El mejor de los nombres

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Por Néstor Darío Figueiras

El viejo Raspapiel gesticuló con ambas manos como para dar un aire aún más grave a la exhortación:

—No se trata de elegir un nombre así nomás. Hay que llevar al niño a la Cúpula, para que los Ancianos remonten la corriente de la Previsión, y entonces den a la criatura el mejor de los nombres, aquél que marque su kishaf.

—Pero es que nosotros queremos llamarlo Cazador del Alba —La pareja sostenía en alto al bebé rollizo de ojos verdes que miraba con curiosidad a sus abuelos. Rocío de Ámbar, nuera de Raspapiel, había hablado con temor, pues sabía que la sugerencia que traían ella y su esposo Tambor Hondo podía ser considerada como una temeridad intolerable.

El viejo seguía inspeccionando al pequeño, que a su vez le clavaba esos curiosos ojazos de jade, idénticos a los de su madre. Miró a su hijo con severidad.

—Tambor Hondo, sabes muy bien que el kishaf de un hombre lo es todo. Ningún hombre más angustiado que aquel que carga con un nombre que lo ha desviado de su sendero.

—Padre, sabes que no lo ignoro. Y te agradezco por haberlo tenido en cuenta al presentarme a los Ancianos, hace veinte años. De otra manera mi alma nunca se habría disuelto en el frenesí de la música. Pero Rocío y yo sabemos que Cazador… Perdón. Sabemos que nuestro hijo encontrará por sí solo su kishaf —Rocío de Ámbar asintió enérgicamente, enfatizando las palabras de su esposo.

—¡Idioteces! —gritó Protector de Aves, el padre de la joven—. ¡Sólo los Ancianos pueden navegar por el torrente de la Previsión para configurar el kishaf de un hombre! ¿Qué ideas extrañas se están metiendo en las cabezas de los jóvenes de Lotrán? ¡Raspapiel, consuegro, espero tu apoyo completo en esta cuestión! Debemos llevar al crío delante de los Ancianos hoy mismo… —El viejo exasperado revoleó sus grandes brazos con un gesto de impaciencia, y las aves (las de hojalata, las de porcelana y las de hueso y plumas) agitaron las alas nerviosamente y chillaron en sus jaulas de humo, aunque estaban acostumbradas a los exabruptos de Protector de Aves.

Raspapiel respondió con un prudente «claro, por supuesto, consuegro», pero en su interior sabía que su hijo Tambor Hondo no había hablado en vano. Él y Rocío de Ámbar eran jóvenes inteligentes, y sus palabras eran siempre palabras con sustancia.

¿Sería posible que los jóvenes hubieran entrevisto un destello de la Previsión? Meditaba en esta cuestión mientras mesaba su barba cenicienta.

Las abuelas, que según la tradición no podían opinar sobre el nombre del niño, inmediatamente empezaron a preparar las viandas para el viaje que el cortejo haría hasta la Cúpula.

Una vez que las ofrendas estuvieron listas, empezaron a marchar sobre las calles de piedra siguiendo el orden que prescribía la tradición: los dos abuelos adelante, orgullosos y con donaire, en medio los padres con la criatura, sonrientes, y por último las abuelas, cargando las viandas de ofrenda para los Ancianos, quienes habrían de configurar el kishaf del pequeño (su camino y destino), por medio de un nombre revelado. El mejor de los nombres.

A su paso hombres y mujeres aplaudían y los rociaban con sangre de venado tripa como augurio de larga vida al crío. La procesión avanzaba entre la algarabía de la multitud que gritaba a una voz «¡La sangre nueva los rodea, la sangre nueva los rodea!». Los abuelos recibían de muy buen grado los goterones espesos y calientes que salpicaban sus melenas y sus ropas, mostrando así la inmensa alegría de saber extendida su estirpe. Protector de Aves ya imaginaba a su nieto domesticando a las más ariscas harpías de Livaria, embotando a los huidizos halcones de latón con maestría y oficio. Raspapiel se decía que su nieto sería un curtidor muy talentoso, cuyo arte para trabajar la piel correosa del águila camaleón sería elogiado en todas las ciudades de la costa. Las sonrisas se les dibujaban en los rostros empapados mientras se perdían en sus ensoñaciones.

Detrás de ellos, Rocío de Ámbar y Tambor Hondo arropaban al bebé con esmero. Se obligaban a ocultar tras las risitas forzadas una pesada inquietud. De algún modo ellos sabían que su hijo estaba signado para un propósito grande y único; que Cazador del Alba –porque en sus corazones él ya tenía nombre— sería el eje de los cambios próximos, sería la intersección de los odios y amores de miles de hombres y mujeres, sería la visión encarnada del mundo nuevo a la que muchos que estaban por venir ansiarían consagrarse. Cazador del Alba sería un líder, un conductor de hombres, un soñador capaz de contagiar los corazones con un reguero de bravura y esfuerzo. Sería todo aquello que quizás hubiera tocado ser a cualquier niño nacido en Lotrán. Un destino glorioso es algo que cualquier hombre y mujer merecen por el solo hecho de atreverse a salir de su diminuto cosmos materno y ver por primera vez el ancho y prodigioso mundo.

Ajenas a las cavilaciones de los padres, las abuelas se ajetreaban cuidando que el contenido de las canastas de mimbre se mantuviera a resguardo de la lluvia de sangre. Ambas serían avergonzadas si la ofrenda preparada para los Ancianos (una torta de bijurrias, diez piezas de pan de sorizal y carne asada de shylanuga) se echaba a perder bajo el rojo ungimiento que les arrojaban sus vecinos.

El domo de mármol negro fue ascendiendo delante de un cielo rosado y ocre, rasgado por vetas de un azul nocturno. El anochecer veraniego de Lotrán se abatía sobre la ciudad vasta como los velos de una doncella que se escurren caprichosamente hacia el suelo durante el juego de seducción.

Al fin la Cúpula se alzó imponente delante del cortejo fatigado y expectante. Los guardias abrieron las rechinantes puertas de madera y condujeron a la familia hacia la estancia principal. Los siete Ancianos estaban sentados sobre sus sitiales de hueso, lujosos tronos con incrustaciones de pedrería hechos de una pieza, labrados en las muelas de enormes gnadoris. Muchos Cazadores habían perdido la vida al atrapar a esos monstruos temibles para que los primeros artesanos de Lotrán construyeran los relucientes tronos ancestrales.

Raspapiel y Protector de Aves, cubiertos de sangre reseca, hicieron la reverencia con profunda emoción. Estaban en el recinto sagrado una vez más. Sus padres los habían traído al nacer, y los nombres revelados al Previsor Myrrien en la ceremonia habían delineado sus vidas, decretando las pasiones y los placeres, dictando los desamores y las penurias. También habían venido acompañados de sus progenitores, cada vez que sus esposas habían parido, para presentar a sus hijos. Y ahora venían para invocar el kishaf de su primer nieto. Y seguramente Myrrien también configuraría el kishaf de los nietos de sus hijos. Los Ancianos sometían sus cuerpos a los tratamientos y conjuros de los dioses a fin de hacer observar durante varias centurias las tradiciones en Lotrán.

Los dos abuelos inspiraron profundamente el aire cargado de aromas evocadores y se emocionaron profundamente, cada uno a su modo, pero ambos lucharon por contener las lágrimas. Estaban en el lugar donde se escribían las historias de todos los hombres. Por medio de la ceremonia del kishaf, se aseguraba la felicidad de todos los habitantes de Lotrán. No había frustraciones para aquel que tuviera el nombre que le marcara el sendero y destino, para aquel que tuviera el mejor de los nombres.

Rocío de Ámbar y Tambor Hondo miraron en dirección a los tronos marfileños y ambos pensaron que tal vez la Previsión les diera la razón, y que su hijo finalmente sería llamado Cazador del Alba. Si sus vislumbres proféticas habían sido veraces… Repentinamente el corazón de ambos se vio henchido de esperanzas, a pesar del aspecto terrorífico de los siete Ancianos. Mientras tanto, el niño dormía plácidamente en brazos de su madre, y su leve respiración parecía acompasarse al ritmo febril de los futuros que lo acechaban.

En ese momento Myrrien, quien estaba sentado justo en medio de los siete tronos, habló con una voz que estremeció los quiciales.

—Raspapiel, Protector de Aves. Vienen por un nombre para su nieto. Congratulaciones. Que los padres traigan a la criatura —Sus ojos refulgían en la penumbra de la sala.

Rocío de Ámbar y Tambor Hondo depositaron al pequeño durmiente sobre los brazos esqueléticos. Los seis Ancianos restantes empezaron a recitar una letanía espectral, tan vieja como el mundo mismo, y el lugar se colmó de fuerzas terribles. Entonces el bebé abrió los ojos verdes, y miró fijamente al Previsor. La tensión creciente que brotaba de la comunión profunda de los Ancianos llegó a un punto culminante, y entonces se produjo la ruptura de la visión terrenal. Myrrien llevó la cabeza hacia atrás con violencia y abrió desmesuradamente esos fulgurantes ojos sin iris y sin pupilas. Sólo cuando volvió a inclinar el rostro sobre el niño, Tambor Hondo y Rocío de Ámbar se percataron de la ceguera del Previsor.

Un ciego cadavérico. Nadie más podía navegar con facilidad en los torrentes violentos de la Previsión y salir cuerdo de tal trance.

—¡Te llamarás…! —Pero la voz se le quebró y su rostro se demudó. La letanía se disgregó en desatinos inarmónicos y la comunión se disolvió. Angustiosamente los Ancianos miraron a Myrrien con ojos inquisitivos. Algo imprevisto y terrible había conmovido al Previsor. Él podía sentir la expectación perturbadora que se proyectaba sobre el niño: los deseos egoístas de los abuelos, los sueños peligrosos de los padres… ¡Los padres! Ahí residía el riesgo más grande.

¡Esos dos tenían centelleos de la Previsión!

¡Y ese bebé ya tenía un nombre! Ya habían invocado un kishaf para él. Su destino era terrible, un futuro que Lotrán no resistiría. Volvió a sumergirse en la corriente feroz de la Previsión:

…las llamas que bailoteaban en medio de la ciudad.

…un guerrero bravo y feroz, con ojos como esmeraldas, que golpeaba una y otra vez con su espada, seguido por multitudes.

…el lamento y el lloro de miles que subían hacia la cima del Pico Mayor.

…las ruinas de piedra que eran carcomidas por el viento y la arena.

…un enorme y plateado osario que deslumbraba a los viajeros a decenas de kilómetros.

¡Los perros relamiéndose la sangre que manchaba sus hocicos…!

 

Myrrien se estremeció ante las imágenes. Supo que si pronunciaba el nombre que el niño había recibido de sus padres, el kishaf que habían invocado imprudentemente sobre él sería configurado definitivamente, y Lotrán sería condenada. Las corrientes turbulentas de la Previsión le habían mostrado la destrucción de la ciudad pétrea a manos de ese niño.

Intentó evitar ese horror futuro deshonrándose.

—Te llamarás… Abridor de Surcos, y serás un labrador incansable que segará con creces una y otra vez… Conocerás los secretos de la tierra y la semilla, y enriquecerás a causa de los frutos inigualables que cosecharás… He ahí tu kishaf… —mintió Myrrien. Trabajo duro para consumir el cuerpo y riqueza para ablandar y envilecer el alma. El Previsor pensó que eso tenía que bastar para abortar el porvenir caótico que bullía detrás de esos ojos verdes. Tendió el bebé a su madre.

Los abuelos se ahogaron en su desilusión. Tambor Hondo y Rocío de Ámbar retuvieron las lágrimas que se agolpaban en el abismo de los párpados al ver cómo el futuro de su hijo era cercenado. Las abuelas nada dijeron, y con una sonrisa aprendida a fuerza de sumisión, presentaron las viandas a los Ancianos.

—No es necesaria vuestra ofrenda… —El tono esquivo de la vergüenza de Myrrien no pasó desapercibido a los oídos de los seis Ancianos, que se asombraban en silencio.

El cortejo, entre confundido y angustiado, regresó en plena noche. Los reflejos anaranjados de las antorchas hacían sonrojar al pulido empedrado de las calles de Lotrán, ahora vacías. Raspapiel y Protector de Aves callaron durante todo el trayecto, imponiendo el silencio a los demás. Decepcionados, empezaron a aceptar con amargura que su primer nieto no prolongaría sus quehaceres, como tampoco lo habían hecho sus hijos. Una vez más la sangre reseca había sido una molestia inútil.

Rocío de Ámbar abrazaba con fuerza a su hijo. Tambor Hondo secaba las lágrimas de ella, y los abrazaba a ambos.

Las abuelas se preguntaban qué harían con tanta comida. ¿Por qué Myrrien no había aceptado la ofrenda…?

 

Abridor de Surcos creció equívocamente, esforzándose cada día desde antes del alba hasta después de la puesta del sol. Con el tiempo, aprendió a juguetear con las semillas, y se congració con el arado. Cuando se hizo adulto, atesoró los callos de sus palmas, que lo habían enriquecido. Conocía como nadie la vida secreta de la semilla que se desnudaba bajo los terrones húmedos y el pulso casi cardíaco de los frutos carnosos. Pero, como bien había dicho su abuelo Raspapiel, no hay hombre más angustiado que aquel que carga con un nombre que lo ha desviado de su sendero. Su felicidad engañosa sólo fue una domesticación de impulsos misteriosos que él nunca llegó a precisar. Era como, cuando niño, veía a su otro abuelo embotar a uno de esos pájaros de lata, y aquietándolo, le robaba su fiereza y majestad. Ocasionalmente soñaba con tremendas guerras en las que dirigía a los soldados sangrantes contra una ciudad siniestra, con la espada en alto. Pero nunca habló de sus sueños con nadie. ¿Cuál era la majestuosa fiereza que le habían robado?

Ni aun en el lecho de muerte sus padres le mencionaron su otro nombre, el nombre impronunciable. Pero poco importó, porque una vez que los hubo enterrado a ambos, siguiendo una intuición incierta pero irresistible, abandonó sus propiedades y despidió a sus sirvientes; y partió rumbo al desierto que se extiende detrás de las montañas. Eligió una mujer berikasha, de tez oscura y curvas como dunas y la dejó encinta. Su hijo nació libre y salvaje, al amanecer, cuando el desierto es todo fuego, como un crisol entre el cielo y la tierra. Lo llamó Wun’deran, que en lengua berikasha significa «el que apresó la aurora».

Wunderan, el Cazador del Alba, el de los Ojos de Jade, amado por mil mujeres, admirado por un millón de hombres, odiado y temido por todos los habitantes de las ciudades y las aldeas de la costa hasta las tierras oscuras de Livaria. Fue un hombre irrefrenable y carismático, capaz de triunfar en la batalla con una manga de pordioseros mutilados por todo ejército. Él llevó al pueblo berikasha desde el desierto hasta la cima del más vasto imperio jamás recordado. Los veteranos cuentan que, cuando asedió a Lotrán, buscó al deshonrado Myrrien en la Cúpula, y le arrancó los ojos ciegos y resplandecientes, los genitales, las orejas y sus veinte dedos para cebar a los perros de las calles.

Dicen que Myrrien el Previsor hasta hoy se revuelca en una mazmorra infecta cavada en las entrañas rocosas del Pico Mayor, impedido de morir por los dioses, y que no cesa de preguntar, entre imprecaciones y maldiciones:

 —¿Cómo es posible que ese niño haya cambiado el arado por la espada? ¡¿Cómo es posible?!

Y se golpea el rostro contra las paredes de su claustro lamentando haber olvidado que un hombre no dejará de ser lo que es aunque se trate de embotarlo y domesticarlo.

© Copyright de Néstor Darío Figueiras para NGC 3660, Septiembre 2016