El día que los dragones retornan

 

Por Begoña Pérez Ruiz

—Aún no se los ve, pero no te preocupes, que pronto estarán aquí.

Madre me toma con cariño de los hombros mientras me habla. Yo no dejo de mirar al cielo con ansiedad. Espero que los dragones lleguen de un momento a otro, con ese majestuoso vuelo que me han contado que tienen. Ellos traen a mi bebé. Porque hoy es el día, mi gran día, como lo es también el de mis compañeras de Maternidad: Triana, Gravi y Dindra. Hoy las cuatro nos convertiremos en Madres, en cuanto los dragones nos entreguen a nuestros retoños.

No cejo de escrutar las nubes, distantes, anhelando verlos. Será la primera vez que lo haga y aún no puedo determinar si estoy más deseosa de contemplarlos a ellos o al bebé que traen para mí. Madre sí lo ha visto a los dragones, muchas veces, los ha podido observar en todos los días de la Maternidad que ha decidido acudir. Es uno de los privilegios de ser Madre; ese privilegio que yo estoy a punto de conseguir.

Madre me ha hablado muchas veces de los dragones y otras Madres me los han descrito siempre que les he preguntado por ellos. Pero yo necesito verlos con mis propios ojos y disfrutar de su sublime estampa voladora. Estoy convencida de que lucirán como magníficos señores de los cielos, o así es como siempre me los han descrito, salvo Madre Vetusa, que decía que solo eran demonios con alas.

Madre Vetusa murió el año pasado, en cuanto llegó el frío a nuestra comarca. Era demasiado anciana. Bueno, en realidad, yo sé que no murió en su choza como nos hicieron creer todas las Madres. Se fue, sin más, yo misma la vi caminar hacia el interior del Gran Bosque. Estaba muy cansada de todas nosotras. Ahora, en su tumba, no están ni su cuerpo ni su recuerdo, y solo yo la guardo en mi memoria.

Ella era la única que me habló de los hombres; de esos que no tenía ni la menor idea de quiénes eran y que desconocía que habían existido en este mundo, en el pasado, viviendo junto a nosotras.

       —Los matamos. Matamos a todos los hombres, cansadas ya de sus abusos… Y aquel oscuro día, la comarca se tiñó de rojo y la sangre de ellos convocó a los dragones, que vinieron atraídos por nuestro brutal crimen y lo aceptaron como un sacrificio. Entonces, sellamos un infame pacto, porque infame habría de ser ya que los dragones no son hermosos como todas dicen. En realidad, son solo demonios con alas. De hecho, ni siquiera sé por qué los llamamos dragones: en los cuentos infantiles estos son hermosas criaturas portadoras de suerte. Esas criaturas, en la realidad, nunca robarían niñas de otras regiones a sus verdaderas madres para traérnoslas a nosotras, así que, repito: eso que llamamos dragones son solo monstruos con alas. Claro que lo nuestro es mucho peor: nosotras superamos su perversidad permitiendo que esto continúe; negamos nuestra culpa y le damos la espalda a nuestro cruel magnicidio…

Madre Vetusa, siempre que pronunciaba su relato, lo hacía con una gran serenidad, aunque invariablemente lo culminaba llorando con desconsuelo; como una niña pequeña. Ese llanto confirmaba que lo que contaba solo podía ser cierto, que no eran las locuras de una anciana como me decían las otras Madres.

       —Los hombres se fueron un día, entraron en el Gran Bosque y no volvieron más. Nos abandonaron. A cambio, por misericordia, los dragones empezaron a traer nuevas hijas a nuestra comarca, para que esta no dejase de crecer y siguiese siendo próspera. Mi Madre así me lo contó y antes su Madre. Y sé que, de algún modo, Madre no me mentía; solo contaba la historia que le habían contado a ella, era otra manera de relatarme un cuento.

Un día me interné en el Gran Bosque. Fue antes de que se perdiera Vetusa en él. No lo hice con el afán de abandonar a mi gente, solo pretendía encontrar a los hombres aun sabiendo que no estaban allí. Tenía un miedo espantoso, pensaba que podía perderme en cualquier recodo y no sabría volver a mi choza con Madre. Además, ninguna Madre habría de buscarme en el Gran Bosque, al fin y al cabo, nadie sabía que mis pasos me habían llevado hasta allí, y aunque así fuera, no se atreverían a adentrarse entre los árboles oscuros para buscarme. A pesar de todo, me interné en el bosque. No buscaba a nadie en concreto, y es cierto que a nadie terminé encontrando salvo a mi propio convencimiento, que ya crecía en mis entrañas y no me dejaba en paz; esa verdad que estaba detrás de los cuentos y que no podía evitar que palpitase queriendo salir de mi pecho.

Ya en el interior del bosque terminé topándome con unas bestias salvajes. Nunca había visto unos animales como aquellos. A mi regreso, le pregunté a Vetusa por ellos, y los nombró ciervos. ¡Ciervos! Eso es lo que yo pude ver ese día en mi paseo por el bosque; una manada bien nutrida de ciervos. Pero, incluso sin saber qué eran, asustada por su naturaleza salvaje y sin tener la certeza de que fueran peligrosos, hube de acercarme hasta ellos. Quería verlos de cerca. Tenía que hacerlo. Entonces, no pude ponerlos nombre, uno de esos con los que, posiblemente, alguien antes que yo los habría bautizado en tiempos pretéritos; uno de esos que yo, por otra parte, también es cierto que desconocía, porque mi propio mundo era minúsculo y extraño… Aun sin saber nombrarlos, supe que todos ellos componían una familia de la misma especie: había varias hembras, algún macho y numerosas crías. Lucían hermosos, allí, en plena naturaleza. De pronto, los tuve una envidia infinita, de algún modo, estaban haciendo que me sintiera más pequeña y ridícula de lo que me había sentido hasta ese momento.

Sigo mirando al cielo y dejo que mi nerviosismo gobierne aún más todo mi cuerpo, cuando compruebo que unos puntos empiezan a tomar forma en el horizonte. Avanzan hacia nosotras; vienen directos a la cima del monte donde los esperamos. Es el lugar señalado para el encuentro, un sitio sagrado para las Madres. Hasta aquí solo suben Madres para esperar la llegada de los dragones del cielo. Así que esas siluetas que se dibujan en el firmamento solo pueden ser ellos: los dragones.

He contagiado a Madre mi inquietud. Trata de disimularla alisando los pliegues de mi clámide blanca, la ropa ceremonial de mi bautizo como Madre. Mi vestimenta está perfecta, pero Madre necesita alejar su excitación.

—Me gustaría que mi bebé se pareciera a mí —le digo, como si las palabras salieran de mi boca distraídamente, sin ninguna intención; como si no tuviera importancia lo que acabo de decir y, sobre todo, como si no encerrara la evidencia que descubre el cuento de las Madres. Madre y yo no nos parecemos físicamente, sería raro. Pura casualidad…

Madre deja al fin de lustrar mi ropa para contestarme:

—Será una niña preciosa, como tú misma lo eres. Y tú serás una gran Madre —permanece callada un segundo, antes de seguir hablando. Creo que espera que yo le diga lo buena Madre que ha sido para mí, pero soy incapaz de pronunciar algo tan sencillo en ese momento—. ¿Rezaste adecuadamente todas tus plegarias esta mañana en el templo, antes de reunirte con tus hermanas de Maternidad? —Noto que Madre me lo pregunta con recelo, como si temiera alguna equivocación por mi parte; un pequeño detalle que pudiera alterar mi rito de Maternidad. Se siente un poco dolida por la frialdad con la que la trato desde hace días, lo sé, pero no puedo evitarlo. Me limito a asentir con la cabeza, mientras diviso en el cielo la forma ya nítida de los cuatro dragones.

Sus alas son hermosas, armazones de plumas azules que planean poderosas rasgando la perfección del cielo celeste. El resto de su cuerpo no es extraordinario. Son seres como yo; con dos piernas, dos brazos, un torso, una cabeza… aunque su aspecto es más musculado y recio. Visten solo una especie de pantalón corto de un color rojo intenso, confeccionado con una tela lustrosa que los cubre desde la cintura hasta las rodillas.

Todavía no distingo sus rostros, están demasiado lejos. Pero cuando, al fin, descienden ante nosotras y puedo verlos con mayor detalle, mi curiosidad deja de centrarse en ellos para poder hacerlo sobre los bultos que llevan envueltos entre sus manos: ahí están los nuevos retoños para las nuevas Madres, y uno es el mío.

En el momento en que uno de los dragones me lo entrega, es cuando me permito mirar su cara, y me encuentro con su semblante oculto bajo una máscara roja horrenda. El rostro postizo no es un rostro humano, pero tampoco el de algún tipo de bestia que yo conozca; se trata de un monstruo lleno de arrugas y surcos salvajes, con dos enormes cuernos negros que le salen allí donde deberían estar las orejas y se retuercen elevándose hasta el cielo. El terror de mis ojos ante semejante visión parece desconcertar al dragón que tengo frente a mí, y es entonces cuando se despoja de su espeluznante máscara, aquella que, precisamente, fue creada para infundir miedo. Ahora, sin la máscara, me ofrece la visión de su verdadero rostro y, por un momento, permanezco embelesada con los hermosos rasgos de sus facciones y el cálido azul de sus ojos. Nunca vi una imagen humana tan perfecta y tan bella. Solo cuando alarga sus brazos hacia mí y me tiende al bebé que me trae aparto de él mi mirada, aún con esfuerzo.

Siento un calor en mis mejillas como nunca lo había sentido, y un desconocido fuego interno que el dragón ha despertado en mí. A duras penas, aparco todo aquello y procuro concentrarme en contemplar a mi bebé por primera vez. Lo desarropo, apartando la manta que lo viste. Veo su desnudez y sonrió al descubrir sus genitales, porque me dicen que sí que hice bien mis plegarias de la mañana. También, que estas fueron escuchadas por mi dragón; el mismo que me ha traído al que está a punto de convertirse en mi hijo, que además es, sin duda, un niño precioso. Ahora, solo confío en llegar a convertirme en una buena Madre para él.

© Copyright de Begoña Pérez Ruiz para NGC 3660, Septiembre 2018

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