Detrás de la ola

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Por Carlos Pérez Jara

Había pasado demasiado deprisa. De hecho, no se dio cuenta de que llevaba el bañador torcido, casi por debajo de la cintura, hasta que vio la expresión de asombro de una niña desde la playa; acababa de ponerse en pie, con una especie de peluquín acuático hecho con algas verdosas, ahora pegadas a su frente como un flequillo absurdo. Se inclinó un poco para que el agua saliera libre de su oído derecho. La playa era una extensión borrosa de sombrillas de multitud de colores.

—¿Qué coño…? —murmuró, escupiendo un trozo de alga, y mientras se desprendía de su peluca marina anduvo tambaleante, inseguro, aún sacudido por la inercia invisible del centrifugado. Quiso buscar un punto de referencia, y creyó encontrarlo en la torre de socorrismo, con una hermosa bandera amarilla en lo alto de su mástil. Luego, puso rumbo miope a la brumosa sombrilla azul de los Aranda. Cuando al fin se derrumbó en la arena, Félix pudo descubrir que tenía algunas magulladuras del golpe en sus codos y en los talones; con discreción, trató de quitarse cierta masa pastosa de conchas diminutas de la raja del culo, un sedimento cortesía del fondo acuático. El sol calentaba sus piernas, perladas de gotas luminosas.

—No digas nada —dijo, como si ya hubiera previsto la reacción de Lorena a su espalda: ella y sus hijas observando a su padre salir del mar como un muerto viviente, después de que la ola lo devorara sin contemplaciones. Casi estaba seguro de su reproche, como si de pronto fuera otro niño pequeño junto a Raquel y Luisa:

—Te lo dije.

Pero no escuchó nada. Tampoco quería mirarla aunque la tuviera detrás suya, ni a ella ni a sus niñas, sobre todo por una especie de vergüenza inconfesable al ridículo. Félix clavó los codos en la arena, tratando de imprimir algo de dignidad a su pose de derrota.

—He estado pensando… —empezó a decir después de varios segundos, y notó el calor arenoso sobre sus pies—. Lo de tus tíos. No me parece oportuno que vayan a la boda, niña, ¿qué quieres que te diga? La gente no cambia, no te engañes. Al final sólo ves egoísmo por todos sitios, y contra eso no puedes hacer nada, así de claro. ¿Tenemos tabaco?

No hubo respuesta. Félix se refregó los párpados con los nudillos: la sal y el yodo le escocían los lagrimales sin misericordia; más allá quedaba el horizonte del mar y sus fulgores, la silueta de un petrolero. A su alrededor escuchó gritos de alegría de niños jugando a la pelota, o con palas de plástico.

—Raquel, ¿y tu madre? —dijo sin volver la cabeza, seguro de que Lorena se habría ido a la orilla a mojarse los pies en la espuma, y se tumbó del todo, atrapando su cabeza entre las manos. Raquel era la más fiel a su padre, la que venía a contarle cosas de mamá cuando se peleaba con ella; Luisa era distinta, más introvertida, más apegada a Lorena desde que era una cría de dos años.

—¿Q-qué…? —murmuró al girarse un poco, con un ojo entrecerrado. A menos de un metro, junto a una radio apagada, había una señora de unos sesenta años sentada en una silla de plástico medio hundida por su peso. Gorda como un elefante marino, llevaba el pelo gris hacia atrás, con una coqueta horquilla por encima de su oreja izquierda. La mujer lo miraba con gesto apacible y una media sonrisa conciliadora: estaba claro que había estado escuchando con atención cada una de sus palabras. Félix se incorporó hasta golpearse la cabeza con una de las varillas metálicas.

—Nooo —dijo la señora—. No se vaya. No tiene por qué irse, ¿eh?

—Oh… disculpe. Perdón, me he equivocado —balbuceó, observando la sombrilla de cerca: era muy parecida a la suya propia, pero en la parte superior había dibujada una flor blanca.

—Sólo puedo decirle que tiene razón.

—¿Cómo?

—Que tiene razón —confirmó la buena mujer, abrazando sus piernas con unos brazos grandes, en uno de los cuales sobresalía la cicatriz de una vieja vacuna—. Que la gente va a lo suyo, señor. Si yo le contara…

—Eh, sí —dijo Félix, y empezó a mirar hacia las otras sombrillas de los alrededores: enseguida imaginó lo que Lorena pensaría al verlo. Menudo payaso.

—Oiga —dijo la mujer, y le miró desde debajo de su pequeña carpa—. No tiene por qué irse si no quiere. Tengo cerveza en mi nevera. Se agradece la buena compañía, de verdad se lo digo.

Pero Félix ya había comenzado a caminar por entre la gente, apelmazada y estática como una horda de pingüinos emperador convocados en esa playa para cuidar de sus huevos. Localizó dos sombrillas azules, en una había dos niñas leyendo unas revistas de moda, pero no eran sus hijas, ni tampoco Lorena la mujer que se doraba a fuego lento protegida con unas gafas de sol de pasta rosa. Sin duda, debía haberse extraviado varias decenas de metros respecto a la ubicación de su familia en la arena, algo muy común según supuso. Pero Félix, que aún tenía conchas microscópicas en espacios bastante íntimos, deambuló de este a oeste por entre sombrillas que no eran la suya, y entre absolutos desconocidos, tumbados o sentados en grupos; al principio lo hizo de forma sistemática, peinando las varias filas de ociosos que ocupaban la playa casi hasta la orilla. En alguna ocasión desbarató un castillo húmedo con sus andares ciegos, provocando el inicio de un llanto de niño a sus espaldas, pero nunca se detenía, como no fuera para ver el horizonte.

—¡Lorena! —se sorprendió a sí mismo gritando.

Llevaba ya un cuarto de hora perdido, sin rastro de su familia. Irritado por el sol y el roce de su culo al andar, Félix se acercó despacio hacia la torre de vigilancia. La arena le quemaba los pies, y casi tuvo que ir al trote, con las piernas abiertas como una lagartija. En la caseta gris no había nadie, sólo el sonido machacón de una melodía industrial que sonaba desde una radio. Félix colocó una mano sobre su frente a modo de visera, mordiéndose el labio superior.

—Mecagoen…

Al fin apareció un muchacho moreno como un tizón, con la cabeza afeitada y muchos tatuajes en los brazos. Llevaba una camiseta de socorrista de color rojo.

—Oiga —dijo, acercándose a un tramo protector de tablas de madera—. Perdone.

—¿Sí? —dijo el muchacho.

—Estoy… bueno, la verdad es que me he perdido un poco —dijo con una sonrisa aterrada—. He perdido a mi familia.

—¿Por dónde estaban?

—Pues eso es lo curioso… Juraría que era por esta zona. Pusimos la sombrilla por allá.

—Ajá —murmuró el muchacho con las manos en jarra. No le gustaba mucho el tono de ese «ajá» del socorrista, pero tuvo que ignorarlo para no caer en demasiadas suspicacias.

—Llevo mucho rato de un lado para otro —se quejó Félix, que ya notaba el sol sobre su piel de oficinista—. No he sido capaz de verlas.

—¿Puede decirme el nombre de alguien de su familia?

—Lorena. Mi mujer.

—¿Su apellido?

—Lorena Márquez.

—¿Y su nombre?

—¿Qué nombre?

—El suyo, el de usted.

—Félix.

—Espere —dijo con aire aburrido, y se metió en la caseta. Aplastado por el calor y la confusión, Félix veía ahora la playa de una forma muy distinta a como la había observado a su llegada, con las sillas en las manos y la sombrilla a la espalda: una proliferación de carne humana al vapor, untada por la grasa de las cremas solares y el yodo del mar. Un hervidero al que se había precipitado como cada año, casi a la misma fecha, porque eran las semanas en las que Lorena estaba libre en su trabajo. Desde aquella perspectiva, junto a la caseta y la torre de vigilancia, se sintió alejado de aquella congregación casual de homo sapiens sapiens en vacaciones. De pronto resonó una voz metálica, procedente de unos pequeños altavoces bajo las cornisas del techo:

¡Lorena Márquez! ¡Lorena Márquez, su marido la espera en nuestro puesto de socorro! ¡Su marido Félix la espera en el puesto de socorro!

El vigilante apareció al cabo de pocos minutos.

—Ahora queda esperar. Si necesita algo…

Y esperó, bajo la cornisa de madera de pino de aquel pequeño edificio, con los brazos cruzados, tanto que el socorrista y otro amigo suyo dejaron de mirarlo, como si se hubiera vuelto invisible. Se olvidaron de su problema, entre risas adolescentes sobre tías y tetas, o eso le pareció oír en su desamparo.

—No puedo creerlo —dijo casi tres horas más tarde, cuando el sol ya estaba a punto de lamer las aguas del mar bajo unos reflejos de óxido en el horizonte. La turba humana había empezado a disiparse, y cada vez quedaban más claros en la playa, menos adultos, niños o pelotas de plástico. Pero ni Lorena ni sus hijas habían acudido a la llamada. Había visto la mirada del socorrista al principio, presuntuoso niñato que incluso podía sugerirle con su gesto burlón otras posibilidades. Opciones que Félix descartaba, por supuesto: Lorena no se iría nunca de allí dejándole solo. No habían discutido, ni había razones que pudieran justificarlo. Aun en caso de urgencia habría hecho algo, pero no dejarle solo. Eso nunca.

No tenía ropas, ni zapatos, ni nada, porque todo lo había dejado bajo su sombrilla, la que había desaparecido con su familia. Por eso, ya al atardecer abandonó la playa como un borracho que hubiese dejado la botella tirada en la arena. Bajo la carpa de un chiringuito envuelto en música reagge habló con el dueño, o el que parecía ser el dueño, un hombre grande con una verruga azul en la barbilla y unos ojos diminutos sin apenas pupilas; tras escuchar su historia con la frente algo arrugada, y tal vez porque pudo advertir un brillo de desesperación en sus palabras, el gorila le prestó su móvil para hacer una llamada, solo una, ojo, ni dos ni tres: una, como si fuera un juez que otorga algún derecho a un detenido. Absorto, Félix tecleó el número de Lorena, pegando luego el teléfono a su oreja mientras el bruto de la barra le vigilaba con expresión ambigua. Al otro lado no se oía más que un pitido intermitente, y luego el silencio.

—Perdone, me he equivocado —dijo, aún con un residuo de sonrisa nerviosa, y volvió a teclear el número, esta vez mucho más despacio, hundiendo la uña en cada tecla: la misma respuesta. Lorena nunca apagaba su móvil, se dijo poco después de que el gorila del chiringuito le arrebatase el teléfono de las manos.

—Lo siento, amigo —dijo, pero era mentira: no lo sentía. En realidad le daba igual, o casi podría parecerle incluso gracioso que un esmirriado hombre de negocios, enrojecido como un cangrejo en una olla hirviendo, anduviera perdido en busca de su señora. La imaginación siempre encuentra el menor motivo para expandirse por nuevos lugares, o se ramifica como una medusa temible para producir futuras pesadillas. Pero Félix no estaba dispuesto a pensar que Lorena se hubiera largado de la playa con sus hijas y las llaves del coche.

—Eso es —dijo, y salió del chiringuito, hacia cierta zona donde recordaba haber aparcado su coche, un espacio abierto y semicircular junto a un kiosco de frutos secos.

—Mierda, mierda, mierda —se decía mientras caminaba por la acera del interior de una serie de chalets adosados y casas residenciales de poca monta. Medio desnudo, con un bañador adquirido en las rebajas, se sentía frágil y algo idiota, sobre todo fuera de los dominios de la playa. No dejaba de pensar en Lorena, y en lo que podría estar cavilando en ese momento. ¿Y si por alguna ironía disparatada ella supuso que las había abandonado? Eso no era posible, no, no lo era.

Como le había pasado con su búsqueda de la sombrilla, tampoco encontró su coche entre las filas aparcadas. Pero lo curioso es que tampoco daba con el kiosco de frutos secos donde creía haberlo visto, junto a una farola pública, a unos diez metros de su monovolumen rojo.

—Es increíble —se dijo absorto—. Es que no tiene sentido, y mira que estaba al lado. No lo entiendo, si estaba al lado.

Ya empezaba a oscurecer cuando divisó a una familia feliz que regresaba a su vehículo por un sendero de madera. Se acercó a una pareja joven, un hombre con pelo color zanahoria y nariz ancha de catador de vinos, y una mujer muy pequeña con dientes de ratón.

—Perdonen —dijo Félix, ya bastante asustado—. ¿Pueden ayudarme?

La pareja iba acompañada de un niño pelirrojo que sostenía toda suerte de cubos, palas y otros juguetes, como un buhonero en miniatura. También estas personas escucharon su suceso, inmóviles, mientras le miraban con una compasión que a Félix le resultó agradable de alguna forma, porque la necesitaba aunque no lo supiera. O al menos quería que alguien se compadeciese de su suerte por el momento. Decidieron llevarlo al pueblo más cercano.

—Gracias… Se lo agradezco, de verdad.

—Allí pueden ayudarle —dijo ella, que se parecía un poco a Lorena. Sentado en el asiento trasero junto al niño pelirrojo, el buen hombre, que decía llamarse Felipe, no paraba de hablarle de casos parecidos, de gente que desaparece para luego aparecer en otros sitios, como por arte de magia. Su mujer conducía muy pegada al volante, con unas gafas con montura gruesa; a veces comentaba algo sobre las mareas, que arrastran a algunos bañistas muchos metros al este o el oeste, según el caso. El niño le miró con una ceja más levantada; luego, en silencio, y como si fuera una ceremonia de admisión en su territorio, se metió un dedo en la nariz y, tras sacarlo con una sustancia pegajosa y transparente, lo acercó al bañador de Félix.

—Eh… No…

El niño sonreía, mientras acercaba y alejaba el dedo, y el coche se iba alejando de la playa entre las curvas de asfalto reseco de la costa.

—Pero vamos, no se preocupe —dijo el hombre con una sonrisa de dientes torcidos—, que seguro que encuentra a su familia enseguida.

Le dejaron en la placita principal del pueblo, un entorno bordeado de palmeras enanas con una fuente en el centro y varios bares y tiendas a su alrededor.

—Gracias… muchas gracias.

Las farolas habían empezado a encenderse sin prisas, y por las calles sólo era posible distinguir a personas ya vestidas con ropas convencionales, lo que reforzaba su malestar. Un regusto amargo de su infancia trepó por su garganta sin esperarlo: era la misma clase de angustia que había tenido de niño cuando se perdió en la ciudad durante una hora. Luego sus padres lo encontraron, sentado en un banco con los ojos llorosos, pero de aquel recuerdo siempre le había quedado esa aflicción por quedarse solo, perdido, lejos de los suyos. Recordaba a su madre, Gloria, secándole las lágrimas con un pañuelo.

Durante un rato preguntó a lugareños, caminando de un lado para otro con aspecto de viajero extravagante. Al fin dio con el ayuntamiento, que a esas horas estaba cerrado, un edificio blanco con una triste placa de mármol en la fachada. Sin ropas ni identificación era como un paria, un náufrago que tuviera que insistir en la veracidad de su historia para que los demás la creyesen. Un hombre de unos cincuenta años, alto y calvo, vestido con una chaqueta de algodón gris y unos zapatos muy lustrosos, pareció comprender su desesperación al verlo casi aterrado, rascándose el pelo reseco y con arena en la espalda.

—Venga conmigo —dijo con una voz grave, tan corpulenta como él mismo, y se lo llevó por unas callecitas hasta su casa, donde le presentó a su hermana, con la que al parecer también vivía allí, y a sus perros, que eran dos o tres, no estaba seguro bajo su actual nerviosismo.

—¿Y dice que ha llamado a su señora?

—Sí —respondió en el salón de aquella casa repleta de muebles antiguos, con unos cuernos de arce en la pared sobre el televisor—. La he llamado pero no coge la llamada. ¿Dónde está aquí la policía?

—No tenemos policía —respondió el caballero, mientras acariciaba la cabeza de una de sus mascotas—. Guardia civil, y no está en este pueblo. Pero yo conozco a Samuel, que puede ayudarle.

—¿Sí?

—Sí, puede llevarle a Olaya. Allí tiene que dar parte de lo que le ha pasado. Cuanto antes mejor.

No mucho más tarde, Félix se vio transportado a una cadena de situaciones para las que había perdido cualquier posibilidad de decisión o control, como si fuera parte de un proceso automático sin referencia alguna a su caso: la llegada de ese amigo guardia civil, el viaje en coche en bañador, el otro pueblo entre dos montañas, los apretones de manos de hombres a los que no había visto nunca, el tedioso parte del suceso, la revelación de un teniente barbudo de que podrían iniciarse las tareas de búsqueda para esa misma noche. Hasta las ropas que le dejaron para la ocasión se disolvieron dentro de su aturdimiento: unos pantalones dos tallas más pequeñas, una camisa que le apretaba en los hombros, y unas sandalias demasiado anchas para sus pies algo quemados.

Dentro de aquel cuartel, nada le parecía lo bastante real a sus ojos. Estaba solo en una salita, sentado en una silla anclada al suelo, mientras unos señores revisaban los datos que les había aportado para que encontrasen a Lorena y a sus niñas. Al fin apareció el teniente por un corredor, con su barba de montañero y un rictus de funcionario de pompas fúnebres. Al verlo Félix se levantó de golpe.

—Hemos hecho las primeras indagaciones, señor —dijo rehuyendo su mirada.

—¿Sí?

—Las hemos hecho en base a lo que usted nos ha facilitado. Debo informarle de que no ha sido posible localizar a esa persona, ni a sus hijas.

—¿Cómo?

—Verá, quizá sea mejor que vaya usted a la ciudad. Ya tenemos su denuncia, la pasaremos… a las autoridades competentes.

—Pero… Pero no entiendo nada. ¿Cómo dice?

—Su número de identificación, señor —dijo el teniente, y sus iris verdosos se detuvieron a estudiarlo—. No corresponde.

—¿Cómo que no corresponde? Es mi DNI, desde siempre. De toda la vida.

—Ni el suyo, ni los datos que aporta de su mujer, ni tampoco de sus hijas. Pero un coche patrulla va a llevarle a la ciudad, no se preocupe.

Félix farfulló unas pocas palabras, pero tenía la boca reseca, como forrada por una costra de salitre. La lámpara de la sala creaba sombras de telarañas en las esquinas de esa habitación medio desnuda.

—¡Eso es ridículo!

—Por favor, baje la voz.

—Eso es ridículo —repitió angustiado—. Puedo decirles cualquier detalle de mi domicilio, la tarjeta de la seguridad social, los teléfonos de mis suegros, el colegio al que van mis hijas.

—Caballero, nosotros no negamos ni discutimos nada de lo que usted nos aporta, pero es mejor que vaya a la ciudad, por favor.

—¿Y mi mujer, piensa que me voy a ir sin saber si está aquí?

—Es necesario, créame. Deje que nos encarguemos nosotros.

Como abatido por el proceso y sin voluntad alguna, de nuevo lo introdujeron en otro vehículo, esta vez un coche patrulla, que en la oscuridad de la noche se fue perdiendo en busca de la autopista. Hambriento, demolido por las circunstancias, Félix volvía a sentirse ajeno a sus propias peripecias.

—¿Se encuentra bien? —dijo un guardia civil que se giró para contemplarlo en el asiento trasero, reducido, pegado a la ventanilla. No dijo nada.

A media noche lo dejaron en la comisaría más cercana de la ciudad. Allí lo rodearon varios amables policías, que se detuvieron a estudiarlo como si fuera una criatura mutante de dos cabezas. De nuevo lo llevaron a una sala pequeña con una mesa de madera sintética y varias sillas pegadas a la pared, como el consultorio de un dentista; un televisor apagado flotaba en una esquina del techo. Dos policías de paisano le llevaron un sandwich y un zumo de melocotón en un vaso de plástico.

—Si necesita algo sólo tiene que abrir esa puerta —le dijo el mayor de los dos, robusto y con el pelo al cepillo.

Autista, Félix no dejaba de repetirse números y cifras, datos convencionales hasta hoy mismo. No podía haberse equivocado en todo, por supuesto. Sin duda, la bola de nieve de su propio absurdo crecía gracias a la incompetencia de unos burócratas aburridos que no eran capaces de hacer bien su trabajo en una base de datos compilada por un mono de feria. Reposó la cabeza en la pared, adormilado, y durante largo rato le pareció oír el rumor de las olas en la playa. Luego algo lo sobresaltó enseguida: al abrir los ojos vio a dos hombres y una mujer con uniformes que lo miraban con aire preocupado.

—Vamos a llevarle al hospital.

—Me encuentro bien, sólo quiero que me lleven a mi casa. Lorena… mi mujer tiene que estar allí si es que ustedes no la buscan.

—Lo comprendemos perfectamente —intervino la mujer, una joven rubia con una coleta que llevaba una carpeta en la mano—, pero parece que ha sido víctima de una insolación, señor. Presenta síntomas de quemaduras…

—¡A la mierda las quemaduras! —rugió, y se puso en pie atolondrado, mirando a unos y otros mientras apretaba los dientes; los pantalones de enano se le subieron aún más—. Llevo horas y horas y nadie me ayuda. Nadie me dice nada, joder.

—¿Puede usted aportarnos algún docu…?

—No puedo aportar nada, señora —dijo Félix— porque perdí a mi familia al salir del mar. ¿Tan difícil es entenderlo? Es que no me lo explico. Parece que soy culpable de algo.

—Verá… los datos —empezó a decir el policía más robusto—. Los datos que nos dio… No aparecen, señor. Lo siento, pero no los tenemos. No hay ningún número de teléfono registrado, y el domicilio…

Después de aquello apenas le quedó la respuesta nerviosa de seguir escuchando cosas que no parecían dirigidas a él. Ahora estaban dispuestos a llevarlo al hospital y hacerle algunas pruebas concluyentes, tal vez para dirimir si se había vuelto loco de remate o había perdido la memoria por algún trastorno. Le llevaron por un pasillo hasta un mostrador de cerámica azul, donde inscribieron su nombre y apellidos en el ordenador de un funcionario con bigote que tecleaba cada letra como hipnotizado.

—¿Tiene dinero? —le dijo la mujer policía.

—No tengo nada —respondió al cabo de unos segundos; estaba tan cansado que había perdido el espíritu de combate. Era absurdo repetir la misma historia.

—Tenga —dijo la mujer, y le dio un billete azul. Un Cinco figuraba en una esquina junto al rostro de un individuo con nariz de cacatúa.

—Gracias…

—No tiene que dármelas. Encontraremos a su mujer, Félix. No puede habérsela tragado la tierra, pero tiene usted que ir al hospital, por favor. Mi compañero le llevará, ¿de acuerdo?

—Vale —respondió cabizbajo, observando el extraño azul del billete, que enseguida introdujo en el bolsillo de su pantalón de enano.

—Muy bien, ahora espere aquí, por favor. Ya viene mi compañero.

Félix asintió con una media sonrisa. Apoyado en la pared, ahora observaba a la gente que iba de un lado para otro, a una chica rubia de aspecto travieso junto a una columna, o a algún que otro policía de paisano, detrás del ordenador de una mesa. Luego, sin pensarlo mucho, se alejó del vestíbulo algo sucio de la comisaría hasta salir a la calle principal, rodeando a un grupo de negros que hablaban en otro idioma. Despacio, inspiró el aire nocturno, el olor a frituras de algún bar de los alrededores; a continuación, empezó a caminar distraído, hasta perderse por otra calle iluminada.

Como media hora después, al fin llegó a su barrio. Un camión de la basura pasaba por su calle para llenarse la tripa con las delicias en bolsas de unos contenedores. Ahora sólo miraba hacia los edificios que tenía al otro lado de la acera, inmóvil como un sonámbulo que despierta en mitad de la noche. Casi notó un abismo bajo sus pies, pero su cerebro no quería capitular tan fácilmente, no ahora. Por eso rodeó el edificio, detrás de alguna señal de reconocimiento, un detalle, el buzón de correos, lo que fuese, cualquier cosa.

—¿Qué coño está pasando aquí? —farfulló—: ¿Qué está pasando?

Los bloques verde pistacho donde vivía con su mujer y sus hijas habían desaparecido sin dejar ninguna huella. En su lugar se alzaban unos cubos grises con terrazas mezquinas y ventanas como los agujeros de una colmena de cemento.

—¿Dónde está mi casa?

No, no podía estar loco, no podía haber perdido la cabeza en esa playa, porque recordaba muy bien su calle, o el número de su portal. Entonces volvió a moverse, primero despacio, luego cada vez más deprisa. A lo largo de su caminata distinguió algunos comercios reconocibles, como la frutería de Paco, ya cerrada, o el supermercado donde él y Lorena compraban a menudo. Pero por cada detalle reconocible se tropezaba con otros muchos cambiados, como esa tienda de comestibles hindú con nombre impronunciable, o la fachada de un cine ya cerrado para siempre. Allí nunca había habido ningún cine, ni una tienda de comestibles hindú: nunca.

Fatigado, se sentó en un banco de un parque que no recordaba. Era un pequeño recinto al final de su calle, o de la que debía ser su calle, con una hilera de setos y unos columpios y un tobogán. Le picaban el pelo y la espalda, y aún notaba incómodos restos de conchas metidos en la raja del culo o pegados en cada nalga como adornos marinos. Observó la luz fría y amarilla de una farola que no podía estar allí, cortejada por una nube de mosquitos, y sólo así pudo poner en orden algunos pensamientos inevitables.

—¿Qué está pasando, Dios mío? —dijo y se encogió, hundiendo los codos en las rodillas. Al fin, algo más calmado, se puso a andar por la ciudad medio desierta. Como no llevaba reloj no sabía la hora; nadie se la había dicho, ni tampoco él la había preguntado. Pero ahora caminaba decidido, bordeando las aceras hasta salir de su barrio en dirección sur. Como en un sueño que se repite, ahora se replanteaba casi todo a su alrededor: edificios y casas que en las sombras parecían haber surgido de la nada como hongos nocturnos, junto a otros que eran los de siempre, los que habían estado el día de ayer o el año anterior.

Cuando se detuvo, sonrió sudoroso.

—Por fin… —dijo, delante de la fachada de un edificio de los años setenta. Se acercó con lentitud al telefonillo metálico.

—¡Sí, maldita sea! —dijo, y tecleó varias veces con obstinación. Luego, a la espera, y mientras escuchaba los ruidos agónicos de una ambulancia a lo lejos, Félix recordó que hacía al menos dos meses que no iba a ver a su padre. Una voz inarticulada resonó por la rendija del altavoz:

—¿Sí? —era una voz alarmada, tal vez por la hora, pero no la voz de su padre, sino de una mujer mayor.

—Soy Félix.

—¿Cómo?

—Félix —repitió atenazado por el miedo—. El hijo de Armando.

Después de un largo silencio se oyó el pitido de la puerta mecánica, los mismos barrotes de su infancia a los que se agarraba con la maleta en la espalda, antes de ir al colegio.

—¿Ya? —se oyó desde el telefonillo, mientras Félix abría la pesada puerta con una mano. Sí, era la misma puerta de siempre, pensó reconfortado, y se introdujo en el portal. En el diminuto ascensor pensó en la voz de esa mujer: no le sonaba de nada, pero puede que su padre tuviera alguna amiga en secreto… No podía reprochárselo después de todo. Al fin y al cabo, ¿cuánto hacía desde lo de su madre? ¿Siete años, ocho? Ya casi había perdido la cuenta, el suceso se había diluido junto a otros muchos, listo para ser embalsamado y perder toda conciencia de dolor, de pesar o angustia al levantarse cada mañana por lo irreversible de la pérdida.

Delante de la puerta Félix se sintió acomplejado por su indumentaria. Le daba algo de vergüenza contarle lo sucedido a su padre con esa pinta absurda. Por un instante le pareció tener diez años y haber llegado tarde a casa; el señor Aranda siempre era inflexible en sus castigos y en sus sentencias. La puerta se abrió despacio, con un ligero chirrido de pesadumbre.

—Hola… —dijo Félix al ver el rostro de una anciana alta con gafas; una luz cálida procedente del vestíbulo iluminaba un paragüero oscuro y un cuadro con un bodegón grotesco—. Buenas noches… Querría ver a mi padre.

Por alguna razón casi esperó que le dijese que su padre no vivía allí, que nunca lo había hecho ni era probable que lo hiciera, porque ella misma llevaba habitando ese piso desde antes de que él mismo llevase pañales. La anciana lo miraba con ojos negros y profundos.

—Un momento.

La puerta se cerró, dejándolo en las sombras. Un nudo se formó en su garganta, pero no eran ganas de llorar, sino de huir, de salir corriendo a algún sitio, adonde fuera. Pensó en el mocoso del coche, en los guardias civiles, en la policía que le dio el billete, como si fuesen fantasmas de algo que ni siquiera era una pesadilla. El resplandor de luz volvió a aturdir sus ojos. Al principio no pudo reconocerlo, envuelto en una bata casera a rombos y con el cabello gris en desorden. Parecía un poco más joven de lo que lo recordaba desde su última visita, y su expresión era algo distinta; no podría explicarlo con palabras pero era diferente.

—Papá —balbuceó, y sintió que las rodillas le temblaban un poco. El anciano entornó sus párpados en la penumbra, enseñando su espléndida dentadura postiza.

—Papá… soy yo, Félix.

Ni siquiera fue necesario que hablara. Pero después de arrugar un poco la nariz, el anciano se metió las manos en los bolsillos.

—Me parece que se confunde, caballero —dijo con una convicción que derrumbaba todo su arrojo—. No creo que nos conozcamos.

—¿Pero esto es una broma o qué? —dijo Félix, con la mirada húmeda, mirando a los dos ancianos.

—Le digo que no le he visto en mi vida —se reafirmó el viejo levantando las cejas. Pero la señora no parecía muy convencida y oscilaba sus ojos desde su pareja al visitante.

—Vamos, pase dentro —dijo como una abuela encantadora—, parece muy cansado. Pase.

La cocina seguía ubicada en el mismo sitio donde de pequeño había comido con su hermana, pero ahora presentaba otros muebles, como una despensa roja o una robusta nevera de importación. Debían haberlo visto muy mal para sentarlo a la mesa, sin duda. Por mucho que tratara de esforzarse aportando detalles, no parecía haber un solo resquicio de posibilidad de que su padre le reconociese. Pero debía haber advertido su parecido físico, y eso los alteraba sin darse cuenta.

—¿Le gusta la leche?

Félix asintió, como si fuera un niño perdido. Despacio, la mujer abrió la nevera, y sin demoras vertió leche en un vaso de tubo. El señor Aranda contemplaba la escena con aire incrédulo.

—Un momento —dijo ella. El matrimonio se marchó enseguida al salón, cuchicheando. La señora Aranda no terminaba de estar muy convencida de la historia de su marido, o eso le parecía a juzgar por la forma en que lo había mirado en el vestíbulo.

—No puede ser —susurró, y dio varios sorbos al vaso—. Esto no puede ser.

Inquieto, Félix se sacó el billete arrugado del bolsillo: al principio le pareció un simple billete de cinco euros como los que llevaba en su cartera, dentro de la bolsa de playa, pero luego, al acercarlo a la luz descubrió algunas novedades incomprensibles. Era un billete nuevo, según parece, y de pronto pensó en su casa, en el parque, en las tiendas o en el cine cerrado. Ni siquiera le sonaba el rostro del hombre que aparecía de fondo.

¿Dónde estaba realmente?

—¿Dónde?

Cabizbajo, con los codos en la mesa, en la misma casa donde debía haber crecido con su hermana Carmen, Félix recordó absorto el momento.

—Ahora vuelvo —había dicho.

Lorena estaba sentada tomando el sol. Sus hijas jugaban a hacer un canal para luego rellenarlo con agua salada de sus cubos de colores. Su mujer no le respondió, pero él ya caminaba satisfecho hacia la orilla. Había un poco de oleaje, entre las escamas de luz del mar, pero se fue metiendo poco a poco en el agua, primero por los tobillos, luego hasta esa altura en la que siempre le faltaba el aliento y se le encogía algo más que el valor; al fin se giró para verlas, pero como no llevaba las gafas no pudo distinguir bien la sombrilla. Apenas unos minutos después apareció, exuberante, un rulo de agua verdosa detrás del cual era posible intuir los resplandores del sol de agosto. Era una ola extraña, y tal vez por eso se mantuvo sometido a ella hasta que lo engulló para luego soltarlo, desorientado.

—Perdone —dijo la señora Aranda desde la puerta—. ¿Se encuentra bien?

Félix no supo qué decir. Su mente trataba de ajustar los engranajes de su memoria para no volverse loco.

—Venga conmigo al salón —añadió la anciana—. Mi marido quiere hablar con usted. ¿Quiere comer algo?

—No…, no, gracias, señora.

—¿De verdad que no? ¿Quiere más leche?

—No, estoy bien…

El señor Aranda permanecía sentado en un sillón gris que nunca había visto. En realidad, toda la decoración le resultaba nueva, especialmente las fotos de una familia que no era la suya: los hijos del señor Aranda repartidos en marcos sobre una mesa de caoba o en algunos anaqueles de la librería, con diversas edades y en diferentes épocas, dos chicos y una niña. La niña tampoco era Carmen, su hermana.

—Voy a hacer una infusión —anunció la señora Aranda y se metió en la cocina.

—Siéntese —le dijo Armando, y señaló con la mirada al sofá. Félix asintió sin decir una sola palabra.

—Bien, son casi las doce —dijo el que podría haber sido su padre—. En otro momento ni siquiera le habríamos abierto la puerta, se lo aseguro. Somos viejos, pero no tontos. Mi mujer está convencida de que usted necesita ayuda… y que no es ninguna amenaza para nosotros. Siempre ha sido demasiado generosa, en mi opinión.

El señor Aranda bajó la voz desviando la mirada hacia la puerta de la cocina.

—Pero sospecho que piensa algo sobre mí, y eso me hace sentir incómodo, muy incómodo. ¿Puede usted imaginarlo?

—Gloria Ortiz —anunció Félix como última salida—. Se llamaba Gloria, y la conociste en un viaje. Era la hermana de tu mejor amigo, Ricardo, el arquitecto. Murió hace unos ocho años. ¿Cómo es posible que la hayas olvidado, papá? ¿Y dónde tienes su foto?

Sentados a poca distancia, el señor Aranda adquirió un aspecto distinto, más apacible. Era como si fuese y no fuese él a la vez. Pequeños, infinitesimales cambios, rendijas por las que se filtraba el soplo de brisa de alguna distorsión pasajera.

—Otra cosa que podría pensar es que me he vuelto tan viejo como para no acordarme de algo tan importante. Pero le aseguro que jamás conocí a esa persona, porque llevo cincuenta años casado con mi mujer. Conocí… conocí a un tal Ricardo en la facultad, pero ya no sé si tenía o no hermana. Perdone que se lo diga, pero creo que sufre alguna clase de alucinación. Siento tener que decírselo.

Félix recostó la espalda contra el sofá en el que estaba sentado. La lámpara de la esquina iluminaba una parte del salón, las cortinas grises, un armario muy alto con vajillas de porcelana. Como si algo lo hubiera empujado al fin al abismo, ya no tenía nada a lo que aferrarse, y sólo entonces tuvo la tentación o la necesidad de ver el fondo.

—¿Cómo…?

—No conozco a ninguna Gloria Ortiz. Lo siento.

Casi sin darse cuenta, ahora pensó en su madre y en aquello. Había sido una mujer muy guapa, o así la recordaba desde niño hasta bien entrada la madurez; Luisa había heredado sus ojos azules y su altura, e incluso algo de sus andares.

—¿Quiere que llame a un médico? —dijo el señor Aranda, encorvado.

Enseguida se le aparecieron impresiones fugaces, recuerdos que ahora, bajo la luz de esa casa, tan extraña y tan familiar, parecían desvanecerse al contacto con ese mundo: un beso adolescente a una Lorena de instituto con algunos granos; el cólico que sufrieron por el banquete de mejillones en plena luna de miel, rumbo a la montaña; el nacimiento de su primera hija o un diente de leche de Luisa, guardado en un cofre de anillos. Pero enseguida vio de nuevo el rostro del policía, el mensajero funesto:

—Los datos que nos dio… no aparecen, señor.

No, reflexionaba con las manos enrojecidas: se fueron, como su familia, como su madre; desaparecieron, como si nunca hubieran existido. Cincuenta años. Cincuenta años casado con esa mujer, y estaba seguro de lo que decía, como ella, como todos. Por un instante quiso decir algo sobre su búsqueda, pero al fin lo pensó un minuto.

—El abuelo… tu padre… Tu padre perdió un dedo con una máquina hidráulica —dijo al fin—, en el 52. Se llamaba Félix, como yo. Trabajó en una fábrica de montaje de coches.

El señor Aranda tensó las mandíbulas. Por un instante, un brillo de reconocimiento apareció en sus ojos acuosos.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque tú me lo contaste —murmuró. Un suave temblor se adivinaba en los labios del anciano.

—Mi padre no perdió nunca ningún dedo con ninguna máquina. Nunca. Pero es verdad que se llamaba Félix.

La señora Aranda apareció con una pequeña bandeja metálica y dos tazas humeantes.

—Si quiere más leche, o galletas, sólo tiene que decírmelo —y enseguida observó de reojo a su marido con una ceja algo levantada, un residuo de sospecha en un gesto moldeado por muchos años de matrimonio—. ¿Verdad, Armando?

—Claro, claro… —asintió Armando, perplejo, sin dejar de estudiar a la curiosa visita, absorbido por una fuerza inevitable que los había atrapado como en un embudo invisible.

—Era empleado de una fábrica, sí —concedió con un murmullo. No era difícil de suponer que quisiera seguir sabiendo cosas, como si aquello fuera un juego o un dilema.

—Vaya —dijo la señora Aranda colocando las tazas en una mesita—. ¿Hay algo que tenga que saber? ¿Me he perdido algo, papá?

Los dos hombres se miraban ahora fijamente, sin atreverse a decir nada. De algún modo, justo en ese momento, Félix presintió que sería una noche larga, muy larga: la primera después de la ola.

© Copyright de Carlos Pérez Jara para NGC 3660, Mayo 2017

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