El último amanecer – Reed.

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Por Carlos Alberto Gómez Villafuertes

Sí, soy un vampiro. ¿Y qué? Eso ya no es el problema que solía ser hace muchos años. Los humanos ya no nos miran como algo diabólico o maligno… cuando nos miran, claro. En realidad, conozco profesiones que están bastante peor vistas que mi actual condición vampírica. Para no herir susceptibilidades, no añadiré de qué profesiones se trata, que cada cual se lo imagine si quiere.

Pero como siempre estoy divagando. Como he dicho, el estado vampírico ya no es un problema. No lo es desde la Gran Revelación del 2089, cuando la Internacional Vampírica Asociada, más conocida como I.V.A., (o los chupópteros según algunos), se dio a conocer. Y desde la negociación y aprobación por parte de la U.G.T., la Unión Global Terrena, el gobierno mundial unificado descendiente de la antigua O.N.U., del Acta Lugosi presentada por la I.V.A. Para que luego digan que no tenemos sentido del humor.

La consecuencia inmediata de dicha aprobación fue el reconocimiento legal de nuestra presencia en la sociedad así como la igualdad de derechos con los seres humanos y terminó con siglos de persecuciones e incomprensiones por ambas partes.

Naturalmente, a los humanos no les hizo mucha gracia la confirmación de nuestra existencia, y lo que es peor, la igualdad entre ambos colectivos. Durante muchos años, aquellos que nos conocían habían luchado contra nosotros, mientras que el resto de los felices mortales vivían en la ignorancia, creyendo que sólo éramos fruto de leyendas y cuentos de viejas.

Aunque inicialmente, algunos de los nuestros también estuvieron en contra. La Gran Revelación fue, sin embargo, algo absolutamente necesario. Durante largos siglos habíamos podido sobrevivir sin que casi nadie se apercibiera de nuestra presencia; pero con los nuevos sistemas de identificación y control, y a pesar de nuestros recursos, era inevitable que a la larga acabaran descubriéndonos, de forma que nos adelantamos al hecho dándonos a conocer abiertamente.

A pesar de su sorpresa, y cierto pánico, para qué negarlo, cuando la I.V.A. presentó sus demandas ante la U.G.T., los humanos no tuvieron más remedio que aceptarnos. En realidad fue muy sencillo. Con periodos de vida prácticamente eternos, los principales miembros de nuestra asociación habían ido apoderándose de todos los resortes de poder económicos del mundo. Es muy fácil hacer negocios a largo, muy largo plazo, cuando uno es inmortal. Los reveses financieros no son para nosotros tan graves como para los humanos. ¿Que se pierden unos cientos de millones? Bueno, una inversión por aquí, otra por allá, y unas décadas más tarde está uno otra vez podrido de dinero. Como digo, es una gran ventaja esto de no morirse nunca.

Aunque esto tampoco es totalmente cierto. Somos mortales si alguien nos mata. En ese sentido los vivos y los no muertos, como a veces nos llaman, somos verdaderamente iguales. Es evidente, y por otra parte risible, que no nos afectan cosas como el ajo, a mí particularmente me chifla el ajo frito, o los símbolos religiosos, como el agua bendita y todas esas monsergas, en realidad mitos cultivados por nosotros mismos, con el fin de que los humanos se sientan confiados cuando en realidad están a nuestra merced. No, todas estas cosas nos son inocuas, pero hay otras que son mortales o al menos dolorosas para nosotros. Por ejemplo, el contacto con la plata sí nos causa daño, actúa como una dolorosa quemadura, pero normalmente no nos mata a menos que se introduzca en el interior del cuerpo.

Otra cuestión es la famosa estaca de madera en el corazón. Esto sí nos liquida, pero en realidad, no nos mata porque sea de madera ni por ninguna otra explicación más o menos esotérica, sino porque el daño que produce en nuestra víscera cardiaca es enorme y queda fuera de nuestras capacidades de recuperación. Una bala normalmente no destroza el corazón de la misma forma, aunque algunos proyectiles sí lo hacen y uno está tan muerto atravesado por una estaca como por una de esas balas especiales de gran calibre… sobre todo si es de plata.

De igual modo, una buena decapitación, o un disparo en el cerebro, nos mata tan eficazmente como a un humano. Las armas de energía, como los láser o los emisores térmicos, sin embargo, no suelen ser tan fatales para nosotros como para los individuos, digamos, normales. Una de las cosas que nos diferencia de la gente normal es nuestra capacidad de recuperación ante heridas sumamente graves. Es verdaderamente asombrosa. Solemos curarnos de heridas que matarían instantáneamente a un ser humano. No sabemos por qué ocurre esto, como muchas otras cosas, pero aceptamos que es así… y nos encanta.

El procedimiento más clásico de matar a un vampiro sigue siendo exponerle a la luz del Sol. Y éste, señores, debo decir que funciona condenadamente bien. Tampoco sabemos cómo actúa el mecanismo de destrucción, pero cuando nos exponemos a los rayos del Sol, pufff, no queda de nosotros más que un montoncito de polvo. Cosa curiosa, ya que se han efectuado pruebas con lámparas artificiales que, en teoría, emiten la misma luz que el Sol, y sin embargo no sufrimos ningún daño, al contrario, algunos de nosotros solemos usarlas para broncearnos, y de esta forma disimular el tono pálido de nuestra piel. Otra característica inexplicable de nuestro estado.

Y hablando de nuestro estado, también es inexplicable. Sencillamente uno nace vampiro. Olvídense de esas historias sobre gente mordida que se convierte en uno de los nuestros. Sólo son patrañas. Los únicos vampiros que existen son los que nacen así. Y esta es la gran incógnita. No es necesario que tus padres sean vampiros. Curiosamente, nunca se ha registrado descendencia vampírica de padres vampiros, lo que parece indicar que no es una alteración genética o al menos que no se hereda genéticamente. Sucede por casualidad, o como dicen algunos, y a falta de una explicación mejor, porque estamos tocados por la mano de la oscuridad.

Lo único que yo puedo decir, es que científicos tanto humanos como vampiros han hecho pruebas hasta cansarse. Con el genoma humano totalmente descifrado hace años, han intentado buscar una explicación en este sentido, pero dicho enfoque no ha dado buenos resultados.

En uno de los más famosos experimentos se tomó ADN de un conocido vampiro y se utilizó para fabricar un clon. Con las nuevas técnicas de clonación, el susodicho sujeto era una copia absolutamente idéntica del original. Era totalmente imposible distinguir mediante cualquier tipo de pruebas a uno de otro. Sin embargo, resultó ser un humano normal, sin ningún rastro vampírico. Por cierto, como nota curiosa, acabó sirviendo de alimento para su, digamos, progenitor. Me pregunto qué se sentirá al morder a tu propia yugular.

Pero continuemos. Quien nace vampiro, normalmente no desarrolla su potencial nada más nacer. Hay algunas excepciones, sin explicar por supuesto, pero la mayoría de nosotros llevamos una vida medianamente normal hasta que se produce el cambio. Hasta ese momento, aunque la luz solar nos molesta continuamente, podemos soportarla, al igual que la plata, que nos causa irritaciones en la piel y molestias varias.

Uno se convierte en vampiro, como dije antes, cuando tiene lugar el cambio. Normalmente, el catalizador es otro vampiro, ya en plena forma, que se ocupa de morder al, llamémoslo así, protovampiro. A partir de ese momento, se deja de ser humano. La transformación tiene una duración variable, entre una semana y un mes, dependiendo de los casos, pero es completa e irreversible. La edad y el aspecto que se tiene en el momento del cambio, es la que se conserva para siempre. De ahí que lo ideal es que el cambio se realice entre los 20 y los 30 años.

Siendo como somos relativamente pocos, los cálculos más precisos indican un nacimiento vampírico por cada medio millón de humanos aproximadamente, hay entre nosotros gente especializada en buscar a estos protovampiros, con el fin de despertar su verdadera naturaleza con la edad más idónea posible. Tanto entre nosotros como entre los humanos actuales, existe el convencimiento de que la creencia que antes mencioné de la conversión de humanos en vampiros, no es más que la constatación de este hecho.

Como además no todos los vampiros son ricos, la I.V.A. mantiene unos fondos estructurales para ayudar a los recién convertidos, o a aquellos otros que, por diversas circunstancias, no han sido excesivamente afortunados en la vida. Ante todo, solidaridad.

El estado vampírico tiene otras ventajas, además de las descritas. Somos más fuertes, más resistentes y mucho más rápidos que los humanos. Todos nuestros sentidos están mucho más desarrollados. Podemos ver, oír, oler y sentir cosas que pasan desapercibidas para la gente común. Por otra parte, poseemos un elevado potencial psíquico, así como la capacidad de influenciar mentalmente a los humanos. Este último aspecto, por supuesto, depende tanto de la receptividad del humano como de la fuerza mental del vampiro.

Por cierto, olvídense también de uno de nuestros supuestos poderes, utilizado ampliamente en las películas y novelas sobre nosotros. No podemos, aunque debo reconocer que sería divertido, convertirnos en un pequeño quiróptero y salir y entrar volando por las ventanas de las habitaciones donde duermen indefensas e ¿inocentes? doncellas, ataviadas con vaporosos saltos de cama… Si saben algo de física, hay un concepto llamado conservación de la masa, según el cual uno no puede desprenderse así como así de 80 kilos de peso, y convertirse en algo que no llega a los 500 gramos. Sencillamente, es imposible. Lástima.

¿Y qué me dicen ustedes sobre esa supuesta costumbre nuestra de dormir en ataúdes? ¡Por favor! ¿Creen en serio que a alguien le puede gustar dormir en un cajón, por mucha madera noble y mucho forro de terciopelo que tenga? Nada más lejos de la realidad. Nos gusta dormir en una cama decente, como a todo el mundo. Yo tengo, quiero decir tenía, una enorme, con sábanas de seda y un precioso dosel rococó, tan mullida que cuando uno se tumbaba parecía flotar en el vacío. ¡Vaya! Era tan grande que se podía jugar al tenis en ella. ¡Cómo la echo de menos, ahora que sólo dispongo de un mísero camastro y un jergón!

La culpa de esa absurda leyenda la tiene, ni más ni menos, Drácula. Sí, ese mismo, aunque no era el pobre infeliz de Vlad Tepes, como todo el mundo cree. En realidad, Drácula era originalmente un mercader de Venecia que emigró a Europa central cuando las cosas se pusieron difíciles en su tierra. Lo conocí hace tiempo, antes de que fuera el presidente de… bueno, no importa; pero siempre fue un poco raro, con esa manía suya de dormir en féretros.

Volviendo a cuestiones curiosas sobre nuestro estado, y convendrán ustedes conmigo en que llevamos ya un buen número de curiosidades, la proporción entre vampiros y vampiras está muy desequilibrada. Los cálculos más precisos sitúan esta desproporción en aproximadamente de 50 a uno. Es decir, una vampira por cada 50 vampiros. No me pregunten por qué. Ni a ninguno de nosotros. Simplemente es otra de las reglas inexplicables de nuestro estado.

Si uno lo mira bien, somos los seres más desconocidos y desconcertantes que existen en este planeta. Nadie, ni siquiera nosotros, sabemos por qué somos así, ni nadie ha sido capaz de encontrar una explicación convincente para nosotros. Quizá tengan razón los que hablan de la mano de la oscuridad.

Pero seguramente ustedes se preguntarán a qué viene todo este rollo. Un poco de paciencia, y permitan a este humilde vampiro que se extienda en sus explicaciones. Ya sé que todo lo que digo es de dominio público, pero concédanme esta gracia. En unos instantes llegaremos a la explicación de por qué me encuentro donde me encuentro, encerrado en esta minúscula celda, y escribiendo lo que ustedes leen.

Tras la aprobación del Acta Lugosi surgió, como era previsible, un cierto período de adaptación. Pero además de hacerse a la idea de que somos inmortales, cosa que fastidia bastante al personal que no lo es, hay algo a lo que los humanos no acaban de acostumbrarse y que tampoco podemos evitar. Ese algo es, naturalmente, nuestro atípico régimen de alimentación. Es decir, necesitamos sangre, sangre humana, y no embotellada, sino extraída directamente de su fuente, normalmente, la yugular de los humanos. Podemos extraerla de cualquier otra parte del cuerpo, pero es en parte tradición y en parte cuestión de eficacia el morder en esta zona.

Aquí volvemos a otro de los misterios del asunto. Nuestra alimentación no se basa tanto en la sangre en sí, como en la transferencia psíquica que se produce entre la víctima y el vampiro durante la absorción. La sangre es sencillamente el medio, o vector o guía, o como quieran ustedes llamarlo. Es un hecho curioso y comprobado que la sola ingestión de sangre no basta, que la transferencia psíquica por sí sola no basta. Tienen que darse ambas cosas a la vez, para que nuestra alimentación sea adecuada para nuestras necesidades.

Afortunadamente, si hay algo que a los humanos les sobra es sangre, al fin y al cabo la fabrican sin parar, y si hay algo que a nosotros nos sobra es dinero. Ya se pueden figurar lo que ocurrió. A pesar de algunas protestas en contra, y debido a los altos índices de paro, el empleo de donador se hizo relativamente popular. Cualquier persona medianamente sana podía prescindir de unos cuantos centímetros cúbicos de sangre y salir con un hermoso cheque en el bolsillo. Naturalmente siguiendo unas determinadas normas de higiene aprobadas por la E.M.T., la Entidad Medica Terrena. Ya las conocen ustedes, la principal es no comer de dos donadores consecutivos, sin antes desinfectar los colmillos, como precaución ante los contagios. Nosotros, por supuesto, somos inmunes a todas las enfermedades conocidas, pero no así nuestros donadores. Siempre hay que utilizar un desinfectante sobre la zona antes de morder, y tener preparado un equipo de emergencia médica por si surgen dificultades. La última novedad es la implantación en el cuello de un par de válvulas, que solucionan muchos de estos problemas, y a la vez evitan a la víctima, perdón al donador, el incordio de tener una herida en el cuello.

Por suerte para los humanos, nuestros hábitos alimenticios no implican el tener que comer todas las noches. Lo normal entre nosotros es una buena cena cada tres o cuatro días, lo que implica al menos ocho tomas de ocho donadores distintos. Aunque naturalmente no rechazamos un sorbito amistoso de vez en cuando. Además de esto, podemos comer comida humana, aunque sólo por su sabor y aroma, ya que nutricionalmente hablando no nos sirve para nada. Esto es muy útil sobre todo cuando se está en una cena de negocios, ya que resulta más adecuado, aunque no tan divertido, comer caviar, o un cóctel de gambas, que morder en el cuello a tu anfitrión.

Pero aunque estos métodos de alimentación tan reglamentados sirven tanto para propósitos humanos como vampiros, hay algo que no pueden sustituir. La antigua emoción de la caza, del cazador y la presa, la sensación de clavar los colmillos en el cuello y chupar ávidamente el maravilloso néctar rojo que surge a borbotones de la herida, mientras la víctima se debate cada vez más lentamente hasta llegar a vaciarla. Así es como llamamos nosotros a beber la sangre de nuestra víctima hasta matarla, vaciarla. Como verán no es muy imaginativo ni poético, pero refleja con precisión lo que sucede y además para nosotros es una experiencia maravillosa.

Por supuesto, también es algo totalmente prohibido desde la aprobación del Acta Lugosi, y es la única falta por la que un vampiro es condenado a muerte por otros de su especie. Existe un grupo de policía vampírica que se encarga de estos casos aislados, pero que todavía se dan entre nosotros.

Así que ya se pueden figurar por qué estoy aquí. Como verán soy un tipo bastante bien parecido, bueno en realidad y dejando modestias aparte, soy condenadamente atractivo para el sexo opuesto… También para el propio en ciertos casos, pero esto es mejor dejarlo correr. Nunca tuve problemas a la hora de conseguir donadores. Aunque normalmente nos es indiferente que el donador sea hombre o mujer, cada uno tiene sus preferencias, y puestos a elegir, prefiero a una rubia de buen ver antes que a uno de esos capullos con ropa deportiva que se las dan de post-retro.

De forma que me aproveché de mi palmito. Normalmente me alimento como el resto de mis compañeros en la C.I.A., Central de Ingestión Alimentaria, o como nosotros lo llamamos más sarcásticamente, el Restaurante. Las diversas C.I.A. pertenecen a la U.S.A., la Unión de Sangradores Autorizados, y forman una cadena de establecimientos donde cualquier vampiro, sea rico o pobre, puede y debe alimentarse.

Pero de vez en cuando, me apetece un poco de acción. Un bocadito sabrosón, vamos.

No sé si lo he dicho antes, pero además de irresistiblemente guapo, soy asquerosamente rico. Tengo empresas e inversiones en todo el mundo, e incluso en algunos de los proyectos coloniales que se están desarrollando en varios planetas y satélites repartidos por todo el sistema solar. Como dice el viejo lema, hay que invertir en el futuro.

Pero de nuevo me estoy yendo del tema. Como decía, cuando siento ese tipo de apetencias, me voy a uno de los locales de moda, un buen territorio de caza todo hay que decirlo, y me enrollo con algún yogurín. Me gustan jovencitas, de menos de 20 años, con el cabello muy largo y rubio, ojos azules y más curvas que una carretera de montaña.

No les revelo mi origen vampírico, por supuesto, pero sí utilizo todas las estratagemas aprendidas en 500 años de existencia, además de la antes mencionada capacidad de influencia mental que poseo. Evidentemente, no pueden resistirse.

Una vez conseguida la presa y tras algunas necesarias maniobras de despiste con el fin de que nadie la relacione posteriormente conmigo, recogía a la nena seleccionada con mi aerocoche habitual para las correrías nocturnas; un flamante Mercedes Halcón Solar GTV-69.000 en el que nos desplazábamos a un nidito que poseo en las afueras de la ciudad, en plena sierra. Por supuesto había tenido gran cuidado de que nadie relacionara ni el aerocoche ni el picadero conmigo. Ni siquiera mis más allegados amigos vampiros sabían lo que ocurría allí dentro.

Y allí estaba yo, con un bomboncito veinteañero totalmente fascinado por mi personalidad, mi físico y mi poder de sugestión. Otra cosa que uno aprende a lo largo de una larga vida, es una gran, y pueden ustedes creerme, realmente gran cantidad de técnicas amatorias. Uno sabe lo que gusta, dónde y por qué. Las pobres chicas se derretían sin remedio entre mis brazos.

Algo no se me puede negar. En toda su vida, nadie las había hecho gozar de aquella manera y con tanta intensidad. Naturalmente, aunque yo también disfrutaba, esperaba en realidad el acto final. Tras una noche de sexo enloquecedor y salvaje llegaba lo que yo deseaba. La muchacha completamente enloquecida de placer, alcanzaba un punto máximo de continua excitación. Era entonces cuando clavaba violentamente mis colmillos en su suave y estilizado cuello, sentía que su carne se desgarraba en mi boca ofreciéndome el tesoro que yo anhelaba.

La vaciaba lentamente, sin dejar de proporcionarla goces infinitos. La muerte le llegaba en un éxtasis total, no comparable con ninguna otra cosa existente en este mundo. Yo a mi vez me saciaba de su energía, de su fuerza, o por utilizar la palabra que mejor lo define, de su alma. No podemos explicar por qué, pero la transferencia energética es mucho más intensa en el momento de la muerte, y si además se realiza a la vez que el sexo, no pueden ustedes imaginarse ni remotamente el éxtasis que produce.

Deshacerme del cuerpo no era tarea fácil, pero tampoco excesivamente complicada. La habitación donde tenían lugar mis sangrientas orgías estaba instalada en un horno atómico, construido totalmente por mí, con piezas conseguidas a través de mis empresas en todo el mundo. Debo confesar que esto no es invención mía. Se lo copié a cierto tipo que conocí hace unos siglos en Francia. Creo recordar que se llamaba Landrú, o algo parecido.

Naturalmente, él no contaba ni con mis recursos ni con la tecnología de que disponemos en esta época. El horno atómico no deja absolutamente nada. Ningún residuo. Atomiza hasta la última partícula de todo lo que hay en su interior. A este limbo atómico se iban la cama, las ropas manchadas de sangre, el cuerpo de la chica y todo lo que había en la habitación. Es un sistema muy ecológico de eliminar desperdicios.

Resulta ligeramente caro naturalmente, ya que me obliga a reponer el mobiliario cada vez que me corro una juerguecilla, pero como dije antes tengo dinero a espuertas, y la cosa merece la pena.

Aunque debo reconocer que quizá me pasé un poco. Las 80 o  90 mujeres que me cepillé, nunca intenté llevar una cuenta exacta ni registro alguno, al fin y al cabo sólo eran comida, acabaron por hacerse notar. La policía vampírica se puso en marcha y, a pesar de mis precauciones, aún no sé cómo, me atraparon. Los métodos de interrogatorio que utilizan no se pueden explicar aquí, pero baste saber que averiguaron lo necesario. No sólo era culpable de alimentación ilegal e indiscriminada, sino que además contaba con los agravantes de premeditación, alevosía… y por supuesto nocturnidad. Casi a renglón seguido, un comité de vampiros me juzgó sumariamente y me condenó a la pena máxima. Los humanos jamás llegan a enterarse de estos casos aislados, a menos que el vampiro sea muy descuidado o sea sorprendido en plena faena.

Hubo un par de ocasiones en que sucedió algo así y, naturalmente, se organizó un escándalo pluscuamperfecto. Costó muchos esfuerzos y una enorme cantidad de millones en indemnizaciones a los familiares, solucionar aquellos desaguisados.

De modo que aquí estoy, solo y encerrado en esta celda en lo alto de una de las torres gemelas Nosferatu Center, esperando mi castigo. A través de la única pared de cristal, convenientemente orientada al este, las tinieblas de la noche comienzan a disiparse en el horizonte.

Y yo espero, casi con impaciencia, mi último amanecer.

Hace más de 500 años que no veo el Sol.

Me pregunto si esto durará mucho…

 

© Copyright de Carlos Alberto Gómez Villafuertes para NGC 3660, Noviembre 2016

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