En el museo de los sueños verdaderos – Reed.

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Por Néstor Darío Figueiras

I

 

El joven Danza-sobre-un-Volcán despertó en la oscuridad de su tienda. Ansioso, se incorporó, abrió la cremallera y asomó la cabeza. El viento frío del alba le cortó la cara. Se cubrió con su manta y salió. Rodeó el grupo de tiendas remendadas y comprobó que ninguna nave se había estrellado en las inmediaciones. Más tarde, la partida matutina saldría a explorar el desierto profundo. Sabía que si no se hallaba ningún vestigio ése sería un día como cualquier otro.

Colocó un dedo índice a dos o tres centímetros de sus labios y recitó:

—El cielo del amanecer brilla como una fragua.

Miró a las plantas cactáceas de varios metros de altura que se recortaban contra el sol. Continuó:

—Las Inmortales se yerguen altivas. «Un gesto de intolerable arrogancia para las nubes descarriadas que vagan sobre el arenal», dicen los más viejos del clan, «porque su carnoso y erecto verdor proclama que no necesitan el agua del cielo». Hoy, como todas las mañanas, el sol intentará quemarlas. A ellas y a los Hombres-Raíces, sus furtivos sacerdotes. Pero sabemos que nunca lo conseguirá. Las Perpetuas se alzan desde tiempos inmemoriales, apuntando el desdén de sus agujas en todas las direcciones. Los más jóvenes creemos que no sólo desafían al firmamento sino que también rezan a algún dios privado; que ruegan que sea abatida alguna de las naves que siguen desfilando a velocidad de crucero día tras día, moviéndose como cachalotes torpes a través de un océano de fuego. La única diferencia notable de esta mañana: las naves se desplazan más lentamente que de costumbre. Pero su número parece ser el mismo que ayer.

Corrió a despertar a Pez-en-un-Cuenco, su Padre en la Profecía, quien yacía en el rincón más oscuro de la tienda. Cuando se acercó a él, vio que el hombre barbudo ya estaba despabilado. Anhelante, Danza-sobre-un-Volcán le metió el dedo índice en la oreja mugrienta. Pez-en-un-Cuenco oyó con atención el registro y luego le habló. Las palabras, empujadas por su aliento hediondo, golpearon el rostro del joven:

—Una fragua: ¡linda imagen! Luego citas el saber de los viejos. No está mal, pero no exageres. Ayer usaste el mismo recurso. Recuerda que la lisonja es una falta tan grave como la omisión.

—La lisonja es una falta tan grave como la omisión —repitió el aprendiz.

Ahora bien, ¡borra esa bobada del «dios privado»! —El joven intentó explicar algo, pero el barbudo le tapó la boca con una mano metálica—. ¡Shhh! ¡Escucha! Sé cuál era tu intención. Pero, ¿desde cuándo la Divinidad debe rezar? Los viejos pensarían que tu comentario pretende ser tan soberbio como la derechura de las Sempiternas: ¡una herejía! Recuerda que para convertirte en Perito de la Bitácora debes manejar con precisión el balance entre las viejas tradiciones y las nuevas ideas. Balance. Métetelo en la cabeza, hijo —le dio un coscorrón suave con los nudillos plateados—. Después comparas a las naves con esos cetáceos… Podría resultar un acierto magistral, pero sólo si todos recordaran lo que es un cachalote. Debes tener presente cuáles son los símbolos que se van perdiendo. También deberás tomar nota de aquellos que se añadirán con la caída de una nave.

Los ojos de Danza-sobre-un-Volcán brillaron. ¡Documentar la caída de una nave! ¿Le tocaría esa suerte a él?

—Por último: has terminado el registro con una nota trágica. Deberías haber dicho algo como «la lentitud de las naves es buen augurio: si pierden velocidad, hay más posibilidades de que alguna de ellas caiga sobre las dunas». O tal vez «su número parece ser el mismo que ayer, pero esperamos que alguna se haya desplomado más allá del horizonte». Recuerda que tu tarea como Perito será registrar, anunciar y entusiasmar. De nada sirve registrar y anunciar si no entusiasmas al clan.

—Registrar, anunciar y entusiasmar —coreó.

—No olvides que tu registro tiene que ser poético, profético y poliédrico. Pero nunca polémico.

—Poético, profético y poliédrico. Nunca polémico.

—Eso es. Buen muchacho —y el hombre barbudo le acarició la cabeza con rudeza—. Ve y corrige la grabación. Hoy no me siento bien. Seguiré recostado un momento más.

Danza-sobre-un-Volcán regrabó la bitácora. Los riborrecs que pululaban bajo la yema de su dedo índice se afanaron a velocidades impensadas: borraron la información desechada y enlazaron nuevas series de ARN dentro de cada célula.

Una vez que fuera Perito de la Bitácora, y después de haber hecho numerosas grabaciones en ese dedo, los Hombres-Raíces le cortarían la falange distal y archivarían el registro. Entonces él continuaría con la siguiente falange. Cuando le hubieran amputado el dedo completo, comenzaría a grabar en otro. Y así sucesivamente.

Miró de reojo a su Padre en la Profecía, quien, recostado sobre su camastro, se desenredaba la barba con una de sus manos de metal. El antebrazo derecho estaba hecho con la aleación corroída que revestía a las naves, desde la punta de los dedos hasta el codo. Otras prótesis colgaban pesadamente de él, estructuras alambicadas que los Hombres-Raíces le habían implantado en los muñones de ambas rodillas y del hombro izquierdo.

Sabía que algún día el Protésico del clan no se levantaría más. Y entonces haría falta otro Perito.

¿Cómo es posible que algunos hayan olvidado qué es un «cachalote»?, se preguntó. En tal caso, tampoco recordarían qué es un «pez», aunque no sean la misma cosa; ni sabrían qué es lo que hace dentro de un cuenco, se dijo Danza-sobre-un-Volcán.

No verbalizó sus pensamientos, porque sabía que era inútil contradecir a su maestro. Pero sobre todo porque, si su suposición era cierta, Pez-en-un-Cuenco moriría pronto.

 

II

 

Como solía hacer por las tardes, Danza-sobre-un-Volcán visitó a Almíbar-en-la-Mirada. Charlaron distraídamente. Las palabras encubrían el otro diálogo, uno más directo, que entablaron con sus miradas deseosas.

Cuando Crótalos-bajo-el-Cráneo, Madre en los Quehaceres de Almíbar, abandonó la tienda para ir a buscar despojos semienterrados en la arena, la joven le descubrió sus pechos al aprendiz. Se abrazaron. Él se apresuró a apretar esa carne tan suave, pero no se atrevió a lamer los pezones hinchados. Ella se quitó la falda con gesto decidido y se lanzó sobre él, envolviéndolo con las piernas y los brazos. Cayeron sobre la superficie de lona.

Derribado, él inició la improbable tarea de desvestirse. Lo consiguió a medias. La arena que se había filtrado en la tienda se coló entre sus cuerpos, que ya empezaban a ajustarse. Los granos de sílice volvieron ásperos los roces. Pero sobre la piel igual fermentó la pasión. Aunque sus labios y lenguas se arremetían sin delicadeza, esos besos torpes bastaron.

Mientras tanto, los riborrecs espiaban, eslabonando interminables cadenas de datos.

El frenesí que los trenzó fue efímero como un relámpago en la noche del desierto, porque alguna alarma secreta hizo que ella lo apartara de sí con brusquedad. Empezó a vestirse con urgencia, exigiendo que él hiciera lo mismo.

Danza-sobre-un-Volcán terminó de abrocharse los pantalones un instante antes de que se abriera la tienda. Crótalos ingresó y les dirigió una mirada inquisidora. Habló con esa voz ronca:

—No hallamos nada. Las malditas no caen.

El joven se despidió de Almíbar con un leve dolor en las ingles y se dirigió a su tienda. La arena crujía bajo sus botines como la lengua de Crótalos lo hacía bajo su cráneo.

El hormigueo que sentía en las venas no sólo se debía a la erección que trataba de disimular. Allí estaban también los nanobots hambrientos de información.

Se estremeció al pensar que alguna vez sólo podría tocar los pechos de Almíbar con manos de aleación.

 

III

 

Llegó el día en el cual el viejo Pez-en-el Cuenco no se levantó más de su catre. Algunos achaparrados Hombres-Raíces lo sacaron de la tienda y se lo llevaron tras las Dunas Prohibidas. Luego le dieron la Sepultura de las Dunas, un honor que merecía todo Protésico.

Esa noche las Imperecederas fosforecieron.

Todos habían olvidado definitivamente lo que era un pez, y una semana más tarde los ancianos convocaron a Danza-sobre-un-Volcán para que cubriera el puesto vacante.

La noche siguiente, el nuevo Perito de la Bitácora anunció su primer registro oficial y logró entusiasmar al clan con él. A pesar de un tartamudeo leve —que ponía de manifiesto su nerviosismo de principiante—, aquellos que se habían reunido en torno de la fogata lo aclamaron con aplausos y vítores, augurándole así una gran carrera.

IV

Un estruendo sordo sacudió el desierto en medio de la noche.

El Perito de la Bitácora despertó con el corazón agitado. Preguntó en la oscuridad de su tienda:

—¿Será posible que…?

Saltó del lecho y abrió apresuradamente el cierre de la tienda con sus manos plateadas: un acto muchas veces repetido, y siempre cargado de honda expectación. Atisbó en medio de las tinieblas.

¡Allí estaba! ¡Una gran nave había caído! La sección inferior de la proa se había sepultado en la arena. Yacía como una ballena varada. Asombrado, vio cómo un ejército multitudinario de Hombres-Raíces cubría el casco hirviente con rapidez, ingresando al pecio a través de los ojos de buey resquebrajados y las fisuras en el metal. Las criaturas enanas y nudosas tomaron la nave en pocos minutos, paralizando con sus púas venenosas a los criotripulantes que habían sobrevivido. Los convirtieron en momias, usando las secreciones que destilaban sus miembros para amortajarlos. Luego apilaron a sus presas prolijamente tras las Dunas Prohibidas.

En tanto, otro grupo de Hombres-Raíces, ayudados por todos los miembros del clan que habían despertado a causa del escándalo, se dedicó a desmontar la nave.

Al mediodía siguiente, en la zona del impacto sólo se veían algunos pocos tornillos y unas abrazaderas diseminados sobre la arena removida. Cada una de las piezas desmanteladas había sido sepultada junto a las Eternas por sus sacerdotes. En pocos días, las plantas se multiplicarían sobre el arenal, cubriéndolo de divinos retoños.

Danza-sobre-un-Volcán había estado toda la noche relatando los sucesos, entusiasmado, con los labios casi pegados a su bíceps izquierdo. Los infatigables riborrecs colmaron de información las células del tejido muscular.

Sabía que le amputarían el brazo en cuestión de horas, y que le colocarían otra prótesis entre el hombro y el codo de aleación. Pero no le importó, porque él había sido el bienaventurado que había registrado la caída de una nave, algo que no sucedía desde hacía mucho tiempo.

 

V

 

Aunque había engordado, Almíbar-en-la-mirada todavía era capaz de acelerarle el corazón. Sus senos, que él recordaba firmes, ahora se adivinaban caídos bajo la ropa de arpillera. Con miradas disimuladas, había comprobado que tenía estrías en la piel. La maternidad había cambiado su cuerpo. Pero él seguía sintiendo ese cosquilleo en las ingles cuando la veía emparchar las tiendas, cargar leña, o amamantar a los críos que le había dado al zopenco que la había desposado.

Ella lo esquivaba. Pero él podía ver que detrás de sus ojos ambarinos aún latía con fuerza el recuerdo del amorío adolescente que alguna vez los había hecho suspirar.

Danza-sobre-un-Volcán se consolaba diciéndose que él era un Perito de la Bitácora que había documentado una caída; un Protésico que servía a las Perennes. Él era especial.

Sin embargo, cuando soñaba con esos pezones que nunca había osado besar, despertaba llorando.

 

VI

 

—¿Por qué tu registro debe ser poético, profético y poliédrico?

A Rizos-en-el-Lodo le tembló la voz cuando respondió:

—Debe ser poético para seducir los oídos de quienes escuchan. Tiene que ser profético para provocarles sed por el futuro. Y también poliédrico porque debe encerrar esa ansia por el porvenir dentro de un espacio limitado por expectativas realizables.

—Bien, chico. ¿Y por qué no debe ser polémico?

—Porque la Bitácora no debe suscitar controversias.

Danza-sobre-un-Volcán sonrió satisfecho. Ya estaba listo para la Sepultura de las Dunas: tenía un sucesor confiable. El joven Rizos había sido uno de los amortajados de aquella noche lejana y jubilosa. La momificación lo había preparado y los Hombres-Raíces lo habían elegido para continuar su tarea.

Del mismo modo había pasado con él mucho tiempo atrás.

—Padre en la Profecía, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Sí.

—¿Qué es un «volcán»?

El interrogante lo tomó desprevenido.

—Es sólo un nombre, chico. Los nombres se pronuncian sin saber qué significan. Ahora ve a buscar yesca para esta noche.

Cuando el aprendiz salió de la tienda el Protésico se alisó la barba con los dedos metálicos. Recordó esa mañana, cuando supo que a Pez-en-un-Cuenco le quedaba poco tiempo. Rizos-en-el-Lodo no había sido tan compasivo como él. Murmuró:

—Mocoso insolente.

Pero lo peor era que él también había olvidado lo que era un volcán.

 

VII

 

Danza-sobre-un-Volcán había permanecido todo el día recostado, las prótesis colgando a los lados del camastro. Hacía tiempo que no sentía la agitación de los riborrecs bajo su piel.

Pronto vendrían por él y entonces las Perdurables brillarían de nuevo.

La luz del ocaso fundía el cielo y la arena cuando cuatro Hombres-Raíces entraron en su tienda. Lo cargaron, llevando el catre sobre sus hombros, como si se tratase de una litera. Detrás de las Dunas Prohibidas lo aguardaba un quinto Hombre-Raíz, más robusto, que lo miró a los ojos y le dijo:

—Protésico. Te toca la Sepultura de las Dunas.

Su voz era una seguidilla de balbuceos y chasquidos que resonó dentro de su cabeza. El Hombre-Raíz no tenía boca. Ninguno de ellos la tenía.

—Pero antes te inocularemos Sueños. Porque tus registros, debidamente poéticos, proféticos y poliédricos, han preparado al clan para la caída de una nave. Y tú has documentado el hecho.

A Danza-sobre-un-Volcán se le ensanchó el pecho al oír esas palabras. Supuso que los Sueños eran una distinción que no cualquiera recibía.

El Hombre-Raíz parlante hizo un gesto, y los otros cuatro llevaron la litera hacia un promontorio que se alzaba entre los médanos. Danza-sobre-un-Volcán pudo ver numerosas grutas que socavaban la base del peñón. Lo introdujeron en una de ellas, y lo asaltó el seco aroma a pedernal que flotaba en el aire estanco. Observó que un sinfín de tunas oblongas y llenas de espinas tapizaban las paredes, iluminando la cueva con el fulgor que irradiaban.

Depositaron el camastro delante de un estrado de piedra que parecía estar embadurnado con alguna clase de saliva. Al principio creyó que los bultos multiformes que estaban amontonados sobre el pedestal eran más tunas. Pero cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, descubrió con admiración que estaba frente al archivo de los registros.

Los Hombres-Raíces le desligaron las prótesis de las amputaciones. Cuando en su cuerpo no hubo más piezas de metal, empezaron a injertarle los miembros que habían descansado durante décadas sobre el podio de roca, untándole los muñones con la misma melaza que los cubría.

—Protésico —chasqueó la voz—. He aquí los Sueños.

Gracias a la secreción que manaba de la piedra, dedos, manos, pies, brazos y piernas de todos sus antecesores se habían conservado en perfecto estado. Los Hombres-Raíces fueron acoplando esos miembros a su cuerpo, uno por uno, empleando sus extremidades minadas de púas húmedas para unir los tejidos; mientras, los riborrecs despertaban de su letargo y comenzaban a alborotarse nuevamente.

Entonces soñó con imágenes grises y rotas. Sorbió las aspiraciones vanas y los agrios desencantos de los Peritos que lo habían precedido. Y los sueños se replegaron más y más, hasta traer recuerdos inhumados:

Los febriles preparativos de los azkevitas, que buscan escapar a tiempo de la muerte de la enana blanca perteneciente al sistema binario en torno del cual orbita su planeta. El plan minucioso que ha involucrado a varias generaciones en un intento desesperado de evitar el destino fatal. La puesta a punto de la inmensa flota de astrobuques, reservada para evacuar a los cientos de miles de individuos elegidos: los más sabios, los más capaces, los más bellos. Almas afortunadas que preservarán la semilla de Azkev ’Ar, dignas de recibir un legado tal. La inoculación masiva de riborrecs, los nanobots que amplificarán las mentes de los favorecidos, que transformarán sus cuerpos en contenedores del enorme cúmulo cultural de la civilización azkevita. Es un bautizo cibernético en el cual se le proporciona un nuevo nombre a cada uno, el tetranom, capaz de encriptar cientos de miles de nociones y símbolos dentro de cuatro vocablos.

A medida que se acerca el final, el alivio, la tristeza y el miedo se mezclan en los portadores de los tetranoms, y el odio enardece a los otros, los que se saben sentenciados, aquellos que, una vez abandonados, vivirán algunas semanas más antes de que las mareas de radiación arrasen el planeta. Las protestas y las manifestaciones multitudinarias. Las familias que se desgarran y los vínculos que se desmenuzan por la potencia de los incontables megatones que serán liberados. Los intentos de sabotaje. Las guerras que desangran al mundo antes de que sea destruido por la estrella agónica.

El penoso adiós en medio de la anarquía. El embarque y la criogenización de los tripulantes. El despegue exitoso de la flota y la huida a toda velocidad, devorando años-luz sin descanso. Una ilusoria sensación de resguardo invade los sueños criogénicos de los expatriados.

Entonces, la conmoción fatal de la supernova que escupe colosales chorros de plasma hacia el infinito. La onda de choque altera el encadenamiento del continuo y alcanza a las naves rezagadas, golpeándolas como un tsunami atroz. Una, dos, tres centenas de astrobuques caen en un maelstrom y son recluidas en un bucle espaciotemporal.

El mismo planeta apareciendo una y otra vez, un enorme mundo desértico que ejerce misteriosas y tenaces fuerzas tractoras sobre las naves. El origen y el olvido de las leyendas entre los muchos criotripulantes despiertos, un ciclo que se repite indefinidamente. Las mitologías forjadas en cada iteración van ensayando diversas variantes, todas verosímiles: un mundo-sirena que seduce al metal con inaudibles cantatas y que manipula a la inteligencia por medio de un embrujo como de mandrágora; un mundo-vampiro que bebe en el borde del torbellino que zarandea el continuo, nutriéndose de los azkevitas: un maná que cae desde otra eternidad; una civilización vegetal que se alimenta con carne y sangre, civilización de parásitos que esclavizan, lavan cerebros y despliegan esquemas religiosos…

Danza-sobre-un-Volcán imploró. La sucesión discordante de rememoraciones lo consumía. Podía sentir cómo los riborrecs saturaban cada una de las células de su cuerpo mutilado. Estaba enloqueciendo.

La voz del Hombre-Raíz parlante chasqueó:

—Otro que no resiste la verdad de los Sueños Verdaderos. Informad que hemos comprobado una vez más que en nuestra jurisdicción no existe ninguna posibilidad de fugas —señaló a Danza-sobre-un-Volcán con un dedo erizado de pinchos—: Que sueñe sus propias abstracciones hasta morir en la inclemencia del amanecer. Luego, ordenad las piezas del museo.

Los que habían cargado la litera obedecieron con diligencia. Le reinsertaron sus propios miembros, que le habían sido amputados uno a uno a lo largo de su vida. Y Danza-sobre-un-Volcán soñó:

 

Almíbar le descubre sus pechos y él se apresura a apretar esa carne suave. Pero no se atreve a lamer los pezones. Ella se quita la falda y se lanza sobre él, y ambos caen al suelo. Él inicia la improbable tarea de desvestirse. Lo consigue a medias. La arena se cuela entre sus cuerpos, que ya empiezan a ajustarse. Los granos de sílice vuelven ásperos los roces, pero igual fermenta la pasión. Aunque sus labios y lenguas se arremeten sin delicadeza, esos besos torpes bastan.

Cuando el cuerpo del Protésico dejó de agitarse, los Hombres-Raíces le quitaron los miembros injertados y los dispusieron sobre el altar, junto a los otros. Luego lo sepultaron en la arena, mientras el alba recibía a las naves que fatigaban la misma ruta invariable, una y otra vez.

Durante la noche siguiente, las Indestructibles resplandecieron con intensidad. Y una semana más tarde los viejos del clan llamaron a Rizos-en-el-Lodo.

© Copyright de Néstor Darío Figueiras para NGC 3660, Noviembre 2016

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