En el laberinto

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Por Santiago Eximeno

Morir —me dijo el niño— es permanecer

ante un mismo paisaje indiferente.

Los oficios del sueño, Rafael Pérez Estrada

 

Standing at the forest awaiting your penance

[..]

All the temples stand in ruin

Reaching out to the gods in the sky

Indian, The Cult

 

Había sido idea de los mellizos, claro, otra inesperada ocurrencia de aquellos hermanos malsanos unidos en una cópula eterna. Teseo, aunque en este momento quizá se arrepintiera, había estado de acuerdo. Como todos. Como siempre. Aunque no era difícil arrepentirse cuando caminabas junto a otras trece personas por el desierto, arrastrando los pies desnudos sobre la tierra ardiente, sintiendo la caricia abrasadora del sol, el sudor envolviendo tu cuerpo como una segunda piel. Teseo sentía la sangre, fresca y caliente a la vez, resbalar entre los dedos de sus pies; sin embargo en la planta no sentía nada, tan entumecidos estaban sus pies. Llevaban dos días caminando sin descanso, dos días de sufrimiento que, bien lo sabía, podrían costarle la vida una vez que llegaran al bosque, una vez que estuvieran en el laberinto. Pero nadie le había contado los detalles, nadie le había advertido de que el camino que habría de recorrer hasta la casa de Asterión sería tan duro. ¿Dónde estaba la gloria? ¿Dónde quedaba la presencia del héroe? Aquello no era lo que había imaginado. Aquello no había sido idea de Teseo.

Había sido idea de los mellizos.

Todo había empezado en el asentamiento, en el hogar de los hermanos, en su guarida que era a la vez refugio y señorío. Tumbados en aquella enorme cama de sábanas de seda negra, desnudos, sus cuerpos iluminados por el fuego ardiente de los braseros, los mellizos lo contemplaron como si acabaran de cenar y él fuera el postre. Gatos, pensó Teseo, aunque hablen y actúen como seres humanos, no son más que dos gatos malcriados. Los mellizos le invitaron a sentarse en una silla frente a ellos.

—Nos sentimos amenazados —dijeron al unísono.

Teseo no dijo nada. Sabía que cuando estabas ante ellos debías escuchar y mantener un respetuoso silencio. Dejó que sus ojos vagaran por el cuarto, admirando los tapices que colgaban de los paneles de madera de roble que formaban las paredes. Tapices que representaban bucólicas (falsas, manipuladas) escenas de colonización del nuevo mundo: hombres en sus carretas recorriendo el desierto, asentándose junto a las orillas de los ríos, construyendo cabañas de madera al principio, levantando después empalizadas y cavando fosos para evitar las inevitables incursiones de las tribus indias, aquellas a las que habían arrebatado las tierras que por nacimiento les pertenecían.

—La tribu de Asterión es más poderosa a cada día que pasa —dijeron los hermanos—. Sus incursiones se producen cada vez en tierras más cercanas, pronto llegarán a las inmediaciones del lago. De nuestro lago. Es hora de detener esta locura.

Teseo asintió.

Imaginó a aquellos salvajes en el borde del lago, frente a la isla. Imaginó cómo conducían a sus bestias al tren araña, la prodigiosa maquinaria que hundía sus brazos mecánicos en el fondo del lago y les permitía comunicarse con el resto del mundo, cómo cruzaban las aguas negras del lago y llegaban a la isla, al asentamiento, a su hogar. Teseo pensó en los niños, en las mujeres. En su familia.

Su mente volvió al presente, al calor, al dolor.

Los catorce hombres avanzaban en fila, sus pies unidos por largas tiras de cuero atadas a los tobillos, sus brazos atrapados por cuerdas que mordían la carne de sus muñecas. Caminaban como una sola criatura, una escolopendra torpe y ciega. A ambos lados de la torturada fila los indios, jóvenes integrantes de la tribu de Asterión, cabalgaban sus deformes monturas. Media docena de ellos. Indios de pieles pálidas, blancas como la olvidada luna llena. Indios de dientes afilados, con sus cuernos retorcidos brotando de la nuca y enredándose en sus largos cabellos negros.

Teseo trastabilló, recuperó la verticalidad. Uno de los indios —el más joven, el más impetuoso— se acercó hasta su posición y dejó que la grupa de su bestia rozara el cuerpo del prisionero. Teseo bajó la vista cuando el indio le habló en su incomprensible lengua. No quería enfrentarse a él. Al menos no ahora, en franca inferioridad. El olor del monstruoso animal que se tambaleaba a cada paso que daba le mareaba. Carraspeó. El indio bramó algunas frases, después le escupió en el rostro. Tras aquel gesto, más tranquilo, se alejó al trote. Teseo sintió en sus labios el sabor amargo de la saliva del indio, pero no dijo nada, no hizo nada. Otro de ellos sacó un látigo y golpeó una sola vez al hombre que cerraba la fila, un colono grande, de barba espesa, que ahogó un grito y se tambaleó, pero continuó en pie. Procedía sin duda de los asentamientos del norte, más allá del Río Grande. Montañés, acostumbrado a una vida dura, a la falta de comida en invierno, a los osos.

Sin embargo, estaba enfermo.

Muchos colonos eran incapaces de aceptar las reglas de esta nueva tierra. Teseo sabía que algunos asentamientos, cuando llegaba el momento de enfrentarse a los sacrificios rituales, entregaban a hombres ancianos, a enfermos. Ni mujeres ni niños, las tribus lo prohibían: exigían hombres fuertes, valientes, capaces de enfrentarse a los hijos de la luna, a los dioses. Recompensaban a aquellos héroes que, al menos, lograban morir de pie, sin suplicar. Durante dos estaciones, quizá más, evitaban las incursiones y dejaban a un lado el acecho a sus mujeres y sus niños.

A pesar de ello, muchos se refugiaban en su cobardía.

Los mellizos, claro está, no eran así y por eso le habían escogido a él.

—Queremos que esto acabe, Teseo. Queremos algo más que una muerte con dignidad. Queremos que mates a Asterión —le habían dicho y él, henchido de orgullo, había asentido con vehemencia.

Palabras, solo palabras, pero que lo llevaban tan cerca de la inmortalidad que sentía escalofríos.

Aquella noche, la previa a la entrega, apenas había podido dormir. Había dejado que las tinieblas cayeran sobre la torre de vigía sentado sobre los maderos, pensando en todo y en nada, soñando. En el firmamento la luna, desgajada en un centenar de pequeños fragmentos brillantes, semejaba simbolizar sus propios sentimientos. Sabía que había aceptado por muchas más cosas que su amor y respeto a los mellizos. Sabía que ansiaba encontrarse con Asterión cara a cara. Quería demostrarse a sí mismo que él, Teseo, formaba parte de los elegidos, de aquellos que habían brotado de la tierra cuando La Luz Que No Quema quebró la luna en pedazos e iluminó el mundo durante siete días.

Su padre así se lo había dicho.

Su madre, muerta pocos días después de que él naciera, no podía corroborarlo.

Nadie podía.

Su padre estaba encerrado en uno de aquellos lugares olvidados, construidos en el exterior de los vallados, con las paredes cubiertas de cal blanca y las puertas marcadas con cruces de sangre. Lugares que incluso los indios temían, lugares donde los colonos llevaban a sus ancianos y a sus enfermos y a sus locos.

Teseo estaba cansado de las burlas, de las miradas por encima del hombro, del murmullo de las mujeres y las sonrisas cómplices de los niños. Si volvía, lo haría redimido, convertido en otro hombre. En un hombre. En alguien al que los demás respetarían.

Claro que lo harían.

Incluso su mujer. Y su hijo.

La serpiente de sudor y sangre detuvo sus pasos y Teseo, sumido en sus oscuros pensamientos, no lo advirtió a tiempo y tropezó y cayó al suelo. Oyó las burlas de los indios, burlas que hubieran conllevado un castigo si aquella inesperada parada no se debiera a que, al fin, habían llegado a su destino. Liberaron sus ataduras con desgana y les ofrecieron odres con agua caliente y unos trozos de carne seca que todos, excepto un joven pálido que parecía condenado a morir en pocas horas, devoraron con ansia.

Se detuvieron a pocos pasos de los primeros árboles, cipreses negros cuyas ramas retorcidas ascendían al cielo pugnando entre ellas por apoderarse de toda la luz posible. Más que árboles semejaban ancianos sedientos, sus brazos sarmientos nudosos, sus bocas hojas negras quebradas salivando bilis. Los indios, siempre gruñendo, siempre murmurando, levantaron frágiles tipis que les servirían de refugio mientras esperaban lo que habría de sucederles a aquellos catorce hombres. Ellos, las víctimas rituales, dejaron que aquellos últimos momentos antes del encuentro transcurrieran en calma.

Para Teseo pronto estuvo claro que solo otros dos hombres habían, como él, sido escogidos para presentar batalla a Asterión. De uno de ellos, de piel muy oscura y ojos negros, solo cabía esperar una muerte digna que asegurase a su pueblo otro año de paz con los indios. El otro, sin embargo, parecía, por su serenidad, por su porte, albergar los mismos deseos y esperanzas que Teseo. Sí, aquel hombre había llegado hasta aquí para matar al hijo de la luna, al dios, pensó Teseo, y supo en ese mismo instante que, para que aquello no ocurriera, debería matarlo antes de enfrentarse a Asterión.

Lo haría una vez que estuvieran en el interior del laberinto, claro.

En el laberinto vivía Asterión. Como cada año, tras la cosecha, esperaba las catorce víctimas que los fieles de su tribu le proporcionarían. Catorce víctimas, ni una más ni una menos, cada una de ellas procedente de cada uno de los asentamientos que los colonos habían levantado en aquella nueva tierra. Todas ellas capaces de entrar por su propio pie en el laberinto, todas ellas capaces de hablar. No pocas eran las leyendas que hablaban de Asterión en pie, en un asentamiento, arrasando a su paso hogares y familias, devorando y mutilando niños como castigo a aquellos que le enviaron en pago un alma torturada, un enfermo terminal que no pudo llegar a su destino, un anciano que falleció instantes antes de internarse entre los árboles.

Asterión era temible.

Cuando la luna estalló en pedazos, cientos, miles de diminutos fragmentos del tamaño de la cabeza de un bebé cayeron sobre la tierra. De todos ellos brotó vida, de cada uno de ellos surgió un nuevo ser que caminó sobre la tierra con sus pies, con sus cascos, con sus cientos de miles de extremidades. Muchos de ellos huyeron a los mares y desaparecieron para siempre. Se hablaba de islas pobladas de seres monstruosos, de barcos que habían sido hundidos por criaturas cuya descripción apenas puede abarcarla la mente.

Pero otros hicieron de su llegada su vida, y alrededor de ellos se congregaron los hombres y los veneraron como dioses.

Asterión era uno de ellos.

En el nuevo mundo había varios. Una docena, quizá más. Pero de todos ellos el más respetado, el más temido, era Asterión.

Y Teseo, que se consideraba a sí mismo uno de ellos, había venido a acabar con su vida.

Si eso era posible.

Cayó la noche de improviso, y con ella vino el frío. Teseo miró al cielo, al lugar en el que los pedazos de la luna se desgranaban como cuentas de un collar roto desordenado por las torpes manos de un niño ciego. Esa noche la tribu bailaría y danzaría durante horas. Esa noche, negra como boca de lobo, ellos morirían a manos de Asterión. Los indios encendieron hogueras con la madera caída en la linde del bosque, con pequeños arbustos. No mancillaron los cipreses negros, pues eran propiedad de su dios y no debían ser mutilados. Los catorce hombres se congregaron alrededor de una de aquellas hogueras, juntos, muy juntos, en busca de un último, débil, contacto con otros seres vivos. Teseo olió su miedo, su desesperación. Le rodeaban andrajos vivientes, muertos en vida que se resistían a caer antes del momento que su asentamiento les había otorgado. Él había recorrido un largo camino desde su hogar en la isla, en el lago, pero sin duda otros habían tenido peor fortuna. Cuando los reunieron, a un día de viaje del bosque de cipreses negros, muchos de ellos mostraban tales signos de agotamiento que Teseo pensó que solo él llegaría ante la presencia del dios.

Se equivocó.

Los indios comenzaron los cánticos. Los bailes.

Teseo trató de entablar conversación con el único hombre al que consideraba su rival. Vestía el uniforme azul del ejército, pañuelo amarillo y botas rojas. Un soldado, un asesino. Nadie había olvidado las primeras incursiones de los hombres de uniforme en los poblados indios, cuando todavía nadie había visto a los hijos de la luna. Mujeres violadas, niños asesinados, cuerpos amontonados e incinerados sin una sola lágrima derramada. A nadie le podía extrañar que, años después, los indios, ayudados por sus pequeños dioses, tomaran merecida venganza en los asentamientos. Cuántas veces habían buscado el perdón, cuántas veces habían deseado volver a su tierra de origen.

Pero ya no había tierra a la que volver.

Los zepelines habían desaparecido, consumidos en las hogueras de la venganza, y ningún barco lograría cruzar el océano hasta sus orígenes: las criaturas, colosales criaturas, que lo poblaban no lo permitirían. Ambas especies, indios y humanos, estaban condenadas a convivir en un mundo desquiciado, inmersos en una lucha sin fin que reflejaba su dolor en un firmamento mutilado.

—¿Por qué? —preguntó Teseo.

El hombre de uniforme ni siquiera lo miró. Sus dedos jugueteaban con el tambor de un revólver. En la palma de su mano derecha brillaba un puñado de balas plateadas. Alguien podría pensar, ¿por qué no utilizarla contra los indios? No, no tenía sentido, ¿de qué serviría? Sería una provocación absurda que los hombres pálidos castigarían con severidad. El soldado amartilló el arma, la sostuvo en su mano. Parecía formar parte de ella.

Teseo se preguntó por qué nadie más portaba un arma. Quizá, como él mismo, la ocultaban bajo la ropa. Un cuchillo afilado, envenenado con esmero por mujeres ancianas que poseían el secreto de la muerte y se lo arrancaban a las plantas, a las piedras. Nada estaba prohibido en el bosque, nada. Y, a pesar de ello, nadie había vuelto nunca a su asentamiento con vida.

—Es una pregunta estúpida —dijo el hombre—. He venido. Tú también. Lo importante es si volveremos a ver a los nuestros.

—Solo uno lo hará —dijo Teseo, y sus palabras sonaron tan presuntuosas como había pensado que sonarían.

El hombre se incorporó, sonrió. Los indios aullaban a la luna, sus cánticos convertidos en lamentos desgarrados, mientras saltaban y se agitaban espasmódicamente.

—Eres optimista —dijo el hombre—. Yo sé que ninguno lo hará.

Uno de los indios les gritó en su idioma incomprensible. Sin embargo todos entendieron sus gestos. Los catorce hombres, las catorce víctimas, con ayuda o sin ella, se incorporaron y caminaron hasta el lugar que el indio les indica por señas, un lugar incinerado, marcado con desdibujadas líneas de cal blanca, en la linde del bosque.

La puerta de entrada.

Cruzar aquellos tres pies de terreno incinerado significaba, como bien sabía Teseo, despedirse de la realidad que uno conocía y sumergirse en los sueños de dioses lunáticos, en las pesadillas que solo una aberración cósmica sin nombre podría haber sugerido. Cruzar aquellos tres pies de terreno te conducía a la casa de Asterión, y nadie había salido de allí jamás.

Un hombre se echó a llorar cuando sus pies descalzos pisaron la tierra negra. La leyenda decía que siempre permanecía caliente, ardiente, como una última señal de aviso para aquellos que osaran cruzar. Cuando Teseo posó sus pies en ella constató, asombrado, que así era. Aquella tierra hervía, hervía con la rabia y el dolor de todos aquellos que les habían precedido, de todos aquellos que habían muerto a manos del dios. Teseo apretó los dientes y, como el resto, esperó. No se permitió ni una sola queja, ni un solo lamento, mientras a su alrededor brotaban las lágrimas, las maldiciones, los suspiros. Dejó que el tiempo, el breve lapso de tiempo que estuvieron allí, de pie, se estirara cuanto los indios quisieran. Acarició el arma oculta bajo sus ropas y asió con fuerza la empuñadura.

Y pensó en Ícaro, que le había precedido en aquella locura, que había ideado un plan absurdo para volver y había fracasado, pues no regresó.

Y pensó en Prometeo, en su sufrimiento al saber que sería el elegido, en su negativa, en su huida y en su posterior arrepentimiento.

Pensó en todos los que le precedieron, en cómo debió ser su viaje, su encuentro con Asterión, su muerte.

Y, por enésima vez desde que supo que debía acudir al bosque, que debía entrar en el laberinto, sintió miedo, un pánico atroz que le recorrió la espalda como si los afilados dedos del oráculo danzaran por su piel, hurgando en la carne con sus largas uñas heladas. Cerró los ojos, clavó los dedos en la palma de las manos.

¿A qué están esperando? ¿Cuándo nos permitirán entrar? ¿Acaso esta última prueba es la definitiva? ¿Es todo una mentira y el mismo Asterión saldrá en nuestra búsqueda?

Teseo oyó, sintió, los tambores. Abrió los ojos. Tres de los acompañantes indios, sentados con las piernas cruzadas, tocaban pequeños tambores. En el silencio de la noche su música resultaba tan audible como los erráticos latidos de su corazón.

Entonces habló Asterión.

El hombre que estaba al lado de Teseo —un joven blanco, de pelo gris y aspecto enfermizo, sin duda un minero del sur— se orinó encima. Teseo estuvo a punto de perder el control de su cuerpo también, pues la voz de Asterión, aquel rugido inhumano procedente de las entrañas del bosque, era lo más aterrador que había escuchado en toda su vida.

Y en el asentamiento de los mellizos ocurrían cosas horribles cada día.

Cada día.

Uno de los indios avanzó hacia ellos portando una lanza. Cuando hundió la punta brillante en la espalda del primer hombre, Teseo supo que había llegado el momento. Los catorce, como un solo ser vivo, gritaron y echaron a correr hacia la oscuridad, hacia el interior del bosque, hacia el laberinto.

Después, en la más completa oscuridad, se separaron y callaron.

En el laberinto, en la oscuridad, hacía demasiado frío.

Teseo dejó escapar el vaho entre sus labios; durante un instante tuvo la sensación de que cristalizaría, de que se quedaría adherido a las hojas de los cipreses negros como un fruto malsano. Muévete, muévete si quieres vivir, se dijo, y avanzó entre los árboles, apoyando la espalda contra los troncos rugosos, deteniéndose a cada momento para escuchar y decidir su próximo movimiento.

Asterión rugió de nuevo, y a su voz se unieron otras en un coro de agonía. Después llegó el sonido de carne desgarrada, de huesos rotos. De dientes. En la mente de Teseo cualquier susurro alimentaba vívidas imágenes de horrores ancestrales. El joven se internó más y más y más en el bosque. Oyó pasos cercanos, se detuvo. La oscuridad era absoluta. Se vio obligado a moverse agitando los brazos frente a él, tratando de no golpearse, de no caer. Se sentó junto a un árbol, esperó.

Y el bosque ardió en llamas.

Sobresaltado, Teseo se incorporó. La luz que inundaba el bosque procedía de todas partes, de ninguna. Un brillo cegador que convertía la oscuridad del laberinto en un paisaje ardiente. Teseo abrió la boca, gritó. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué aquella luz repentina?

Descubrió sombras a su alrededor, las siluetas de aquellos que habían entrado con él y todavía vivían. Corriendo, gritando.

Y un instante después, Asterión, de pie, frente a él.

Un coloso de cuerpo negro como la noche, de piel oscura recubierta de una espesa mata de pelo. Desnudo, impúdico como bestia que era. Pues al alzar la mirada, Teseo vio que ni todas las leyendas que las viejas matronas le habían susurrado en su cuna podían haber abarcado la magnificencia de la bestia. Si su cuerpo desproporcionado mostraba vestigios de una humanidad prohibida, la cabeza que oscilaba sobre su torso desechaba toda cordura. Asterión coronaba su cuerpo con el rostro desquiciado de un enorme bisonte, y de sus cuernos retorcidos, hundidos en su piel como lanzas quebradas, brotaba aquella luz inmunda.

Teseo abrió la boca, pero de su garganta no brotaron ni palabras ni sonidos. Estaba frente a un dios, frente a una criatura viva más allá de la vida que conocía, que nunca conocería. Y el dios lo miraba con desprecio, un desprecio que Teseo comprendía, pues en su osadía había soñado con matar a aquello que no puede morir, y no merecía de Asterión más que aquello que le otorgaba. La daga tembló en su mano cuando la liberó de su escondrijo.

Ahora le parecía tan ridícula, tan nimia…

Oyó entonces voces, susurros contenidos, un aullido, y la bestia que era un dios y era bestia giró la cabeza y gruñó. Tras él vio a dos hombres, quizá los únicos que habían reunido el valor suficiente para enfrentarse al dios. Los hombres mostraban los dientes, sus ojos enrojecidos, sus manos engarfiadas. Hombres que eran bestias y no eran más que hombres. Y Teseo supo que antaño (¿cuánto tiempo había transcurrido? ¿Cuánto?) había conocido al hombre que portaba el uniforme azul y las botas rojas, y supo también que no permitiría que usara su estúpida arma contra su dios.

Gritó, pasó al lado de Asterión (sintió su calor, su olor, su magnetismo animal que sugirió a su cuerpo, a su mente, que cayera de rodillas al suelo y lo adorara) en su carrera y se abalanzó contra aquel que amenazaba (¿realmente alguien/algo podría amenazar la vida del dios?) a su dios y lo derribó al suelo y lucharon y Teseo le hundió la daga en el cuello al otro hombre y encontró la forma de arrebatarle el arma al que vestía el uniforme y disparar contra su rostro una vez, y otra, y otra más. Y ya no había luz y de nuevo la oscuridad le rodeaba y Asterión aullaba y corría entre los árboles en busca de otras víctimas y Teseo sintió deseos de reír y llorar, y gritó, y disparó de nuevo contra el hombre y después se sentó junto a un árbol.

Y esperó.

Esperó a que la bestia volviera y le llevara con él.

En todos los fragmentos que considerara necesarios.

 

© Copyright de Santiago Eximeno para NGC 3660, Enero 2017

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