Egiptoide

 

Por Joan Baladre

Después de la explosión terminal, el androide autónomo Kyba Lion fue activado correctamente como mandaba el manual de seguridad del Nuevo orden Mundial, a las 11 horas, cuando los hologramas se proyectaron correctamente sobre la consola semi-orgánica. Las figuras de la estrella y el mundo descargaron la configuración inmediatamente, y el ritual de invocación dio paso en la sala.

Luego de todo ello, Kyba Lion tomó la cadena de transporte hasta uno de los antiguos portales dimensionales de la época Anuraky que estaba escondido en la base subterránea. Allí el androide abrió el plasma con sus dedos metálicos para retirar el telón y poder pasar por el agujero que había tras de él, y que le llevaría al Culo del Mundo, donde el Gran Ojo quería que realizara una importante investigación.

Tras dar los primeros pasos sobre la tierra devastada dio un vistazo a la zona que estaba en un estado deplorable: quemada y arruinada. No parecía haber vida alguna.

Tienes que ir a investigar un poco más hacia el Norte, le dijo telepáticamente el Gran Ojo.

De acuerdo.

Haciendo caso de las instrucciones, voló a ras de suelo sobre la escoria, sorteando varios montículos de escombros hasta llegar al borde de un enorme abismo que parecía no tener fondo y cuya entraña proyectaba una sombra impenetrable. Rastreando y haciendo un zoom con su visión, observó que en el otro borde parecía que se levantaba un muro grisáceo y alto, tras el cual se vislumbraban destellos de luces.

¿Eso es lo que parece ser, Gran Ojo?

Afirmativo. Es una ciudad.

Se supone que no debería ni existir.

Efectivamente, pero los planes de eugenesia global no acabaron de ser efectivos al cien por cien.

¿Y por qué no se eliminó antes?

No es tan sencillo querido Kyba Lion. Hemos preferido dejarlo para el final. Todos esos humanos viven bajo la protección de Osiris.

Entendido.

Ponte en marcha.

A la orden.

El androide sobrevoló el abismo rápidamente y llegó hasta los muros que se levantaban en el borde. Más allá se extendía una gran ciudad llena de edificios en cuyo centro destacaba una gran construcción: una pirámide con las caras recubiertas de mármol blanco y una cúspide dorada. Enseguida pudo percibir la energía poderosa que emanaba de ella: hasta tal punto que sus bio-circuitos se alteraron momentáneamente por unos instantes.

Gran Ojo… ¿Gran Ojo?… Pero no obtuvo la respuesta esperada.

—¡Intruso 555! —Escuchó que gritaban.

Entonces, se percató de que a su flanco izquierdo, también flotando, había dos figuras con forma humana pero con cabeza cánida de color oscuro. Empuñaban unas lanzas largas. El androide no supo qué responder, no estaba acostumbrado a hablar directamente.

—¡Es mejor que te vayas por donde has venido! ¡Basta de guerra! ¡No queremos pelear!

Kyba Lion chasqueó varias veces y al final consiguió modular las palabras de una forma neutra:

—Lo siento, obedezco órdenes. El Nuevo Orden Mundial debe de acabar de ejecutarse.

—¡Entonces, muere intruso! —. Y los guardianes le atacaron con sus lanzas convertidas en rayos rojos.

El androide recibió varios impactos y cayó al suelo con violencia, pero a pesar de todo no sufrió ningún daño importante. Se levantó y fue a por los enemigos a toda velocidad, tomándolos por sorpresa. Al primero le arrancó la cabeza de cuajo, y al segundo le atravesó el cuerpo de un puñetazo. Así que era hora de acabar con toda aquella ciudad rebelde. Extrajo de su cinturón de utensilios un objeto cuadrado no mayor que su palma y lo activó: era una bomba de destrucción masiva.

—DETENTE… DENTENTE… —le habló para su sorpresa la pirámide.

—No.

—SÏ.

—¿Por qué?

—VEN.

Y entonces, un rayo de luz deslumbrador que vino de la pirámide lo envolvió.

Cuando el rayo despareció, Kyba Lion estaba junto a las aguas de un río muy ancho. Las tierras parecían muy fértiles y había varios grupos de agricultores trabajando en ellas.

Delante de él, en la ribera, había una persona que estaba de espaldas. El androide se acercó.

—¡Bienvenido! Soy Osiris —le anunció. El tipo se dio la vuelta. Portaba una corona blanca con forma de mitra en la cabeza y era de tez verdosa. Sus ojos estaban rodeados por una sombra oscura de maquillaje y tenía una larga barba trenzada. Vestía una túnica blanca con colores en la parte del cuello y se apoyaba en un cayado que tenía decorada la punta con un animal fabuloso.

—¿Dónde estoy?

—Ese río que ves, es el Nilo.

Kyba Lion se quedó desconcertado. Debía ejecutar su misión y ahora no sabía qué hacer. La bomba había desparecido de sus manos.

—Debo… regresar…

—Oh, vaya… tú eres portador de la destrucción, ¿a quién te debes?

—Al Gran Ojo.

—¿Te has preguntado por qué permanecemos todavía vivos?

—No.

—Somos inmortales, pasen las centurias, los siglos, los milenios… no existe el olvido. Renací como dios y juzgo a los muertos… Así que ven a mí.

Kyba Lion obedeció la orden. No sabía por qué pero prevalecía sobre todo lo demás a lo que había sido programado. El androide se acercó y comprendió que estaba ante un dios.

—Sí, soy Osiris —, y entonces la mano divina se clavó en su interior, fundiendo un agujero en el blindaje de metal.

—Hasta nueva… orden… —.  Le arrancó la pila autónoma que le proporcionaba la energía y el androide se apagó.

Más tarde Kyba Lion fue llevado, flotando por varios guardianes, hasta el centro del abismo en cuyo borde se levantaba el Culo del Mundo, y allí fue arrojado, despareciendo en la oscuridad en la que fue engullido para siempre.

© Copyright de Joan Baladre para NGC 3660, Septiembre 2017

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