Dogmax – Reed.

 

Por José Antonio Suárez

Ana se aplicó los últimos toques de maquillaje en el párpado izquierdo y se miró al espejo. Estaba horrible. Tendría que salir a la calle con las gafas de sol, en aquel día de nubes

Un olor muerto a ozono asaltó sus fosas nasales al abrir la puerta. Raúl no vio a nadie por la calle, ni un vehículo, ni un pájaro extraviado. Bajó los escalones y revisó su correo, la carta de un colega de la universidad de Barcelona, que había sido previamente abierta por un censor y llevaba al reverso la estampilla «revisado». Los agentes de Dogmax no se tomaban el trabajo de espiar discretamente su correspondencia. Los cuños eran su forma de advertirle que estaba siendo vigilado.

Desde que la iglesia Dogmax se hizo con el control del gobierno, una cruzada anticientífica se desató contra los investigadores que se obstinaban en seguir un trabajo independiente de la doctrina creacionista. El alto tribunal eclesiástico había declarado probado que los fósiles de dinosaurios estaban mal datados, que el mundo tenía seis mil años de antigüedad y que el origen de la vida en un caldo primitivo por un agrupamiento fortuito de moléculas era imposible. Contradecir al tribunal se consideraba apología del ateísmo y acarreaba la prisión.

Los creacionistas de Dogmax rechazaban la evolución. Los cambios evolutivos sucedían con tal lentitud que no podían ser observados en una vida humana. Por tanto, la teoría de la evolución no podía ser refutada con observaciones. Nadie verá jamás la transformación de simios en humanos, bromeaban. Trágicos acontecimientos había jugado a su favor. El poder se había derrumbado en la Unión Europea, carcomida por fanáticos religiosos; y una epidemia causada por un virus asociado a los campos de microondas de los teléfonos móviles redujo la población occidental a la mitad. Dogmax se hizo con el control y provocó un rechazo a cuanto significase ciencia y tecnología. Paradójicamente, seguían usando Oráculo (sucesora de la antigua red de espionaje Enfopol) para vigilar a los ciudadanos. Un juguete muy goloso del que  los nuevos amos de occidente no querían prescindir.

Raúl había cambiado de casa dos veces en este mes. Cuando sus vecinos se enteraban de que tenían a un científico en su edificio, le hacían la vida imposible hasta que se marchaba. Todos habían perdido familiares durante la gran epidemia, y el clima de repulsa contra los científicos difundido por los medios de comunicación hacía el resto. La ciencia era una actividad de alto riesgo.

En el barrio donde vivía ahora, no había visto un solo vecino en toda la semana. Había muchos lugares como aquél rodeando Madrid, pertenecientes a familias acomodadas que perecieron durante la gran epidemia. Raúl prefería los edificios y personas alrededor a las que poder decir buenos días y pedir ocasionalmente sal o aceite, pero lo habían desterrado a aquel siniestro barrio. Allí no había nadie, hasta los perros habían huido de aquella necrópolis vacía. Se sentía un apestado, y sabía perfectamente que ése era el objetivo de pretendían las autoridades.

Un Volvo se acercaba por la avenida en dirección a su chalé. Era el de Luis Barranco, un colega de microbiología de la universidad. El coche se detuvo frente a la valla del jardín. Con aspecto cansado, Luis alzó la mano y se aproximó a él.

—Quedémosnos en el porche —Raúl le ofreció una silla manchada de polvo—. No estoy seguro de que dentro podamos hablar.

—Daremos un paseo, si lo prefieres —los párpados de Luis eran dos colgajos negros.

Raúl asintió y entró a la vivienda en busca de los documentos que quería comentar con él.

Luis encendió un cigarrillo, nervioso. Si cedía al chantaje de los relatores de Dogmax, no podría mirar a sus colegas a la cara. Tenía que huir de Europa, pero no le concederían el visado o retendrían a su familia.

—Aquí está —Raúl apareció con la carpeta—. Supongo que Oráculo no tendrá espías también por las calles.

—Depende de lo que les preocupes a las autoridades.

Comenzaron a caminar por la avenida desierta, que desembocaba en una pista de tenis cubierta por remolinos de hojas.

—He encontrado un método para burlarlos —dijo Raúl, sacando unos folios de la carpeta—. Takumi me envía información encriptada a través de un satélite que Oráculo no controla. Los resultados han sido contrastados por tres laboratorios. Las rocas marcianas contienen restos de vida orgánica.

—Eso será un fuerte revulsivo para Dogmax.

—Desmantela la doctrina oficial sobre el origen divino de la vida.

—¿Crees que servirá de algo? Dogmax encontró el modo de desacreditar las evidencias paleontológicas sobre los dinosaurios. Ridiculizarán vuestro descubrimiento.

—Puedo demostrar que lo inerte se transforma en vida de forma espontánea. En el modelo de Takumi, los precursores biológicos se convierten en organismos unicelulares bajo ciertas condiciones de calor y energía, a partir de gases primordiales. Reproduciré el experimento en la facultad. Necesito el laboratorio de biología y potencia de cálculo suficiente para secuenciar los aminoácidos que…  —ante la mirada escéptica de su colega, Raúl añadió—: ¿no lo comprendes? ¡La vida está por todas partes! Surgió en Marte, brotó aquí; quién sabe en qué otros lugares más. Incluso las nubes de materia orgánica interestelar podrían albergar algún tipo de vida primitivo.

—Dogmax se reirá de ti, te presentará como otro evolucionista más que afirma que un gas incoloro e inodoro como el hidrógeno se convierte en personas con el paso del tiempo.

Raúl se paró en seco.

—¿Qué insinúas?

—Que éste no es el momento ni el lugar.

—Alguien tiene que hacerlo.

—No necesariamente.

Raúl observó severamente a su amigo. No entendía a qué se debía aquel cambio de actitud.

O quizá lo entendía perfectamente.

—¿Los de Dogmax te han hecho una visita?

—Deberían hacer algo con esa pista de tenis —dijo Luis evasivamente—. Construir un jardín no vendría mal.

—Jamás esperé esto de ti.

—Tengo esposa e hijos que mantener, Raúl. Desde aquí lo ves muy fácil.

—¿Y si me niego? ¿Me delatarás?

—Ellos ya saben en qué estás metido.

—Ahora me explico por qué me han hecho la vida imposible en estas últimas semanas. Tú les pusiste sobre la pista.

—Eres mi amigo y me importas más de lo que imaginas.

—No más que tu empleo.

—No más que mi familia. Si me obligan a elegir, me quedo con ellos; en mi lugar harías lo mismo. Si no creyese que hay una oportunidad para ti, ¿por qué tendría que implicarme en salvarte?

—Necesitabas las pruebas —Raúl agitó la carpeta—. Por eso has venido. Queríais estar seguros de lo que habíamos descubierto antes de detenerme.

—¿Y qué habéis descubierto? ¿El origen de la vida? ¿Realmente crees que un puñado de bioquímicos podéis demostrar que la vida surgió de un caldo prebiótico hace miles de millones de años? Eso es imposible. Las células son sistemas complejos, no evolucionaron al azar; necesitaron la intervención de la inteligencia para desarrollarse.

—Para quién estás hablando, Luis. ¿Para tus amos que siguen nuestra charla?

—La universidad te negará los medios, el darwinismo está fuera de la ley. Si insistes en publicar vuestros hallazgos… no me obligues a que complete esta frase.

—No es necesario. Lárgate.

—La terquedad no te mantendrá con vida. Piensa racionalmente.

—Nunca he dejado de hacerlo. Tú sí: has cambiado la razón por la fe.

Luis se encogió de hombros y miró al otro extremo de la avenida. Una furgoneta se acercaba.

—No hay salida —presintió Raúl.

—Soy un cobarde, lo siento. Sólo espero que algún día lo entiendas y me perdones.

Dos policías saltaron de la furgoneta. Raúl no intentó huir. No les daría ese placer.

© Copyright de José Antonio Suárez para NGC 3660, Julio 2017

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