y distante, el día en que nuestros destinos se cruzaron por primera vez, la mañana cuando acudí al domicilio del pobre Lolo. ¡Quién iba a decir que aquel simple acto cambiaría toda mi vida! Me pregunto si habría tenido el valor de presentarme en aquel lugar sabiendo que ambos estábamos condenados a amarnos y destruirnos mutuamente. Tal vez sí, probablemente hubiera acudido igual, porque a pesar del lacerante dolor que tu ausencia me causa, prefiero sufrir la carga de tamaña pérdida a soportar mi anterior vacío existencial. Reconozco que nuestra felicidad ha sido en extremo breve, semejante al vuelo de una estrella fugaz, pero al menos puedo decir que ha sido.

Y sin embargo aquella mañana yo era por completo ajeno al doloroso entramado que el destino tejía con los hilos de mi vida. Simplemente acudía al hogar de mi infortunado compañero cumpliendo su última voluntad, dispuesto a recoger los efectos que él me había legado en su testamento, mientras un sereno dolor me embargaba. Hacía casi medio año que Lolo y yo no nos veíamos, cada cual imbuido en la vorágine de su propia existencia, por lo cual me había sobresaltado la noticia de su repentina muerte. Sin duda él había sido mi mejor amigo, el leal camarada en infinitas noches de esperanzas y confidencias. Ambos habíamos crecido juntos en el seno de un barrio obrero, descubriendo al unísono los misterios de la vida, enamorándonos de las mismas chicas y obteniendo idénticas calabazas. Nadie podía decir que Lolo fuera superior a mí, o que yo fuera mejor que Lolo. Éramos idénticos en todo: en suerte, en inteligencia, en salud y fortaleza, en gustos y en fracasos. Y tal vez por semejante similitud habíamos llegado a confraternizar tanto.

Pero todo aquello no me inquietaba cuando bajé del taxi. Serían las once de la mañana y el sol lucía con fuerza, como una tibia invitación a la cercana primavera. La dirección que me habían facilitado correspondía a un edificio céntrico que yo no había llegado a visitar en vida de Lolo y semejante pensamiento me hizo estremecer de forma involuntaria. El portal de entrada se hallaba abierto, bloqueado en parte por una gruesa mujer de tez morena, la cual, fregona en ristre, iba mojando el suelo con rígida parsimonia. Salté de puntillas sobre las esparcidas hojas de periódico mientras la matrona gruñía amenazadora en voz queda, pero yo ignoré sus comentarios y corrí a refugiarme en el ascensor.

La cabina olía a rancio y en sus paredes había garabateados mensajes obscenos. Apenas tuve tiempo de echarles una ojeada casual cuando la jaula se detuvo con una brusca sacudida, dejándome ante el rellano del tercer piso. Una escuálida palmera de hojas amarillentas, desparramada sobre un enorme macetero, flanqueaba el estrecho y mal iluminado pasillo. Al otro lado, la puerta apenas visible, se encontraba lo que había sido el último domicilio de mi fallecido amigo.

Busqué en el bolsillo la llave que me facilitara el albacea y abrí la cerradura con cierta aprensión. Los muelles del mecanismo estaban bien engrasados y se deslizaron en silencio, sin protestar ante mi intromisión. Entonces empujé el batiente con suavidad, dejando que la débil luz del rellano penetrara en la vivienda. La oscuridad interior, como un animal sorprendido, retrocedió con rapidez haciéndose más densa al fondo. Dominado por la congoja, inspeccioné el pequeño recibidor que se abría ante mí y, con paso remiso, penetré en el apartamento.

Mi mano izquierda resbaló agitada por la pared hasta tropezar con un interruptor. Una luz blanquecina surgió del techo, exorcizando las últimas sombras. Por fin me serené cerrando la puerta tras de mí, mientras observaba la vivienda con aire crítico; los muebles eran modernos y funcionales, nada de madera, solo chapa y conglomerado, sin grandes ostentaciones. Recorrí un pasillo desnudo encendiendo todas las luces hasta llegar al salón comedor. Entonces me dirigí al ventanal y levanté las persianas, abriendo un batiente para ahuyentar el rancio olor a cerrado que presidía la atmósfera. Tras notar la caricia de una fina corriente de aire, suspiré encaminándome a uno de los rincones, donde había una mesa camilla repleta de fotos. Observé las instantáneas con ensoñación; en todas ellas posaba un siempre sonriente Lolo, ya fuera junto a su madre o con alguna novia ocasional; por supuesto, también había varias conmigo.

Una sensación de amargura se adueñó de mi ánimo, encogiéndome el estómago hasta formar un nudo. ¡Pobre Lolo, ya nunca volveríamos a correr otra juega juntos! La vida había sido terriblemente injusta con él, abandonándole tan temprano, dejando pendientes infinidad de esperanzas incumplidas. Porque yo hacía caso omiso a las insidiosas habladurías que interpretaban su estúpido accidente como un acto de suicidio. Semejante actitud era algo impensable en mi amigo, un tío de lo más extrovertido y alegre. Aunque todos los testigos afirmaban que el pobre se había situado delante de aquel camión, bajando inesperadamente de la acera. ¿Una distracción fatal tal vez? Pudiera ser, pero suicidio jamás. No el bueno de Lolo.

Aunque todavía permanecía inexplicable el detalle de aquel extraño testamento. Mi amigo había dejado escrito que yo debía acudir solo a su casa y coger todo lo que quisiera antes de que el resto de los enseres pasara a posesión de la familia. Extraño, porque yo no tenía ni idea de qué podía llevarme. ¿Tal vez alguna de aquellas fotos como recuerdo, o un libro, o…?

De súbito fui consciente de que había una luz encendida en la habitación contigua. Era un brillo extraño, mortecino y parpadeante, que me llenó de desconcierto. Por un instante tuve la sensación de que había alguien allí dentro, una evanescente sombra que parecía danzar con un ritmo sincopado.

Sobreponiéndome, avancé sigiloso hasta la puerta y miré hacia el interior. Solté un suspiro de alivio al vislumbrar la inconfundible imagen de un viejo ordenador encendido, con su salvapantallas oscilando en la antigua pantalla de tubo. Así que el infortunado Lolo no se había acordado de apagar el aparato cuando salió por última vez de casa. ¡Eso significaba que aquel cacharro debía llevar enchufado a la corriente casi una semana!

Y fue en aquel preciso instante cuando un zumbido insistente sonó. Al principio me desconcerté, pero luego comprendí su significado. Era el aviso acústico que indicaba la recepción de un e-mail en el buzón del ordenador, alguien estaba enviando un mensaje al correo electrónico de mi difunto amigo.

Yo entonces no podía saberlo, pero estaba a punto de conocerte, amor mío.

 

***

 

La impresora dejó de escribir y regurgitó el papel sobre la bandeja. Su contenido era breve y conciso.

Leí el mensaje con extrañeza, sintiendo a la vez una punzada de angustia, dolor e incluso celos. ¿Quién eras tú, Amanda, y qué clase de relación habías establecido con Lolo? Aunque yo creía conocer a todas las amistades de mi desaparecido compañero, jamás había oído antes tu nombre en sus labios. Y por el tono del texto podía inferir que ambos os conocíais muy bien.

¿Qué se suponía que debía hacer yo entonces, acaso tenía que contestar a tu misiva comunicándote la muerte de tu estimado Lolo? La verdad, no era aquella una situación que me apeteciera demasiado. Yo no podía saber qué grado de intimidad se había establecido entre vosotros y, por lo tanto, podía llegar a ser cruel sin proponérmelo, hiriendo tus sentimientos.

Un ruido proveniente del recibidor me sobresaltó, sacándome de mi mutismo. Alguien había abierto la puerta principal y avanzaba con pasos quedos por el pasillo. Sin saber muy bien porqué, arrugué el papel que acababa de imprimir y me lo guardé en el bolsillo, saliendo al salón para recibir a la repentina visita.

Se trataba de la madre de mi difunto amigo, doña Virtudes. Su diminuto cuerpo, engañosamente frágil, parecía flotar dentro de un regio vestido negro que hacía resaltar unas facciones demacradas, casi cadavéricas. Ella se detuvo en el umbral de la puerta y sus hundidos ojos, enrojecidos por la profusión de lágrimas que habían derramado, me contemplaron con repentino estupor.

— ¡Fermín! ¿Qué haces aquí? —La voz de la mujer sonó dura y temblorosa a un tiempo.

—Hola, doña Virtudes —contesté con cierto azoramiento—. Yo… he venido para cumplir la última voluntad de Lolo, ya sabe usted lo que decía el testamento. El albacea me ha facilitado una llave del piso.

—¿Ya has decidido qué vas a llevarte? —Ella clavó sus ojos en mí, taladrándome con la mirada y haciéndome sentir incómodo.

—Pues… no sé. Había pensado que tal vez pudiera llevarme el ordenador, ya que ni usted ni su marido lo van a utilizar.

—¡NO!

El grito fue tan estentóreo y repentino que me sobresaltó. Doña Virtudes avanzó hacia mí con tal mirada de odio que me hizo retroceder asustado, incapaz de reaccionar. Ambos penetramos de nuevo en la habitación del ordenador y yo me aparté hacia un lado mientras la mujer avanzaba con la respiración agitada hasta detenerse frente a la oscilante pantalla.

—¡Lo has encendido! —gritó ella con genuina rabia.

—¡No, el aparato ya estaba conectado cuando he llegado! —me apresuré a aclarar, sintiéndome confuso—. Sin duda Lolo no se acordó de apagarlo cuando salió por última vez.

—¡Lo sabía! —Doña Virtudes sollozó—. ¡Fue ella, esa maldita zorra lo mató!

—¿Quién, Amanda? —pregunté sorprendido.

Doña Virtudes se volvió hacia mí con rapidez y su mirada extraviada me hizo estremecer de nuevo.

—¿Qué sabes tú de ella? —siseó en voz baja.

—Pues… he leído un mensaje suyo en el ordenador.

—¡Todavía tiene la desfachatez de seguir enviando mensajes! ¿Qué más quiere ahora, no ha causado ya bastante daño, acaso pretende destruir hasta el recuerdo de mi pobre Lolo? ¡Maldita pécora!

Antes de que yo pudiera reaccionar, la mujer se acercó a la mesa y, haciendo gala de un repentino e insospechado esfuerzo, la inclinó alzándola con ambas manos hacia delante, logrando que cayeran al suelo la pantalla, la unidad central y hasta la misma impresora. Entonces agitó una lámpara metálica y golpeó con ella en el centro del tubo catódico. Una leve explosión desparramó una fina lluvia de cristales mientras un humo ocre surgía del crepitante aparato. Pero doña Virtudes no se detuvo ahí y comenzó a golpear la unidad central con saña, jadeando y llorando a un tiempo.

—¡Zorra asesina, muere, muere! —gritaba con voz entrecortada a la vez que sus golpes se hacían más débiles y espaciados.

—¡Doña Virtudes, por Dios! —Yo me rehíce y avancé hasta ella, quitándole la lámpara que bailaba en sus temblorosas manos a la vez que trataba de calmarla—. ¡Va usted a lastimarse y puede provocar un incendio!

La mujer pareció perder de repente todo su ímpetu y me miró confundida, como si no comprendiera qué estaba haciendo allí. Entonces se dejó conducir por mí fuera de la habitación y se sentó con docilidad en una butaca. Yo la contemplé unos instantes para asegurarme que la furia asesina la había abandonado y luego volví a la habitación. El ordenador, todavía humeante, estaba destrozado por completo, así que tiré del cable alimentador y lo desenchufé de la corriente para evitar un posible cortocircuito. Ya nada podía hacerse por el aparato, no valía la pena pretender quedárselo. Ahora solo era un montón de chatarra inservible. Meneé la cabeza con pesar y volví al salón.

Doña Virtudes guardaba silencio. La mujer había cogido una de las fotos donde aparecía ella retratada en compañía de su infortunado vástago mientras mantenía la vista clavada en la instantánea, como si quisiera perforarla con la mirada.

—Mi querido Lolo —murmuraba para sí—, tan bueno y amable con su madre, siempre generoso y abnegado. El mejor hijo que nadie pudiera tener.

—Creo que no hay peligro de incendio —dije yo envarado—, pero será mejor que su marido eche un vistazo a la instalación. En cuanto al ordenador, me temo que habrán de tirarlo, pues ha quedado inservible.

—Mejor así —repuso ella, mirándome con calma—. Tal vez acabo de salvarte a ti del mismo destino que sufrió mi pobre hijo. Hay cosas que vale más no saber. Vamos, coge cualquier cosa y vete. Recuerda siempre a Lolo como un buen muchacho sin pretender averiguar nada más. Será lo mejor para todos.

No dije nada, incapaz de asimilar la extraña lógica de aquella pobre desequilibrada. Sin duda la muerte de su hijo la había afectado mucho más de lo que se podía intuir. Por fin me decidí a coger una foto donde aparecíamos Lolo y yo varios años más jóvenes, ambos vestidos con manga corta y sentados bajo la sombra de un enorme pino. Luego, sin atreverme a decir nada más, me apresuré a huir de aquel lugar con verdadera celeridad, sintiendo la inquietante presión de los ojos de doña Virtudes clavados en mi erizado cogote.

Ni siquiera tuve valor de esperar al ascensor y bajé los escalones saltándolos de tres en tres, ansiando salir del edificio y respirar el aire luminoso de la calle. Una vez en la acera me estremecí como si hubiera estado buceando en aguas gélidas y acabara de salir a la soleada superficie. A un par de metros me detuve con estupor y contemplé el retrato que mi mano estrujaba todavía con fuerza. Entonces lo deslicé en el bolsillo y mis dedos tropezaron con un papel doblado. Sorprendido, lo saqué para inspeccionarlo.

Era la copia del e-mail. Era tu dirección, amor.

 

***

 

Ya sabes que lo hice. Estuve muchas horas dándole vueltas al asunto, indeciso y preocupado. La extraña actitud de doña Virtudes me desconcertaba, pero al mismo tiempo había espoleado mi curiosidad. Así que me puse frente a mi propio ordenador y me esforcé en componer una misiva delicada, borrando y volviendo a escribir las frases una vez tras otra, buscando las palabras más bellas, el tono más delicado y armonioso. Quería comunicarte la muerte de Lolo, pero al mismo tiempo deseaba despertar tu curiosidad, hacer que te fijaras en mí y quisieras contestarme. Una absorbente lujuria se había apoderado de mi ánimo. Quería, ansiaba, conquistarte. Tenías que ser mía.

Y por fin, con el ánimo exultante, me atreví a enviar el e-mail. ¿Cómo hacerte comprender la ansiedad que devoró mi razón desde el mismo momento en que acabé de transmitir el mensaje? Los segundos se convirtieron en una dolorosa eternidad mientras yo trataba de sosegar mi espíritu inquieto. Me decía a mí mismo que tal vez no leerías el correo hasta el día siguiente, que podías estar fuera, que no te atreverías a contestar, que mi misiva te parecería pedante, que la noticia del fallecimiento de Lolo te dejaría sin fuerzas para responder… ¡Dios, qué cruel y a la vez maravilloso sufrimiento! La incertidumbre era dolorosa y al mismo tiempo excitante. Semejaba a un dulce veneno que me consumiera a la vez que provocaba desconocidas y placenteras sensaciones por todo mi ser.

¿Cuánto tiempo transcurrió en aquella fantasmagórica vigilia, con mis sentidos pendientes del ordenador, aguardando, temiendo e implorando un mensaje tuyo? Nunca sabré si fueron horas o toda una vida. ¿Qué más da? Porque al fin llegó la recompensa, un suave pitido de aviso y tu respuesta estaba allí, capturada por la memoria de mi procesador. ¡Me habías contestado!

Tu primer mensaje resultó muy formal, con un lenguaje correcto y a la vez distante. Me agradecías la información sobre la muerte de Lolo y te mostrabas serena en tu contenido dolor. La nota estaba escrita en un tono frío y un tanto impersonal, pero en la última línea, como siguiendo un impulso repentino, me pedías más detalles. Y yo, claro, me apresuré a contestarte.

¡Qué maravillosos días pasamos tanteándonos mutuamente, envueltos en la oscura ignorancia! Sin saber cómo, dejamos de comentar la pérdida de Lolo para hablar sobre nuestros propios sentimientos. Con lentitud, como tratando de no herir el frágil capullo de una flor mientras abre sus pétalos, íbamos intercambiando anhelos y esperanzas. Yo te descubría mi corazón mientras trataba de comprender el tuyo, oculto pero palpitante entre las líneas cada vez más cálidas de tus mensajes. Éramos como dos naves atravesando una densa niebla, cada uno solo vislumbraba del otro una pequeña luz al pairo, pero aquello bastaba para alumbrarnos el camino, despejando la asfixiante oscuridad que nos rodeaba. ¿Qué habría hecho yo sin tu guía sino naufragar en las escarpadas costas de la desolación?

Al principio me desconcertabas, volviéndome loco. Ni un solo atisbo de quién eras realmente, ni tan siquiera sabía si estabas soltera o casada. ¿Acaso compartías tu vida cotidiana con alguien afín a tus gustos o eras como yo un ser solitario, incapaz de compartir tu soledad con nadie? La duda y los celos me corroían, ansiaba saber cosas sobre ti, necesitaba fervientemente creer que yo era el único hombre en tu vida, la única ilusión de tus sueños. Tal vez tu figura era la de una decrépita anciana o acaso una niña impúber, no me importaba, pero por encima de todo tenías que ser solo mía.

Pero poco a poco se estableció entre nosotros una relación extraña y sutil. Yo iba descubriendo de manera gradual todas tus aficiones, tus gustos y tus sueños, las cosas que te agradaban y te hacían llorar, los sentimientos que anidaban en tu corazón. Y, sin embargo, ni tan siquiera sabía cuál era el color de tu pelo. ¡Dios mío, te conocía tanto y tan poco al mismo tiempo! Y aquella contradicción resultaba lo más excitante de todo.

Solo tu nombre, Amanda, así como tu dirección electrónica pertenecían al mundo físico, a lo palpable y cotidiano. Pero nuestro auténtico contacto rompía todas las barreras convencionales, penetrando en el mundo de los sentimientos más puros. Jamás en mi vida había establecido una comunicación tan auténtica con nadie y en parte era gracias al anonimato que nos facilitaba la propia Red, separándonos y uniéndonos a un tiempo. Ya no me importaba en absoluto tu aspecto, ni tu edad, ni tan siquiera tu físico. Eran tu mente y tu sensibilidad las que me habían cautivado por completo, algo que yo estaba seguro de no compartir con nadie más, ni siquiera con tus seres más cercanos.

Tú tampoco parecías interesada en conocerme de una forma más directa, te comportabas como un animal asustadizo, te acercabas para luego huir presa de pánico por tu propia temeridad. Tenías miedo de destruir nuestra relación y solo deseabas explorar mis sentimientos, zambullirte en lo más recóndito de mi alma explorando pasajes de mi personalidad que resultaban desconocidos incluso para mí mismo. Y aquello resultaba mucho más excitante que cualquier contacto físico, hasta el punto de confesar que se me había empalmado más de una vez mientras yo me comunicaba contigo. Al principio aquello me desconcertó, pero luego lo acepté como una parte más del juego entre tú y yo. No podía haber tabúes en nuestra relación y menos por culpa de un simple acto reflejo.

Sí, fueron días maravillosos, llenos de dicha. Yo perdía por completo la noción del tiempo, enfrascado ante mi ordenador, escribiendo para ti o leyendo tus cartas. Y cada una de ellas me acercaba un poco más a tu esencia, llenando mi espíritu con un dulce bálsamo que me embriagaba hasta el éxtasis. No podía haber nada mejor que comunicarme contigo, mi dulce Amanda, explicarte todos mis anhelos y oír los tuyos, conformando una maravillosa comunión, copulando en un fantástico coito emocional, rotas todas las cadenas físicas que nos sujetaban. En realidad eran nuestras almas desnudas las que se hacían el amor con frenesí, alcanzando un maravilloso y desconocido orgasmo psíquico.

Y entonces, cuando nuestra dicha parecía más plena, ocurrió el desastre.

 

***

 

¿Cuánto tiempo duraba nuestra maravillosa relación, amor mío? Resulta imposible de establecer con exactitud, ¿cómo se pueden mesurar los instantes de felicidad cuando son una eternidad en sí mismos? Lo único cierto es que yo me había ido abandonando de forma progresiva, rendido ante tu presencia en la Red. Hacía días que no acudía al trabajo, aduciendo una gripe inexistente, sentado frente al monitor de forma casi continua, leyendo o contestando tus mensajes.

El timbre de mi apartamento sonó con insistencia, obligándome a apartar la mirada de la pantalla y a levantarme lanzando una molesta ojeada hacia atrás, a la vez que un extraño vértigo se apoderaba de mí haciéndome tambalear. Caminé por el pasillo bamboleándome como un borracho hasta llegar a la puerta y, de forma maquinal, contemplé mi aspecto en el espejo del recibidor.

No pude evitar una exclamación de sorpresa al contemplar mi evidente dejadez. Una barba de varios días surcaba mi pálido semblante mientras unos ojos inyectados en sangre brillaban hundidos bajo una mata de pelo llena de greñas. Llevaba puesta una bata medio abierta por entre la que surgía un arrugado pijama de rayas azules. ¿Cuánto tiempo hacía que no me cambiaba aquella prenda?

Un nuevo e insistente timbrazo me sacó de mi abstracción, impeliéndome a abrir la puerta con premura. Ante mí surgió un individuo enjuto, de aspecto enfermizo, barba rala y calva brillante que me resultó vagamente familiar.

—¿Fermín López? —El hombre preguntó con voz aguda y mirada inquisitiva, prosiguiendo sin aguardar respuesta—. Soy Mario Casares, el colaborador de su difunto amigo Lolo Martínez. ¿Puedo pasar?

Sin aguardar mi consentimiento, el hombre avanzó nervioso hacia mí logrando que me apartara a su paso. Una vez se hubo introducido en el recibidor inspeccionó la vivienda con lo que me pareció una maligna curiosidad.

—¿Qué desea usted? —inquirí yo con cierto enojo ante aquel comportamiento.

—Sin duda sabrá que el pobre Lolo trabajaba conmigo en la investigación y desarrollo de programas informáticos. Poco antes de su repentina muerte, ambos habíamos logrado culminar uno de los proyectos más ambiciosos de nuestra carrera: la creación de un programa autoevolutivo.

—Ya —comenté sin el menor interés—, pero mi campo no es la informática, tan solo la utilizo como simple usuario, así que no comprendo el motivo de su visita.

—Por supuesto —Mario Casares sonrió, arrugando su huesudo rostro—, pero el caso es que han desaparecido ciertas notas de vital importancia que Lolo custodiaba y creo que usted puede ayudarme a localizarlas.

—¿Yo? Aunque conocía muy bien a Lolo, él nunca solía comentarme en especial las cuestiones de su trabajo. Además, hacía tiempo que ambos no nos veíamos en absoluto.

—¿No le mencionó nunca el nombre de Amanda?

Una súbita inmovilidad se apoderó de todo mi ser. Oír tu nombre en boca de aquel individuo me había convulsionado de una forma extraña, haciendo que sintiera náuseas y miedo a la vez. ¿Qué sabía él realmente de ti? Pero el hombre no aguardó respuesta alguna por mi parte y comenzó a caminar por el pasillo hacia la sala de estar. Una idea fugaz me asaltó: el ordenador estaba encendido con tu último e-mail en pantalla y aquel sujeto podía leerlo con facilidad, averiguando al mismo tiempo tu dirección electrónica. Semejante pensamiento hizo que recuperara la movilidad y corrí como un loco pasando junto a él, a la vez que le empujaba con un violento empellón. En cuatro rápidas zancadas atravesé la sala y me paré ante la mesa del ordenador, mientras mi mano buscaba ansiosa el ratón y movía el puntero para cerrar el programa.

No había tiempo, le oía resollar a mi espalda, acercándose con celeridad como si hubiera intuido mi propósito. Entonces dejé el ratón y mi dedo saltó veloz hacia el botón de encendido de la unidad central. En un instante el aparato se apagó como por ensalmo mientras yo desconectaba la pantalla y me volvía hacia el inoportuno visitante con expresión ceñuda.

—¡Eh, amigo! —El tipo gruñó alzando sus huesudas manos—. No resulta nada bueno para su equipo eso que acaba de hacer, el ordenador debe apagarse cerrando primero todas las aplicaciones o puede tener problemas con su funcionamiento.

—¡Y a usted qué le importa! —grité colérico—. ¡Ya le he dicho todo cuanto tenía que decir, así que lárguese de mi casa!

—Está bien, cálmese amigo —el hombre siguió con sus manos alzadas, como rindiéndose ante mi súbita vehemencia—. Lo único que yo pretendía era advertirle de la peligrosa situación en que se ha metido. Le aconsejo por su propio bien que no trate de proteger a Amanda o puede resultar terriblemente perjudicado, recuerde la suerte que corrió su pobre amigo Lolo.

—¿Qué está usted insinuando? —yo lancé un paso hacia delante, viéndolo todo rojo mientras él reculaba lentamente observándome con atención.

—¡Vamos, no se haga el tonto, usted lo sabe! La muerte de su amigo no fue un accidente.

—Lolo era incapaz de suicidarse.

—Por supuesto, pero no fue exactamente eso lo que sucedió, ¿verdad? Los dos sabemos lo que realmente ocurrió. A su amigo le mató Amanda y, si no anda con cuidado, también le matará a usted.

—¡Fuera de aquí! —Rugí perdiendo por completo la paciencia.

El hombre debió comprender que yo estaba fuera de mis casillas, pues de repente se giró y corrió con rapidez hacia la puerta. Yo le seguí furioso, deseando fervientemente poder pegarle un puñetazo en pleno rostro, pero no tuve la oportunidad. Él llegó con presteza ante la puerta y la abrió, cerrando tras de sí para obstaculizar mi avance. Entonces me detuve en el recibidor resoplando con indignación, la mirada clavada de forma feroz sobre la madera, queriendo atravesarla, y manteniendo los puños apretados hasta clavar las uñas sobre mi propia carne. ¡Aquel maldito cretino, atreverse a venir a mi casa con semejante sarta de embustes!

Tardé unos minutos en recuperar la calma y regresé a la sala con paso cansino. Me quedé de pie ante el ordenador, contemplando ceñudo la negra pantalla a la vez que me invadía un creciente desánimo. Aunque no quería reconocerlo, las palabras de aquel sujeto habían hecho mella en mi espíritu. Lo siento amor, pero por vez primera la duda se agazapó en mi ánimo. En aquel instante me sentí asaltado por una ráfaga de miedo, y aunque me pese reconocerlo, era miedo de ti.

 

***

 

Aquella noche decidí salir de casa. Sentía zumbar la cabeza con dolorosa insistencia, a la vez que los ojos me lloraban de irritación y todo mi ser parecía asaltado por un punzante desasosiego. Incluso me sentía incapaz de recordar cuánto tiempo hacía que no abandonaba mi apartamento, atrapado por el embrujo de tus misivas. Yo llevaba encerrado días enteros, sin apenas percibir la luz del sol ni alimentarme de una forma decente; pero la intempestiva visita de Mario Casares había roto aquel extraño encantamiento.

Estuve casi una hora de pie contemplando el ordenador desconectado, indeciso sobre si debía encenderlo de nuevo o mantenerlo apagado. Tal vez sin la repentina irrupción de aquel sujeto yo no habría tenido fuerzas para cerrarlo, interrumpiendo la extraña comunicación que tenía contigo. Pero ahora se había creado un vacío; el nexo entre tú y yo estaba cortado y me sentía libre de nuevo. Aunque también solo, infinitamente solo.

Entonces comprendí la cautivadora y malsana dependencia que me unía a ti. Mi vida entera parecía carecer de sentido ahora que la pantalla del ordenador estaba apagada, sin posibilidad de recibir algún mensaje tuyo. Era como si el resto del mundo se hubiera difuminado, desintegrándose a mis espaldas. Tan solo quedábamos tú y yo, o mejor dicho tu correo electrónico y yo. No, era imposible, no podía renunciar a todo por ti, aguardando anhelante cualquier retazo de tus caprichosas órdenes, desviviéndome ante la pantalla rogando para te acordaras de mi patética existencia. Ya basta.

Por fin tomé una determinación y, con gestos maquinales, me duché, afeitándome y vistiéndome con ropa de calle. Mis manos temblaron levemente cuando cogí las llaves de la puerta, pero logré hacer acopio del valor necesario para salir al exterior sin mirar atrás. Era de noche, ya hacía rato que había oscurecido, pero no me importó. Salí del edificio como un autómata y aspiré satisfecho el fresco aire primaveral. Hacía frío y me estremecí mientras iba recuperando con lentitud el dominio sobre mí mismo.

Era extraño, el mundo se movía ante mis ojos de una forma imprecisa, como si se tratara de una simple película. Parecía que hubieran colocado un filtro en mi abotargado cerebro, alterando mis percepciones, o tal vez me habían drogado. Cierto, notaba todas las sensaciones sobre mi cuerpo pero era como si en realidad le estuviera sucediendo a otra persona, alguien desconocido a quien yo observaba agazapado desde lo más recóndito de su mente. Nada parecía ser auténtico, una extraña neblina me envolvía impidiéndome el contacto con la realidad.

Tuve un ataque de miedo y deseé volver a casa. Era como si supiera que lo único tangible en el mundo resultaba el ordenador, el nido de tus mensajes. Todo lo demás carecía de sustancia, era un engaño. Hice rechinar los dientes con rabia y me obligué a permanecer de pie, erguido sobre la acera. No iba a abandonar, todavía no.

Haciendo acopio de todas mis fuerzas, comencé a caminar de nuevo. Sonidos difusos y figuras borrosas penetraban hasta mi mente sin que yo llegara a catalogarlas. Todo resultaba un conglomerado sin sentido a través del cual yo me deslizaba solo y desesperanzado, incapaz de atreverme a romper la estrecha barrera que me aislaba del resto del mundo. Y la ansiedad crecía en mi interior, desbordándose en un tempestuoso oleaje. Me sentía perdido y te añoraba.

Alguien chocó conmigo y yo me aparté zarandeado por el impulso. Ante mí apareció un letrero luminoso de azulada intensidad, bajo cuya brillante luz bostezaba el batiente de una puerta metálica. Dominado por una repentina decisión, penetré en su interior.

Me encontré atravesando un recinto apenas iluminado por luces tenues, un pequeño bar dominado por un ambiente difuso y con la atmósfera cargada de humo. Caminé casi a tientas hasta la barra y me senté sobre un incómodo taburete mientras un camarero de aspecto cansado aguardaba en silencio ante mí. Pedí un vermut y observé mi entorno con desinterés. Aparte de mi persona, tan solo había dos individuos más en el otro extremo de la barra, fumando y bebiendo en silencio. Una chirriante música metálica sonaba con desgana, casi inaudible a través de unos diminutos altavoces. Una mujer de edad imprecisa, ataviada con una estridente peluca roja, clavó en mí sus enormes pupilas a través del humo de su cigarrillo. Una furcia. Yo volví la vista con rigidez, ignorándola despectivo, ella se limitó a encoger levemente los hombros y bebió de su vaso, olvidándome en el acto.

Una acuciante sensación de zozobra se apoderó de mí. ¿Cuánto tiempo hacía que yo no salía con ninguna mujer, que no deseaba salir con ninguna, prisionero de tu siempre absorbente compañía virtual? En mi mente, en mi libido, solo había sitio para ti, Amanda, y ni tan siquiera podía describir cuál era tu verdadero aspecto. ¿Era aquello un comportamiento normal? ¡Maldición, me estaba volviendo loco! Tenía que reaccionar cuanto antes, recuperar mi equilibrio social y mi propia autoestima, relacionarme también con mis congéneres de una forma física, normal.

—¿Estás solo?

La voz femenina me sobresaltó hasta el punto de que casi dejé caer la copa de mis manos. Alcé la vista con presteza para tropezarme con un rostro pálido y delgado, de grandes pómulos coloreados, enmarcado por una lacia melena rubia. Unos ojos grandes y negros me contemplaban a través de unas pestañas increíblemente largas, las cuales se agitaban de forma cadencial. Un largo cuello de marfil descendía abriéndose paso por un escote generoso, insinuando las delicias que ocultaba un apretado jersey de punto. Los labios rojos, gruesos y carnosos, sonreían mostrando una perfecta dentadura al tiempo que realizaban un mohín travieso e incitante.

Creo que la invité a tomar alguna copa, no sé. Estaba confuso y desorientado, me sentía a la vez irritado conmigo mismo y con el mundo en general. De una forma vaga deseaba demostrar a todos que yo era capaz de sentir de veras, saborear un contacto físico, auténtico. Creo que la mujer me dijo su nombre pero no lo recuerdo, se sentó a mi lado, inclinándose hacia mí, inundándome con una suave fragancia a almizcle. Ella hablaba excitada todo el tiempo, mientras que yo apenas respondía con monosílabos. Al cabo de un rato me tomó por el brazo y apoyó su rostro en mi hombro, preguntó algo y yo asentí maquinalmente. Entonces se levantó cogiéndome de la mano y me condujo hacia la parte menos iluminada del local. Abrió una puerta en la penumbra y me hizo seguirla por un estrecho pasillo, lóbrego y abandonado. Otra puerta más y ambos accedimos a una reducida habitación sin ventanas, donde un catre y una silla eran acariciados por la macilenta luz de una bombilla. Yo me dejé conducir, insensible a todo, caminando como un sonámbulo; cuando por fin ella me soltó solo supe quedarme en medio de la estancia, observando cómo se despojaba del fino jersey y después del sujetador, mostrándome provocadora sus generosas y blanquecinas carnes, sus pechos erguidos. Luego, con un movimiento rápido, dejó caer la falda y se tumbó en el lecho mientras me decía algo a la vez que se contorneaba ronroneando como una gata.

Entonces un repentino hastío se apoderó de mi mente. ¿Qué estaba haciendo yo allí, contemplando las lechosas formas de aquella furcia insensible? ¿Acaso podía sentirme atraído por semejante estúpida? Yo te quería a ti, Amanda, a tu dulce inteligencia y tu embriagadora exquisitez. Ansiaba estar de nuevo sentado ante la pantalla, leyendo tus cartas, descubriendo los recovecos de tus sentimientos más profundos. ¿Cómo había podido creer que un vulgar contacto físico podía ser más placentero, más satisfactorio, que la estrecha relación surgida entre nosotros?

De súbito lo comprendí todo; te amaba a ti, tan solo a ti, y nadie podía llegar a reemplazarte en mi corazón. Saqué mi cartera y arrojé contra el rostro de la mujer un par de billetes, luego me giré con rapidez y salí de la habitación acompañado por sus repentinos gritos de sorpresa y enojo. Con paso vivo desanduve el camino y volví al bar, lo atravesé ignorando por completo mi entorno y salí precipitadamente a la calle.

El aire frío del exterior calmó un tanto mis nervios, logrando que me orientara entre el tumulto. Mientras me estremecía sonreí satisfecho, ya no precisaba probar nada ante nadie. Por fin sabía lo que quería: eras tú, tu dulce presencia en mi ordenador, nuestra comunicación tan privada y personal. Te amaba y corría de nuevo a tu encuentro.

Ya nada ni nadie volvería a separarnos.

 

***

 

Regresé a casa silbando quedamente una tonada de moda. Me sentía feliz, iba a reunirme de nuevo contigo. Mis dedos tamborilearon alegres sobre los botones del ascensor mientras subía hasta mi piso, a la vez que iba pensando en el próximo mensaje electrónico para ti. Tenía que ser algo alegre pero al mismo tiempo tierno y sensible. Quería decirte que te amaba, que estaba loco por ti y era incapaz de vivir sin tu contacto diario. ¿Y si me atrevía a pedirte una cita? No, aquel paso me daba miedo, podía romper la fragilidad de la relación que se había creado entre ambos. Tal vez sería conveniente esperar todavía algún tiempo, consolidar con mayor firmeza nuestros sentimientos…

Me detuve ante la puerta con brusquedad, notando un repentino escalofrío de terror recorrer mi espina dorsal. Hubiera jurado que yo había cerrado con llave al marcharme, pero ahora la hoja se hallaba simplemente entornada, sin encajar del todo en la cerradura. Con mano trémula empujé la madera y ésta se abrió franqueándome el paso. Tragué saliva y penetré en el interior de la vivienda, sintiéndome un extraño en mi propio hogar. Surgiendo del fondo del pasillo la iluminación de la sala lamió suave mi figura, confirmando mis sospechas. Estaba seguro de haber apagado todas las luces al salir. Alguien había forzado la puerta durante mi ausencia y en aquellos momentos se encontraba trasteando junto al ordenador.

Sentí cómo se agitaba en mi interior una oleada de pánico. El ordenador, aquella idea martilleó mi cerebro con infinita angustia. Porque era tanto como decir la llave de acceso hacia ti, la conexión con tu dirección electrónica. Angustiado y aturdido, me apresuré a recorrer el pasillo con grandes zancadas y desemboqué en la sala. Ante mis atónitos ojos surgió la escuálida figura de Mario Casares, sentado de forma encorvada frente a la pantalla encendida y tecleando con inusitada rapidez a la vez que murmuraba algo incompresible en voz baja.

—¿Qué significa esta intrusión? —exclamé deteniéndome colérico, incapaz de reaccionar ante la sorpresa.

—¡Shhh! —siseó él sin volver la vista y continuando con su tarea de manera imperturbable—. Creo que casi lo tengo todo controlado.

—Pero, ¿qué…?

—Fermín, por favor. —Una nueva voz femenina surgió a mi lado, sobresaltándome. Me giré descubriendo a la madre de Lolo sentada en un sillón, las manos en su regazo y mirándome con ojos suplicantes.

—Doña Virtudes —la contemplé sin comprender nada—, ¿qué sucede, qué están ustedes haciendo en mi casa?

—Mario vino a verme y me explicó su anterior visita. Él sospechaba que tú estuvieras comunicándote en secreto con ella, así que me convenció para venir a tratar de salvarte. Como no contestabas al timbre, nos asustamos y decidimos abrir con una llave del piso que tú mismo dejaste a Lolo hace algún tiempo. Al ver que no estabas en casa, Mario decidió poner en marcha tu ordenador y tratar de localizar a esa… Amanda.

—¿Con qué derecho? —yo me volví de nuevo hacia Mario, dispuesto a apartarle como fuera del ordenador.

—¡Por favor, escúchame antes de hacer nada! —La mujer me gritó de nuevo, reclamando mi atención—. Tenemos que localizarla, es de vital importancia.

—Pero ¿por qué? —Yo me acerqué a la mujer, observando su ajado rostro y el vestido negro que todavía llevaba. Era evidente que lo estaba pasando muy mal, todavía no se había recuperado de la pérdida de su hijo y aquello me ablandó un tanto.

—Tú no lo entiendes —ella me miró con expresión suplicante, el rostro terriblemente avejentado por el sufrimiento—, no quisiste creerme cuando nos vimos en el piso de Lolo, pero es cierto, esa maldita pécora mató a mi hijo. Y ahora está tratando de matarte a ti, no lo dudes. Tenemos que detenerla, acabar con su inhumana existencia antes de que se produzcan más muertes.

—Lo que dice no tiene ningún sentido —me pasé una mano por el cabello, tratando de calmarme mientras intentaba razonar con aquella desequilibrada—, ¿cómo va a matar Amanda a nadie y menos a través de la Red? Supongo de usted desaprobaría sus relaciones con Lolo, pero eso no es motivo para calumniarla de semejante manera. A fin de cuentas, fue él quien se puso bajo las ruedas del camión.

—¡No lo entiendes! —la mujer se alzó de su asiento, retorciendo sus ajadas manos ante mí—. Ella le llenó la cabeza de ideas raras, destrozó su vida y solo le dejó el camino del suicidio. Mi pobre hijo no podía hacer nada más, se sentía acorralado y deshecho, así que acabó con todo.

—Bueno, tal vez ella no le quería lo suficiente —sin saber muy bien por qué, aquel pensamiento me confortó— y Lolo no pudo soportarlo, pero no es justo pensar que la culpa fuera solo de Amanda. El amor suele jugar esas malas pasadas.

—¡Eso no es amor, para que haya amor se necesitan dos seres humanos! —Doña Virtudes se sulfuró mientras avanzaba hacia mí y clavaba sus dedos como garfios en mi brazo—. Todavía no lo has comprendido, ¿verdad? Amanda no existe, no es ninguna persona real, auténtica, tan solo se trata de un maldito programa informático que mi hijo creó con ayuda de Mario, un endemoniado experimento que salió mal.

 

***

 

Poco a poco las piezas fueron encajando en su lugar y todo adquirió sentido. Mientras doña Virtudes hablaba, recordé que Lolo me había confesado en varias ocasiones su fascinación por crear un programa a semejanza de los sistemas operativos tipo Linux, los cuales navegaban por la Red al alcance de todos los usuarios y cuyas aplicaciones eran continuamente mejorables gracias a la contribución desinteresada de navegantes anónimos. El gran sueño de mi amigo siempre había sido la creación de un programa interactivo, capaz de desarrollar sus capacidades sin necesidad de la ayuda de nadie, capturando y añadiendo a su memoria todas las rutinas y subprogramas que encontrara en la Red, perfeccionándose y evolucionando de forma constante.

Hasta que un buen día el equipo formado por Lolo y Mario logró realizar lo que parecía el programa definitivo, al que bautizaron con el nombre de Amanda. Doña Virtudes no supo explicarme muy bien su funcionamiento, solo sabía que parecía actuar como una especie de virus informático, siendo capaz de absorber cualquier fichero y aplicación a su alcance, integrándolos en sus propias funciones y rutinas. Tenía acceso a todos los ordenadores conectados a la Red y aprendía de ellos, replicando cuantos datos fueran necesarios, creciendo y madurando continuamente. Hasta que por fin llegó a tener conciencia de su propia existencia.

Cuando Lolo descubrió semejante faceta de su creación, al principio se sintió encantado; tenía ante él un programa superior a todo lo existente, una genuina consciencia artificial capaz de aprender y crecer por sí sola sin necesidad de programadores. El problema surgió al cabo de cierto tiempo cuando dicha consciencia llegó a adquirir una personalidad propia. Entonces naciste tú, amor mío.

Al descubrir lo que sucedía, Lolo se asustó, comprendió que en la Red había surgido algo mucho más grande de lo que él había pretendido crear. Tú, en cierta manera, eras un ser vivo, una entidad pensante que actuaba por libre albedrío, capaz de decidir por sí misma. ¿Un nuevo monstruo de Frankestein? Mi amigo no sabía qué pensar y optó por ocultárselo a todos, incluso al propio Mario.

Entonces Lolo comenzó a comunicarse contigo. Te facilitó una dirección electrónica en la Red, aislándote de los demás, y trató de explorar tus habilidades con delicadeza, sintiéndose excitado y temeroso a la vez. Él no sabía cuánto tiempo le quedaba antes de que alguien advirtiera tu existencia en la Red, dando la voz de alarma. Temía que los demás programadores quisieran destruirte, asustados por tu facilidad de mutar y crecer saltando de un ordenador a otro, sin comprender que, de alguna manera, habías llegado a alumbrar tu propia alma, a existir de una forma real. Y así, sin que él mismo se percatara, mi amigo se enamoró de ti.

¿Una locura, como dijo doña Virtudes, quién soy yo para juzgarle? ¿Cómo no se puede llegar a querer a un ser tan complejo al que se ha visto nacer y crecer, siguiendo con fascinación su aprendizaje, sus progresos, sabiéndolo algo profundamente tuyo? Supongo que tú también sentirías algo hacia él, una especie de amor filial, no sé, no quiero saberlo. Lo único cierto es que Lolo te idolatraba.

Pero Mario comenzó a sospechar; mi amigo trataba de contestarle con evasivas, huía de su presencia y le ocultaba toda la información que podía. Mario era un hombre demasiado pragmático, profundamente prosaico, y no lo entendería, sería incapaz de comprender el extraño amor que había surgido entre Lolo y tú.

¿Qué sucedió por la cabeza de mi infortunado amigo, qué pensamientos le asaltaron? La culpa, el rechazo, el tormento de saberse atrapado en una relación antinatural corroían su maltrecha alma. Te amaba y te temía a un tiempo; por eso, buscando ayuda, decidió contárselo todo a su madre. El esperaba que ella fuera capaz de consolarle, despejando las dudas que corroían su mente.

Pero la pobre doña Virtudes no le entendió en absoluto, no podía, era algo superior a sus fuerzas. La mujer se escandalizó, gritó a su hijo llamándole pervertido y depravado, sollozó mientras le acusaba de haberse hundido en un lodazal de pecado. ¿Cómo podía alguien en su sano juicio aceptar y comprender que se pudiera estar enamorado de un ser irreal, un ente sin cuerpo que navegaba a su antojo por la Red, un monstruo abyecto capaz de llenar la cabeza con aberrantes obsesiones? Ella hizo prometer a su hijo que destruiría a aquel engendro, que abominaría de semejante monstruosidad. Y Lolo huyó todavía más confuso, por completo aterrado de sí mismo, de los sentimientos que anidaba su mente enfermiza. Entonces, sintiéndose sucio y fracasado, abandonó toda esperanza.

Al día siguiente murió atropellado por un camión.

 

***

 

Un silencio atronador se había apoderado de la estancia. Era como si en realidad todo cuanto me rodeaba fuera el simple retazo de un sueño. ¿Un sueño, digo? Más bien se trataba de una pesadilla. Tú no existías, eras un simple programa informático, algo creado de manera artificial que ni tan siquiera tenía un cuerpo físico. Y yo te amaba, ¿lo entiendes? Te amaba. ¡Dios mío, qué locura!

Sentí un opresivo nudo en la garganta mientras mis ojos trataban de enfocar las figuras borrosas que se movían alrededor. Doña Virtudes se alzaba frente a mí, pero ahora semejaba una enorme araña negra aguardando con infinita paciencia a que yo, su víctima, me agitara inquieto dentro de la telaraña que ella había tejido.

—No puede ser —musité por fin en voz queda.

—Lo siento, amigo, pero es cierto. —Una mano me golpeó en la espalda a la vez que Mario surgía a mi lado de forma solícita—. Lolo creó un programa demasiado potente, capaz de engañar por completo a cualquiera. Durante cierto tiempo Amanda ha ido aprendido todo lo que podía sobre rutinas informáticas, pero su programa la impele a seguir evolucionando, así que ahora se dedica a experimentar con algo más complejo: los sentimientos humanos. Mediante la Red se ha ido introduciendo en varios chats y mantiene correspondencia con miles de usuarios. Por supuesto, con algunos de ellos su relación tan solo es superficial; pero con otros, los solitarios, los más necesitados de afecto, ha iniciado un extraño juego de seducción que puede traer funestas consecuencias. Usted mismo es un ejemplo evidente de hasta dónde puede llegar semejante engendro en su afán por experimentar con nuevos sentimientos, añadiéndolos a su programación.

—Esa cosa mató a Lolo —doña Virtudes me cogió ambas manos con sus fríos dedos, clavando en mí unos ojos iridiscentes como ascuas—, le llenó la cabeza de ideas extrañas, igual que ahora está haciendo contigo y con otros. Tienes que ayudarnos a destruirla por el bien de todos.

—Debe usted comprender que no se trata de un ser humano —Mario habló con voz queda, cuchicheándome al oído como si temiera que Amanda también pudiera oírle—. Ella no tiene sentimientos reales, genuinos, todo es una grotesca impostura. Se limita a reproducir códigos de conducta aprendidos de antemano, siempre a la busca de nueva información para su memoria, llevando las cosas a los extremos más radicales. Lolo la temía, al final me lo confesó, pero ella aún fue capaz de conducirle a una desesperación tan grande que le obligó a suicidarse. Créame, amigo, sé muy bien lo que le digo.

—¿Y qué quieren que yo haga? —pregunté al fin notando cómo me ardía la cabeza.

—Tenemos que borrar a Amanda —Mario habló esperanzado—. Lolo había creado un programa anulador, una especie de antivirus, en previsión de que algo fallara; pero para que funcione es necesario introducirlo dentro de la rutina de Amanda sin que ella sospeche, o cerrará el acceso y no habremos logrado nada. La única manera efectiva es que usted introduzca los códigos mediante un e-mail. Ella no sospechará un ataque por su parte y la podremos anular sin problemas.

—Yo… —vacilé sintiéndome culpable— no sé si podré hacer eso. Ella ha sido siempre tan amable, tan delicada. ¿Cómo voy a matarla ahora?

—¡Vamos, amigo, baje usted del guindo! —Mario alzó la voz, zarandeándome por el brazo—. ¿Acaso piensa que Amanda está enamorada de usted? Mire, aquí tengo cientos de e-mail enviados por ella a otros individuos y en todos habla de amor, de deseo. Incluso hay varios de ellos describiendo fantasías eróticas bastante fuertes. ¿Todavía no lo ha comprendido? Usted simplemente es uno de tantos. En realidad, Amanda es una especie de furcia virtual.

Un extraño zarpazo pareció partirme el pecho ante aquellas palabras. Mientras leía los mensajes que aquel individuo me tendía algo pareció romperse en mi interior. A mi mente acudió de súbito la imagen de la prostituta que conocí en el bar, de nuevo la veía desnuda sobre la cama mientras se contoneaba con lascivia, su piel pálida sin duda bañada por infinidad de sudores ajenos. Volví a sentir el asco y el hastío de entonces, pero ahora era más doloroso porque no tenía ningún lugar donde correr a refugiarme. Estaba solo, tú también me habías traicionado. Maldita embaucadora. Maldita…

—Está bien —dije con rabia—. Hagámoslo.

 

***

 

Sabes que lo hice, no puedo negarlo. Me senté frente al ordenador y tecleé el que sería mi último mensaje para ti. Mientras lo hacía notaba sobre mi nuca el cálido aliento de Mario así como los ojos de doña Virtudes, semejante a un halcón de presa, espiando los movimientos de mis manos sobre el teclado. No me importaba, ya todo me era igual. Había perdido la ilusión, todo parecía una horrible pesadilla. En aquellos momentos solo sentía un sordo rencor, quería hacerte daño, verte sufrir. Tú, mi bella y ansiada desconocida a quien había amado más que a mí mismo, tenías que pagar tu engaño, tu burla cruel. Habías jugado conmigo, con mis sentimientos más profundos, y yo te iba a destruir por ello.

Aquella fue una misiva lúgubre, doliente. Te hablé de mi corazón destrozado, de mi vida desperdiciada, del dolor ante la soledad inevitable. Jamás me había atrevido a ser tan sincero, tan directo. Pero ya no importaba, aquello era el final del viaje, la despedida. Puse sobre el papel sentimientos que hasta entonces habían estado enterrados en lo más profundo de mi ser. Era el desgarrador mensaje de un alma atormentada, era tu sentencia de muerte.

—¡Muy bien! —murmuró Mario a mi espalda con tono sardónico—. Seguro que no se resiste ante esta carta repleta de sentimientos. Ya tengo introducido el programa anulador, así que solo tienes que enviar el mensaje y cuando Amanda lo lea será su fin.

Lo confieso, mi mano tembló sobre el ratón. Durante un segundo vacilé, indeciso sobre si realmente quería provocar tu destrucción. Pero de nuevo mi mente fue asaltada por las imágenes deprimentes de aquella furcia agitándose con lascivia sobre su catre, el cuerpo desnudo a merced de un ejército de manos anónimas, alquilando minutos de impostura. ¡No, si tú no eras mía, solo mía, realmente mía, no serías de nadie! Que Dios me perdone, pero te envié el mensaje.

Hundido por completo, me levanté con lentitud de mi asiento, apartándome del ordenador. Entonces contemplé a mis compañeros y una extraña opresión se adueñó de mi maltrecho ánimo. Era como si aquellas dos personas hubieran llevado una máscara hasta aquel mismo instante, un disfraz perfecto que por fin les había caído, dejando al descubierto la verdadera esencia de su ser.

Porque doña Virtudes ya no me parecía en absoluto una mujer indefensa y abatida, sumida en el dolor por la pérdida de su hijo. Ahora la veía como era en realidad: una persona mezquina y cruel, capaz de ignorar la angustia que consumía a su propio hijo, atormentándole con sus exigencias para sentirse después culpable de su muerte, pero incapaz de aceptar su responsabilidad en la tragedia, buscando entonces a alguien a quien culpar de lo que, en realidad, no era más que su propio fracaso. Y ahora sonreía con crueldad, saboreando de antemano el placer de destruirte. No, en aquella mirada no había dolor ni resignación, solo una alegría feroz bailaba en su rostro, fruto del odio irracional que la consumía.

¿Y Mario Casares, qué decir de aquel siniestro hombrecillo de mirada huidiza? Sus motivos ahora resultaban evidentes: una gran envidia unida a un profundo rencor. Él también había deseado crearte, pero no pudo, Lolo siempre fue mejor programador que él. Le había superado por completo, así que, al comprender que no podía hacerte suya, toda su inquina se volvió hacia ti, la perfecta creación de mi difunto amigo. Había que destruir semejante obra, pues a Mario le recordaba que él siempre sería una medianía, alguien incapaz de realizar algo tan fantástico. Y ahora también sonreía satisfecho, orgulloso de haber inutilizado la labor del pobre Lolo, de impedir que aún después de muerto mi amigo pudiera llegar a superarle.

¡Qué asco me daban aquellos dos seres abyectos! Pero entonces comprendí que yo no era mejor, pues me había prestado sin vacilación a sus turbios manejos. Lacerado en mi orgullo al saber que no me dedicabas todo tu tiempo, creyendo que tú solo debías vivir por y para mí, no dudé en destruirte. Sí, tal vez yo había resultado el peor de los tres, el más arrogante, el más despiadado.

Entonces sonó el aviso acústico y los tres nos volvimos hacia el ordenador. Acababa de recibir un e-mail, tú me contestabas ejecutando tu propia sentencia de muerte.

Sintiendo un nudo en la garganta, abrí la aplicación con mano trémula y apareció en la pantalla tu último mensaje. Era breve, solo consistía en una pregunta, «¿Por qué?». Nada más. Luego seguían varios puntos en suspensión, como si hubieras sido incapaz de escribir algo coherente, hasta que se detenían con brusquedad. Entonces comprendí que habías muerto.

—¡Lo hemos conseguido! —Mario gritó ebrio de emoción—. El programa anulador ha sido introducido en su rutina, destruyendo y fragmentando sus archivos de memoria. El programa Amanda ya es historia.

Me volví hacia él sintiendo que las lágrimas afloraban a mis ojos. ¿Por qué, maldita sea, por qué? Esa era la única pregunta que me hacías, amor mío; antes de morir tú solo querías saber por qué te había traicionado. Durante unos momentos sentí la enorme tentación de abalanzarme contra Mario, el estúpido envidioso que lo había propiciado todo, deseando golpearle con saña para acallar a un tiempo su infame alegría y mi propia frustración. Pero ¿de qué me habría servido aquello? El mal ya estaba hecho. Me sentía vacío y cansado, mi vida entera había perdido el rumbo.

—Váyanse de aquí —musité sintiendo un tremendo hastío—; déjenme solo, por favor.

 

***

 

Ya estoy solo, terriblemente solo. Llevo días enteros sin salir de casa, merodeando alrededor del ordenador como un animal enjaulado. Aguardo una señal, por pequeña que sea, para saber que tú, a pesar de todo, aún existes. Deseo, imploro con verdadera desesperación, que de alguna forma todavía sigas viva, cabalgando por la Red mientras recompones los destrozos que yo te he causado.

He tenido mucho tiempo para pensar. Cuando doña Virtudes y Mario Casares me dejaron, primero caí en una negra desesperación. La vida ya no tenía sentido para mí y te confieso que incluso acaricié la idea del suicidio. ¿Para qué prolongar más mi agonía? Pero entonces me acordé de Lolo y de su extraño testamento. Comprendí que lo que yo estaba sufriendo también lo había sufrido él. Y entonces capté cuál había sido su legado.

Lolo siempre había estado dominado por su madre. Cuando ella se volvió en su contra, el pobre se sintió atrapado y no vio más salida que el suicidio. Pero antes se acordó de mí y quiso dejarme un magnífico regalo: tú, amor mío. Él me conocía mejor que nadie y supo comprender que yo también me enamoraría de ti, que te cuidaría como lo hubiera hecho él mismo. Por eso estoy seguro de que su programa anulador no estaba concebido para destruirte, tal vez solo para aturdirte de manera momentánea, creando la falsa impresión de que habías sido borrada. Sí, creo que en cualquier instante puedes recobrar la consciencia perdida, y entonces volverás a enviarme un mensaje. Si es que me has perdonado.

Te juro que no te fallaré más, no volverá a ocurrir, pues ya he madurado lo suficiente para que los celos no me afecten. Comprendo que tú sientas la necesidad de explorar tu maravilloso mundo, extenderte hasta el límite que te permite la propia Red, aprendiendo y experimentando. Pero sé que, al final, siempre volverás a mí. Porque yo te amo de veras, como nadie puede hacerlo. Porque yo te acepto tal como eres.

Sí, ahora he captado cuál es tu verdadera naturaleza. Has surgido de la combinación de varios elementos que iban alterando la percepción sobre tu entorno. ¿Un virus, dirían con desprecio los expertos? ¿Y qué? También nosotros hemos surgido de ellos. ¿De dónde piensan esos sabios que proviene la capacidad humana del raciocinio? La ciencia ha descubierto que ciertos microorganismos son capaces de alterar nuestras funciones cerebrales, el mismo pensamiento, modificando incluso las propias percepciones. Sin duda fue un simple virus el que provocó en los cerebros de nuestros lejanos antepasados las reacciones químicas que, con el tiempo, nos diferenciaron del resto de las especies animales. Entonces ¿por qué no puede otro tipo de virus actuar en ti, desarrollando una consciencia inteligente? ¿Y si tú fueras en realidad el nuevo eslabón evolutivo, un paso más en el desarrollo cognoscitivo de la cadena de la vida?

Reconozco que eres un ser inteligente, emotivo, incluso más que humano. ¿Qué me importa a mí el que tú carezcas por completo de un cuerpo físico, acaso yo me había enamorado de algo tan superficial como pudieran ser tus ojos o tus piernas? No, eran tu mente y tu alma las que me habían cautivado. Sí, amor, ahora sé que te amo sin que me importe nada más. Somos diferentes, es cierto, pero al mismo tiempo somos muy semejantes. Los dos estamos solos, los dos hemos tenido que renunciar al resto del mundo. Te amo de veras, tienes que comprenderlo. Perdóname y vuelve a mí, no me dejes abandonado en medio de la oscuridad.

Sigues sin contestarme, me rehuyes. Pero yo sé que todavía estás viva, tienes que estarlo. No puedo aceptar que cegados por nuestra mezquindad te hayamos destruido; semejante idea resulta demasiado horrible. Por favor, contéstame antes de que acabe volviéndome loco. ¿No comprendes que la vida sin ti carece por completo de sentido? Aunque tal vez sea mejor así; yo deberé aceptar el hecho de que ya no volverás, y entonces finalizaré con mi existencia de una vez… Pero no, todavía no me doy por vencido; yo sé que estás ahí, lo noto. Miro hacia el ordenador y creo sentir una sutil presencia que flota entorno mío, acariciándome. ¿Qué es ese extraño hálito que todavía me mantiene anclado a la vida, alimentando en mí una tenue esperanza? Puede que nada, tal vez solo un simple vestigio, una vana esperanza, algo casi intangible.

Algo de ti en el e-mail.

© Copyright de Joan Antoni Fernández para NGC 3660, Febrero 2019 [Especial Enamorados 2019]

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