El día más feliz

 

Por Ángel Ortega

Óscar se revuelve entre las sábanas. No quiere salir del sueño, pero sabe que hay algo especial en el día que empieza. Se debate contra esas dudas hasta que como un flash lo recuerda: hoy es su cumpleaños.

Se quita el sueño de los ojos con ambas manos e intenta incorporarse, pero la manta, más pesada de lo normal, opone resistencia. Hoy es mi cumpleaños, se dice a sí mismo en voz alta, para reafirmarse. Coge la manta con fuerza, la lanza a un lado y salta al suelo.

Le sorprende que la cama es más alta de lo que recordaba. La mira extrañado y descubre que no es la suya: esta tiene patas de madera desnuda, sábanas gruesas y un boliche en cada esquina. Mira hacia atrás y el corazón le da un vuelco: no está en su habitación, sino en una bastante más húmeda, de techos altos que se pierden en la oscuridad, suelos de piedra fría y ventanas pequeñas. Tiene forma de rombo y hasta la esquina del fondo está llena de camas, exactamente iguales a la que él acaba de dejar, todas con niños durmiendo.

Óscar casi se cae de culo; lo que ve sería suficiente para sentirse aterrorizado, pero piensa que aquello tiene que ver con alguna sorpresa relacionada con su cumpleaños. La desorientación del sueño no del todo abandonado contribuye a no dejarse llevar por el pánico.

Pisa un caramelo. Mira al suelo y ve un rastro de ellos separados entre sí unos dos pasos; otro motivo para pensar en la sorpresa. Va recogiéndolos de uno en uno, cubriendo la distancia de un salto. No repara en las ventanas altas triangulares tapiadas con tablones.

Apenas puede sujetar los caramelos con las manos, pero no piensa dejar caer ni uno. Tiene la sensación de que hoy va a ser el día más feliz. En la habitación frente a él suena un ruido como de algo rascando el suelo.

Entra en la sala y lo que ve hace que se le caigan todos los caramelos: delante de él ve lo que más ha deseado en toda su vida. Sí, rasca el suelo con sus pequeñas patas. Es un cachorro de Labrador de menos de un mes, con los ojos marrones y las orejas largas y un enorme lazo rojo de terciopelo alrededor del cuello.

Óscar se lanza a abrazar al perrito y este se deja hacer. La cinta roja le felicita el cumpleaños con letras blancas. Se lanza al suelo y se revuelca con el perro, que le agarra las orejas con su boca de minúsculos dientes. Así transcurre un buen rato, todas las dudas y rarezas diluidas en la felicidad del regalo perfecto.

Un poco más allá del pasillo suenan voces. No llega a percibir lo que dicen, pero tienen que ser sus padres, que al final han accedido a concederle el regalo del perro y han organizado todo este cumpleaños tan raro y tan perfecto. Así que coge al cachorro, al que aún no ha puesto nombre, y trabajosamente sale de la habitación con él a cuestas. Hay una puerta por la que entra una luz pálida y de la que salen las voces.

Cruza el umbral pero lo que ve no es lo que espera; un paisaje de piedras secas y un cielo rojizo con, y aquí empieza a sentir miedo, tres lunas enormes alumbrando la noche. El perro salta de sus manos.

El Lobo (que en este universo tiene forma humana) hace un gesto con los brazos. El Trantaxx (que también tiene forma humana pero en nuestro universo no tiene forma alguna) accede y se sienta delante del Lobo.

—Así que esto es lo que me habías dicho —dice el Trantaxx.

—Pues sí, aquí está. Traigo los niños de otros universos y los almaceno en estas ruinas. Duermen plácidamente porque llegan la víspera de su cumpleaños. Ya sabes, el día en que se sienten bien.

—Ya, claro.

Óscar aparece por el umbral de la puerta con el perro en los brazos. Mira su entorno, alza la vista al cielo y el cachorro se libera y salta. El Lobo carga con su zarpa con uñas como espadas (ya no tiene forma humana) y golpea a Óscar en los ojos, cuello y vientre. En shock, cae de lado como un muñeco y muere.

—Hay que matarlos en cuanto aparecen para que el terror no sustituya a la felicidad y yo me pueda alimentar de ella —el Lobo levanta su hocico aspirando el aroma de la felicidad de Óscar. Puede nutrirse de otras cosas pero esta es su favorita— Es delicioso.

El Lobo hace una seña al cachorro (que ya tiene una forma muy diferente) para que vuelva a la casa, este le responde con un gesto de confirmación y desaparece por el umbral.

—Veo que tienes aquí un festín —dice el Trantaxx.

—Calla, que ahí viene otro.

© Copyright de Ángel Ortega para NGC 3660, Julio 2017 [Especial aniversario]

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